Martes IV Semana de Adviento

Hoy es 20 de diciembre, martes de la cuarta semana de Adviento.

En este tiempo de Adviento es bueno preparar el corazón para dejar habitar a Dios en él. Para dejar que Dios habite en nuestro interior, en nuestra vida. Dedica un tiempo al inicio de esta oración para serenarte, para ponerte en su presencia, en la presencia del Dios que todo lo habita y que también quiere habitarte a ti.

La lectura de hoy es del libro de Isaías (Is 7, 10-14):

En aquellos días, el Señor habló a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.»

Respondió Acaz: «No la pido, no quiero tentar al Señor.»

Entonces dijo Dios: «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.»

En  el diálogo con su Señor, Acaz manifiesta un gran confianza en él, su Dios. A veces es muy tentador pedirle señales a Dios, para que disipe nuestras dudas o nos confirme en nuestras certezas. Sin embargo hay algo mayor, la confianza en todo un Dios que siempre nos da lo que necesitamos y nos conviene. Dedica un rato a intuir cómo está tu confianza en tu Señor. ¿Es fuerte, débil, fugaz, está bien anclada en él?

En este tiempo de Adviento palpamos con fuerza el deseo de Dios de estar con su pueblo, con cada uno de nosotros, sus hijos. La virgen dará a luz un hijo, Enmanuel, Dios con nosotros. Hoy Dios sigue deseando darse también a través de ti.

Dedica un instante a ver cómo está tu capacidad de acogida. Cómo es ese espacio que le dejas a Dios para que también habite en ti y desde ti pueda llegar a otros.

Vuelve a leer el texto, tratando  de percibir ahora qué sentimientos te deja el ver que Dios quiere ser un Dios con nosotros, y que su manera de hacerlo es a través de nosotros, contando con nosotros y con nuestra frágil humanidad.

Al final de esta oración puedes terminar con un tiempo a agradecer al Señora aquello que más te ha tocado el corazón en este rato. La disposición que se despierta en ti y el deseo que te surge o agradecer aquel sentimiento que te mueve y que te lleva a darte más, a amar más.

Dicen que vienes y siempre es tiempo, pues te esperamos. En la tierra sedienta de milagros. En la duda que nos muerde. En el sollozo ajeno. Que estremece e inquieta. Te esperamos en el fracaso. Que nos derriba. Y en el triunfo que nos vuelva islas distantes. En el perdón que se nos escapa. En la calma que no alcanzamos, te acercas. En el vendaval que a veces nos sacude. En el arrumaco que nos aquieta. Te nos llegas, sorprendente. Desbordas nuestra espera con palabras nuevas, con respuesta eterna y estás muy dentro y muy fuera. Vienes volviéndolo todo del revés. Puerta imprevista a un cielo de pobres y pequeños, a hombro en el que se recuestan los heridos, los culpables, los enfermos. Ya Señor, Dios con nosotros, Dios nuestro.

Gloria al Padre,
al Hijo
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.