¿De qué va esto de la Pascua?

Cuando nos acostumbramos a algo corremos el peligro de seguir haciéndolo por inercia o de dejar de hacerlo en cuanto nos surgen otros planes.

A los cristianos con la Pascua, con la Semana Santa, nos puede pasar lo mismo. Para la mayoría de nuestros compañeros de clase o de trabajo, son días de vacaciones y descanso. Para otros, la Semana Santa son celebraciones populares más o menos bonitas (procesiones, imágenes…) y vamos a verlas igual que visitamos un museo o una corrida de toros…

Te invito a que esta Semana Santa, ya estés en la playa, en el campo, estudiando o descansando… dediques momentos a tomar en tus manos la Pascua de Jesús en tu vida. En definitiva: que no sea otra Semana Santa más, sino que sea lo que tú quieras que sea. ¿Puras vacaciones? Estas en tu derecho. ¿Unos días de mayor encuentro contigo mismo acompañando a Jesús? Él te está esperando. Seguro… ¿Querrás darle una oportunidad en estos días?

Te sugiero…

Las cosas importantes necesitan tiempo. Esto también. En esta Semana Santa, ¿cuánto tiempo vas a dedicar cada día a entrar en Internet? ¿Y a escuchar música? ¿Y a hablar con tus amigos? Bueno, pues dedica una cuarta parte de ese tiempo a entrar en sentido cristiano de la Pascua. Mi propuesta…

  • Guarda cada día esos minutos (los que tú te marques) a una hora concreta y en un lugar concreto. Por ejemplo: serán 10 minutos antes de acostarme cada noche, en mi habitación, justo antes de tumbarme (por no dormirme). Si algún día voy a salir y me acostaré tarde, guardaré esos 10 minutos antes, después de comer… Es un ejemplo; tú decides el tuyo.
  • Lee los textos de ese día y si puedes las lecturas; puedes encontrarlas en muchos sitios. Por ejemplo: Lee las lecturas. Quizá haya cosas que no entiendas. No importa. Señálalas para hablarlo con alguien que pueda ayudarte. Y mientras tanto, sigue con aquello que te dice algo…
  • Después, quédate en silencio, subraya… Y elige cada día una o dos frases que más te hayan llegado por dentro.

Comienza la Semana Santa

¿Qué es lo más grande que alguien ha hecho por ti? ¿Qué significa para ti la amistad?

¿Cuándo has experimentado la fidelidad de alguien costara lo que costara, a las buenas y a las malas?

¿Quién ha creído en ti por encima de todo? ¿Quién se fía tanto de ti que siempre espera algo de ti?

Jesús de Nazaret, el Cristo, el hijo de María y de José. Entramos en la Semana Santa, en la Semana donde recordamos lo que Él quiso significar para nosotros y donde nos expresa con la vida misma lo que significamos para él.

No desaproveches los días previos al Triduo desde el Domingo de Ramos hasta el Jueves Santo, busca momentos para preparar tu corazón, busca momentos para que el paso de Jesús no te sea indiferente.

En Jesús, Dios deja de ser algo lejano, fuera de ti. Con Jesús, Dios nos revela lo único que te pide: tu amistad. ¿Por qué no te lo planteas así estos días? No quiere tus sacrificios, no quiere tus rezos repetidos, no quiere tus cumplimientos. Pero tampoco quiere que vivas como si Él no existiera. Te está esperando.

Te espera para cenar contigo el Jueves Santo en la Última Cena; te espera en el Huerto de los Olivos, muerto de tristeza; te espera en la Cruz el Viernes Santo cuando todo parece que no tiene sentido y es un engaño; te espera el Sábado Santo cuando no sabemos qué pensar ni dónde encontrar a Dios; te espera el domingo de Resurrección, vivo y bien vivo para siempre. Dios te espera siempre y como un amigo a su amigo, te dirá: sabía que vendrías, antes o después, sabía que vendrías. Nuestro amigo no está muerto, no se queda en la muerte. Celébralo.

Vísperas – 1 de abril

II VÍSPERAS

DOMINGO DE RAMOS

 

Oración de la tarde

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

¿Quién es este que viene,

recién atardecido,

cubierto con sangre

como varón que pisa los racimos?

Este es Cristo, el Señor,

convocado a la muerte,

glorificado en la resurrección.

¿Quién es este que vuelve,

glorioso y malherido,

y, a precio de su muerte,

compra la paz y libra a los cautivos?

Este es Cristo, el Señor,

convocado a la muerte,

glorificado en la resurrección.

Se durmió con los muertos,

y reina entre los vivos;

no le venció la fosa,

porque el Señor sostuvo a su Elegido.

Este es Cristo, el Señor,

convocado a la muerte,

glorificado en la resurrección.

Anunciad a los pueblos

qué habéis visto y oído;

aclamad al que viene

como la paz, bajo un clamor de olivos. Amén.

 

 

SALMODIA

Ant. 1. Herido y humillado, la diestra de Dios lo exaltó.

Salmo 109, 1-5. 7

Oráculo del Señor a mi Señor:

“Siéntate a mi derecha,

y haré de tus enemigos

estrados de tus pies.”

Desde Sión extenderá el Señor

el poder de tu cetro:

somete en la batalla a tus enemigos.

“Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,

entre esplendores sagrados;

yo mismo te engendre, como rocío,

antes de la aurora.”

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:

“Tú eres sacerdote eterno

según el rito Melquisedec”.

El Señor a tu derecha, el día de su ira,

quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,

por eso levantara la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1. Herido y humillado, la diestra de Dios lo exaltó.

Ant. 2. La sangre de Cristo nos ha purificado, llevándonos al culto del Dios vivo.

Salmo 113 B

No a nosotros, Señor, no a nosotros,

sino a tu nombre da la gloria;

por tu bondad, por tu lealtad;

¿por que han de decir las naciones:

“Dónde está tu Dios?”

Nuestro Dios está en el cielo,

lo que quiere lo hace.

Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,

hechuras de manos humanas:

tienen boca, y no hablan;

tienen ojos, y no ven;

tienen orejas, y no oyen;

tienen nariz, y no huelen;

tienen manos, y no tocan;

tienen pies, y no andan;

no tiene voz su garganta:

que sean igual los que lo hacen,

cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:

es su auxilio y su escudo.

La casa de Aarón confía en el Señor:

él es su auxilio y su escudo.

Los fieles del Señor confían en el Señor:

él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,

bendiga la casa de Israel,

bendiga la casa de Aaron,

bendiga a los fieles de Señor,

pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,

a vosotros y a vuestros hijos;

benditos seáis del Señor,

que hizo el cielo y la tierra.

El cielo pertenece al Señor,

la tierra se la ha dado a los hombres.

Los muertos ya no hablan al Señor,

ni los que bajan al silencio.

Nosotros, si, bendeciremos al Señor

ahora y por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2. La sangre de Cristo nos ha purificado, llevándonos al culto del Dios vivo.

 

 

Ant. 3. Cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia.

Cántico: 1P 2, 21b-24

Cristo padeció por nosotros,

dejándonos un ejemplo

para que sigamos sus huellas.

Él no cometió pecado

ni encontraron engaño en su boca;

cuando lo insultaban,

no devolvía el insulto;

en su pasión no profería amenazas;

al contrario,

se ponía en manos del que juzga justamente.

Cargando con nuestros pecados, subió al leño,

para que, muertos al pecado,

vivamos para la justicia.

Sus heridas nos han curado.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

Ant. 3. Cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia.

 

 

LECTURA BREVE           Hch 13, 26-30a

Hermanos, a vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación. Los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las profecías que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo. Aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y, cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos.

RESPONSORIO BREVE

 

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

V. Porque con tu cruz has redimido el mundo

R. Y te bendecimos

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. “Está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”; pero, cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea; allí me veréis”, dice el Señor.

Cántico de María. Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. “Está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”; pero, cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea; allí me veréis”, dice el Señor.

PRECES

Oremos humildemente al Salvador de los hombres, que sube a Jerusalén a sufrir su pasión para entrar así en la gloria, y digámosle:

Santifica, Señor, al pueblo que redimiste con tu sangre.

Redentor nuestro, concédenos que, por la penitencia, nos unamos más plenamente a tu pasión,

— para que consigamos la gloria de la resurrección.

Concédenos la protección de tu Madre, consuelo de los afligidos,

— para que podamos confortar a los que están atribulados, mediante el consuelo con que tú nos confortas.

Mira con bondad a los que hemos escandalizado con nuestros pecados,

— ayúdalos a ellos y corrígenos a nosotros, para que resplandezca en todo tu santidad y tu amor.

Tú que te humillaste, haciéndote obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz,

— enseña a tus fieles a ser obedientes y a tener paciencia.

 

Haz que los difuntos sean transformados a semejanza de tu cuerpo glorioso,

— y a nosotros danos un día parte en su felicidad.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese e la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad; concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio, y que un día participemos en su gloriosa resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Experimentar y vivir la centralidad de la fe

«Pascuas con Jóvenes» 

Jaime López de Eguilaz es Responsable de la Pastoral de Juventud en la Parroquia de «Santa María de Begoña» (Bilbao).

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

Partiendo de la realidad de los jóvenes de hoy y de la “necesidad de posibilitar ex­periencias que les ayuden a descubrir al Dios de Jesús en la vida”, el autor defiende la “centralidad de la Pascua” en la pastoral juvenil. “Quisiera ayudar a la reflexión -nos dice desde la experiencia con grupos juveniles”; en este sentido, el artículo puede ser un buen punto de partida para revisar las «Pascuas» celebradas recientemente.

1. Introducción

Desde hace algún tiempo, dentro de la pastoral de juventud, ya sea en procesos de iniciación cristiana, experiencias de escultismo o en pequeñas comunidades, se está intentan­do retomar y en algunos casos relanzar la ce­lebración de pascuas juveniles. Las experien­cias son muy diversas, las opiniones sobre es­te tipo de celebraciones, también.

Quisiera ayudar a la reflexión, desde la ex­periencia con grupos juveniles, de lo que con­sidero que puede y debe aportar la celebra­ción de pascuas con jóvenes al crecimiento y maduración de la fe de los jóvenes que tenemos en los distintos procesos educativos. Hay que tener siempre la mirada puesta en la iden­tidad cristiana que estamos buscando al reali­zar nuestra labor educativa: hacer que los jóve­nes sean seguidores del Dios de Jesús, al que manifiesten su adhesión personal, que se con­crete en su opción personal por construir el Rei­no de Dios hoy y aquí.

 

2. La realidad del joven

Hay muchos estudios que analizan la ti­pología de los jóvenes de hoy. Nos interesa fi­jarnos en las características de lo que llama­mos el universo religioso de los jóvenes. “No nos encontramos ante la crisis de lo religioso entre los jóvenes, sino más bien ante una he­morragia de la religiosidad difusa”. Es decir, aunque el número de jóvenes que se declaran no pertenecientes a ninguna religión ha au­mentado de forma notable en los últimos vein­te años, la indiferencia ante lo religioso no pa­rece que sea lo predominante entre nuestros jóvenes, sino que las creencias se dirigen ha­cia otras formas, otras prácticas de lo religio­so, distintas de lo tradicional.

Nos situamos pues ante una “espiritualidad de los jóvenes, que no viene caracterizada por la indiferencia ante la religión, sino más bien por un nuevo itinerario espiritual. Itinerario que no es ajeno al retorno general de lo sagrado por la vía de la naturaleza, a la vigencia de la dimen­sión existencial por la vía de la mística y al re­clamo de unidades de pertenencia a través de pequeñas comunidades”. Esta caracterización de la espiritualidad nos tiene que dar pistas para aprovechar “las oportunidades históricas” que se nos presentan ante la reconstrucción de la religiosidad que protagonizan los jóvenes.

La vida religiosa de los jóvenes no se sostie­ne ya, como en otras épocas, sobre el valor de lo institucional, sino que conlleva un grado im­portante de búsqueda de sentido, de pregun­tas sobre la vida humana. A esto se le une la necesidad de experiencias sobre las que fun­damentar su fe, frente a la fe tradicional, lo que nos posibilita a los educadores acercarnos al joven desde el ofrecimiento de vivencias reli­giosas, que se ajusten a su propia religiosidad. Es aquí en donde podemos encuadrar y sacar provecho de las Pascuas con jóvenes.

3. Espiritualidad frente a espiritualismo

Desgraciadamente, el peso de la educa­ción a través de la historia se configura como un lastre que tarda muchos años en levar anclas. En la historia reciente de nuestra Iglesia, por desgracia, hemos caído en el espiritualismo, en una expresión de fe ritualista y, muchas veces, sin continuidad en la vida diaria de las perso­nas. Frente a esta manera de vivir la fe, intenta­mos lograr la espiritualidad, expresada a través de una experiencia cristiana, que posibilite el razonamiento adulto de nuestra fe.

Antes se hacía una celebración de la fe, en muchos casos impuesta, que no tenía en la ma­yoría de las situaciones relación con la vida. La tan necesaria síntesis de fe y vida no se produ­cía. La vivencia de la fe quedaba reducida a un ámbito cerrado, piadoso y en muchos casos mediatizador de las conductas y personalidad de la gente. Era una época de cristiandad.

Ese pasado nos ha empujado durante mu­chos años a colocarnos en nuestra actividad pastoral en el otro extremo de la balanza; es de­cir, hemos dado el primer lugar a una fe activista, que no buscaba retroalimentación más que en la propia acción y en el contacto con los otros. Es­to ha sido promovido, además, por un ambiente que favorecía este tipo de praxis y que cada vez planteaba más dificultades para la vivencia del Evangelio de Jesús. Hemos de lograr una espiritualidad que permita unir fe y vida, desde la oración y celebración y desde el compromi­so militante y transformador.

Es un hecho que hasta hace poco tiempo, en nuestras programaciones, era difícil incluir experiencias de pascuas, de retiros de ora­ción, de ejercicios espirituales.

Y no porque pensáramos que no aportaban nada al proceso educativo de los jóvenes, si­no porque nos dábamos cuenta de que la res­puesta a estas llamadas iba a ser escasa. En definitiva, se trataba de que no habíamos he­cho un trabajo previo de motivación y además, por qué no decirlo, de que era un tema que los propios educadores teníamos -o tenemos to­davía- en tinieblas, y eso nos asustaba.

En este punto, creo necesario reconocer que el mejor camino para mejorar y profundizar en nuestra fe es la autocrítica y la humildad de co­razón para reconocer que el trabajo personal de nuestra fe no debe terminar nunca.

En nuestros procesos educativos, vamos dan­do pasos para incluir mecanismos que posibili­ten la adquisición y vivencia de una espirituali­dad fundamentada en la experiencia de Dios en nuestras vidas.

 

 

 

4. ¿Por qué «Pascuas con jóvenes»? Significado de la Pascua

 Asumiendo como principio en nuestra tarea pastoral la necesidad de posibilitar ex­periencias que ayuden al joven a descubrir al Dios de Jesús en la vida, se nos presenta el re­to de la vivencia de la Pascua, como centrali­dad de la experiencia cristiana

Celebramos en la Pascua, el acontecimiento más importante de nuestra fe: la Muerte y la Resurrección de Jesús. Si somos capaces de posibilitar que el joven experimente el amor de Dios por nosotros, manifestado en la entrega de su Hijo, haciendo que el joven participe del misterio de la Muerte y Resurrección de Jesús, experimentando la alegría de que él vive con nosotros para siempre, habremos conseguido uno de los principales objetivos que persegui­mos en nuestro trabajo pastoral.

La interiorización de esta experiencia no tie­ne camino de vuelta. El experimentarla hace que cada uno se plantee su vida desde su pro­pia realidad, desde ese Jesús, que lo da todo por los demás.

Pascuas con jóvenes, entonces, porque son un espacio celebrativo y vivencial muy adecua­do para el encuentro con otros jóvenes, que in­tentan vivir su adhesión a Jesús de una forma madura y razonada.

Pascuas con jóvenes, porque si no pone­mos en primer lugar la experiencia personal del misterio de la Muerte y la Resurrección del Señor será difícil el conseguir una identidad cristiana juvenil, que se enganche a la vida des­de la opción por Jesús.

Pascuas con jóvenes, porque si no trabaja­mos la espiritualidad a base experiencias fuer­tes, se producirá un enfriamiento de la fe de los jóvenes, ya que en su vida diaria no se van encontrar con espacios favorecedores de ex­periencias religiosas.

Pascuas con jóvenes, porque si miramos a la reciente historia de muchas personas dedica­das desde su seguimiento de Jesús a la Pas­toral de Juventud, nos damos cuenta de que las celebraciones pascuales les han ayudado a fundamentar su fe en Dios, desde la experien­cia.

Pascuas con jóvenes, en fin, porque tenemos que conseguir que nuestros jóvenes descubran que Jesús entregó su vida por cada uno de ellos, de todos, y que desde la experiencia de la Resurrección nos llama personalmente a tra­bajar por la construcción de su Reino, del Rei­no de los últimos.

5. Programación y preparación de «Pascuas para jóvenes»

Si consideramos que la celebración de Pascua es un momento importantísimo dentro de la educación en la fe de los jóvenes, hemos de prepararla con todo esmero. La experiencia de la Pascua no puede ser decepcionante pa­ra un joven, sino que ha de ser una ocasión de gozo y un descubrimiento. La motivación pre­via, el análisis certero de los jóvenes a los que va dirigida y la preparación en equipo nos ayu­darán a lograr el éxito.

La programación de la Pascua se ha de en­cuadrar necesariamente dentro de todo un proceso educativo. Pero si en el proceso no hemos cuidado aspectos como la oración, la eucaristía, será más difícil provocar en los jó­venes ciertas experiencias y vivencias durante la celebración pascual.

No debemos desanimarnos si nuestras pro­puestas no son acogidas con entusiasmo. El trabajo hay que realizarlo, poco a poco, duran­te todo el proceso educativo. El tiempo de en­cuentros masificados queda para el pasado. Este aspecto tiene para mí indudables ventajas.

Nuestra pastoral y nuestras celebraciones han de buscar la persona individual, con su nombre y apellido. Y es desde ahí donde llegamos al en­cuentro con los demás. Esto no se contrapone con celebraciones pascuales en donde se reúna un gran número de jóvenes, sino que desde las pequeñas comunidades vamos favoreciendo experiencias de este tipo, sobre todo en aque­llas parroquias en las que, por diferentes razo­nes, no hay cultura de celebración de Pascuas juveniles.

6. Conclusión

La celebración de la Pascua ha de ser un momento culminante del proceso educativo que seguimos con jóvenes, al igual que la vivencia de la Pascua es fundamental para un cristiano adulto.

No debemos ser ingenuos a la hora de pre­parar Pascuas. Los procesos de nuestros jóve­nes, en general, adolecen de una falta de expe­riencias que favorezcan la consecución de una espiritualidad que integre fe y vida. Por esta ra­zón, encontraremos al principio dificultades para qué la idea entusiasme a nuestros jóvenes. En los grupos donde no se hayan trabajado la ora­ción y los momentos de reflexión no podemos esperar otra cosa en un primer momento.

Aún así, considero de tal importancia el asun­to, que merece la pena gastar fuerzas en esta tarea. Demos pasos, poco a poco, e iremos re­cogiendo los frutos, sin perder de vista que el objetivo final merece la pena: lograr jóvenes que, desde su experiencia personal de Dios, se adhieran a su mensaje y trabajen por la cons­trucción de su Reino.

 

Jaime López de Eguilaz

Domingo de Ramos – Ciclo B

Lecturas: Is 50, 4-7; Sal 21; Flp 2, 6-11; Mc 11, 1-10

Hoy es Domingo de Ramos: se acercan los días grandes de nuestra fe. Hoy celebramos y recordamos aquella entrada del Señor en Jerusalén, aclamado por las multitudes.

¿Qué viene a hacer Jesús a la ciudad santa? No llega para ser coronado como rey, -aunque algunos así lo creían-. El estilo de Jesús es otro.

Él, humilde y sencillo, montado en un borrico, nos muestra que su realeza va por otros caminos: por los del servir desinteresadamente. Jesús va a comenzar la semana más importante de su vida; llega su “hora”.

El jueves al anochecer celebrará la Pascua con los doce: su última cena. Y en el mismo transcurso de esa cena, Jesús instituirá la Eucaristía y nos dará una gran lección: es más feliz quien sirve a sus hermanos. Luego será detenido en Getsemaní, a las afueras de la ciudad, y al día siguiente lo llevarán ante el gobernador Pilato, para ser luego clavado en la cruz, donde entregará su vida a primera hora de la tarde del viernes. Para algunos puede resultar extraño aclamar a Jesús con palmas y ramos, pocos días antes de su muerte.

Pero el motivo es claro: el domingo próximo es la Pascua. Y en la Pascua conmemoramos que Jesús resucita victorioso. La vida de Jesús no termina el Viernes Santo, sino que llega a su culmen en el Domingo de Pascua. Por eso hoy cuando cantamos “¡Hosanna,… bendito el que viene!” con ramos en las manos, no aclamamos a un Jesús que solamente viene a sufrir; aclamamos sobre todo al Jesús que muere por nosotros y que resucita victorioso venciendo a la muerte.

El ramo de palma es precisamente el símbolo de la victoria, y se llevaba en los cortejos triunfales de aquella época. Os animo a que en estos días grandes que vienen no nos quedemos en la muerte ni en la cruz sin más; porque la cruz es sólo un instrumento de tortura si no está unida a la Resurrección. ¡La Cruz de Cristo es anuncio de Vida! Su victoria es nuestra victoria. Feliz Semana Santa.

J. Javier García

Identificado con las víctimas

Ni el poder de Roma ni las autoridades del Templo pudieron soportar la novedad de Jesús. Su manera de entender y de vivir a Dios era peligrosa. No defendía el imperio de Tiberio, llamaba a todos a buscar el reino de Dios y su justicia. No le importaba romper la ley del sábado ni las tradiciones religiosas, solo le preocupaba aliviar el sufrimiento de las gentes enfermas y desnutridas de Galilea.

No se lo perdonaron. Se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del imperio y con los olvidados por la religión del templo. Ejecutado sin piedad en una cruz, en él se nos revela ahora Dios, identificado para siempre con todas las víctimas inocentes de la historia. Al grito de todos ellos se une ahora el grito de dolor del mismo Dios.

En ese rostro desfigurado del Crucificado se nos revela un Dios sorprendente, que rompe nuestras imágenes convencionales de Dios y pone en cuestión toda práctica religiosa que pretenda dar culto a Dios olvidando el drama de un mundo donde se sigue crucificando a los más débiles e indefensos.

Si Dios ha muerto identificado con las víctimas, su crucifixión se convierte en un desafío inquietante para los seguidores de Jesús. No podemos separar a Dios del sufrimiento de los inocentes. No podemos adorar al Crucificado y vivir de espaldas al sufrimiento de tantos seres humanos destruidos por el hambre, las guerras o la miseria.

Dios nos sigue interpelando desde los crucificados de nuestros días. No nos está permitido seguir viviendo como espectadores de ese sufrimiento inmenso alimentando una ingenua ilusión de inocencia. Nos hemos de rebelar contra esa cultura del olvido, que nos permite aislarnos de los crucificados desplazando el sufrimiento injusto que hay en el mundo hacia una “lejanía” donde desaparece todo clamor, gemido o llanto.

No nos podemos encerrar en nuestra “sociedad del bienestar”, ignorando a esa otra “sociedad del malestar” en la que millones de seres humanos nacen solo para extinguirse a los pocos años de una vida que solo ha sido muerte. No es humano ni cristiano instalarnos en la seguridad olvidando a quienes solo conocen una vida insegura y amenazada.

Cuando los cristianos levantamos nuestros ojos hasta el rostro del Crucificado, contemplamos el amor insondable de Dios, entregado hasta la muerte por nuestra salvación. Si lo miramos más detenidamente, pronto descubrimos en ese rostro el de tantos otros crucificados que, lejos o cerca de nosotros, están reclamando nuestro amor solidario y compasivo.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio de hoy (1 de abril)

Realmente este hombre era Hijo de Dios

El domingo de Ramos, pórtico de la Semana Santa, nos presenta un cuadro unitario de lo que vamos a contemplar, meditar y actualizar en estos días. En una misma celebración asistimos a la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y a su prendimiento, proceso y muerte en Cruz. ¿A qué se debe que la lectura de la Pasión del Señor se duplique durante la Semana Santa, y se lea el Domingo (en versión de uno de los sinópticos, este año B, Marcos), si se va a leer de nuevo (en la versión de Juan) el día propiamente de Pasión, el Viernes Santo? Litúrgicamente tiene pleno sentido que la Pasión del Señor se lea en Domingo, el día en que los cristianos se reúnen a orar juntos. De otro modo, la Pasión no sería proclamada nunca en Domingo y en el contexto de la celebración eucarística, que es, precisamente, la memoria de esa Pasión (pues el Viernes no se celebra la eucaristía). Pero, además, de este modo nos preparamos a entrar en profundidad en los misterios que, paso a paso, vamos a celebrar en los días siguientes.

La Palabra de Dios la podemos leer hoy desde dos prismas distintos y contrapuestos, cada uno de los cuales tiene su verdad, pero que conviene situar en la justa perspectiva.

Un prisma, el que primero salta a la vista, pone de relieve el drama que se desarrolla ante nosotros (y que la liturgia trata de subrayar mediante la lectura inicial de la entrada en Jerusalén, la procesión que la representa, la lectura dramatizada de la Pasión, etc.). Ante nuestros ojos se despliega el cuadro paradójico de un pueblo que acoge a Jesús con entusiasmo como el enviado de Dios, y en pocos días cambia de parecer y pide a gritos su muerte. Aunque no está dicho que fueran los mismos los que gritaran una cosa y la otra: posiblemente, en la entrada triunfal fueran los discípulos que lo acompañaban desde Galilea, mientras que los que pidieron su muerte eran gentes de Jerusalén o venidas a la fiesta, manipuladas por las autoridades del pueblo. El mal presenta con frecuencia este rostro estúpido de la masa que se mueve por inercia, semiinconsciente de la manipulación que la dirige. Pero tras el rumor y el estruendo de los gritos, percibimos otras manifestaciones del mal, todo un muestrario del mismo: la debilidad y cobardía de los discípulos, que alcanza su cénit en la traición de Judas, acompañada del detalle del beso, gesto de gran familiaridad que, en el contexto de la traición, resulta de un cinismo repugnante; las negaciones de Pedro; el acoso plagado de mentiras e hipocresía en el proceso del Sanedrín, en el que es claro que poco importa la verdad y la justicia, y de lo que se trata es de condenar a cualquier precio al que resulta a todas luces inocente; esa hipocresía se revela en toda su crudeza cuando ante Pilatos se cambia la acusación, de religiosa (blasfemia), en política (sedición), ya que las cuitas teológicas poco podían interesarle al procurador romano; el cual, convencido de la ausencia de culpabilidad del reo, incluso en las materias que a él podían interesarle (sedición, alteración del orden público, amenaza para la pax romana), cede a la injusticia (agravada por la liberación de un reo confeso de asesinato) por cálculo político o por miedo a altercados que, quien sabe, podían dar al traste con su carrera política. En definitiva, podemos contemplar toda la escena con el estupor y la impotencia de ver al inocente ultrajado, humillado, torturado y entregado a la muerte.

Esa lectura podemos trasladarla a nuestro mundo con extrema facilidad. En ocasiones nos embarga la sensación de que este mundo está definitivamente perdido, de que el mal que reina en él es más fuerte que cualquier retoño de bien y de justicia y de que los malvados se salen con la suya, por lo que sentimos la tentación de pensar que, al final, el mal compensa. Esta sensación desalentadora cada cual puede experimentarla desde el peculiar prisma que compone su escala prioritaria de valores. Habrá quien subraye sobre todo las dimensiones relativas a la ética personal, familiar, sexual, etc., y considere que asistimos a una progresiva degradación de las costumbres y a la disolución de valores básicos como el respeto a la vida, la familia, la responsabilidad, el respeto, etc. Otros, en cambio, subrayarán más las dimensiones sociales, políticas, ecológicas del mal: las relaciones injustas y desequilibradas entre ricos y pobres, poderosos y débiles… Todas esas perspectivas son, por lo demás, conciliables, porque el mal, desgraciadamente, tiene muchos rostros, además de mucho poder. Estupidez, debilidad y temor, manipulación, traición, hipocresía, mentira, cinismo, violencia gratuita, humillación del débil, crueldad, injusticia… son todas realidades que componen una red que abarca al mundo entero y que se concentran dramáticamente en la Pasión de Cristo.

Y, sin embargo, el realismo de esta perspectiva es aparente si nos quedamos sólo en ella. Lo mismo que si realizamos una lectura puramente negativa del mundo en el que vivimos. Porque, volviendo de nuevo al relato de la Pasión, si miramos con más detalle, yendo a lo profundo de esa trama de acontecimientos marcados por el sello del mal, no podremos dejar de percibir la luz que emana de todos ellos. Ya la entrada de Jesús en Jerusalén, acogido como el que “viene en nombre del Señor” es la expresión de una fe y de una esperanza que no se han de ver defraudadas, a pesar de todas las apariencias contrarias. Es posible que algunos de los que acogieron a Jesús con entusiasmo cayeran días después presas de la manipulación y pidieran a gritos su crucifixión. Pero no está dicho que todos los que le acogieron cambiaron de bando; muchos sentirían la derrota de Jesús como su propia derrota, la de sus esperanzas. En el prendimiento, el proceso ante el Sanedrín y Pilato, en medio de los ultrajes y las humillaciones, en la misma Cruz, resalta la dignidad de Cristo y su confianza en su Padre hasta el final. Es decir, Jesús, Él mismo, es la luz que ilumina la oscuridad del momento, la bondad insobornable ante los embates del mal, la libertad soberana para, a pesar de las adversidades sin límite y en ellas mismas, elegir el bando de la víctima inocente en vez del de los verdugos. En ello mismo está diciendo Jesús al abatido una palabra de aliento: nos está diciendo de parte de quién está Dios y qué es lo que salva al hombre al final y a la postre. Esa misma luz que emana de Cristo nos permite ver el amor arrojado que, pese a todo, mueve al débil Pedro a asumir riesgos y, literalmente, meterse en la boca del lobo en su desesperado intento por seguir cerca del maestro; las negaciones de Pedro son producto del temor, pero no de la indiferencia, como lo muestran sus lágrimas. Vemos también a esa misma luz la compasión de un hombre anónimo “que pasaba por allí”, Simón de Cirene y la de las santas mujeres que miran desde lejos y siguen esperando contra toda esperanza cuando José de Arimatea (otro destello de luz, proveniente esta vez del Sanedrín que condenó a Jesús) hace rodar la piedra del sepulcro. Y es también esa luz la que ilumina la conciencia del centurión en una confesión, “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”, que es la revelación final a la que tiende todo el evangelio de Marcos desde su primera línea (“Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”), y que significativamente se pone en boca de un pagano, capaz de reconocer lo que los “propios” han sido incapaces de ver: al morir Cristo el velo del templo se rasga, queda atrás la antigua alianza, y se establece una nueva, sellada con la Sangre del Cordero inmaculado, abierta a todas las gentes sin distinción. Es esa luz de Cristo, que alcanza a iluminar en torno a sí a muchos de los protagonistas de esta historia, la que da el verdadero sentido de los acontecimientos y la que alimenta nuestra esperanza: Jesucristo se ha entregado libremente y por amor hasta la muerte y una muerte de Cruz.

Es decir, vemos también en este relato la luz y los destellos de un bien que sigue en pie, con dignidad, sin ceder a las acometidas del mal ni sucumbir a sus seducciones, a pesar de su aparente derrota. Y lo que vemos en este relato podemos y debemos verlo también cuando hacemos la lectura de nuestro mundo. No podemos dejar que la evidencia del mal nos ciegue para esa otra evidencia, a veces casi imperceptible pero perseverante, tenaz, insobornable del bien y de la luz. Nuestra historia (la historia del mundo, las historias más locales que la componen, nuestra situación contemporánea, nuestras personales biografías) encierran en sí, al mismo tiempo, la realidad del pecado y de la gracia: son la historia del mal (la violencia, la injusticia, la traición, el sufrimiento…), pero también son historia de salvación: de entrega generosa, de fidelidad, de honestidad… No podemos cerrar los ojos ante la realidad del mal; pero no debemos sucumbir al pesimismo de pensar que ese mal es la perspectiva única y además la victoriosa (sintiendo así, de paso, la tentación de entregarnos a sus seducciones). En esta misma historia, en sus múltiples niveles, existe la otra posibilidad, la que procede de la luz de Cristo, de su entrega por amor, de su fidelidad insobornable. En nuestras manos está decidir de qué parte queremos estar, a cuál de estas historias queremos pertenecer. Porque, aunque las dos se entrecruzan en nosotros inevitablemente (también nosotros colaboramos con el mal de un modo u otro), podemos tomar la decisión de ponernos del lado de Cristo, reconociendo el mal que hay en nosotros y aceptando la luz que nos purifica y nos va haciendo miembros activos de esa otra historia de salvación.

Hoy, junto con el centurión (que apalabra y representa a todos los “iluminados” de esta historia), al contemplar la Pasión de Cristo y esa otra pasión que se desarrolla a diario en nuestra atormentada historia, somos invitados a confesar con esperanza: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. Y, por eso, Dios lo levantó y lo seguirá levantando “sobre todo”, también sobre toda forma de mal. La derrota a la que asistimos hoy es el germen de una victoria definitiva, la de Cristo, y, en Él, la de todos nosotros.

José María Vegas, cmf

Domingo de Ramos – Ciclo B

Hoy es 1 de abril, domingo de Ramos.

Hemos llegado con Jesús ante las puertas de Jerusalén. Comienza la Pascua. Suavemente despliego todos mis sentidos y respiro con paz la presencia interna del Señor. Hoy quiero que mi presencia sea atenta. Sí, pero muy humilde y discreta. Deseo intuir, sencillamente, el secreto de su corazón en esta hora. El secreto que se revela sólo a los que se atreven a caminar, humildemente, a su lado. Jesús, maestro, te pido que mi corazón lata al ritmo de tu corazón.

La lectura de hoy es de la carta de Pablo a los Filipenses (Flp 2, 6-11):

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Dios nos regala un himno. Un canto atravesado de movimiento. La travesía de la fe. Jesús, el hijo de Dios, el hombre libre, desprendiéndose de todo, llega hasta el abismo. Con la misma fuerza del descenso, es elevado gratuitamente por el Padre. Y lleva consigo a todos los hermanos que toman su mano.

Él nos invita a entrar en esta danza, que refleja el secreto de la vida verdadera. Si nos atrevemos a desarmarnos confiadamente, si nos adaptamos a su ritmo, podremos intuir que la vida se gana perdiéndola, que sólo se aprende el paso doblando la rodilla, en la escuela de la adoración. Y que entonces, ya no queda más remedio que proclamar, con pasión, que Jesús es el único Señor, buscando la sola gloria de su Padre.

Quizás, puedo preguntarme ahora, ¿de qué me tengo que despojar para poder acompañar más libremente a Jesús? ¿A qué renunciaría para dar más vida a mis hermanos? ¿Siento la invitación a proclamar que Jesús es Señor?

Acojo de nuevo este mensaje de gracia. Al escuchar serenamente, contemplo con asombro este movimiento de la vida de Cristo. Siento la invitación personal a incluirme en él. Sí, con todas las personas y todas las criaturas del universo. Los que estáis naciendo y los que crecéis. Los que reís y los que tenéis lágrimas en los ojos, los que trabajáis y los que descansáis. La más pequeña flor y la mayor de las galaxias, venid a proclamar juntos que Jesús es el Señor en el misterio de la vida y de la muerte.

Doy gracias al Señor. Él me  ha permitido acompañarle en este rato de oración. Voy cerrando suavemente la pequeña puerta de este momento y siento al mismo tiempo que se abre ante mí un gran espacio de gracia: la Semana Santa. Jesús, enséñame en este tiempo, andar más dentro de tu corazón. Que sentir tu latido me ayude a acoger mi fragilidad y a entrar en comunión solidaria con todas las víctimas de nuestro mundo.

Convierto esta oración en un mantra, una frase que me puede acompañar a lo largo de esta semana: Jesús, maestro, te pido que mi corazón lata al ritmo de tu corazón, Jesús, maestro, te pido que mi corazón lata al ritmo de tu corazón…

Laudes – 1 de abril

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LITURGIA DE LAS HORAS

DOMINGO DE RAMOS

 

1 de abril

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

 

INVITATORIO

 

Ant. Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

El pueblo que fue cautivo

y que tu mano libera

no encuentra mayor palmera

ni abunda en mejor olivo.

Viene con aire festivo

para enramar tu victoria,

y no te ha visto en su historia,

Dios de Israel, más cercano:

ni tu poder más a mano

ni más humilde tu gloria.

 

¡Gloria, alabanza y honor!

Gritad: “¡Hosanna!”, y haceos,

como los niños hebreos,

al paso del Redentor.

¡Gloria y honor

al que viene en el nombre del Señor! Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Una gran multitud de gente, que había ido a la fiesta, aclamaba al Señor: “Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo”.

 

Salmo 117

 

Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

 

Diga la casa de Israel:

eterna es su misericordia.

 

Digan los fieles del Señor:

eterna es su misericordia.

 

En el peligro grité al Señor,

y me escuchó poniéndome a salvo.

 

El Señor está conmigo: no temo;

¿qué podrá hacerme el hombre?

El Señor está conmigo y me auxilia,

veré la derrota de mis adversarios.

 

Mejor es refugiarse en el Señor

que fiarse de los hombres,

mejor es refugiarse en el Señor

que confiar en los jefes.

 

Todos los pueblos me rodeaban,

en el nombre del Señor los rechacé;

me rodeaban cerrando el cerco,

en el nombre del Señor los rechacé;

me rodeaban como avispas,

ardiendo como fuego en las zarzas,

en el nombre del Señor los rechacé.

 

Empujaban y empujaban para derribarme,

pero el Señor me ayudó;

el Señor es mi fuerza y mi energía,

él es mi salvación.

 

Escuchad: hay cantos de victoria

en las tiendas de los justos:

“La diestra del Señor es poderosa,

la diestra del Señor es excelsa,

la diestra del Señor es poderosa.

 

“

No he de morir, viviré

para contar las hazañas del Señor.

Me castigó, me castigó el Señor,

pero no me entregó a la muerte.

 

Abridme las puertas del triunfo,

y entraré para dar gracias al Señor.

— Esta es la puerta del Señor:

los vencedores entrarán por ella.

 

— Te doy gracias porque me escuchaste

y fuiste mi salvación.

 

La piedra que desecharon los arquitectos

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

ha sido un milagro patente.

 

Este es el día en que actuó el Señor:

sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Señor, danos la salvación;

Señor, danos prosperidad.

 

Bendito el que viene en nombre del Señor,

los bendecimos desde la casa del Señor;

el Señor es Dios: él nos ilumina.

 

Ordenad una procesión con ramos

hasta los ángulos del altar.

 

Tú eres mi Dios, te doy gracias;

Dios mío, yo te ensalzo.

 

Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 1. Una gran multitud de gente, que había ido a la fiesta, aclamaba al Señor: “Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo”.

 

 

Ant. 2. Con los ángeles y los niños cantemos al triunfador de la muerte: “Hosanna en el cielo”.

 

Cántico: Dn 3, 52-57

 

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres:

a ti gloria y alabanza por los siglos.

 

Bendito tu nombre, Santo y glorioso:

a Él gloria y alabanza por los siglos.

 

Bendito eres en el templo de tu santa gloria:

a ti gloria y alabanza por los siglos.

 

Bendito eres tú, que sentado sobre querubines

sondeas los abismos:

a ti gloria y alabanza por los siglos.

 

Bendito eres en la bóveda del cielo:

a ti honor y alabanza por los siglos.

 

Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 2. Con los ángeles y los niños cantemos al triunfador de la muerte: “Hosanna en el cielo”.

 

 

Ant. 3. ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto.

 

Salmo 150

 

Alabad al Señor en su templo,

alabadlo en su fuerte firmamento.

 

Alabadlo por sus obras magníficas,

alabadlo por su inmensa grandeza.

 

Alabadlo tocando trompetas,

alabadlo con trompas y flautas,

 

alabadlo con platillos sonoros,

alabadlo con platillos vibrantes.

 

Todo ser que alienta alabe al Señor.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto.

 

 

LECTURA BREVE           Za 9, 9

 

Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Nos has comprado, Señor, con tu sangre.

R. Nos has comprado, Señor, con tu sangre.

 

V. De toda raza, lengua, pueblo y nación.

R. Co tu sangre.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Nos has comprado, Señor, con tu sangre.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Aclamemos con palmas de victoria al Señor que viene, y salgamos a su encuentro con himnos y cantos, dándole gloria y diciendo: “Bendito eres, Señor”.

 

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Aclamemos con palmas de victoria al Señor que viene, y salgamos a su encuentro con himnos y cantos, dándole gloria y diciendo: “Bendito eres, Señor”.

 

 

PRECES

 

Adoremos a Cristo, que, al entrar en Jerusalén, fue aclamado por las multitudes como rey y mesías; acojámosle también nosotros con gozo, diciendo:

Bendito el que viene en nombre del Señor.

 

Hosanna a ti, Hijo de David y Rey eterno;

— hosanna a ti, vencedor de la muerte y del mal.

 

Tú que subiste a Jerusalén para sufrir la pasión y entrar así en la gloria,

— conduce a tu Iglesia a la Pascua eterna.

 

Tú que convertiste el madero de la cruz en árbol de vida,

— haz que los renacidos en el bautismo gocen de la abundancia de los frutos de este árbol.

 

Salvador nuestro, que viniste a salvar a los pecadores,

— conduce a tu reino a los que en ti creen, esperan y te aman.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Por Jesús hemos sido hechos hijos de Dios; por esto, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese e la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad; concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio, y que un día participemos en su gloriosa resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.