Vísperas – 5 de abril

VÍSPERAS

JUEVES SANTO

 

Oración de la tarde

Los que participan en la misa vespertina de la Cena del Señor no rezan hoy las Vísperas

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

¡Memorial de la muerte del Señor,

pan vivo que a los hombres das la vida!

Da a mi alma vivir sólo de ti,

y tu dulce sabor gustarlo siempre.

 

Pelícano piadoso, Jesucristo,

lava mis manchas con tu sangre pura;

pues una sola gota es suficiente

para salvar al mundo del pecado.

 

¡Jesús, a quien ahora veo oculto!

Te pido que se cumpla lo que ansío:

que, mirándote al rostro cara a cara,

sea dichoso viéndote en tu gloria. Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. El primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra, nos ha convertido en un reino para Dios, su Padre.

 

Salmo 71 (I)

 

Dios mío, confía tu juicio al rey,

tu justicia al hijo de reyes,

para que rijas a tu pueblo con justicia,

a tus humildes con rectitud.

 

Que los montes traigan paz,

y los collados justicia;

que él defienda a los humildes del pueblo,

socorra a los hijos del pobre

y quebrante al explotador.

 

Que dure tanto como el sol,

como la luna, de edad en edad;

que baje como lluvia al césped,

como llovizna que empapa la tierra.

 

Que en sus días florezca la justicia

y la paz hasta que falte la luna.

 

Que domine de mar a mar,

del Gran Río hasta el confín de la tierra.

 

Que en su presencia se inclinen sus rivales;

que sus enemigos muerdan el polvo;

que los reyes de Tarsis y de las islas

le paguen tributo.

 

Que los reyes de Saba y Arabia

le ofrezcan sus dones,

que se postren ante él todos los reyes,

y que todos los pueblos le sirvan.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

Ant. 1. El primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra, nos ha convertido en un reino para Dios, su Padre.

 

 

Ant. 2. El Señor librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector.

 

Salmo 71 (II)

 

Él librará al pobre que clamaba,

al afligido que no tenía protector;

él se apiadará del pobre y del indigente,

y salvará la vida de los pobres;

 

Él rescatará sus vidas de la violencia,

su sangre será preciosa a sus ojos.

 

Que viva y que le traigan el oro de Saba;

él intercederá por el pobre

y lo bendecirá.

 

Que haya trigo abundante en los campos,

y ondee en lo alto de los montes,

den fruto como el Líbano,

y broten las espigas como

las hierbas del campo.

 

Que su nombre sea eterno,

y su fama como el sol;

que él sea la bendición de todos los pueblos,

y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

el único que hace maravillas;

bendito por siempre su nombre glorioso,

que su gloria llene la tierra.

¡Amén, amén!

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. El Señor librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector.

 

 

Ant. 3. Los santos vencieron en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio que dieron.

 

Cántico: Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

 

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,

el que eres y el que eras,

porque has asumido el gran poder

y comenzaste a reinar.

 

Se encolerizaron las naciones,

llegó tu cólera,

y el tiempo de que fueran juzgados los muertos

y de dar el galardón a tus siervos los profetas,

y a los santos y a los que temen tu nombre,

pequeños y a los grandes,

y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

 

Ahora se estableció el poderío,

y el reinado de nuestro Dios,

y la potestad de su Cristo;

porque fue precipitado

el acusador de nuestros hermanos,

el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

 

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero

y por las palabras del testimonio que dieron,

y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.

Por esto, estad alegre, cielos,

y los que moráis en sus tiendas.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. Los santos vencieron en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio que dieron.

 

 

LECTURA BREVE         Hb 13, 12-15

 

Jesús, para consagrar al pueblo con su propia sangre, murió fuera de las murallas. Salgamos, pues, a encontrarlo fuera del campamento, cargados con su oprobio; que aquí no tenemos ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura. Por su medio, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

Cristo por nosotros, se sometió incluso a la muerte.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Durante la Cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Durante la Cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos.

 

 

PRECES

 

Adoremos a nuestro Salvador, que en la última Cena, la noche misma en que iba a ser entregado, confió a su Iglesia la celebración perenne del memorial de su muerte y resurrección; oremos, diciendo:

Santifica, Señor, al pueblo que redimiste con tu sangre.

 

Redentor nuestro, concédenos que, por la penitencia, nos unamos más plenamente a tu pasión,

— para que consigamos la gloria de la resurrección.

 

Concédenos la protección de tu Madre, consuelo de los afligidos,

— para que podamos confortar a los que están atribulados, mediante el consuelo con que tú nos confortas.

 

Haz que tus fieles participen en tu pasión mediante los sufrimientos de su vida,

— para que se manifiesten en ellos los frutos de tu salvación.

 

Tú que te humillaste, haciéndote obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz,

— enseña a tus fieles a ser obedientes y a tener paciencia.

 

Haz que los difuntos sean transformados a semejanza de tu cuerpo glorioso,

— y a nosotros danos un día parte en su felicidad.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

Señor Dios todopoderoso, que para gloria tuya y salvación de los hombres constituiste a Cristo sumo y eterno sacerdote, concede al pueblo cristiano, adquirido para ti por la sangre preciosa de tu Hijo, recibir en la eucaristía, memorial del Señor, el fruto de la pasión y resurrección de Cristo. Que vive y reina contigo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Jueves santo: una llamada al amor (J. Griban)

Quizá la síntesis del mensaje de Jesús se encuentre en aquel “mandamiento nuevo” que compartió en la última cena con sus amigos: amaos. Sin detenernos en lo que sucedió en aquella cena, difícilmente podríamos entender lo que pasó después. La cruz y la Vida toman sentido en el pan, en el vino, en la risa, la complicidad, el cariño… Amaos, les dijo. Como yo os he amado, que es lo mismo que decir apasionadamente, hasta el fin. Amaos unos a otros como os sentís amados por mí…

El jueves santo es una llamada al amor, a preguntarse qué es lo que de verdad uno ama y entregarse a ello. Propuesta arriesgada, qué duda cabe, pero también el único camino a la felicidad verdadera, a la gratitud sin límites, a la Vida que no conoce fin.

(María G. Barral)

Cuando el amor os llame, seguidlo.
Y cuando su camino sea duro y difícil,
y cuando sus alas os envuelvan, entregaos.
Aunque la espada
entre ellas escondida os hiriera.
Y cuando os hable, creed en él.
Aunque su voz destroce muchos sueños,
tal como el viento norte devasta los jardines.
Porque así como el amor os corona,
así os crucifica.
Así como os acrece, así os poda.
Así como asciende a lo más alto
y acaricia vuestras más tiernas ramas,
así descenderá hasta vuestras raíces
y las sacudirá en un abrazo con la tierra.
Como trigo en gavillas
él os une a vosotros mismos.
Os desgarra para desnudaros.
Os cierne,
para libraros de vuestras coberturas.
Os pulveriza hasta volveros blancos.
Os amasa,
hasta que estéis flexibles y dóciles.
Y os asigna luego a su fuego sagrado,
para que podáis convertiros
en sagrado pan
para la fiesta sagrada de Dios.
Todo esto hará el amor
en vosotros para que podáis
conocer los secretos de vuestro corazón
y convertiros, por ese conocimiento,
en un fragmento del corazón de la Vida.
Pero si, en vuestro miedo,
buscáis sólo la paz y el placer,
entonces es mejor
que cubráis vuestra desnudez
y os alejéis de sus umbrales.
Cuando améis no debéis decir:
“Dios está en mi corazón”,
sino más bien:
“Yo estoy en el corazón de Dios”.
Y pensad que
no podéis dirigir el curso del amor
porque él, si os encuentra dignos,
dirigirá vuestro curso.
El amor no tiene otro deseo que realizarse.
Pero, si amáis
y debe la necesidad tener deseos,
que vuestros deseos sean éstos:
Fundirse y ser como un arroyo
que canta su melodía a la noche.
Saber del dolor de la demasiada ternura.
Ser herido
por nuestro propio conocimiento del amor.
Y sangrar voluntaria y alegremente.
Despertarse al amanecer
con un alado corazón
y dar gracias por otro día de amor.
Descansar al mediodía
y meditar el éxtasis de amar.
Volver al hogar con gratitud en el atardecer.
Y dormir con una plegaria
por el amado en el corazón
y una canción de alabanza en los labios.

Jalil Gibran.

Jueves Santo

¿Qué es lo más grande que alguien ha hecho por ti? ¿Alguien se ha hecho pan y vino para que tú sigas caminando, para que tú sigas viviendo y dando vida, para que no desfallezcas, sin fuerzas? Jesús de Nazaret, el Cristo, el hijo de María y de José. Él quiso quedarse siempre contigo en forma de pan y de vino. Quiso que su Cuerpo y su Sangre fueran cuerpo y sangre tuyos. Quiso ser tu alimento, tu fuerza, tu Luz. Y sólo porque te quiere. Sólo por amor.

¿Qué te alimenta a ti en la vida? ¿Qué te da fuerza? ¿De dónde tomas tu energía para vivir y dar vida a los demás?

Cada uno da lo que recibe y recibe lo que da… antes o después. ¿A quién alimentas, quién recibe de ti fuerza para seguir viviendo? ¿A nadie?

Jueves Santo, Jueves de Pan y entrega. Jueves de mesa compartida hasta el fin del mundo. Así es el Dios en quien creemos. Sólo tienes que acercarte a Su Mesa y querer recibirle, querer que Él forme parte de tu “menú” diario. Todos los hambrientos del mundo: hambrientos de pan, de alegría, de compañía, de fe, de esperanza de cariño, de calor… todos esperan de ti un pedazo de pan. No es tuyo. Tú sólo desea con todas tus fuerzas que lo que recibes de Cristo seas capaz de darlo a los demás. Hasta el fin del mundo.

¿Te sientes amado por Dios? ¿En qué lo notas? Sé concreto… ¿Encuentras sentido a esta propuesta de vida: amar por encima de todo? ¿Por qué? ¿Llegas a entender el cambio que esto puede provocar en ti, en tu entorno, en el mundo?

Comentario al evangelio de hoy (5 de abril)

En la tarde de este jueves santo se remueven muchas fibras. Cuando la iglesia entera, esparcida por el mundo, entra en el cenáculo, se descubre a sí misma, hace un cursillo acelerado para aprender el arte de lavar los pies y se pregunta de nuevo qué significan el pan y el vino que come cada día. Hoy no quiero extenderme en explicaciones acerca de la Pascua judía o de la importancia teológica que tiene el relato que Pablo hace en la carta a los Corintios. Quisiera evocar con todos vosotros el sacramento de la eucaristía, vinculándolo -como hace la liturgia- al amor fraterno y al ministerio eclesial.

Una mole de hormigón y ladrillo cubre los cenáculos donde se asientan hoy los comensales. Los de ayer soñaban que el Nazareno les pusiera en marcha un país soberano. Lo soñaron hasta en la cena de despedida que conmemoramos en esta tarde. Los de hoy, alineados en bancos paralelos, nos conformamos con que nos mantenga el tono vital en medio de un ritmo acelerado. En ambos casos, el anfitrión no se contenta con cubrir el expediente: se da a fondo perdido. No sólo nos invita a comer, que ya es signo de amor, sino que se nos entrega como comida: “O sacrum convivium in quo Christus sumitur”.

En medio de la ausencia -¿dónde puedo encontrar hoy a Cristo?- he aquí un destello en que el pasado, el presente y el futuro se funden en un memorial de intensiva presencia. Hace falta estar muy ciego para no percibir la hermosura de su rostro y la huella de su pie resucitado. En esta tarde del jueves santo aprendemos a “caer en la cuenta” de muchas presencias suyas casi desapercibidas.

Helo ahí en la asamblea congregada para recibir su dosis de pan y de palabra. Helo ahí, cargado de arrugas y recuerdos o con las hormonas bailando el ritmo adolescente. Helo ahí en medio de esa humanidad que huele a conformismo y a búsqueda sincera a partes iguales. Helo ahí porque Él lo ha dicho: donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Helo ahí en el que preside, débil de los pies a la cabeza, vestido de blanco y aprendiz de servidor, mano trémula y visible de un Amigo misterioso. Helo ahí en el ministro cuyo encargo primordial es lavar los pies y repartir el pan.

Helo ahí en la palabra que se extrae del cofre arcano y vivo de las Escrituras, de esa Palabra que permanece para siempre. Helo ahí hablando por la boca de Moisés y de Pablo de Tarso, con el estilo llano del evangelio de Marcos y con la elegancia de la carta a los Hebreos. Helo ahí porque Él lo ha dicho: quien acoge mi palabra a mí me acoge.

Helo ahí en la encarnación diminutiva del pan y del vino, frutos de la tierra y de la artesanía, hechos trampolín simbólico de un alimento sin fecha de caducidad. Helo ahí porque Él lo ha dicho: quien come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna.

Helo ahí, ignoto y estadísticamente inmenso, en esa turba de necesitados que lo mismo pasan hambre, que son encarcelados o que se entierran vivos en una depresión. Helo ahí porque Él lo ha dicho: lo que hicisteis con uno de estos pequeños conmigo lo hicisteis.

Helo ahí cruzando de parte a parte esta realidad del mundo que ha sido inyectada de resurrección. Helo ahí hablando la lengua de los signos de los tiempos, que hoy suena lucha por la paz y la justicia y mañana diálogo interreligioso o liberación de la mujer.

Helo ahí, invisible y terapéutico, en ese concentrado de presencias que es la eucaristía, cumbre y fuente de toda vida cristiana. Donde hay eucaristía hay asamblea, ministro presidente, Palabra, pan y vino, hombres y mujeres necesitados, signos de los tiempos. Helo ahí, pues, hecho vitamina del mundo en el gesto millonariamente repetido de tomar el pan, pronunciar la acción de gracias, partirlo y entregarlo.

¿Quién puede ser de los suyos al margen de este milagro cotidiano? ¿Quién va a partirse el tipo desenganchado del Único que se lo ha partido hasta el final?

Jesús Losada

Jueves Santo

Hoy es 5 de abril, Jueves Santo.

Hoy es el día del servicio, el día del amor llevado hasta el extremo. Concédeme, Señor, entrar en la profundidad de tu pasión. Quisiera acompañarte en cada una de tus acciones durante la última cena con tus discípulos. Ayúdame a comprender tus palabras, tus gestos, tus sentimientos y que al final pueda reconocer que todo esto es por mí.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 13,1-15)

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»

Jesús le replicó: «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.»

Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás.»

Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.»

Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»

Jesús le dijo: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.»

Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.» Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

Señor, sabías que te quedaban pocos días de vida. Tus gestos eran el testamento que dejabas a tus discípulos. Ellos apenas habían entendido nada. incluso uno de los tuyos te iba a traicionar. Y tú ya no profuncias más palabras. Te levantas, te ciñes la toalla como un esclavo y les lavas los pies uno a uno.

Te pones a los pies de todos, el orgulloso Pedro, el traidor Judas, del apasionado Santiago, del tierno Juan. ¿Qué sentiste cuando les mirabas a los ojos desde abajo? ¿Qué despierta en mí esa mirada?

Como Pedro, algo en mí se resiste a verte así. No quiero sentirte a los pies del mundo. Prefiero verte triunfando y hacer yo lo mismo. Tú en cambio me mueves en otra dirección. Déjate lavar los pies. Deja que otros conozcan y cuiden tu miseria. Y por puro agradecimiento, haz tú lo mismo.

Vuelvo a leer el texto y me dejo conmover. Son tus últimos días, Señor. Es tu testamento sin palabras. ¿Véis lo que he hecho con vosotros, haced vosotros lo mismo?

Señor, gracias por indicarnos el verdadero camino hacia ti. El del abajamiento, el del servicio con toda radicalidad. Siempre que nos agachemos a los pies del mundo, para devolver la virginidad perdida allí estarás tú con nosotros, amando hasta el extremo.

Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Laudes – 5 de abril

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LITURGIA DE LAS HORAS

JUEVES SANTO

 

5 de abril

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

Salmo 94

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Jesús de María,

Cordero santo,

pues miro vuestra sangre,

mirad mi llanto.

¿Cómo estáis de esta suerte,

decid, Cordero casto,

pues, naciendo tan limpio,

de sangre estáis manchado?

La piel divina os quitan

las sacrílegas manos,

no digo de los hombres,

pues fueron mis pecados.

Bien sé, Pastor divino,

que estáis subido en alto,

para llamar con silbos

tan perdido ganado.

Ya os oigo, Pastor mío,

ya voy a vuestro pasto,

pues como vos os dais

ningún pastor se ha dado.

¡Ay de los que se visten

de sedas y brocados,

estando vos desnudo,

sólo de sangre armado!

¡Ay de aquellos que manchan

con violencia sus manos,

los que llenan su boca

con injurias y agravios!

Nadie tendrá disculpa

diciendo que cerrado

halló jamás el cielo,

si el cielo va buscando.

Pues vos, con tantas puertas

en pies, mano y costado,

estáis de puro abierto

casi descuartizado.

¡Ay si los clavos vuestros

llegaran a mi tanto

que clavaran al vuestro

mi corazón ingrato!

¡Ay si vuestra corona,

al menos por un rato,

pasara a mi cabeza

y os diera algún descanso!

 

SALMODIA

Ant. 1. Mira, Señor, fíjate que estoy en peligro, respóndeme en seguida.

Salmo 79

Pastor de Israel, escucha,

tu que guías a José como a un rebaño;

tu que te sientas sobre querubines,

resplandece ante Efraím, Benjamín y Manasés;

despierta tu poder y ven a salvarnos.

¡Oh Dios!,

restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Señor Dios de los ejércitos,

¿hasta cuando estarás airado

mientras tu pueblo te suplica?

Le diste a comer llanto,

a beber lágrimas a tragos;

nos entregaste a las disputas de nuestros vecinos,

nuestros enemigos se burlan de nosotros.

Dios de los ejércitos, restáuranos,

que brille tu rostro y nos salve.

Sacaste una vid de Egipto,

expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste;

le preparaste el terreno y echó rices

hasta llenar el país;

su sombra cubría las montañas,

y sus pámpanos, los cedros altísimos;

extendió sus sarmientos hasta el mar,

y sus brotes hasta el Gran Río.

¿Por que has derribado su cerca

paras que la saqueen los viandantes,

la pisoteen los jabalíes

y se la coman las alimañas?

Dios de los ejércitos, vuélvete:

mira desde el cielo, fíjate,

ven a visitar tu viña,

la cepa que tu diestra plantó,

y que tu hiciste vigorosa.

La han talado y le han prendido fuego:

con un bramido hazlos perecer.

Que tu mano proteja a tu escogido,

al hombre que tu fortaleciste.

No nos alegaremos de ti:

danos vida, para que invoquemos tu nombre.

Señor Dios de los ejércitos, restáuranos,

que brille tu rostro y nos salve.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1. Mira, Señor, fíjate que estoy en peligro, respóndeme en seguida.

 

 

Ant. 2. Él es mi Dios y Salvador: confiaré y no temeré.

Cántico: Is 12, 1-6

Te doy, gracias, Señor,

porque estabas airado contra mí,

pero ha cesado tu ira

y me has consolado.

Él es mí Dios salvador:

confiare y no temeré,

porque mi fuerza y mi poder es el Señor,

él fue mi salvación.

Sacaréis aguas con gozo

de las fuentes de salvación.

Aquel día, diréis:

dad gracias al Señor,

invocad su nombre,

contad a los pueblos sus hazañas,

proclamad que su nombre es excelso.

Tañed para el Señor, que hizo proezas; anunciadlas a toda la tierra;

gritad jubilosos, habitantes de Sión:

“¡Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel!”

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2. Él es mi Dios y Salvador: confiaré y no temeré.

Ant. 3. El Señor nos alimentó con flor de harina, nos sació con miel silvestre.

Salmo 80

Aclamad a Dios, nuestra fuerza:

dad vítores al Dios de Jacob:

acompañad, tocad los panderos,

las cítaras templadas y las arpas;

tocad las trompetas por la luna nueva,

por la luna llena que es nuestra fiesta;

Porque es una ley de Israel,

un precepto del Dios de Jacob,

una norma establecida para José

al salir de Egipto.

Oigo un lenguaje desconocido:

“retiré los hombros de sus cargas,

y sus manos dejaron la espuerta:

Clamaste en la aflicción, y te libré,

te respondí oculto entre los truenos,

te puse a prueba junto a la fuente de Meribá.

Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti:

¡ojalá me escuchases, Israel!

No tendrás un Dios extraño,

no adoraras un dios extranjero:

yo soy el Señor Dios tuyo,

que te saqué del país de Egipto:

abre tu boca y yo la saciaré.

Pero mi pueblo no escuchó mi voz,

Israel no quiso obedecer:

los entregué a su corazón obstinados,

para que anduviesen según sus antojos.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo

y caminase Israel por mi camino!

En un momento humillaría a sus enemigos

y volvería mi mano contra sus adversarios.

Los que aborrecen al Señor te adularían,

y su suerte quedaría fijada;

te alimentaría con flor de harina,

te saciaría con miel silvestre.”

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3. El Señor nos alimentó con flor de harina, nos sació con miel silvestre.

LECTURA BREVE         Hb 2, 9b-10

Vemos a Jesús coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación.

RESPONSORIO BREVE

V. Nos has comprado, Señor, con tu sangre.

R. Nos has comprado, Señor, con tu sangre.

V. De toda raza, lengua, pueblo y nación.

R. Co tu sangre.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Nos has comprado, Señor, con tu sangre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer.

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer.

PRECES

Oremos a Cristo, Sacerdote eterno, a quien el Padre ungió con el Espíritu Santo para que proclamara la redención a los cautivos, y digámosle:

Señor, ten piedad.

Tú que subiste a Jerusalén para sufrir la pasión y entrar así en la gloria,

— conduce a tu Iglesia a la Pascua eterna.

Tú que exaltado en la cruz quisiste ser atravesado por la lanza del soldado,

— sana nuestras heridas.

Tú que convertiste el madero de la cruz en árbol de vida,

— haz que los renacidos en el bautismo gocen de la abundancia de los frutos de este árbol.

Tú que clavado en la cruz perdonaste al ladrón arrepentido,

— perdónanos también a nosotros, pecadores.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Por Jesús hemos sido hechos hijos de Dios; por esto, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

ORACIÓN

Nuestra salvación, Señor, es quererte y amarte; danos la abundancia de tus dones y, así como por la muerte de tu Hijo esperamos alcanzar lo que nuestra fe nos promete, por su gloriosa resurrección concédenos obtener lo que nuestro corazón desea. Por nuestro Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.