Domingo I de Pascua – Ciclo B

1. Muerte-vida

Durante tres días hemos celebrado el misterio pascual del Señor; tres días para hacer presente la batalla que libran muerte y vida. Las fuerzas de muerte se han coaligado y han concentrado su poder contra una víctima inocente; por un tiempo parece que habían asegurado su triunfo. Junto al proceso de Jesús han ido desfilando ante nuestros ojos situaciones de muerte y de vida; la pasión de los hombres de hoy y de siempre.

Pero Dios hace justicia a las víctimas y se afirma como Dios de la vida resucitando a Jesús. De noche, y sobre el surco de este campo de Dios, fuera de los muros de la ciudad, estalla la vida y se hace presente el futuro. En la Vigilia pascual la “luz de Cristo” ha aparecido en medio de la noche. ¡Qué noche tan dichosa!

2. Noche-día

Día y noche se suceden y relacionan. Para nosotros hoy evocan las situaciones de los hombres y los estados del alma.

Era de noche (Jn 13,30) cuando Judas salió del cenáculo, no solo porque reinara la oscuridad exterior sino porque el fatalismo de la muerte se había apoderado de su alma. “Aún estaba oscuro”, cuando María Magdalena fue al sepulcro a realizar un piadoso homenaje al amigo muerto. Seguía atada al pasado, aunque el amor al desaparecido reclamaba su atención. ¿Qué otra cosa podía hacer? Cuidar con esmero el cuerpo ya sin vida del amigo como lo había atendido en vida; alimentar nostálgicamente recuerdos gratos, aliviar su pena.

Pero el día ya se abría paso; era el “amanecer del primer día de la semana”. La valentía de María, su fidelidad a Jesús más allá de la frontera de la muerte la convertirá en la primera en descubrir los indicios de la resurrección. También para ella amanece. Jesús sigue siendo el Señor: “Se han llevado al Señor”.

3. Pasado-futuro

Hay recuerdos que atan al pasado; otros abren al futuro; con estos el sujeto se convierte en testigo. “Pedro tomó la palabra y dijo (2ª lect.): Hermanos: vosotros conocéis lo que sucedió… nosotros somos testigos de todo…”. Pablo apelará igualmente a este recuerdo: “Os recuerdo, hermanos, el evangelio que os prediqué, que habéis recibido, y en el que permanecéis firmes… Porque os trasmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los doce…” El recuerdo del pasado se convierte en confesión de fe; en ella muerte y vida están unidas. Todo encaja.

4. Encuentro-testimonio

“Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos”. Pedro  y Pablo, y la comunidad cristiana tras ellos, cargan sobre sí la estimulante tarea de anunciar a la humanidad esta noticia llena de esperanza.

El lugar del encuentro con el resucitado no es la Jerusalén del templo ni el Jordán de Juan el bautista, sino la Galilea periférica, encrucijada de los paganos y frontera del mundo desconocido.

También hoy, Cristo el Viviente nos precede y convoca en nuestra Galilea particular, en nuestro mundo ruidoso e indiferente, agitado por corrientes revueltas. Permanecer cerrados, apegados a la tumba vacía, por miedo a salir a la plaza pública es pasar al lado de la Pascua y perder la oportunidad de encontrar al resucitado. Allí es la cita.

El bautismo por el que hemos resucitado con Cristo (2ª lect) y la eucaristía que celebramos actualizan en la iglesia el misterio pascual. Sobre este fundamento se asienta la vida pascual que estamos llamados a vivir e impulsar.

Vísperas – 7 de abril

VÍSPERAS

SÁBADO SANTO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

¡Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza!

Jamás el bosque dio mejor tributo

en hoja, en flor y en fruto.

¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida 
empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

 

Cantemos la nobleza de esta guerra,

el triunfo de la sangre y del madero;

y un Redentor, que en trance de Cordero,

sacrificado en cruz, salvó la tierra.

 

Dolido mi Señor por el fracaso 
de Adán,

que mordió muerte en la manzana,

otro árbol señaló, de flor humana,

que reparase el daño paso a paso.

 

Y así dijo el Señor: “¡Vuelva la Vida,

y que el Amor redima la condena!”

La gracia está en el fondo de la pena,

y la salud naciendo de la herida.

 

¡Oh plenitud del tiempo consumado!

Del seno de Dios Padre en que vivía,

ved la Palabra entrando por María

en el misterio mismo del pecado.

 

¿Quién vio en más estrechez gloria más plena,

y a Dios como el menor de los humanos?

Llorando en el pesebre, pies y manos

le faja una doncella nazarena.

 

En plenitud de vida y de sendero,

dio el paso hacia la muerte porque él quiso.

Mirad de par en par el paraíso

abierto por la fuerza de un Cordero.

 

Al Dios de los designios de la historia,

que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;

al que en la cruz devuelve la esperanza

de toda salvación, honor y gloria. Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Oh muerte, yo seré tu muerte; yo seré, oh abismo, tu aguijón.

 

Salmo 115

 

Tenía fe, aun cuando dije:

«¡Qué desgraciado soy!»

Yo decía en mi apuro:

«Los hombres son unos mentirosos.»

 

¿Cómo pagaré al Señor

todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la copa de la salvación,

invocando su nombre.

Cumpliré al Señor mis votos

en presencia de todo el pueblo.

 

Vale mucho a los ojos del Señor

la vida de sus fieles.

Señor, yo soy tu siervo,

siervo tuyo, hijo de tu esclava:

rompiste mis cadenas.

 

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,

invocando tu nombre, Señor.

Cumpliré al Señor mis votos

en presencia de todo el pueblo,

en el atrio de la casa del Señor,

en medio de ti, Jerusalén.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 1. Oh muerte, yo seré tu muerte; yo seré, oh abismo, tu aguijón.

 

 

Ant. 2. Como Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra.

 

Salmo 142, 1-11

 

Señor, escucha mi oración;

tú, que eres fiel, atiende a mi súplica;

tú, que eres justo, escúchame.

No llames a juicio a tu siervo,

pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti.

 

Eigul enemigo me persigue a muerte,

empuja mi vida al sepulcro,

me confina a las tinieblas

como a los muertos ya olvidados.

Mi aliento desfallece,

mi corazón dentro de mí está yerto.

 

Recuerdo los tiempos antiguos,

medito todas tus acciones,

considero las obras de tus manos

y extiendo mis brazos hacia ti:

tengo sed de ti como tierra reseca.

 

Escúchame en seguida, Señor,

que me falta el aliento.

No me escondas tu rostro,

igual que a los que bajan a la fosa.

 

En la mañana hazme escuchar tu gracia,

ya que confío en ti.

Indícame el camino que he de seguir,

pues levanto mi alma a ti.

 

Líbrame del enemigo, Señor.

Que me refugio en ti.

Enséñame a cumplir tu voluntad,

ya que tú eres mi Dios.

Tu espíritu, que es bueno,

me guíe por tierra llana.

 

Por tu nombre, Señor, consérvame vivo;

por tu clemencia, sácame de la angustia.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Como Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra.

 

 

Ant. 3. “Destruid este templo –dice el Señor-, y en tres días lo levantaré.” Él hablaba del templo de su cuerpo.

 

Cántico: Flp 2, 6-11

 

Cristo, a pesar de su condición divina,

no hizo alarde de su categoría de Dios,

al contrario, se anonadó a sí mismo,

y tomó la condición de esclavo,

pasando por uno de tantos.

 

Y así, actuando como un hombre cualquiera,

se rebajó hasta someterse incluso a la muerte

y una muerte de cruz.

 

Por eso Dios lo levantó sobre todo

y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;

de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble

en el cielo, en la tierra, en el abismo

y toda lengua proclame:

Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. “Destruid este templo –dice el Señor-, y en tres días lo levantaré.” Él hablaba del templo de su cuerpo.

 

 

LECTURA BREVE           1P 1, 18-21

 

Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por vuestro bien. Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

Cristo por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él; y pronto lo glorificará.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él; y pronto lo glorificará.

 

 

PRECES

 

Adoremos a nuestro Redentor, que por nosotros y por todos los hombres quiso morir y ser sepultado para resucitar de entre los muertos, y supliquémosle, diciendo:

Señor, ten piedad de nosotros.

 

Señor Jesús, de tu corazón traspasado por la lanza salió sangre y agua, signo de cómo la Iglesia nacía de tu costado;

— por tu muerte, por tu sepultura y por tu resurrección, vivifica, pues, a tu Iglesia.

 

Tú que te acordaste incluso de los apóstoles que habían olvidado la promesa de tu resurrección,

— no olvides tampoco a los que por no creer en tu triunfo viven sin esperanza.

 

Cordero de Dios, víctima pascual inmolada por todos los hombres,

— atrae desde tu cruz a todos los pueblos de la tierra.

 

Dios del universo, que contienes en ti todas las cosas y aceptaste, sin embargo, ser contenido en un sepulcro,

— libra a toda la humanidad de la muerte y concédele una inmortalidad gloriosa.

 

Cristo, Hijo de Dios vivo, que, colgado en la cruz, prometiste el paraíso al ladrón arrepentido,

— mira con amor a los difuntos, semejantes a ti por la muerte y la sepultura, y hazlos también semejantes a ti por su resurrección.

 

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Señor todopoderoso, cuyo Unigénito descendió al lugar de los muertos y salió victorioso del sepulcro, te pedimos que concedas a todos tus fieles, sepultados con Cristo por el bautismo, resucitar también con él a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Jn 20, 1-9

* El cuarto es un evangelio testimonial. Detrás de su compleja y elevada articulación se halla la doble visión de un testigo: visión ocular (“vio”) y visión de fe (“creyó”). Estos dos verbos sintetizan el testimonio en el que descansa la tradición joánica. Se trata de un testigo ocular pero iluminado por el Espíritu. El énfasis de estos dos verbos (ver y creer) revela la experiencia personal del creyente del cual parte la tradición plasmada en el evangelio espiritual. Identificado por la tradición con Juan, el hijo de Zebedeo y hermano de Santiago, él mismo, o la comunidad que lo rodeó y gestó el evangelio de su nombre, prefirieron el anonimato. Sabemos que se esconde tras dos apelativos frecuentes a lo largo de la narración y que se hallan combinados precisamente en esta escena. “Entonces (María Magdalena) fue corriendo a decírselo a Simón Pedro y “al otro discípulo”, “a quien Jesús amaba”.

* El relato de la tumba vacía se concentra en la visita hecha por Pedro y “el otro discípulo”. El episodio de Magdalena -la única mencionada por Juan- será ampliado más adelante, en un denso diálogo entre Jesús y María. Cuando ésta comunica a los discípulos la ausencia del cuerpo de Jesús, el plural “no sabemos dónde lo han puesto” confirma la tradición común de un grupo de mujeres presentes en el sepulcro. Juan presenta sola a María preparando la escena de la mujer nueva, surgida del costado abierto del crucificado-resucitado.

También omite Juan la presencia de un ángel (Mateo y Lucas) o joven intérprete (Marcos). La reflexión del propio evangelista cumple la función del intérprete. “Hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos”. Es de notar el paralelismo entre el “debía resucitar” tan del uso lucano y el joánico. Lo sucedido corresponde al plan inexorable y escondido de la historia de la salvación.

* La carrera de los discípulos hacia el sepulcro es, en definitiva, la carrera de la fe, según el peculiar uso joánico de las imágenes. La fe puesta en relación con la Escritura. No es pequeño el contraste entre las dos figuras. Pedro vio los lienzos y el sudario, pero no concluyó nada; el “otro discípulo” sin embargo vio lo mismo, pero “vio y creyó”. ¿Cuál es la diferencia? La Escritura. Si no se ve en la Escritura un testigo de Jesús, de poco sirven las vendas y el sudario. De ahí nacía el “no sabemos” de la Magdalena. Con todo la disposición en la tumba de las vendas y el sudario tienen función de signo. Lázaro salió de la tumba envuelto en la mortaja (11,44), simbolizando que tendría que morir de nuevo. Jesús abandona definitivamente la suya, porque “Cristo resucitado ya no muere más”. Así que los signos son también importantes, para la fe apoyada en la Escritura.

Col 3, 1-4

* El pasaje está situado en el paso de la parte dogmática (expresión y contemplación del misterio de Cristo) a la parte exhortativa y moral de la carta. Pablo ha presentado el bautismo como una inmersión en el misterio de Cristo salvador (2,12; cfr vigilia) y una ascensión a una vida verdadera. Este breve pasaje es la expresión de la lógica de una vida de bautizados.

* En él se contraponen dos tipos de tensiones: – entre el hoy y la etapa final; las realidades de la vida nueva ya experimentadas no se reconocen sino en la fe. Pablo ha evocado “el amor” según el Espíritu (1,8) y la esperanza firme (1,23), la alegría incluso en la persecución (1,8.24), la libertad (2,8), la sabiduría que es conocimiento y discernimiento verdaderos (1,9); – hay sobre todo una tensión entre dos órdenes de realidades: “las cosas de arriba” “las de la tierra”. El tema bíblico de la búsqueda expresa la orientación profunda de una vida. “Buscad las cosas de arriba”. La aventura de Jesús continuará en cada uno de los bautizados. Si hacemos fructificar “esta vida oculta en Dios” entonces construiremos el universo en la dirección de la libertad y del amor y nuestra vida está justificada; cuando Cristo aparezca también nosotros apareceremos con él, en su nuevo esplendor.

Resurrección: porque el amor no muere

Estos versos de la llamada “poesía romántica” de Prilutzky me hablan hoy de resurrección. Imagino a unos discípulos asustados, sin terminar de creer que la muerte se lo haya llevado todo; aún recuerdan vívidamente la voz del Maestro, del Amigo, sus gestos, su ternura, su mirada. Él ya no está, pero está en todos y en todo. ¿Acaso la muerte puede acabar con lo que amamos?

Imagino estos versos detrás del diálogo con María Magdalena en el sepulcro, imagino que a esto se referían los discípulos de Emaús cuando decían que les ardía el corazón… Yo no sé si sus amigos “verían” a Jesús tal y como lo habían conocido, de lo que sí estoy convencida es que en algún momento se dieron cuenta de que querían a ese hombre más que a nada en el mundo, y que este amor daba sentido a sus vidas.

(María G. Barral)

Dile que no me tema, amor, y dile
que estoy a su lado como el aire,
como un cristal de niebla o como el viento
que se aquieta la tarde.
Dile que no me huya, amor, y dile
que no me vuelva a herir, que no me aparte,
que soy el brillo húmedo en sus ojos
y el latido en su sangre.
Dile que no me aleje, amor, y dile
que yo soy el umbral de su morada,
el agua de su sed
y aquel único pan para su hambre (…)
Dile que no recuerde y dile
que no respire, amor, sin respirarme.

Julia Prilutzky

Hch 10, 14a. 37-43

Durante la Pascua, la primera lectura se centrará en los Hechos de los Apóstoles. Un libro que, en la obra lucana, da continuidad, como una segunda parte, a la misión redentora de Jesús, ahora heredada tras su muerte y resurrección por sus discípulos, por la Iglesia. Estos primeros discípulos van aumentando poco a poco gracias a la acción del Espíritu Santo. La promesa de Jesús sobre la eficacia del Espíritu se hace patente en cada acción de los creyentes. El libro de los Hechos recoge, pues, los comienzos del anuncio misionero y los primeros pasos de la comunidad cristiana: su estilo de vida -en ocasiones de modo más ideal que real-, su expansión y organización, sus persecuciones,…

El texto de hoy relata cómo esta primera comunidad desborda la tradicional comprensión israelita de la salvación. Su contexto es el discurso de Pedro en la casa de un pagano, Cornelio, un centurión romano. Allí, Pedro (la Iglesia por él representada) supera las barreras del judaísmo y se abre a todos los pueblos en el anuncio del mensaje de salvación.

* El término Kerigma alude en la tradición cristiana al anuncio de la salvación que Dios ofrece al mundo entero por medio de Jesús, su Hijo, que se hace manifiesto en su muerte y resurrección. Este es el núcleo de la predicación cristiana, y Lucas lo ha puesto en nuestro texto en boca de Pedro. Comienza el pasaje con una información explicación histórica de los hechos: “Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba… Me refiero a Jesús de Nazaret…”

* El centro de este anuncio no es una doctrina teológica ni moral, sino una persona: Jesús, el Mesías de Dios. Cuanto de él se dice está avalado por el testimonio de la experiencia personal: “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y Jerusalén”. El anuncio de los primeros cristianos, así como el nuestro, no nace de una reflexión teórica, filosófica y teológicamente bien construida, sino de una experiencia de seguimiento de una persona concreta y del testimonio de cuanto hizo y dijo.

Junto a este testimonio está la conclusión de su vida. Sin ello el kerigma quedaría incompleto. “Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver […] a los testigos que él había designado”.

* Como nos encontramos en toda la tradición bíblica, los testigos y agentes de las acciones salvíficas divinas no lo son por sus singulares o especiales aptitudes, por su valía personal, sino por la elección divina. En la historia de nuestro relato, no todos fueron testigos de lo que Pedro anuncia, sino tan solo unos elegidos; estos comieron y bebieron con Jesús antes de su muerte (lo conocieron bien) y también después de su resurrección (lo reconocieron vivo). En sentido propio, testigos de la muerte del Nazareno lo fueron cuantos allí había, seguidores y adversarios; pero testigos de su resurrección sólo lo fueron quienes él había designado, ni siquiera todos sus discípulos. Y en la fuerza y veracidad de su testimonio se basa la fe de cuantos hoy nos confesamos cristianos. Y así ha sido a lo largo de la historia.

* El texto termina vinculando el conocimiento y encuentro con el Resucitado con la misión de la Iglesia: “Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio”. El testimonio de estos hechos y su significado -Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos- es la razón de la existencia de la Iglesia. Ella está al servicio del testimonio y del anuncio. De un anuncio que no solo proclama algo sucedido sino que además lo actualiza y lo hace realidad en cada una de las personas que acogen su mensaje: “los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados”.

Sábado Santo

¿Qué es lo más grande que alguien ha hecho por ti? ¿Alguien que no te haya dado por perdido nunca ni de ningún modo? ¿Alguien que haya pasado por cualquier cosa con tal de encontrarte, de sacarte de donde estabas para que estuvieras mejor? Jesús de Nazaret, el Cristo, el hijo de María y de José. Él quiso hacerse uno de nosotros, pasar por lo que todos pasamos, incluso la muerte. La Cruz no fue apariencia, ¡fue real! Si no hubiera muerto de verdad, ¿cómo alegrarnos de su Resurrección? Fiel hasta el final, sin ahorrarse ni un solo paso. Y sólo porque te quiere. Sólo por amor.

La Iglesia guarda silencio hoy. Todo el día se mantiene expectante, sin moverse. No hay nada que pueda hacer. Lo que queda por hacer ya sólo lo puede hacer Dos. y para muchos no existe. Está muerto. No merece la pena. Desde los primeros siglos se ha representado a Jesús “bajando a los infiernos”. Reconocerás la escena porque Jesús aparece tomando de la mano a diversos personajes. Es decir, no le basta con morir por ti. Quiere buscar a todo el que se encuentre perdido. Eternamente perdido.

Sábado Santo, Sábado de silencio y espera. Sábado de fe, de esperanza. ¡Qué fácil fiarse cuando todo sale bien! ¡Qué fácil fiarse cuando tenemos pruebas claras y evidentes de que merece la pena y hay futuro! ¡Qué difícil esperar cuando todo lo que ves es la losa de un sepulcro inmenso y voces que te gritan o susurran: “Es mentira… Dios ha muerto… No merece la pena…”

Él te busca siempre. Nunca te da por perdido. ¡Jamás! Déjate encontrar por Él. Fíate. Si le buscas, no te olvides, es que de algún modo ya le encontraste y algo dentro de ti le echa de menos.

¿Qué te gustaría que Jesús hiciese por ti hoy? ¿De qué necesitas que “te levante”? Pídeselo… escríbelo en forma de petición…

Pregón Pascual

— El Señor esté con vosotros…

— Levantemos el corazón…

— Demos gracias al Señor nuestro Dios…

Sí, es justo y necesario agradecer el Amor que irradia la vida de Jesús.

A Jesús le gustaba disfrutar la vida:
comer bien y en buena compañía, tener salud, trabajar dignamente…
dialogar con todos e intentar comprenderlos, disfrutar de la fiesta;
organizar su vida en libertad, amar y ser amado, alegrar y ser alegrado;
estar cerca de los que sufren para remediar sus males y dolencias;

Como nosotros, experimentó la fragilidad y el egoísmo de la gente:
le dolían los enfermos y los demás excluidos de la sociedad;
le preocupaban los que no podían trabajar ni vivir con honradez;
le indignaba el uso interesado, discriminatorio y cruel de la religión.

Jesús sentía que un Espíritu de Amor infinito lo habitaba en lo profundo;
oía su voz llamándole “Hijo mío, en quien me complazco”;
le impulsaba a curar y a alimentar a quienes lo necesitaban;
le movía a denunciar el sufrimiento y el egoísmo;
le llenaba de amor a todos, especialmente a los que más sufren.

Desde esta experiencia, Jesús ofreció su alternativa de vida: el reinado de Dios;
dedicó su vida a pregonarlo y a ponerlo en marcha;
reunió un grupo de hombres y mujeres para vivirlo.

La base del grupo sería la confianza en este Amor de Padre y Madre Dios.

Desde este Amor procura organizar la vida comunitaria:
rechazar los falsos valores: el afán de dinero, de prestigio y de poder;
aceptar el Amor que comparte, que iguala en dignidad, que ayuda siempre.

El Amor, que es Dios mismo, les libraba de toda opresión,
hacía imposible la violencia,
limpiaba de egoísmo y maldad el corazón,
movía el trabajo por la reconciliación y la paz.

Este Amor sin medida es Amor puro, gratuito, universal;
no coincide con el “dios” de las religiones:
el dios que acecha para premiar o castigar;
el dios que se adueña de nuestra libertad y conciencia;
el dios que se deja controlar por sus ministros interesados;
el dios que se afana y hay que aplacarlo y consolarlo…

Este Amor encontró la oposición de los bien instalados:
de los enriquecidos por el sistema y sus habilidades,
de los llenos de poder y honores… frente a los humillados y empobrecidos.

Hoy celebramos que este Amor no muere, sino que conduce a la Vida sin fin:
Jesús nos ha abierto los ojos con este Amor, lo ha hecho luz y puerta abierta.

El Amor lo abrazó y lo hizo sabiduría de vida definitiva:
¡Jesús ha resucitado! ¡Jesús vive!

Este cirio encendido, signo de Cristo resucitado, ilumina nuestra comunidad.

Es el Amor vigilante, despierto, resucitado, siempre vivo:
la muerte física es la puerta al abrazo pleno de este Amor.

Nuestro afán de felicidad se cumple gracias a este Amor que no muere jamás,
así en la tierra como en el cielo.

¡Feliz Pascua! ¡Feliz reencuentro con el Amor!

La nueva vida

1.- El tesoro más apreciado por el ser humano es la vida. La Biblia afirma que Dios es autor de la vida misma y que ordena transmitirla. Al mismo tiempo prohíbe destruirla. Por ser, pues un don de Dios, la vida humana es sagrada. Pero esta vida es imagen de la vida definitiva, la que se descubre en el Resucitado.

2.- La acción de “resucitar” equivale en el Nuevo Testamento, a “ponerse de pie”, o resurgir después de la muerte. No es mera inmortalidad del alma, como si el cuerpo fuera su cárcel. Resucita todo el ser humano, con su cuerpo. Por otra parte, la resurrección cristiana es acceso a la vida plena y definitiva; es el acto por el que Dios da su propia vida, la “eterna”.

3.- Con la resurrección, el ser personal de Jesús se transforma en su totalidad. No se trata de que Cristo vuelva a la vida, sino de que es glorificado y vive otra realidad, otro mundo nuevo. Este es el objeto cristiano de la fe. Los Hechos de los Apóstoles transmiten la predicación cristiana primera, basada en que Cristo resucitó. En el Resucitado, prenda de nuestra esperanza, están las primicias de la resurrección universal.

4.- Pero el Resucitado es el mismo que el Crucificado o el entregado a la causa del reino de Dios. La vida definitiva, que se da con la resurrección de los muertos, empieza aquí. El efecto de la resurrección se pone en la vida o en el paso de la muerte a la vida. Creer en la resurrección de Cristo es luchar contra toda clase de muerte y apostar por una vida plena para todos.