Vísperas – 8 de abril

VÍSPERAS

DOMINGO DE PASCUA

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

 

HIMNO

 

Nuestra Pascua inmolada, aleluya,

Es Cristo el Señor, aleluya, aleluya.

 

Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz!,

despierta, tú que duermes,

y el Señor te alumbrará.

 

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!,

el mundo renovado

canta un himno a su Señor.

 

Pascua sagrada, ¡victoria de la cruz!

La muerte, derrotada,

ha perdido su aguijón.

 

Pascua sagrada, ¡oh noche bautismal!

Del seno de las aguas

renacemos al Señor.

 

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!

Dejad al hombre viejo,

revestíos del Señor.

 

Pascua sagrada. La sala del festín

se llena de invitados

que celebran al Señor.

 

Pascua sagrada. ¡Cantemos al Señor!

Vivamos la alegría

dada a luz en el dolor.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

 

Salmo 109, 1-5. 7

 

Oráculo del Señor a mi Señor:

«Siéntate a mi derecha,

y haré de tus enemigos

estrado de tus pies.»

 

Desde Sión extenderá el Señor

el poder de tu cetro:

somete en la batalla a tus enemigos.

 

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,

entre esplendores sagrados;

yo mismo te engendré, como rocío,

antes de la aurora.»

 

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:

«Tú eres sacerdote eterno

según el rito de Melquisedec.»

 

El Señor a tu derecha, el día de su ira,

quebrantará a los reyes.

 

En su camino beberá del torrente,

por eso levantará la cabeza.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

 

Salmo 113 A

 

Cuando Israel salió de Egipto,

los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,

Judá fue su santuario,

Israel fue su dominio.

 

El mar, al verlos, huyó,

el Jordán se echó atrás;

los montes saltaron como carneros;

las colinas, como corderos.

 

¿Qué te pasa, mar, que huyes,

y a ti, Jordán, que te echas atrás?

¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;

colinas, que saltáis como corderos?

 

En presencia del Señor se estremece la tierra,

en presencia del Dios de Jacob;

que transforma las peñas en estanques,

el pedernal en manantiales de agua.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 2. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

 

 

Ant. 3. Jesús dijo: “No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis”. Aleluya.

 

Cántico: Ap 19, 1-7

 

Aleluya.

La salvación, y la gloria, y el poder son de nuestro Dios.

Aleluya.

Porque sus juicios son verdaderos y justos.

Aleluya.

 

Aleluya.

Alabad al Señor sus siervos todos.

Aleluya.

Los que le teméis pequeños y grandes.

Aleluya.

 

Aleluya.

Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.

Aleluya.

Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.

Aleluya.

 

Aleluya.

Llegó la boda del cordero.

Aleluya.

Su esposa se ha embellecido.

Aleluya.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Jesús dijo: “No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis”. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE           Hb 10, 12-14

 

Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Aleluya.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Aleluya.

 

 

PRECES

 

Oremos a Cristo, el Señor, que murió y resucitó, y ahora intercede por nosotros, y digámosle:

Cristo, Rey victorioso, escucha nuestra oración.

 

Cristo, luz y salvación de todos los pueblos,

— derrama el fuego del Espíritu Santo sobre los que has querido que fueran testigos de tu resurrección en el mundo.

 

Que el pueblo de Israel te reconozca como el mesáis de su esperanza

— y la tierra toda se llene del conocimiento de tu gloria.

 

Consérvanos, Señor, en la comunión de tu Iglesia

— y haz que esta Iglesia progrese cada día hacia la plenitud que tú le preparas.

 

Tú que has vencido la muerte, nuestro enemigo, destruye en nosotros el poder del mal, tu enemigo,

— para que vivamos siempre para ti, vencedor inmortal.

 

Cristo Salvador, tú que te sometiste incluso a la muerte y has sido levantado a la derecha del Padre,

— recibe en tu reino glorioso a nuestros hermanos difuntos.

 

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Señor Dios, que en este día nos has abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concede a los que celebramos la solemnidad de la resurrección de Jesucristo, ser renovados por tu Espíritu, para resucitar en el reino de la luz y de la vida. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

CONCLUSIÓN

 

V. Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya.

R. Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya.

Aspirad a los bienes de arriba (Col 3,1-4)

ORACIÓN:

Jesús centrado en lo de arriba, en el Espíritu.
Hoy, el fragmento de la carta a los cristianos de Colosas nos recuerda
que tu resurrección es también nuestra: “habéis resucitado con Cristo”.
Un poco antes (2,12) se nos dice:
fuisteis sepultados con Cristo en el bautismo, en el que también resucitasteis con él 
por vuestra fe en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos”.
Es lo mismo que dice Pablo en la carta a los Romanos:
¿Habéis olvidado que a todos nosotros, al bautizarnos vinculándonos al Mesías Jesús, 
nos bautizaron vinculándonos a su muerte? 
Luego aquella inmersión que nos vinculaba a su muerte nos sepultó con él,
para que, así como Cristo fue resucitado de la muerte por el poder del Padre, 
también nosotros empezáramos una vida nueva. 
Pues si por esta acción simbólica hemos sido incorporados a su muerte, 
también lo seremos a su resurrección… 
Teneos por muertos al pecado y vivos para Dios, mediante el Mesías Jesús.29
Esta lectura, Jesús resucitado, nos recuerda nuestra raíz cristiana:
la consagración bautismal: el nacimiento de arriba, del agua y del Espíritu;
el abrazo primero y decidido contigo y con tu causa;
el momento en que nos entregas tu Espíritu para sentirnos hijos del Padre,
y enviados, como tú, a realizar tu misma misión;
ahí nos haces “otro Cristo”, otro ungido para evangelizar a los pobres,
liberar oprimidos, abrir ojos y proclamar el amor incondicional de Dios.
Ahí nos introduces en la comunidad eclesial: comunidad de enviados,
corresponsables de tu misma tarea, comunión para la misión.30
Estad centrados arriba, no en la tierra:
esta es la llamada de la segunda lectura de hoy;
es la llamada a buscar unidad y sentido a nuestra vida.
Nos recuerda tu propuesta a Nicodemo:
Si uno no nace de nuevo, no puede vislumbrar el reino de Dios.
El reino de Dios es la realización plena humana;
el creador no puede querer otra cosa que la dicha de sus criaturas;
como un padre o madre la felicidad de sus hijos.
La felicidad humana, Jesús de Nazaret, era tu única teología:
no querías el sufrimiento ni el dolor, y por eso curabas y consolabas;
proponías encontrar la dicha por la vida compartida en sobriedad,
en libertad y ayuda mutua,
en corazón limpio y proceder justo,
en el trabajo por la paz como hijos de Dios…
En esta lucha por el Reino se implicó toda tu existencia:
hacías las obras que el Padre te inspiraba;
escuchabas su voz en el silencio de tu corazón.
A esta lucha por el reino nos quieres llevar a nosotros:
por eso nos ha dado tu Espíritu, como el Padre te lo ha dado a ti;
es el Espíritu recibido en el agua del bautismo;
si uno no nace de agua y Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.
Es la fuerza que nos lleva a creer en la cercanía amorosa de Dios:
podemos ser dichosos, podemos vencer el mal, podemos realizarnos.
Estad centrados arriba, no en la tierra,
es decir, en el Espíritu de amor que Dios nos envía.
Jesús resucitado, danos a sentir tu Espíritu;
queremos escucharlo en lo profundo, en el centro de nuestro ser;
que tu amor gratuito unifique nuestro corazón y nuestra actividad;
que tu amor nos ponga al servicio de todos, primero de los más necesitados.

Rufo González

“Hay que responder a los impulsos del Espíritu”

Aspirad a los bienes de arriba (Col 3, 1-4)

Lo leído hoy es la otra cara del bautismo: la comunión en el Espíritu de Cristo. Hemos sido incorporados a la resurrección de Cristo. Ya vivimos de su Espíritu: buscad lo de arriba, donde está el Mesías… Estad centrados arriba, no en la tierra. Este segundo imperativo (versión litúrgica: aspirad) es del verbo “froneo”, al que ya hemos aludido; procede de “fren”: “toda membrana que envuelve un órgano”, el corazón, el hígado, las vísceras, etc. De aquí pasa a significar aquello que configura o da unidad al ser humano: corazón, alma, inteligencia, voluntad… Alude a la fuerza que orienta y unifica al cristiano y a la comunidad. Hemos nacido de lo alto (“anozen”: de arriba, Jn 3,3), luego centraos en lo de arriba (“ta ano froneite”), no en lo que está en la tierra (Col 3,2). Claramente se refiere al Espíritu que hemos recibido de Jesús. Él unificó la vida de Jesús: le ungió para evangelizar a los pobres, liberar oprimidos, abrir ojos y proclamar el amor incondicional de Dios (Lc 4,17-21).

Habéis muerto, vuestra vida está escondida…; apareceréis en gloria (3,3-4). Por el bautismo se muere a “lo terrenal”, a lo puramente inmanente, al egoísmo. Pero, por el bautismo, el Espíritu esconde o envuelve nuestra vida en el amor del Padre. “Dios, rico en misericordia, nos tiene un inmenso amor; aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a la vida junto con Cristo  -¡por pura gracia habéis sido salvados!-, nos resucitó y nos sentó con él en el cielo” (Ef 2, 4-6).

En los versículos siguientes (3,5,14) invita a extirpar lo que hay de inhumano en nosotros: el descontrol de los instintos, la codicia egoísta, los arrebatos de ira, el malquerer, la mentira, la exclusión por raza, religión, nacionalidad, estado social… Por el contrario debemos “vestirnos” con las actitudes que proceden del Espíritu: ternura, agrado, humildad, sencillez, tolerancia, aguante y perdón mutuos… Y, por encima de todo, ceñíos del amor mutuo, el cinturón perfecto (3,14).

Domingo de Resurrección

¿Qué es lo más grande que alguien ha hecho por ti? ¿Alguien ha sacado vida de la muerte, luz de la noche, calor del frío, esperanza del sufrimiento? ¿Alguien puede quedarse contigo para siempre y plenamente, sin que nada ni nadie os separe jamás? Jesús de Nazaret, el Cristo, el hijo de María y de José. Nosotros lo colgamos de un madero. Molestaba. Pero Dios, su Padre y nuestro Padre lo ha resucitado. ¡Es verdad! Ha cumplido lo que nos prometió aunque de un modo que ninguno de nosotros podía esperar. ¡Está vivo! ¡Es increíble! Y sólo porque te quiere. Sólo por amor.

¿Te imaginas poder creer de verdad, con todas tus fuerzas, que tu pequeña e insignificante vida le interesa al Creador del Universo, que te conoce y te llama por tu nombre, que ni un pelo de tu cabeza se mueve sin que Él lo sepa?

Domingo de Resurrección, Domingo de Vida para siempre, Domingo para celebrar que estamos vivos, ¡que Dios es un Dios de Vida y no de muerte! No vives solo… Hay Alguien que te vive y puedes sentirte vivido. Nada de lo que eres o haces le es ajeno. Nada. ¿Acaso puedes imaginar que esa persona a la que tanto quieres y que te quiere a ti, podrá desaparecer de tu vida tras la muerte? No… Y si eso es así con un amor tan humano y frágil como el nuestro, ¡imagínate la fuerza poderosa del amor de Dios! Sin fin… Sólo tienes que querer que Su Vida sea tu vida. Y vivirás.

¿Qué sensaciones, palabras, gestos… resuenan más en ti al acabar la lectura? ¿Qué puedes hacer tú por aportar algo a situaciones injustas que señalabas el viernes? Tan sólo señala una cosa… ¡puedes hacerlo! Ahora que sabes que Él está vivo. ¡¡¡Contigo!!!

Misterio de esperanza

Creer en el Resucitado es resistirnos a aceptar que nuestra vida es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándonos en Jesús resucitado por Dios, intuimos, deseamos y creemos que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el anhelo de vida, de justicia y de paz que se encierra en el corazón de la Humanidad y en la creación entera.

Creer en el Resucitado es rebelarnos con todas nuestras fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, humillación y sufrimientos, queden olvidados para siempre.

Creer en el Resucitado es confiar en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podremos ver a los que vienen en pateras llegar a su verdadera patria.

Creer en el Resucitado es acercarnos con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, discapacitados físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión, cansadas de vivir y de luchar. Un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: “Entra para siempre en el gozo de tu Señor”. 

Creer en el Resucitado es no resignarnos a que Dios sea para siempre un “Dios oculto” del que no podamos conocer su mirada, su ternura y sus abrazos. Lo encontraremos encarnado para siempre gloriosamente en Jesús.

Creer en el Resucitado es confiar en que nuestros esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no se perderán en el vacío. Un día feliz, los últimos serán los primeros y las prostitutas nos precederán en el Reino.

Creer en el Resucitado es saber que todo lo que aquí ha quedado a medias, lo que no ha podido ser, lo que hemos estropeado con nuestra torpeza o nuestro pecado, todo alcanzará en Dios su plenitud. Nada se perderá de lo que hemos vivido con amor o a lo que hemos renunciado por amor.

Creer en el Resucitado es esperar que las horas alegres y las experiencias amargas, las “huellas” que hemos dejado en las personas y en las cosas, lo que hemos construido o hemos disfrutado generosamente, quedará transfigurado. Ya no conoceremos la amistad que termina, la fiesta que se acaba ni la despedida que entristece. Dios será todo en todos.

Creer en el Resucitado es creer que un día escucharemos estas increíbles palabras que el libro del Apocalipsis pone en boca de Dios: “Yo soy el origen y el final de todo. Al que tenga sed, yo le daré gratis del manantial del agua de la vida”. Ya no habrá muerte ni habrá llanto, no habrá gritos ni fatigas porque todo eso habrá pasado.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio de hoy (8 de abril)

La resurrección de Jesucristo: la otra cara de la historia
¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

Al leer la Pasión (el Domingo de Ramos y el Viernes Santo) comprendimos que es posible leer la historia (la de la Pasión, la de la humanidad y la nuestra propia) “de otra manera”, positiva y esperanzada. En medio del dolor, la injusticia y la muerte fuimos capaces de encontrar ciertas claves que nos abrieron los ojos para la esperanza.

La noche de Pascua y su prolongación en la celebración del Domingo es una confirmación, es más, una proclamación que pone de manifiesto con toda su fuerza lo que empezamos a vislumbrar entonces. En medio de la noche celebramos la liturgia de la luz: las tinieblas empiezan a ser disipadas. Aunque es de noche, permanecemos en vela para ver esta luz, esta aurora. A esta luz la Palabra despliega ante nuestra mirada atónita toda la historia de salvación. Como una gran sinfonía se nos anuncia que, al hilo de la historia tormentosa y tantas veces malvada de la humanidad, Dios no ha estado durmiendo, sino que no ha dejado de actuar a favor de los hombres: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117). Contemplamos, pues, las grandes obras de Dios a favor de la vida, de la libertad, de la dignidad, a favor de los pobres y desvalidos, de las víctimas, a favor de todos sin distinción, pues llama a todos a la reconciliación, la restauración y el perdón.

Estas grandes obras de Dios han culminado definitivamente en su Hijo Jesucristo, su Palabra encarnada, que ha librado el combate decisivo contra el mal y su gran expresión y consecuencia que es la muerte. Enfrentándose con ella, entrando en ella, en apariencia derrotado por ella, Jesús la ha vencido por dentro, al sembrar la semilla del bien y del amor en el corazón mismo de lo que parece ser la victoria del mal: la semilla de la libertad (Jesús entrega libremente su vida), de la dignidad (Jesús no se somete ni pacta con las fuerzas del mal), de la Verdad (por cuyo testimonio entrega su vida), del Bien, pues no opone al mal que le aplasta un mal mayor, sino, por el contrario, un bien más poderoso: el del perdón ofrecido a todos y la reconciliación con Dios, abierta como sus brazos en la cruz y su costado traspasado por la lanza.

En esta noche, en este día Jesús realmente muerto, y en verdad vuelto a la vida, nos está diciendo que merece la pena perder a veces humanamente para ganar bienes no perecederos: merece la pena mantener la fidelidad (aunque a veces nos parece que con ello renunciamos a la felicidad inmediata), tratar de vivir en la verdad, renunciar a la venganza, saber pedir perdón con humildad y perdonar con generosidad… Y así un largo etcétera que la Palabra de Dios nos enseña y la vida misma, iluminada por esa Palabra, nos va mostrando.

La Resurrección de Cristo nos dice que es posible no sólo leer la historia en otra clave (positiva), sino vivir “de otra manera” haciéndonos protagonistas vivos y activos de esa “otra historia”, historia de salvación, historia de derrotas aparentes que se convierten en victorias. Para ello es preciso conectarse con el Autor de la salvación, aspirar a los bienes de arriba, que no es sino que nuestra vida esté con él, que nos enseña a vivir de esa otra manera, no sólo para sí (y, tal vez, para el pequeño círculo), el que transforma la muerte en vida. Ese es el sentido del Bautismo, que la liturgia de la noche pascual, en su tercera parte (tras el fuego y la Palabra), en la liturgia del agua, nos invita a renovar. Estamos bautizados en Cristo, esto es, estamos conectados a la fuente de esa vida nueva, de esa posibilidad más alta. De cuando en cuando, y la noche pascual es un momento especialmente privilegiado, necesitamos renovar de manera explícita nuestro bautismo, para recordar que estamos en camino y que este camino tiene todavía recorrido por delante. Pero el bautismo no es un rito mágico, sino el sello de una pertenencia y de una amistad que hay que renovar en el día a día, tratando de vivir de esa “otra manera”, aprendiendo a hacerlo en la escucha cotidiana de la Palabra y alimentando nuestra vida con la comunión en el misterio pascual que renueva la Eucaristía. Cuando al saludarnos con el grito de júbilo “¡Cristo ha resucitado!” respondemos “¡Verdaderamente ha resucitado!”, ese verdaderamente quiere subrayar que no se trata de una conmemoración sólo litúrgica o simbólica: nosotros somos testigos de la resurrección, “que hemos comido y bebido con él después de su resurrección”, cada vez que participamos en la Eucaristía.
Renovamos las promesas bautismales (a veces, siendo testigos del bautismo de los catecúmenos en este noche pascual) al contemplar primero en la noche, en la que ya vislumbramos la luz de la aurora, el sepulcro vacío. El lugar de la muerte ha soltado su presa. No hay que buscar entre los muertos al que vive. Jesús no es un personaje histórico admirable, que ha dejado su huella en la historia y luego, como todos los personajes de la historia, se ha ido, engullido por la voracidad del tiempo. Los que velan y lo buscan, como las mujeres en la noche pascual, reciben señales que dicen que Jesús vive y va a nuestro encuentro.

En la noche las mujeres, presas de la sorpresa y del miedo, no dijeron nada, según suena en esta noche el evangelio de Marcos (que insiste siempre en la dificultad para creer incluso de los propios discípulos; que nadie, pues, se extrañe si siente resistencia ante la noticia). Pero al romper el primer día de la semana, al hacerse la luz, aun incluso sin haber llegado a la plena comprensión (así se nos relata la situación de María Magdalena), el mensaje recibido se convierte en testimonio que llama a los demás discípulos a ir también a ver el lugar en el que Jesús ya no está, para que viendo esa ausencia se abra la luz de la fe: vio y creyó.

Ser cristiano es ver con los ojos de la fe, comunicar lo que hemos visto y creído, en primer lugar, a los otros discípulos: este testimonio mutuo es uno de los fundamentos de la Iglesia; ser cristiano es entrar a formar parte de esta historia “otra”, que transcurre en medio de la historia humana, en la que a veces aparecemos como derrotados y perdedores, aunque, en realidad, salimos victoriosos en aquel que, muerto y resucitado, ha vencido al mundo y vive hoy y reina por los siglos de los siglos.

Domingo de Resurrección

Hoy es 8 de abril, la Resurrección del Señor.

Estamos siempre en presencia de Dios. Vivimos habitados por él. Pero la oración nos ayuda a tomar conciencia de ello. Orar, decía Teresa de Jesús, es tratar a solas con aquel que sabemos que nos ama. En medio del cansancio y de las heridas de la vida, necesitamos detenernos. Y en este tiempo de Pascua, más que nunca, sentir que Dios está vivo y da vida.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 20, 1-9):

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

La Resurrección es el sí definitivo de Dios a Jesús y a su proyecto. Se equivocaron quienes hablaban de Dios como juez castigador. Tenía razón Jesús, Dios es Padre. Se equivocaron quienes condenaban a los pecadores. Tenía razón Jesús, Dios sale a su encuentro. La última palabra no la tiene la soledad ni la injusticia, ni el fracaso.

La Resurrección en sí misma no se puede contemplar. Sin embargo sí se pueden sentir sus efectos. Creer de corazón que Jesús ha resucitado, confesar que la muerte no tiene la última palabra, es un modo de estar en la vida. Que te mueva al fracaso, al dolor, al rechazo, no es lo último.

Todos los relatos de resurrección, cuestan a una comunidad que pasa de las dudas, y los miedos al anuncio y la proclamación. Arde el deseo de comunicar una buena noticia, de iluminar lo oscuro. Esa nueva realidades, todavía crucificadas, donde el grito del Dios vivo se hace hoy necesario.

El Padre no dejó a Jesús  en el lugar de la muerte, sino que lo resucitó. Dios, que en la cruz parecía callado, dice ahora su palabra definitiva. Es la victoria sobre las dudas, sobre las noches oscuras, sobre lo injusto. Al leer de nuevo el texto, déjate llenar por ese triunfo de la entrega y de la vida.

En la Pascua celebramos que el Señor vive y sus palabras hablan de vida y nos lanzan a vivir. Jesús sigue latiendo en nuestros sueños. En nuestros ideales, en nuestros esfuerzos. Habla con él ahora y pídele: Señor, ayúdame a vivir la Resurrección.

¿A dónde van
las siembras sin cosecha,
las gestaciones sin parto,
las torturas sin libertad,
los insomnios sin respuesta?

¿A dónde van
esas criaturas perdidas
para nuestras cuentas?

¡Nada se pierde!
Vuelven todas
a la tierra maternal
para hacerse humus fértil
donde el futuro crezca.
Regresarán una por una
hasta nuestra mesa
en la flor del mañana,
más libres
y más nuestras.

José Mª Rodríguez Olaizola, sj

Convierte esta oración en un mantra. Una frase que te pueda acompañar a lo largo de esta semana, repitiendo en tu interior, una y otra vez ese anhelo: Señor ayúdame a vivir la Resurrección, Señor ayúdame a vivir la Resurrección…

Laudes – 8 de abril

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LITURGIA DE LAS HORAS

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

 

8 de abril

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Ofrezcan los cristianos

ofrendas de alabanza

a gloria de la Víctima

propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado

que a las ovejas salva,

a Dios y a los culpables

unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte

en singular batalla,

y, muerto el que es la Vida,

triunfante se levanta.

“¿Qué has visto de camino,

María, en la mañana?”

“A mi Señor glorioso,

la tumba abandonada,

los ángeles testigos,

sudarios y mortaja.

¡Resucitó de veras

mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,

allí el Señor aguarda;

allí veréis los suyos

la gloria de la Pascua.”

Primicia de los muertos,

sabemos por tu gracia

que estás resucitado;

la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate

de la miseria humana

y da a tus fieles parte

en tu victoria santa. Amén. Aleluya.

 

 

SALMODIA

Ant. 1. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.

Salmo 62

¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,

mi alma está sedienta de ti;

mi carne tiene ansia de ti,

como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario

viendo tu fuerza y tu gloria!

Tu gracia vale más que la vida,

te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré

y alzaré las manos invocándote.

Me saciaré de manjares exquisitos,

y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti

y velando medito en ti,

porque fuiste mi auxilio,

y a la sombra de tus alas canto con júbilo;

mi alma está unida a ti,

y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

Cántico: Dn 3, 57-88. 56

Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;

cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;

ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;

astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;

vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;

fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;

témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;

noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;

rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,

ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;

cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;

mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;

aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;

bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;

siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;

santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,

ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,

alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

No se dice Gloria al Padre.

Ant. 2. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

Ant. 3. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como lo había anunciado. Aleluya.

Salmo 149

Cantad al Señor un cántico nuevo,

resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;

que se alegre Israel por su Creador,

los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,

cantadle con tambores y cítaras;

porque el Señor ama a su pueblo

y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria

y canten jubilosos en filas:

con vítores a Dios en la boca

y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos

y aplicar el castigo a las naciones,

sujetando a los reyes con argollas,

a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada

es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como lo había anunciado. Aleluya.

LECTURA BREVE           Hch 10, 40-43

Dios resucitó a Jesús al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.

RESPONSORIO BREVE

Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Aleluya.

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos, y que por su poder nos resucitará también a nosotros, y digámosle:

Cristo, vida nuestra, sálvanos.

Cristo, luz esplendorosa que brillas en las tinieblas, rey de la vida y salvador de los que han muerto,

— concédenos vivir hoy en tu alabanza.

Señor Jesús, que anduviste los caminos de la pasión y de la cruz,

— concédenos que, unidos a ti en el dolor y en la muerte, resucitemos también contigo.

Hijo del Padre, maestro y hermano nuestro, tú que has hecho de nosotros un pueblo de reyes y sacerdotes,

— enséñanos a ofrecer con alegría nuestro sacrificio de alabanza.

Rey de la gloria, esperamos anhelantes el día de tu manifestación gloriosa,

— para poder contemplar tu rostro y ser semejantes a ti.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Por Jesús hemos sido hechos hijos de Dios; por esto, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

ORACIÓN

Señor Dios, que en este día nos has abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concede a los que celebramos la solemnidad de la resurrección de Jesucristo, ser renovados por tu Espíritu, para resucitar en el reino de la luz y de la vida. Por nuestro Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

 

V. Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya.

R. Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya.