Vísperas – 11 de abril

VÍSPERAS

MIÉRCOLES DENTRO DE LA OCTAVA

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

 

HIMNO

 

¡Cristo ha resucitado!

¡Resucitemos con él!

¡Aleluya, aleluya!

 

Muerte y Vida lucharon,

y la muerte fue vencida.

¡Aleluya, aleluya!

 

Es el grano que muere

para el triunfo de la espiga.

¡Aleluya, aleluya!

 

Cristo es nuestra esperanza

nuestra paz y nuestra vida.

¡Aleluya, aleluya!

 

Vivamos vida nueva,

el bautismo es nuestra Pascua.

¡Aleluya, aleluya!

 

¡Cristo ha resucitado!

¡Resucitemos con él!

¡Aleluya, aleluya!Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

 

Salmo 109, 1-5. 7

 

Oráculo del Señor a mi Señor:

«Siéntate a mi derecha,

y haré de tus enemigos

estrado de tus pies.»

 

Desde Sión extenderá el Señor

el poder de tu cetro:

somete en la batalla a tus enemigos.

 

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,

entre esplendores sagrados;

yo mismo te engendré, como rocío,

antes de la aurora.»

 

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:

«Tú eres sacerdote eterno

según el rito de Melquisedec.»

 

El Señor a tu derecha, el día de su ira,

quebrantará a los reyes.

 

En su camino beberá del torrente,

por eso levantará la cabeza.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

 

Salmo 113 A

 

Cuando Israel salió de Egipto,

los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,

Judá fue su santuario,

Israel fue su dominio.

 

El mar, al verlos, huyó,

el Jordán se echó atrás;

los montes saltaron como carneros;

las colinas, como corderos.

 

¿Qué te pasa, mar, que huyes,

y a ti, Jordán, que te echas atrás?

¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;

colinas, que saltáis como corderos?

 

En presencia del Señor se estremece la tierra,

en presencia del Dios de Jacob;

que transforma las peñas en estanques,

el pedernal en manantiales de agua.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 2. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

 

 

Ant. 3. Jesús dijo: “No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis”. Aleluya.

 

Cántico: Ap 19, 1-7

 

Aleluya.

La salvación, y la gloria, y el poder son de nuestro Dios.

Aleluya.

Porque sus juicios son verdaderos y justos.

Aleluya.

 

Aleluya.

Alabad al Señor sus siervos todos.

Aleluya.

Los que le teméis pequeños y grandes.

Aleluya.

 

Aleluya.

Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.

Aleluya.

Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.

Aleluya.

 

Aleluya.

Llegó la boda del cordero.

Aleluya.

Su esposa se ha embellecido.

Aleluya.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Jesús dijo: “No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis”. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE           Hb 7, 24-27

 

Jesús, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor. Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. Él no necesita ofrecer sacrificios cada día –como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo-, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Jesús entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Aleluya.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Jesús entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Aleluya.

 

 

PRECES

 

Oremos a Cristo, que resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre, y digámosle:

Oh Cristo, siempre vivo para interceder por los hombres, escucha nuestra oración.

 

Acuérdate,  Señor, de los que se han consagrado al ministerio pastoral;

— que sean para tu pueblo ejemplo de santidad.

 

Concede, Señor, el espíritu de justicia y de paz a los que gobiernan las naciones

—y haz que trabajen para que todos podamos vivir según tu ley.

 

Concede la paz a nuestros días

— y multiplica los bienes de la tierra, para que los pobres puedan gozar de las riquezas de tu bondad.

 

Oh Cristo, que con tu triunfo has iluminado el mundo entero y has llamado a la vida a toda la creación, que estaba sometida a la frustración,

— concede la luz eterna a nuestros hermanos difuntos.

 

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Oh Dios, que todos los años nos alegras con la solemnidad de la resurrección del Señor, concédenos, a través de la celebración de estas fiestas, llegar un día a la alegría eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya.

R. Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya.

“Hay que responder a los impulsos del espíritu”

Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo (1Jn 5, 1-6)

En los domingos de Pascua del ciclo B se leen fragmentos de la 1ª carta de Juan. Dirigida a comunidades de la provincia romana de Asia, cuya capital era Éfeso, carece de remitente, saludos, destinatarios y despedida. Puede considerarse una “carta encíclica”, de estilo didáctico y homilético. Tiene prólogo (1,1-4) -anuncio de la Palabra que es vida- y tres partes:

a) Dios es luz (1,5-2,28);

b) Dios es Padre (2,29-4,6);

c) Dios es Amor (4,7-5,12).

La conclusión o epílogo indica la finalidad de la carta: convencer que la adhesión práctica a Jesús lleva consigo vida eterna (5,13-21).

– Leemos hoy una declaración de la fe cristiana frente a los gnósticos que infectaban las comunidades con sus teorías evasivas. Defendían la salvación por el conocimiento (“gnosis”, en griego) de Dios. Jesús de Nazaret no es el Cristo, el Mesías, Hijo de Dios, que no puede encarnarse. Jesús es el instrumento humano de Cristo para dar su mensaje. En el bautismo Cristo viene sobre Jesús, pero lo abandona antes de la pasión y muerte. Importa sólo el mensaje del Cristo celeste.

Frente a esto, leemos hoy dos verdades cristianas fundamentales e interconectadas. “Jesús es el Cristo (el Mesías)” es la gran afirmación frente al gnosticismo. Jesús y el Cristo son la misma persona. Quien cree esta verdad ha nacido de Dios. Es la misma afirmación del evangelio de Juan (1,12-13): quien acepta a la Palabra hecha carne, a Jesús, ha nacido de Dios, ha recibido su Espíritu, la fuerza que le capacita para llamarse y ser de verdad hijo de Dios.

– Y otra verdad fundamental: el amor a los demás arranca del amor a Dios (“aquel que da el ser”). Los gnósticos presumían de amar a Dios, pero odiaban a quienes no les hacían caso (3,15: odiar al propio hermano); se portaban igual que “el mundo” (3,16-17: basado en el egoísmo del dinero, el poder y los honores; si uno posee bienes, y su hermano pasa necesidad, y le cierra las entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?). Si de verdad se ama al Padre, se ama sus hijos: conocemos que amamos a los hijos de Dios, si amamos a Dios y cumplimos sus mandatos. Amar a Dios y no a sus hijos es una mentira; sería amar a un ídolo, a un dios falso (4,20).

Esta fe y amor son los que vencen al mundo. Así lo hizo Jesús que vino en el agua y en la sangre. Jesús recibió el Espíritu en el bautismo y respondió a la voluntad del Padre dando su vida por los hombres (sangre). Creyendo a Jesús, recibimos su Espíritu (es la unción o consagración del bautismo) que da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios y oramos llamándole ¡Padre-Madre! Este Espíritu nos da la vida nueva –nuevo nacimiento– y nos capacita para vencer al mundo, como Jesús. En la eucaristía (sangre), memorial de la entrega de Jesús, nos une y fortalece para hacer realidad nuestra entrega amorosa a favor de todos.

Jn 20, 19-31

1. Los relatos de las apariciones en el evangelio de Juan son auténticas catequesis pascuales, donde el recuerdo histórico transmitido por la tradición se une a una delicada tarea teológica que ahonda en el misterio que comenzara con el sepulcro vacío. Las dos escenas de la lectura de hoy son, por lo tanto, una armónica fusión de los acontecimientos acaecidos en la primavera del año 30 en Palestina y la reflexión profunda de los judeo cristianos de ambiente cosmopolita y helenista al que llegó la tradición viva de Juan hacia los años 50-60.

La conclusión que pone punto final tanto a las escenas como al evangelio mismo (el c.21 será un añadido posterior al mismo) revela que estas catequesis se dirigen a una comunidad con cierta madurez cristiana, que ha de ser confirmada en la fe, amenazada desde fuera.

Sabido es el gusto de Juan de interpretar la historia de Jesús como nueva creación o, mejor, como re-creación; superación y remodelación de la primera. “Al principio…”, comenzaba el evangelio, y culminaba en “otro jardín”, “el primer día de la semana”, cuando la mujer encontraba al Hombre Nuevo. Ahora, en dos domingos, Juan nos va a presentar el paradigma de la comunidad nacida en esta nueva creación que es la Pascua: dos escenas para mostrarnos el carácter de una misma comunidad, en dos momentos distintos.

2.- En la primera aparición a los discípulos “aquél mismo día, el primero de la semana”, el grupo que había vivido el acontecimiento trágico y glorioso de la Pascua vive con intensidad los dones de esta nueva creación, aun en el desamparo y en medio del ambiente hostil, pues estaban “con las puertas cerradas, por miedo…”. El rítmico “y dijo Dios…” del libro del Génesis se repite tres veces (número de perfección y plenitud), para derramar los bienes escatológicos: – el don mesiánico de la paz o Shalom definitivo como nuevas relaciones entre los hombres; – la presencia del Espíritu Santo como el Dios con-nosotros definitivo; – el perdón de los pecados como nuevas relaciones de los hombres con Dios. Todo es novedad, nueva creación, como revela la exhalación de aliento sobre ellos, en un claro eco a Gen 2,7 (versión griega), cuando Dios “exhaló aliento de vida” en el hombre.

3. Pero con el paso del tiempo, la segura presencia del crucificado-resucitado para la comunidad entró en crisis; las puertas estaban ya abiertas y llegaron nuevos discípulos, paradigma de los cuales es Tomás, el ausente en las primeras experiencias. En la Pascua surgió un mundo definitivo, pero en el tiempo posterior surgen los miedos y la incredulidad, pese a que el Señor seguía haciéndose presente, especialmente cada ocho días, en cada primer día de la semana.

En contra del dicho popular “ver y creer” como santo Tomás”, el discípulo incrédulo no toca el costado del crucificado-resucitado. Venciendo la duda, cree sin necesitar las peculiares experiencias que vivieron los primeros. El discípulo del “tiempo después”, Tomás, tú o yo, puede llegar a confesar a Jesús con tanta intensidad como el grupo de los Doce. De hecho, ningún título cristológico del cuarto evangelio es tan sublime como la profesión de Tomás: “Señor mío y Dios mío”. Nadie había llegado a combinar los nombres de Dios para llamar a Jesús, Yhwh = Kyrios =Señor, y Elohim = Theos = Dios; nadie en el cuarto evangelio, nadie, salvo el discípulo llamado a vencer la tentación de las seguridades humanas y científicas.

Comentario al evangelio de hoy (11 de abril)

Camino de la finca, los discípulos de Emaús  hicieron la experiencia del paso de la oscuridad a la luz, de la ceguera a la visión, de la distracción al reconocimiento. Vivieron una catequesis y una experiencia de fe en  la nueva presencia de Cristo. “A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero el desapareció”. El camino, la conversación, la explicación de la Escritura, el bendecir y compartir el pan, han sido los elementos de la cristolofanía. El final verifica la convicción fundamental: “Era verdad, ha resucitado y se ha aparecido a Simón”. A la inversa, la Eucaristía es un sacramento pascual;  los discípulos lo reconocen al partir el pan.

El milagro del “lisiado de nacimiento” muestra la eficacia vitalizadora del Resucitado por medio de sus testigos. Los discípulos  son portadores del poder del Resucitado. Hablan en su nombre, curan en su nombre: “en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar”.  Y echó a andar dando brincos y alabando a Dios.

El tipo de curación tiene un alto significado simbólico. El Resucitado hace mover al paralítico que somos cada uno de nosotros. Nos cura de nuestras parálisis. Nos pone en movimiento, nos hace saltar y alabar a Dios. La fe en el Resucitado aporta una forma de vida nueva.

Y eso hay que celebrarlo, agradecerlo, contarlo anunciarlo. Es la  gran maravilla que Dios ha hecho en nuestra historia. Y que sigue haciendo con nosotros.

Bonifacio Fernández, cmf

Miércoles I Semana de Pascua

Hoy es 11 de abril, miércoles de la I semana de Pascua.

Vivir la fe tiene que ver con ponerse en camino y llenarse de dudas. Tiene que ver con la tentación de volver a la rutina y caer en la resignación. Pero tiene que ver también con un Dios que aparece por sorpresa. Que sale al encuentro y lo cambia todo. Cada rato de oración, como este, es una oportunidad para que arda el corazón. Ponte en camino con los discípulos de Emaús, como si fueras uno de ellos. Contempla la escena y deja que el Señor resucitado, también a ti, te salga al encuentro.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 24, 13-35):

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»

Ellos se detuvieron preocupados.

Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»

Él les preguntó: «¿Qué?»

Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; como lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»

Entonces Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?»

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.

Ellos comentaron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Los de Emaús habían esperado a un rey liberador. Creyeron que Jesús iba a satisfacer sus deseos. Pero no fue así. Y ante el fracaso vuelven a Emaús, símbolo de la rutina, de lo habitual. ¿Cómo se llama mi Emaús? ¿Hacia donde escapo yo cuando se me tuerce la vida?

Camino de Emaús, alguien les alcanza. Y se hace paciente compañero. Y cuando lo reconocen al partir el pan, Jesús desaparece. Se abrieron sus ojos. Le vieron, pero no había nadie allí. No podemos ver a Dios y sin embargo, los ojos del amor nos anuncian su presencia constante. ¿En qué y en quienes lo ves tú?

Dos hombres pasan del miedo y la tristeza a la confianza y alegría profunda. Pasan de no entender al entender, de la oscuridad a la luz. En medio del encuentro. Emaús nos transmite la alegría y la fuerza de la Pascua.

Jesús se acerca a los de Emaús bajo la apariencia de un peregrino. Con paciencia, sin imponer. Va transformando sus inseguridades en confianza. Habla también tú con él. Preséntale tus dudas y tus miedos sabiendo que él escucha y puede transformarlo todo.

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

Laudes – 11 de abril

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LITURGIA DE LAS HORAS

MIÉRCOLES DENTRO DE LA OCTAVA

 

11 de abril

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

La noche y el alba, con su estrella fiel,

se gozan con Cristo, Señor de Israel,

con Cristo aliviado en el amanecer.

La vida y la muerte luchándose están.

Oh, qué maravilla de juego mortal,

Señor Jesucristo, qué buen capitán.

En él se redimen todos los pecados,

el árbol caído devuelve su flor,

oh santa mañana de resurrección.

Qué gozo de tierra, de aire y de mar,

qué muerte, qué vida,

qué fiel despertar,

qué gran romería de la cristiandad.

 

 

SALMODIA

Ant. 1. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.

Salmo 62

¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,

mi alma está sedienta de ti;

mi carne tiene ansia de ti,

como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario

viendo tu fuerza y tu gloria!

Tu gracia vale más que la vida,

te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré

y alzaré las manos invocándote.

Me saciaré de manjares exquisitos,

y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti

y velando medito en ti,

porque fuiste mi auxilio,

y a la sombra de tus alas canto con júbilo;

mi alma está unida a ti,

y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

Cántico: Dn 3, 57-88. 56

Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;

cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;

ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;

astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;

vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;

fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;

témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;

noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;

rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,

ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;

cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;

mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;

aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;

bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;

siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;

santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,

ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,

alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

No se dice Gloria al Padre.

Ant. 2. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

Ant. 3. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como lo había anunciado. Aleluya.

Salmo 149

Cantad al Señor un cántico nuevo,

resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;

que se alegre Israel por su Creador,

los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,

cantadle con tambores y cítaras;

porque el Señor ama a su pueblo

y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria

y canten jubilosos en filas:

con vítores a Dios en la boca

y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos

y aplicar el castigo a las naciones,

sujetando a los reyes con argollas,

a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada

es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como lo había anunciado. Aleluya.

LECTURA BREVE           Rm 6, 8-11

Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

RESPONSORIO BREVE

Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesús, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Aleluya.

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Jesús, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación, y aclamémosle, diciendo:

Por tu victoria, sálvanos, Señor.

Salvador nuestro, Señor Jesús que con tu victoria sobre la muerte nos has alegrado y con tu resurrección nos has exaltado y nos has enriquecido,

— ilumina hoy nuestras mentes y santifica nuestra jornada con la gracia de tu Espíritu Santo.

Tú que en el cielo eres glorificado por los ángeles y en la tierra eres adorado por los hombres,

— recibe la adoración que en espíritu y verdad te tributamos en esta fiesta de tu resurrección.

Sálvanos, Señor Jesús, muestra tu amor y tu misericordia al pueblo que confía en tu resurrección

— y, compadecido de nosotros, defiéndenos hoy de todo mal.

Rey de la gloria y vida nuestra, haz que, cuando aparezcas,

— podamos aparecer también nosotros, juntamente contigo, en gloria.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Por Jesús hemos sido hechos hijos de Dios; por esto, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

ORACIÓN

Oh Dios, que todos los años nos alegras con la solemnidad de la resurrección del Señor, concédenos, a través de la celebración de estas fiestas, llegar un día a la alegría eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

 

V. Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya.

R. Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya.