Vísperas – 14 de abril

I VÍSPERAS

DOMINGO DE LA OCTAVA DE PASCUA

DOMINGO II DE PASCUA

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

 

HIMNO

 

Nuestra Pascua inmolada, aleluya,

Es Cristo el Señor, aleluya, aleluya.

 

Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz!,

despierta, tú que duermes,

y el Señor te alumbrará.

 

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!,

el mundo renovado

canta un himno a su Señor.

 

Pascua sagrada, ¡victoria de la cruz!

La muerte, derrotada,

ha perdido su aguijón.

 

Pascua sagrada, ¡oh noche bautismal!

Del seno de las aguas

renacemos al Señor.

 

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!

Dejad al hombre viejo,

revestíos del Señor.

 

Pascua sagrada. La sala del festín

se llena de invitados

que celebran al Señor.

 

Pascua sagrada. ¡Cantemos al Señor!

Vivamos la alegría

dada a luz en el dolor.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

 

Salmo 109, 1-5. 7

 

Oráculo del Señor a mi Señor:

«Siéntate a mi derecha,

y haré de tus enemigos

estrado de tus pies.»

 

Desde Sión extenderá el Señor

el poder de tu cetro:

somete en la batalla a tus enemigos.

 

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,

entre esplendores sagrados;

yo mismo te engendré, como rocío,

antes de la aurora.»

 

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:

«Tú eres sacerdote eterno

según el rito de Melquisedec.»

 

El Señor a tu derecha, el día de su ira,

quebrantará a los reyes.

 

En su camino beberá del torrente,

por eso levantará la cabeza.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

 

Salmo 113 A

 

Cuando Israel salió de Egipto,

los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,

Judá fue su santuario,

Israel fue su dominio.

 

El mar, al verlos, huyó,

el Jordán se echó atrás;

los montes saltaron como carneros;

las colinas, como corderos.

 

¿Qué te pasa, mar, que huyes,

y a ti, Jordán, que te echas atrás?

¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;

colinas, que saltáis como corderos?

 

En presencia del Señor se estremece la tierra,

en presencia del Dios de Jacob;

que transforma las peñas en estanques,

el pedernal en manantiales de agua.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 2. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

 

 

Ant. 3. Jesús dijo: “No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis”. Aleluya.

 

Cántico: Ap 19, 1-7

 

Aleluya.

La salvación, y la gloria, y el poder son de nuestro Dios.

Aleluya.

Porque sus juicios son verdaderos y justos.

Aleluya.

 

Aleluya.

Alabad al Señor sus siervos todos.

Aleluya.

Los que le teméis pequeños y grandes.

Aleluya.

 

Aleluya.

Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.

Aleluya.

Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.

Aleluya.

 

Aleluya.

Llegó la boda del cordero.

Aleluya.

Su esposa se ha embellecido.

Aleluya.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Jesús dijo: “No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis”. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE           1P 2, 9-10

 

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. Antes erais “no pueblo”, ahora sois “pueblo de Dios”; antes erais “no compadecidos”, ahora sois “compadecidos”.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. A los ocho días, estando cerradas las puertas, llegó el Señor y les dijo: “Paz a vosotros”. Aleluya.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. A los ocho días, estando cerradas las puertas, llegó el Señor y les dijo: “Paz a vosotros”. Aleluya.

 

 

PRECES

 

Oremos a Cristo que, resucitado de entre los muertos, destruyó la muerte y nos dio nueva vida, y digámosle:

Tú que vives eternamente, escúchanos, Señor.

 

Tú que eres la piedra desechada por los arquitectos, pero convertida en piedra angular,

— conviértenos a nosotros en piedras vivas de tu Iglesia.

 

Tú que eres el testigo fiel y veraz, el primogénito de entre los muertos,

—haz que tu Iglesia dé siempre testimonio de ti ante el mundo.

 

Tú que eres el único esposo de la Iglesia, nacida de tu costado,

— haz que todos nosotros seamos testigos de este misterio nupcial.

 

Tú que eres el primero y el último, que estabas muerto y ahora vives por los siglos de los siglos,

— concede a todos los bautizados perseverar fieles hasta la muerte, a fin de recibir la corona de la victoria.

 

Tú que eres la lámpara que ilumina la ciudad santa de Dios,

— alumbra con tu claridad a nuestros hermanos difuntos.

 

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Dios de misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya.

R. Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya.

Domingo II de Pascua – Ciclo B

A ocho días de la celebración de la Pascua nos reunimos como los discípulos y nos miramos en el espejo de los testigos primeros de la resurrección.

1. Un grupo cerrado y triste

La muerte de Jesús produjo en los discípulos sentimientos de decepción y fracaso e hizo tambalear su escasa fe y confianza en el Señor Jesús. Fueron momentos difíciles y amargos: tristeza, desesperanza, cobardía, desunión… El impacto brutal que supuso el proceso, condena y crucifixión les llevó, además, a encerrarse en una casa a cal y canto “por miedo a las autoridades judías”; temían que éstas se volvieran ahora contra ellos, que tanto se habían significado en el seguimiento del impostor y blasfemo. Miedo; seguramente se teñía de sentimientos de culpabilidad: las negaciones de Pedro, la traición de Judas, el abandono y huida de todos. El cuadro se completaba con los titubeos de María Magdalena, la incertidumbre de Juan, el abandono de los que, como los de Emaús, preferían refugiarse fuera de la ciudad, el recelo y cobardía de los encerrados.

Tal vez no diferimos mucho de la situación de aquellos hombres y mujeres. Como creyentes hemos tenido noticia de que el Señor ha resucitado, pero seguimos mirando hacia atrás, prisioneros de la tristeza, de la rutina, de la desunión. Con otros compartimos miedos: al amor comprometido, al trabajo/paro, miedo al presente y miedo al futuro, a los demás y a uno mismo. Aunque no queramos reconocerlo, sentimos que nuestra vida está amenazada y como si fuera necesario estar a la defensiva y buscar situaciones de tranquilidad en las que no nos perturben.

Encerrados en la casa y en sus miedos la resurrección no era todavía para los discípulos una realidad liberadora; permanecían en la duda y necesitaban algún modo de comprobación. La misma mañana del día de pascua, Pedro había inspeccionado a fondo la tumba. Sólo Juan parece interiormente convencido.

2. Paz y alegría

El encuentro con el resucitado identificado con el Jesús de Nazaret que conocieron y trataron produce en los discípulos el milagro del cambio. Experimentaron gozosamente la presencia del Señor. Allí estaba delante de ellos el mismo Jesús con el que convivieron y bebieron, a quien vieron curar enfermos, calmar tempestades, echar espíritus inmundos. Ciertamente “se llenaron de alegría al ver al Señor”, pero es Jesús quien se adelanta a su deseo de comprobar que es él el resucitado y no un fantasma: “Les enseñó las manos y el costado”, las señales de la vida entregada. Confidentes y testigos de sus gestos y palabras depositaron en él su esperanza y, pasadas las tinieblas y la noche de las dudas, volvió a ellos la ilusión y la alegría. Paz y alegría frente a la turbación y los miedos.

3. “Tomás no estaba con ellos cuando vino Jesús”.

Una herida más. Tomás es un discípulo realista muy cercano a nosotros. Representa a todos aquellos primeros discípulos llegados a la iglesia, ausentes de las primeras experiencias, y en quienes la segura presencia del crucificado-resucitado entró en crisis y les acechaba la incredulidad. Seguramente confiesa que Jesús ha muerto y resucitado, pero de ahí creer que se le puede encontrar de nuevo y hablarle hay un paso que Tomás no da. Cuando los discípulos le dicen “hemos visto al Señor”, él pide tener la misma experiencia que los demás. “Si no veo, no creo; hasta que no toque con los dedos la señal de los clavos…” Parece lógico y normal teniendo en cuenta que se trata de una experiencia extraordinaria, la de establecer una relación íntima y personal con Cristo resucitado y vivo.

Pero Tomás no llega a tocar la señal de los clavos ni a introducir su mano en el costado, sino que alcanza la cima de la fe en el encuentro directo con el crucificado-resucitado y responde directamente con la afirmación cristológica más sublime: “Señor y Dios mío”. El reproche al discípulo del “octavo día” se convierte en bienaventuranza para todos los que han de venir después: “Dichosos los que tienen fe sin haber visto”. Creer en Jesucristo resucitado es un acto personal que compromete totalmente a cada uno de nosotros aunque descanse sobre la fe y el testimonio de la comunidad de creyentes. Fe y humildad frente a incredulidad y autosuficiencia.

4. Comunión de vida y de bienes

En tercer lugar, contemplamos los primeros pasos de la comunidad que nace en torno a los apóstoles. Los datos que se nos ofrecen marcan la pauta y señalan el ideal al que deben tender los creyentes en Jesús. Un ideal de comunión. Sobre la base del testimonio de los apóstoles de la resurrección del Señor “con mucho valor”, se construye la comunión de vida (“todos pensaban y sentían lo mismo”), la comunidad de bienes (“todo lo poseían en común”… “nadie pasaba necesidad”), la comunidad de fe. Así la comunidad se convertía ella misma en testigo que proclamaba con sus actos la verdad de cuanto anunciaban los apóstoles.

– “Se llenaron de alegría” ¿Soy testigo de la alegría del resucitado?

– “Si no veo, no creo” ¿Me parezco al Tomás realista o al Tomás que confiesa con corazón humilde: Señor mío y Dios mío?

–  “Todos eran muy bien vistos”. “Mirad cómo se aman”. ¿Contribuyo a dar un testimonio comunitario de unión y solidaridad?

Domingo II de Pascua – Ciclo B

A ocho días de la celebración de la Pascua nos reunimos como los discípulos y nos miramos en el espejo de los testigos primeros de la resurrección.

1. Un grupo cerrado y triste

La muerte de Jesús produjo en los discípulos sentimientos de decepción y fracaso e hizo tambalear su escasa fe y confianza en el Señor Jesús. Fueron momentos difíciles y amargos: tristeza, desesperanza, cobardía, desunión… El impacto brutal que supuso el proceso, condena y crucifixión les llevó, además, a encerrarse en una casa a cal y canto “por miedo a las autoridades judías”; temían que éstas se volvieran ahora contra ellos, que tanto se habían significado en el seguimiento del impostor y blasfemo. Miedo; seguramente se teñía de sentimientos de culpabilidad: las negaciones de Pedro, la traición de Judas, el abandono y huida de todos. El cuadro se completaba con los titubeos de María Magdalena, la incertidumbre de Juan, el abandono de los que, como los de Emaús, preferían refugiarse fuera de la ciudad, el recelo y cobardía de los encerrados.

Tal vez no diferimos mucho de la situación de aquellos hombres y mujeres. Como creyentes hemos tenido noticia de que el Señor ha resucitado, pero seguimos mirando hacia atrás, prisioneros de la tristeza, de la rutina, de la desunión. Con otros compartimos miedos: al amor comprometido, al trabajo/paro, miedo al presente y miedo al futuro, a los demás y a uno mismo. Aunque no queramos reconocerlo, sentimos que nuestra vida está amenazada y como si fuera necesario estar a la defensiva y buscar situaciones de tranquilidad en las que no nos perturben.

Encerrados en la casa y en sus miedos la resurrección no era todavía para los discípulos una realidad liberadora; permanecían en la duda y necesitaban algún modo de comprobación. La misma mañana del día de pascua, Pedro había inspeccionado a fondo la tumba. Sólo Juan parece interiormente convencido.

2. Paz y alegría

El encuentro con el resucitado identificado con el Jesús de Nazaret que conocieron y trataron produce en los discípulos el milagro del cambio. Experimentaron gozosamente la presencia del Señor. Allí estaba delante de ellos el mismo Jesús con el que convivieron y bebieron, a quien vieron curar enfermos, calmar tempestades, echar espíritus inmundos. Ciertamente “se llenaron de alegría al ver al Señor”, pero es Jesús quien se adelanta a su deseo de comprobar que es él el resucitado y no un fantasma: “Les enseñó las manos y el costado”, las señales de la vida entregada. Confidentes y testigos de sus gestos y palabras depositaron en él su esperanza y, pasadas las tinieblas y la noche de las dudas, volvió a ellos la ilusión y la alegría. Paz y alegría frente a la turbación y los miedos.

3. “Tomás no estaba con ellos cuando vino Jesús”.

Una herida más. Tomás es un discípulo realista muy cercano a nosotros. Representa a todos aquellos primeros discípulos llegados a la iglesia, ausentes de las primeras experiencias, y en quienes la segura presencia del crucificado-resucitado entró en crisis y les acechaba la incredulidad. Seguramente confiesa que Jesús ha muerto y resucitado, pero de ahí creer que se le puede encontrar de nuevo y hablarle hay un paso que Tomás no da. Cuando los discípulos le dicen “hemos visto al Señor”, él pide tener la misma experiencia que los demás. “Si no veo, no creo; hasta que no toque con los dedos la señal de los clavos…” Parece lógico y normal teniendo en cuenta que se trata de una experiencia extraordinaria, la de establecer una relación íntima y personal con Cristo resucitado y vivo.

Pero Tomás no llega a tocar la señal de los clavos ni a introducir su mano en el costado, sino que alcanza la cima de la fe en el encuentro directo con el crucificado-resucitado y responde directamente con la afirmación cristológica más sublime: “Señor y Dios mío”. El reproche al discípulo del “octavo día” se convierte en bienaventuranza para todos los que han de venir después: “Dichosos los que tienen fe sin haber visto”. Creer en Jesucristo resucitado es un acto personal que compromete totalmente a cada uno de nosotros aunque descanse sobre la fe y el testimonio de la comunidad de creyentes. Fe y humildad frente a incredulidad y autosuficiencia.

4. Comunión de vida y de bienes

En tercer lugar, contemplamos los primeros pasos de la comunidad que nace en torno a los apóstoles. Los datos que se nos ofrecen marcan la pauta y señalan el ideal al que deben tender los creyentes en Jesús. Un ideal de comunión. Sobre la base del testimonio de los apóstoles de la resurrección del Señor “con mucho valor”, se construye la comunión de vida (“todos pensaban y sentían lo mismo”), la comunidad de bienes (“todo lo poseían en común”… “nadie pasaba necesidad”), la comunidad de fe. Así la comunidad se convertía ella misma en testigo que proclamaba con sus actos la verdad de cuanto anunciaban los apóstoles.

– “Se llenaron de alegría” ¿Soy testigo de la alegría del resucitado?

– “Si no veo, no creo” ¿Me parezco al Tomás realista o al Tomás que confiesa con corazón humilde: Señor mío y Dios mío?

–  “Todos eran muy bien vistos”. “Mirad cómo se aman”. ¿Contribuyo a dar un testimonio comunitario de unión y solidaridad?

Comentario al evangelio de hoy (14 de abril)

El final del evangelio de Marcos es un añadido; y da la noticia de las apariciones del resucitado. El Cristo resucitado se hace encontradizo, se hace ver y se da a conocer: a María Magdalena, a los discípulos de Emaús… El que es encontrado por él no puede menos de contar lo que ha visto y oído. La experiencia de encuentro incluye la misión de anunciarlo. Verlo y anunciarlo son dos caras de la misma  experiencia. El anuncio es llamada a la fe; es invitación a creer. El texto del evangelio insiste  en que los destinatarios no creen. Jesús mismo reprocha a los once su incredulidad porque no creen en el testimonio de los que le han visto resucitado y vivo. Ya en la etapa pre-pascual Jesús reprochaba la dureza de corazón de los discípulos a la hora de entender el camino de Jesús, sus actitudes y prácticas.

En la etapa  post-pascual, la comunidad cristiana sigue escuchando el mandato de Jesús: Id y proclamad… Y la Iglesia siente que no puede menos de contar lo que ha visto y oído. Siente la necesidad de seguir proclamando la misericordia eterna del  Señor y contando sus hazañas. Especialmente la gran proeza de la resurrección de Jesús y los milagros que los testigos siguen haciendo en su nombre…

¿Sentimos nosotros la urgencia de anunciar la resurrección de Jesús? ¿Necesitamos nosotros creer y esperar en la resurrección? ¿Estamos contentos y satisfechos con esta vida presente y no anhelamos más?

Bonifacio Fernández, cmf

Laudes – 14 de abril

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LITURGIA DE LAS HORAS

SÁBADO DENTRO DE LA OCTAVA

 

14 de abril

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Ofrezcan los cristianos

ofrendas de alabanza

a gloria de la Víctima

propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado

que a las ovejas salva,

a Dios y a los culpables

unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte

en singular batalla,

y, muerto el que es la Vida,

triunfante se levanta.

“¿Qué has visto de camino,

María, en la mañana?”

“A mi Señor glorioso,

la tumba abandonada,

los ángeles testigos,

sudarios y mortaja.

¡Resucitó de veras

mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,

allí el Señor aguarda;

allí veréis los suyos

la gloria de la Pascua.”

Primicia de los muertos,

sabemos por tu gracia

que estás resucitado;

la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate

de la miseria humana

y da a tus fieles parte

en tu victoria santa. Amén. Aleluya.

 

 

SALMODIA

Ant. 1. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.

Salmo 62

¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,

mi alma está sedienta de ti;

mi carne tiene ansia de ti,

como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario

viendo tu fuerza y tu gloria!

Tu gracia vale más que la vida,

te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré

y alzaré las manos invocándote.

Me saciaré de manjares exquisitos,

y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti

y velando medito en ti,

porque fuiste mi auxilio,

y a la sombra de tus alas canto con júbilo;

mi alma está unida a ti,

y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

Cántico: Dn 3, 57-88. 56

Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;

cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;

ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;

astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;

vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;

fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;

témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;

noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;

rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,

ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;

cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;

mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;

aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;

bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;

siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;

santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,

ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,

alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

No se dice Gloria al Padre.

Ant. 2. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

Ant. 3. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como lo había anunciado. Aleluya.

Salmo 149

Cantad al Señor un cántico nuevo,

resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;

que se alegre Israel por su Creador,

los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,

cantadle con tambores y cítaras;

porque el Señor ama a su pueblo

y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria

y canten jubilosos en filas:

con vítores a Dios en la boca

y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos

y aplicar el castigo a las naciones,

sujetando a los reyes con argollas,

a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada

es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como lo había anunciado. Aleluya.

LECTURA BREVE           Rm 14, 7-9

Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

RESPONSORIO BREVE

Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Aleluya.

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, pan de vida, que en el último día resucitará a los que se alimentan con su palabra y con su cuerpo, y digámosle:

Señor, danos paz y alegría.

Hijo de Dios, que, resucitado de entre los muertos, eres el príncipe de la vida,

— bendice y santifica a tus fieles y a todos los hombres.

Tú que concedes paz y alegría a todos los que creen en ti,

— danos el vivir como hijos de la luz mientras nos alegramos de tu victoria.

Aumenta la fe de tu Iglesia, peregrina en la tierra,

— para que dé al mundo testimonio de tu resurrección.

Tú que, habiendo padecido mucho, has entrado ya en la gloria del Padre,

— convierte en gozo la tristeza de los afligidos.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Por Jesús hemos sido hechos hijos de Dios; por esto, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

ORACIÓN

Oh Dios, que con la abundancia de tu gracia no cesas de aumentar el número de tus hijos, mira con amor a los que has elegido como miembros de tu Iglesia, para que, quienes han renacido por el bautismo, obtengan también la resurrección gloriosa. Por nuestro Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

 

V. Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya.

R. Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya.