Vísperas – 15 de abril

II VÍSPERAS

DOMINGO II DE PASCUA

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

 

HIMNO

 

Quédate con nosotros,

la tarde está cayendo; quédate.

 

¿Cómo te encontraremos al declinar el día,

si tu camino no es nuestro camino?

Detente con nosotros; la mesa está servida,

caliente el pan, y envejecido el vino.

 

¿Cómo sabremos que eres

un hombre entre los hombres

si no compartes nuestra mesa humilde?

Repártenos tu Cuerpo,

y el gozo irá alejando

la oscuridad que pesa sobre el hombre.

 

Vimos romper el día

sobre tu hermoso rostro

y al sol abrirse paso por tu frente.

Que el viento de la noche

no apague el fuego vivo

que nos dejó tu paso en la mañana.

 

Arroja en nuestras manos,

tendidas en tu busca,

las aguas encendidas del Espíritu;

Y limpia, en lo más hondo

del corazón del hombre

tu imagen empañada por la culpa.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

 

Salmo 109, 1-5. 7

 

Oráculo del Señor a mi Señor:

«Siéntate a mi derecha,

y haré de tus enemigos

estrado de tus pies.»

 

Desde Sión extenderá el Señor

el poder de tu cetro:

somete en la batalla a tus enemigos.

 

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,

entre esplendores sagrados;

yo mismo te engendré, como rocío,

antes de la aurora.»

 

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:

«Tú eres sacerdote eterno

según el rito de Melquisedec.»

 

El Señor a tu derecha, el día de su ira,

quebrantará a los reyes.

 

En su camino beberá del torrente,

por eso levantará la cabeza.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

 

Salmo 113 A

 

Cuando Israel salió de Egipto,

los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,

Judá fue su santuario,

Israel fue su dominio.

 

El mar, al verlos, huyó,

el Jordán se echó atrás;

los montes saltaron como carneros;

las colinas, como corderos.

 

¿Qué te pasa, mar, que huyes,

y a ti, Jordán, que te echas atrás?

¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;

colinas, que saltáis como corderos?

 

En presencia del Señor se estremece la tierra,

en presencia del Dios de Jacob;

que transforma las peñas en estanques,

el pedernal en manantiales de agua.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 2. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

 

 

Ant. 3. Jesús dijo: “No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis”. Aleluya.

 

Cántico: Ap 19, 1-7

 

Aleluya.

La salvación, y la gloria, y el poder son de nuestro Dios.

Aleluya.

Porque sus juicios son verdaderos y justos.

Aleluya.

 

Aleluya.

Alabad al Señor sus siervos todos.

Aleluya.

Los que le teméis pequeños y grandes.

Aleluya.

 

Aleluya.

Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.

Aleluya.

Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.

Aleluya.

 

Aleluya.

Llegó la boda del cordero.

Aleluya.

Su esposa se ha embellecido.

Aleluya.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Jesús dijo: “No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis”. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE           Hb 10, 12-14

 

Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado por siempre a los que van siendo consagrados.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Porque me has visto, Tomás, has creído. Dichosos los que crean sin haber visto. Aleluya.

 

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Porque me has visto, Tomás, has creído. Dichosos los que crean sin haber visto. Aleluya.

 

 

PRECES

 

Oremos a Dios Padre, que resucitó a su Hijo Jesucristo y lo exaltó a su derecha, y digámosle:

Guarda, Señor, a tu pueblo, por la gloria de Cristo.

 

Padre justo, que por la victoria de la cruz elevaste a Cristo sobre la tierra,

— atrae hacia él a todos los hombres.

 

Por tu Hijo glorificado, envía, Señor, sobre tu Iglesia el Espíritu Santo,

— a fin de que tu pueblo sea, en medio del mundo, signo de la unidad de los hombres.

 

A la nueva prole renacida del agua y del Espíritu Santo consérvala en la fe de su bautismo,

— para que alcance la vida eterna.

 

Por tu Hijo glorificado, ayuda, Señor, a los que sufren, da libertad a los presos, salud a los enfermos

— y la abundancia de tus bienes a todos los hombres.

 

A nuestros hermanos difuntos, a quienes mientras vivían en este mundo diste el cuerpo y la sangre de Cristo glorioso,

— concédeles la gloria de la resurrección en el último día.

 

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Dios de misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya.

R. Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya.

Vivir en clave pascual, el día octavo

El pueblo judío cuenta los días desde la caída del sol, como dice el texto del Génesis: “Pasó una tarde, pasó una mañana, el día primero”. La creación comenzó al atardecer, y cada día terminaba con plena luz y con el eco de la satisfacción divina al ver la belleza y la bondad de las cosas creadas. El salmista canta: “Tu luz nos hace ver la luz”.

Los grandes relatos bíblicos: la creación, la salida de la esclavitud de Egipto con el paso del Mar, los acontecimientos de la Redención, todos ellos comienzan al atardecer, y después de atravesar la oscuridad de la noche, el caos, que significa el mar, el abismo del sepulcro, al alba, surge la luz nueva, se pisa la tierra de la libertad, se resucita, imágenes para decir también que acontece la conversión interior.

En la noche de Pascua, la liturgia de la Palabra proclama los textos que coinciden con esta forma de medir los días del atardecer al alba, de la oscuridad a la luz, como clave iluminadora para comprender el sentido de la historia no como un tiempo que se vive hasta llegar a la muerte, sino como un tiempo de permanente novedad, hasta que se llega al día sin ocaso, de muerte – vida, el octavo día.

Jesús quiso identificarse con el ritmo de los días bíblicos, y si en la tarde-noche del Viernes Santo sucedieron todas las angustias, el tránsito de la noche, la bajada a lo profundo del abismo se tornó motivo de gloria y de resurrección. No es indiferente que en el relato de las apariciones se describa el mismo escenario que en la creación de la humanidad. Al igual que en el jardín primero se encontraban Adán y Eva, a los que Dios visitaba, en el jardín de Arimatea aparecen Jesús y María Magdalena, a quien el Resucitado le manifiesta: “Voy a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.

Si vivimos con la medida del tiempo bíblico, caminamos hacia la luz, porque vamos hacia el día, mientras que si nos comprendemos caminando en la sucesión de los días, según el calendario social, siempre vamos hacia el ocaso. Si caminamos hacia el oriente, andaremos esperanzados, en la expectación del sol que nace de lo alto. Mientras que si caminamos hacia occidente, sufriremos, a la luz del ocaso, el dolor de lo que acaba.

Las fiestas cristianas más emblemáticas, la Navidad y la Pascua de Resurrección, se celebran de noche, porque en la noche se anticipa la Luz, que es Cristo. En ambas ocasiones se prolonga la octava, símbolo del día pleno, del día sin merma de luz, sin ocaso.

Una manera de plantear la vida en esta dirección es la que nos la indica el salmista: viviendo de manera sensible y solidaria. “Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente. Te precederá tu justicia, la gloria del Señor te seguirá.” (Is 58, 8)

Desde la resurrección de Cristo, los creyentes podemos vivir en la clave del día que no acaba, de la luz que no mengua. La historia se convierte anticipo y profecía de lo eterno. Cada instante está abierto a la realización de la hora de Dios, en la que Él actúa.

Ángel Moreno

Domingo II de Pascua – Ciclo B

Lecturas: Hch 4, 32-35; Sal 117, 2-4.16-18.22-24; 1Jn 5, 1-6; Jn 20, 19-31

Seguimos celebrando con gozo la Resurrección de Cristo, en estos cincuenta días de Pascua. Nos reunimos como los discípulos en “el día primero de la semana”, el “día del Señor” -tal como nos cuenta el Evangelio de hoy-. Jesús se aparece a aquellos discípulos que andaban asustados, y llega con la paz: “Paz a vosotros”.

La tristeza de los discípulos se convirtió entonces en alegría, y es precisamente la alegría el sentimiento fundamental de la fe en Cristo Resucitado. Cuando sabemos y experimentamos que el Señor está con nosotros y entre nosotros, cambia la manera en la que miramos la vida.

EN MEDIO DE NOSOTROS

Cada Eucaristía es siempre volver a celebrar la resurrección del Señor; saber que el Señor también está hoy en medio de nosotros, presente en la comunidad cristiana; en la Palabra que Él nos dirige, y de manera especialísima en el pan y el vino de la Eucaristía. “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

El mismo Jesús Resucitado es quien nos envía. Aquel día sus palabras fueron muy claras para los discípulos; hoy lo son igualmente para nosotros. Al que experimenta la presencia del Señor en su vida, no le queda más remedio que sentirse enviado a anunciar la alegría que lleva dentro; no puede ocultar ni guardarse esa buena noticia.

MISIONEROS

La primera comunidad cristiana fue eminentemente misionera: anunció sin cansancio la experiencia que habían vivido junto a Jesús, tras la Resurrección. ¿Lo son nuestras comunidades y parroquias? Los cristianos de hoy a veces perdemos una oportunidad única cuando no somos testigos de una vida distinta: la Vida nueva que sólo Dios nos da.

¡Feliz Pascua!

J. Javier García

Recorrido hacia la fe

Estando ausente Tomás, los discípulos de Jesús han tenido una experiencia inaudita. En cuanto lo ven llegar, se lo comunican llenos de alegría: Hemos visto al Señor”. Tomás los escucha con escepticismo. ¿Por qué les va creer algo tan absurdo? ¿Cómo pueden decir que han visto a Jesús lleno de vida, si ha muerto crucificado? En todo caso, será otro.

Los discípulos le dicen que les ha mostrado las heridas de sus manos y su costado. Tomás no puede aceptar el testimonio de nadie. Necesita comprobarlo personalmente: “Si no veo en sus manos la señal de sus clavos… y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Solo creerá en su propia experiencia.

Este discípulo que se resiste a creer de manera ingenua, nos va a enseñar el recorrido que hemos de hacer para llegar a la fe en Cristo resucitado los que ni siquiera hemos visto el rostro de Jesús, ni hemos escuchado sus palabras, ni hemos sentido sus abrazos.

A los ocho días, se presenta de nuevo Jesús a sus discípulos. Inmediatamente, se dirige a Tomás. No critica su planteamiento. Sus dudas no tienen nada de ilegítimo o escandaloso. Su resistencia a creer revela su honestidad. Jesús le entiende y viene a su encuentro mostrándole sus heridas.

Jesús se ofrece a satisfacer sus exigencias: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos. Trae tu mano, aquí tienes mi costado”. Esas heridas, antes que “pruebas” para verificar algo, ¿no son “signos” de su amor entregado hasta la muerte? Por eso, Jesús le invita a profundizar más allá de sus dudas: “No seas incrédulo, sino creyente”

Tomás renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo experimenta la presencia del Maestro que lo ama, lo atrae y le invita a confiar. Tomás, el discípulo que ha hecho un recorrido más largo y laborioso que nadie hasta encontrarse con Jesús, llega más lejos que nadie en la hondura de su fe: “Señor mío y Dios mío”. Nadie ha confesado así a Jesús.

No hemos de asustarnos al sentir que brotan en nosotros dudas e interrogantes. Las dudas, vividas de manera sana, nos salvan de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, sin crecer en confianza y amor. Las dudas nos estimulan a ir hasta el final en nuestra confianza en el Misterio de Dios encarnado en Jesús.

La fe cristiana crece en nosotros cuando nos sentimos amados y atraídos por ese Dios cuyo Rostro podemos vislumbrar en el relato que los evangelios nos hacen de Jesús. Entonces, su llamada a confiar tiene en nosotros más fuerza que nuestras propias dudas. “Dichosos los que crean sin haber visto”

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio de hoy (15 de abril)

Tocar las heridas para tener un solo corazón

La fe en la Resurrección de la carne no es una mera variante de la creencia en la inmortalidad del alma, aunque, sutilezas metafísicas aparte, no se trate de posiciones contradictorias o incompatibles. Queremos decir que la fe en la Resurrección de la carne no es la simple creencia en que la vida “continua después de la muerte”. No se trata sólo de un “continuar”, de una mera prolongación de esta vida terrena, por lo menos “del alma”, esto es, de una parte de nuestro ser. Digamos que esta creencia, expresada de modos muy diversos (de los más ingenuos a los más sutiles) en las diversas cosmovisiones filosóficas y religiosas, y apoyada en diversidad de argumentos (para los que los adversarios de la misma encuentran argumentos de peso en sentido contrario), no puede evitar nuestra impotencia total ante la muerte, ni despejar el interrogante sobre cómo nos será posible a nosotros, tan débiles, superar al trance de la muerte y salir airosos del mismo. Este interrogante es el que explica que no pocos tuerzan el gesto con escepticismo ante esta vieja y venerable creencia.

La Resurrección de la carne habla, en primer lugar, de la Resurrección en la carne de Jesucristo. Jesucristo, la Palabra de Dios que se hizo carne, asumió sobre sí la debilidad de la carne y, en consecuencia, sucumbió al poder de la muerte. Pero, por ser Hijo de Dios, su Padre, manifestó la fuerza del amor creador y recreador, restableciendo la vida y restituyendo a Jesús, hombre, a la vida en la carne.

En segundo lugar, la Resurrección de la carne no habla sólo de una prolongación de “esta” vida sino de una transformación de la misma: es una vida nueva. En la muerte y resurrección la vida resurge transformada. No se trata sólo de “seguir viviendo”, sino de “vivir de otra manera”. Y esa transformación que se manifiesta en la humanidad de Jesús (de modo que los discípulos, al verle, con frecuencia, no lo reconocían, y cuando lo reconocían no por eso lo veían siempre físicamente: cf. Lc 24, 31), gracias a su presencia entre los discípulos, él mismo se hace una posibilidad de vida nueva también para ellos.

De esa posibilidad de vida nueva, de esa transformación nos habla hoy el texto de los Hechos de los Apóstoles: “sentían y pensaban lo mismo, lo tenían todo en común”. La comunidad en el mismo espíritu que se expresa en la comunidad de bienes, fruto de una generosidad libre, sin imposiciones, es la comunidad de los que aman a Dios amando a los que han nacido de Él, o, dicho de otra forma, de los que participan en el mismo Espíritu, el Espíritu del amor que Cristo da a sus discípulos.

La comunidad de los discípulos del Resucitado es una comunidad construida sobre el amor. Pero este amor debe ser rectamente entendido: no se tata de una mera unanimidad sentimental; los sentimientos son pasajeros y las comunidades emocionales suelen ser efímeras; pronto aparecen en ellas sentimientos negativos, causa de conflictos y divisiones. Tampoco es, sobre todo, una comunidad de intereses o de ideas. Aunque, al tratarse de una comunidad humana, esas dimensiones no pueden no darse de un modo u otro, pronto se verá que en esta comunidad existen conflictos de intereses y también discrepancias ideológicas. No es ahí, pues, donde reside su fuerza ni su unidad. Si así fuera, la comunidad sería un grupo cerrado y a la defensiva. Como esas dimensiones (ideas e intereses), decimos, están presentes, la tentación de la cerrazón o la sensación de miedo pueden aparecer de cuando en cuando, incluso amenazar siempre a esta comunidad. De hecho, así lo dice el Evangelio de hoy en sus primeras líneas. Pero ese grupo “con las puertas cerradas por miedo a los judíos” está ya viviendo, aun sin saberlo, en “aquel día, el primero de la semana”, el día de la nueva creación, el día del triunfo de la vida, el día en que la vida se ha transformado y se ha hecho posible vivir de otra manera. Es la presencia del Resucitado la que convoca y une, la que recrea el grupo y crea la comunidad que siente y piensa lo mismo y, por eso, lo pone todo en común: vive según un amor que va más allá de los sentimientos y las ideas y pasa a los hechos; como dice Juan en su carta, “cumple los mandamientos”. Y ya sabemos que para Juan “los mandamientos” son “el mandamiento del Señor”, el mandamiento del amor que, antes que un esfuerzo moral, es un don que ha recibido del mismo Dios, en Cristo, en su muerte y Resurrección, de las que participamos en el agua del Bautismo y en la Sangre de la Eucaristía. Es precisamente en la Eucaristía (la reunión de los renacidos por el agua del Bautismo), donde los discípulos (tan distintos por otros motivos) piensan y sienten lo mismo, al escuchar la Palabra, al partir (y compartir) el pan y “ver” así al Señor.

La transformación de la vida en que consiste la Resurrección se percibe inmediatamente: la comunidad pasa del temor a la alegría, de la cerrazón a la apertura; no se guarda para sí la experiencia del Resucitado sino que, enviada por Él, sale y da testimonio “con mucho valor”.

El segundo Domingo de Pascua repite cada año el texto del Evangelio de Lucas en el que Tomás juega un papel central. Se nos dice que “el lugar” propio para “ver” al Señor es la comunidad de los discípulos que se reúne el primer día de la semana en torno a la celebración eucarística. Tomás no pudo ver al Señor porque no estaba en la comunidad. Ante el testimonio de los otros, reaccionó con escepticismo. Sólo cuando se reintegró a la comunidad de pensamiento, sentimiento y bienes (la comunidad eucarística) Tomás vio y tocó al Señor.

El escepticismo de Tomás juega un papel importante en todo lo que estamos diciendo. ¿No provoca un cierto escepticismo este cuadro tan “ideal”, tan “bonito”, de la comunidad que piensa y siente lo mismo, que comparte los bienes, en la que nadie pasa necesidad? La comunidad que se forma y vive de la vida nueva del Resucitado no es una comunidad ideal. Del mismo modo que la humanidad resucitada de Cristo es una humanidad herida en la que se pueden ver las huellas de la pasión, la comunidad que nace de ella no puede cerrar sus ojos a las heridas de Cristo. Por un lado, están las heridas del Cristo que sufre en la humanidad (en sus “pequeños hermanos”) de tantas formas y que hay que saber tocar (Jesús con frecuencia curaba “tocando”, en el contacto vivo). Pero, además, están las heridas del cuerpo de Cristo que es la Iglesia, la comunidad de los discípulos. No cabe aquí idealización alguna. La fuerza y el fundamento de esa comunidad es Cristo, muerto y resucitado y que se nos manifiesta vivo, pero herido. Esto es, Jesús no está simplemente vivo “como si nada hubiera pasado”, no ha vuelto de la muerte a la vida anterior, sino que ha atravesado la muerte con todo su dramatismo, con todo su horror, para salir de ella triunfante y transfigurado. Por ello, para vivir la vida nueva de la Resurrección hay que volver continuamente a la memoria de la muerte, hay que tocar las heridas. Esto significa que hay que mirar de cara a los problemas, reconocer los conflictos, admitir las debilidades, confesar los propios pecados, perdonarnos mutuamente… Sólo así será posible construir la comunidad de un amor que es don, pero también exige nuestro esfuerzo por “cumplir los mandamientos” y pasar de los sentimientos a los hechos, de los buenos deseos a las heridas que el amor verdadero provoca y que vemos en las manos y el costado de Cristo.

No en vano, una parte esencial del envío que Jesús nos confía hoy al darnos su Espíritu habla del perdón. Si hemos de ser testigos y trasmisores del perdón de Dios, no podemos no ser personas que piden perdón y que perdonan. No sólo la capacidad de perdonar, también la de tener la humildad de pedir perdón, reconociendo nuestras culpas y debilidades, es parte esencial de ese testimonio valiente de la presencia del Resucitado entre nosotros, parte de esa fe que no se evade, sino que toca las heridas y pone el dedo en la llaga, en las llagas de Cristo, las que nos han curado (cf. Is 53, 5, 1 P 2, 24).

José María Vegas, cmf

Domingo II de Pascua

Hoy es 15 de abril, domingo de la II semana de Pascua.

Hoy es el segundo fin de semana de Pascua. Me dispongo a dejar entrar en mi corazón toda la paz de Cristo resucitado. Para ello me doy este tiempo de silencio. Me relajo  y abandono los pensamientos que me distraen. Este encuentro es ocasión para que Cristo colme de paz mi vida. Con esa intención me dispongo a escuchar el evangelio de hoy.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 20, 19-31):

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.

Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.

Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»

Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Los discípulos saben que en el fondo los fariseos los buscan para acusarlos de ser los amigos del crucificado y de haber robado el cadáver. La comunidad, por tanto, está cerrada y no tiene vida. En esta situación de angustia, viene Jesús. Él conoce perfectamente nuestro sufrimiento, porque él lo padeció primero.

Jesús trae el don prometido, la paz, el encuentro con el Señor, con el rey de la vida, suscita una inmensa alegría. Las manos y el costado que Jesús les mostró son los signos de su amor, que acepta la muerte para tener a sus amigos. Las heridas son la unión de su divinidad con nuestra debilidad y pobreza. También Jesús me tiende sus manos heridas a mí hoy.

Jesús ama personalmente. Por eso comprende que Tomás no crea lo que le contaron los demás apóstoles. Así que Jesús se le aparece y le muestra las heridas. Responde en tu interior, como lo hizo entonces Tomás: Señor mío, Dios mío.

Según la tradición evangélica, la aparición al resucitado al grupo de los discípulos reunidos, juega un papel fundamental para la existencia y el futuro de la comunidad eclesial. Vuelve a leer la lectura de hoy con el deseo de encontrarte con Jesucristo resucitado, que quiere edificar nuestra comunidad y prepararla para el testimonio.

Como Tomás…
también dudo y pido pruebas.
También creo en lo que veo.
Quiero gestos. Tengo miedo.
Solicito garantías.
Pongo mucha cabeza y poco corazón.
Pregunto, aunque el corazón me dice: “Él vive”
No me lanzo al camino sin saber a dónde va.
Quítame el miedo y el cálculo.
Quítame la zozobra y la lógica.
Quítame el gesto y la exigencia.
Dame tu espíritu, y que al descubrirte,
en el rostro y el hermano,
susurre, ya convertido:
“Señor mío y Dios mío”.

José Mª Rodríguez Olaizola, sj

Jesús nos habla de la dicha de creer sin haber visto. Es momento de dirigirse al Señor, para mostrarle que puertas están aún cerradas en tu vida. Qué miedos te limitan, de qué te escondes. Por el contrario hazte consciente de todos los signos de la sociedad o de la Iglesia que te invitan a creer.

Convierte esta oración en un mantra, una frase que te pueda acompañar a lo largo de esta semana. Repitiendo en tu interior, una y otra vez ese anhelo de reconocerle: Señor mío y Dios mío, Señor mío y Dios mío…

Laudes – 15 de abril

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LITURGIA DE LAS HORAS

DOMINGO II DE PASCUA

 

15 de abril

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Es domingo; una luz nueva

resucita la mañana

con su mirada inocente,

llena de gozo y de gracia.

Es domingo; la alegría

del mensaje de la Pascua

es la noticia que llega

siempre y que nunca se gasta.

Es domingo; la pureza

no solo la tierra baña,

que ha penetrado en la vida

por las ventanas del alma.

Es domingo; la presencia

de Cristo llena la casa:

la Iglesia, misterio y fiesta,

por El y en El convocada.

Es domingo; “este es el día

que hizo el Señor”, es la Pascua,

día de la creación

nueva y siempre renovada.

Es domingo; de su hoguera

brilla toda la semana

y vence oscuras tinieblas

en jornadas de esperanza.

Es domingo; un canto nuevo

toda la tierra le canta

al Padre, al Hijo, al Espíritu,

único Dios que nos salva. Amén.

 

 

SALMODIA

Ant. 1. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.

Salmo 62

¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,

mi alma está sedienta de ti;

mi carne tiene ansia de ti,

como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario

viendo tu fuerza y tu gloria!

Tu gracia vale más que la vida,

te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré

y alzaré las manos invocándote.

Me saciaré de manjares exquisitos,

y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti

y velando medito en ti,

porque fuiste mi auxilio,

y a la sombra de tus alas canto con júbilo;

mi alma está unida a ti,

y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

Cántico: Dn 3, 57-88. 56

Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;

cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;

ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;

astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;

vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;

fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;

témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;

noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;

rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,

ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;

cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;

mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;

aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;

bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;

siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;

santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,

ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,

alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

No se dice Gloria al Padre.

Ant. 2. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

Ant. 3. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como lo había anunciado. Aleluya.

Salmo 149

Cantad al Señor un cántico nuevo,

resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;

que se alegre Israel por su Creador,

los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,

cantadle con tambores y cítaras;

porque el Señor ama a su pueblo

y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria

y canten jubilosos en filas:

con vítores a Dios en la boca

y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos

y aplicar el castigo a las naciones,

sujetando a los reyes con argollas,

a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada

es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como lo había anunciado. Aleluya.

LECTURA BREVE           Hch 10, 40-43

Dios resucitó a Jesús al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.

RESPONSORIO BREVE

Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Mete tu mano y mira el agujero de los clavos; y no seas incrédulo, sino creyente. Aleluya.

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Mete tu mano y mira el agujero de los clavos; y no seas incrédulo, sino creyente. Aleluya.

PRECES

Invoquemos a Dios, Padre todopoderoso, que resucitó a Jesús, nuestro jefe y salvador, y aclamémoslo, diciendo:

Ilumínanos, Señor, con la luz de Cristo.

Padre santo, que hiciste pasar a tu Hijo amado de las tinieblas de la muerte a la luz de tu gloria,

— haz que podamos llegar también nosotros a tu luz admirable.

Tú que nos has salvado por la fe,

— haz que vivamos hoy según la fe que profesamos en nuestro bautismo.

Tú que quieres que busquemos los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a tu derecha,

— líbranos de la seducción del pecado.

Haz que nuestra vida, escondida con Cristo en ti, brille en el mundo

— como signo que anuncie el cielo y la tierra nuevos.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Por Jesús hemos sido hechos hijos de Dios; por esto, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

ORACIÓN

Dios de misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

 

V. Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya.

R. Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya.