Vísperas – 16 de abril

VÍSPERAS

LUNES, II SEMANA DE PASCUA

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

 

HIMNO

 

Quédate con nosotros,

la tarde está cayendo; quédate.

 

¿Cómo te encontraremos al declinar el día,

si tu camino no es nuestro camino?

Detente con nosotros; la mesa está servida,

caliente el pan, y envejecido el vino.

 

¿Cómo sabremos que eres

un hombre entre los hombres

si no compartes nuestra mesa humilde?

Repártenos tu Cuerpo,

y el gozo irá alejando

la oscuridad que pesa sobre el hombre.

 

Vimos romper el día

sobre tu hermoso rostro

y al sol abrirse paso por tu frente.

Que el viento de la noche

no apague el fuego vivo

que nos dejó tu paso en la mañana.

 

Arroja en nuestras manos,

tendidas en tu busca,

las aguas encendidas del Espíritu;

Y limpia, en lo más hondo

del corazón del hombre

tu imagen empañada por la culpa.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Bendito el que viene en nombre del Señor. Aleluya.

 

Salmo 44 (I)

 

Me brota del corazón un poema bello,

recito mis versos a un rey;

mi lengua es ágil pluma de escribano.

 

Eres el más bello de los hombres,

en tus labios se derrama la gracia,

el Señor te bendice eternamente.

 

Cíñete al flanco la espada, valiente:

es tu gala y tu orgullo;

cabalga victorioso por la verdad y la justicia,

tu diestra te enseñe a realizar proezas.

Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,

se acobardan los enemigos del rey.

 

Tu trono ¡oh Dios! Permanece para siempre;

cetro de rectitud es tu cetro real;

has amado la justicia y odiado la impiedad:

por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido

con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

 

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,

desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.

Hijas de reyes salen a tu encuentro,

de pie a tu derecha está la reina

enjoyada con oro de Ofir.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Bendito el que viene en nombre del Señor. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero. Aleluya.

 

 

Salmo 44 (II)

 

Escucha, hija, mira: inclina el oído,

olvida tu pueblo y la casa paterna:

prendado está el rey de tu belleza,

póstrate ante él, que él es tu Señor.

La ciudad de Tiro viene con regalos,

los pueblos más ricos buscan tu favor.

 

Ya entra la princesa, bellísima,

vestida de perlas y brocados;

la llevan ante el rey, con séquitos de vírgenes,

la siguen sus compañeras:

las traen entre alegría y algazara,

van entrando en el palacio real.

 

“A cambio de tus padres tendrás hijos,

que nombrarás príncipes de toda la tierra,”

 

Quiero hacer memorable tu nombre

por generaciones y generaciones,

y los pueblos te alabarán

por los siglos de los siglos.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero. Aleluya.

 

 

Ant. 3. De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Aleluya.

 

Cántico: Ef 1, 3-10

 

Bendito sea Dios,

Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que nos ha bendecido en la persona de Cristo

con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

 

Él nos eligió en la persona de Cristo,

antes de crear el mundo,

para que fuésemos consagrados

e irreprochables ante él por el amor.

 

Él nos ha destinado en la persona de Cristo

por pura iniciativa suya,

a ser sus hijos,
 para que la gloria de su gracia,

que tan generosamente nos ha concedido

en su querido Hijo,

redunde en alabanza suya.

 

Por este Hijo, por su sangre,

hemos recibido la redención,

el perdón de los pecados.

 

El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia

ha sido un derroche para con nosotros,

dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

 

Este es el plan

que había proyectado realizar por Cristo

cuando llegase el momento culminante:

hacer que todas las cosas

tuviesen a Cristo por cabeza,

las del cielo y las de la tierra.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE         Hb 8, 1b-3a

 

Tenemos un sumo sacerdote tal, que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos y es ministro del santuario y de la tienda verdadera, construida por el Señor y no por hombre. En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

 

V. Al ver al Señor.

R. Aleluya, aleluya.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. Aleluya.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. Aleluya.

 

 

PRECES

 

Llenos de gozo, oremos a Cristo, el Señor, que con su resurrección ha iluminado el mundo entero, y digámosle:

Cristo, vida nuestra, escúchanos.

 

Señor Jesús, que te hiciste compañero de camino de los discípulos que dudaban de ti,

— acompaña también a tu Iglesia peregrina entre las dificultades e incertidumbres de esta vida.

 

No permitas que tus fieles sean torpes y necios para creer,

— aumenta su fe, para que te proclamen vencedor de la muerte.

 

Mira, Señor, con bondad a cuantos no te reconocieron en su camino,

— y manifiéstate a ellos, para que te confiesen como a su salvador.

 

Tú que por la cruz reconciliaste a todos los hombres, uniéndolos en tu cuerpo,

— concede la paz y la unidad a las naciones.

 

Tú que eres el juez de vivos y muertos,

— otorga a los difuntos que creyeron en ti la remisión de todas tus culpas.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Alegres porque Jesucristo nos ha hecho hijos de Dios, digamos:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre, aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Hch 3, 13-15. 17-19

La lectura que hoy se proclama en la liturgia forma parte del discurso que Pedro pronunció en el templo tras la curación de un paralítico en una de las puertas del santuario, conforme al orden del relato, si bien no parece que originalmente fuera este el lugar de las palabras del apóstol. Probablemente se trate de un discurso pre-lucano que el autor de Hechos habría reelaborado acomodándolo al interés y secuencia de su narración.

* En los versos precedentes se nos dice que, al acudir Pedro y Juan al templo, se encontraron con un paralítico que pedía limosna. Los apóstoles socorren al necesitado, pero dándole no lo que él esperaba (unas monedas), sino algo más importante: la curación de su enfermedad. De esta manera, la actuación salvadora de los apóstoles se presenta como continuación de las acciones de Jesús.

El caso, como no podía ser menos, llena de admiración a cuantos lo contemplan. Y de este asombro se sirve Lucas para conectar el hecho con el discurso de Pedro que inserta a continuación. Como en otras ocasiones (cf. Hch 2,14-41), este discurso se compone de tres elementos: el nexo con el hecho anterior (en este caso la curación del paralítico); un resumen del kerigma cristiano, y, finalmente, una invitación al arrepentimiento y a la conversión.

En el nexo que une el discurso con el hecho que lo precede, Pedro deja bien claro que el milagro de la curación no se debe a ninguna capacidad que tengan los apóstoles, sino que es obra de Dios por medio de Jesús. (Este detalle se omite en el texto de nuestra lectura.)

* El núcleo del discurso (kerigma) son las palabras con las que Pedro anuncia que el Dios de los padres ha glorificado a Jesús, su siervo, a quienes las autoridades decidieron matar sirviéndose de Pilato.

Pedro culpa a las autoridades judías y también a todo el pueblo: “vosotros entregasteis… rechazasteis al santo… matasteis al autor de la vida”. Y proclama el acto salvador de Dios: “pero Dios lo resucitó de entre los muertos”. Y la culpabilidad del “vosotros”, de quienes actuaron por desconocimiento, contrasta el testimonio del “nosotros”, de quienes hablan con absoluta conciencia: “nosotros somos testigos”. La resurrección de Jesús se apoya no solo en el testimonio de los testigos sino también en la autoridad de los profetas, pues así Dios cumplía lo que había dicho por medio de ellos: “que su Mesías tenía que padecer”.

* Nuestro texto culmina en una primera consecuencia práctica. Los que obraron de manera contraria a los planes divinos por desconocimiento, al condenar a Jesús, deben ahora, una vez que los testigos de su resurrección les han abierto los ojos, abandonar su pecado y abrazar el anuncio que se les proclama, arrepintiéndose y convirtiéndose, para que, de esa manera, “se borren vuestros pecados”. La unión con Jesús por medio de la fe, del crédito que se da a las palabras de los apóstoles, conlleva la salvación, el perdón de los pecados.

Comentario al evangelio de hoy (16 de abril)

El tiempo de Pascua es el tiempo más apropiado para la celebración de los sacramentos, tiempo para celebrar el Bautismo. Y el texto del evangelio de hoy nos sitúa justamente en esta perspectiva. ¿Qué es sino el Bautismo más que “nacer en Cristo” a una vida nueva?

Nicodemo seriamente interesado por Jesús, aparece en escena como representante del judaísmo docto, pero no quiere que sea conocida su simpatía por Jesús. Por eso acude a él de noche. Reconoce algo misterioso en la persona de Jesús, pues le dice que “nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él.» Jesús acepta su buena disposición pero le advierte que eso es insuficiente; es necesario un cambio radical: ” hay que nacer de nuevo”. Hay que aceptarle como el enviado del Padre y eso requiere el “nuevo nacimiento” que realiza el Espíritu Santo en todo el que acepta a Jesús como su Señor.

Y es ese mismo Espíritu el que hace avanzar el anuncio de la Palabra a pesar de todas las amenazas, prohibiciones y castigos físicos, como leemos en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Visto con la perspectiva de dos mil años de historia, es admirable contemplar el coraje de aquellas primeras  pequeñas comunidades cristianas que se reunían en las casas para compartir la Palabra y el Pan. Hoy el texto nos recuerda que estando reunidos, experimentan como un segundo Pentecostés –“el lugar en que estaban reunidos tembló”. ¡Qué frescura, qué apertura la de estas primeras comunidades!

Jesús no quiere una comunidad de envejecidos por la rutina, por eso nos invita a “nacer de nuevo”. Es el Espíritu el que abre la mente y el corazón hacia nuevos horizontes.
Y es ese “nacer y renacer” de cada día nuestra tarea más bella en este tiempo de Pascua: la vida que empuja incontenible al cristiano para ser testigo de Jesús el Señor que vive para siempre.

Carlos Latorre, cmf

Lunes II Semana de Pascua

Hoy es 16 de abril, lunes de la II semana de Pascua.

Ponte en presencia de Dios, siente como él te mira. Trata de disponer el corazón para dejarte invitar por él en la oración de hoy. Puedes pedir al Espíritu que te de la gracia de ver y dejarte guiar.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 3, 1-8):

Había un fariseo llamado Nicodemo, jefe judío.

Éste fue a ver a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él.»

Jesús le contestó: «Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios.»

Nicodemo le pregunta: «¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?»

Jesús le contestó: «Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.»

Nicodemo va a ver a Jesús, era de noche. Jesús le invita a nacer de nuevo para poder ver. ¿Cuáles son hoy tus noches, tus miedos, tus momentos de dificultad, tus oscuridades? Preséntaselas a Jesús.

Como Nicodemo, trata de escuchar de Jesús la invitación a nacer de nuevo, para poder ver, para que se haga la luz. La invitación a volver a empezar para acabar con tu noche. Trata de percibir ahí los efectos del resucitado.

Vuelve a leer el texto dejándote guiar por el Espíritu. Ese Espíritu que es como el viento que sopla. Que oyes su ruido pero que no sabes de donde viene ni a donde va. Ese Espíritu que puede llevarte donde ni siquiera imaginas.

Con un poema imaginamos y evocamos la búsqueda de Nicodemo, que desde su noche presiente que Dios está más cerca de lo que parece.

Estoy contra de ti, que no te encuentro,
que no te sé buscar, que busco fuera,
y estás veraz, tan hondo en mi ceguera,
tan cerca estás de mí, Señor, tan dentro.

Te busco desde aquí, desde mi centro,
porque no sé buscar de otra manera,
herido, a dentelladas, como fiera
que soy, hasta llegar a tu epicentro.

Mas llegarás un día, liberado
de este vivir de hombre tan concreto;
mi mundo, mi demonio encadenado.

Perdóname mi falta de respeto,
que estás lejos de mí, tan a mi lado,
tan evidente al fin y tan secreto.

Jacinto Mañas

Habla con Jesús sobre este rato de oración. Puedes contarle lo que has sentido al ver noches. O al saberte invitado al nacer de nuevo o al dejarte enviar por el Espíritu. Háblale como un amigo a otro amigo y déjate decir por él.

Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

Amén

Laudes – 16 de abril

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LITURGIA DE LAS HORAS

LUNES, II SEMANA DE PASCUA

 

16 de abril

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

¡Alegría!, ¡Alegría!, ¡Alegría!

La muerte, en huida,

ya va malherida.

Los sepulcros se quedan desiertos.

Decid a los muertos:

“¡Renace la Vida,

y la muerte ya va de vencida!”

Quien le lloró muerto

lo encontró en el huerto,

hortelano de rosas y olivos.

Decid a los vivos:

“¡Viole jardinero

quien le viera colgar del madero!”

Las puertas selladas

hoy son derribadas.

En el cielo se canta victoria.

Gritadle a la gloria

que hoy son asaltadas

por el hombre sus “muchas moradas”.

 

SALMODIA

Ant. 1. Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Aleluya.

Salmo 41

Como busca la sierva

corrientes de agua,

así mi alma te busca

a ti, Dios mío;

tiene sed de Dios,

del Dios vivo:

¿cuándo entraré a ver

el rostro de mi Dios?

Las lágrimas son mi pan

de noche y día,

mientras todo el día me repiten

“¿donde está tu Dios?”

Recuerdo otros tiempos,

mi alma desfallece de tristeza:

como marchaba a la cabeza del grupo,

hacia la casa de Dios,

entre cantos de júbilos y alabanzas,

en el bullicio de la fiesta.

¿Porque te acongojas, alma mía,

porque te me turbas?

Espera en Dios que volverás a alabarlo:

“salud de mi rostro, Dios mío”.

Cuando mi alma se acongoja,

te recuerdo,

desde el Jordán y el Hermón

y el monte Menor.

Una sima grita a otra sima

con voz de cascadas:

tus torrentes y tus olas

me han arrollado.

De día el Señor

me hará misericordia,

de noche cantaré la alabanza

del Dios de mi vida.

Diré a Dios: Roca mía

¿por qué me olvidas?

¿por que voy andando sombrío,

hostigado por mi enemigo?

Se me rompen los huesos

por las burlas del adversario;

todo el día me preguntan

“¿donde está tu Dios?”

¿Por que te acongojas, alma mía,

por que te me turbas?

Espera en Dios, que volverás a alabarlo:

“salud de mi rostro Dios mío”.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1. Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Llena, Señor, a Sión de tu majestad, y al templo, de tu gloria. Aleluya.

Cántico: Si 36, 1-7. 13-16

Sálvanos, Dios del universo,

infunde tu terror a todas las naciones;

amenaza con tu mano al pueblo extranjero,

para que se sienta tu poder.

Como les mostraste tu santidad al castigarnos,

muéstranos así tu gloria castigándolos a ellos:

para que sepan, como nosotros lo sabemos,

que no hay Dios fuera de ti.

Renueva los prodigios, repite los portentos,

exalta tu mano, robustece tu brazo.

Reúne a todas las tribus de Jacob

y dales su heredad como antiguamente.

Ten compasión del pueblo que lleva tu nombre,

de Israel, a quien nombraste tu primogénito.

Ten compasión de tu ciudad santa,

de Jerusalén, lugar de tu reposo.

Llena a Sión de tu majestad y al templo de tu gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2. Llena, Señor, a Sión de tu majestad, y al templo, de tu gloria. Aleluya.

Ant. 3. La gloria de Dios ilumina la ciudad y su lámpara es el Cordero. Aleluya.

Salmo 18 A

En cielo proclama la gloria de Dios,

el firmamento pregona la obra de sus manos:

el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo murmura.

Sin que hablen, sin que pronuncien,

sin que resuene su voz,

a toda la tierra alcanza su pregón

y hasta los límites del orbe su lenguaje.

Allí le a puesto su tienda al sol:

él sale como el esposo de su alcoba,

contento como un héroe, a recorrer su camino.

Asoma por un extremo del cielo,

y su órbita llega al otro extremo:

nada se libra de su calor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3. La gloria de Dios ilumina la ciudad y su lámpara es el Cordero. Aleluya.

LECTURA BREVE         Rm 10, 8b-10

La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón. Se refiere a la palabra de la fe que os anunciamos. Porque, si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación.

RESPONSORIO BREVE

V. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

V. El que por nosotros colgó del madero.

R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Os lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios. Aleluya.

Cántico de Zacarías. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Os lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios. Aleluya.

PRECES

Oremos a Dios Padre todopoderoso, que ha sido glorificado en la muerte y resurrección de su Hijo, y digámosle confiados:

Ilumina, Señor, nuestras mentes.

Dios, Padre de los astros, que has querido iluminar el mundo con la gloria de Cristo resucitado,

— ilumina, desde el principio de este día, nuestras almas con la luz de la fe.

Tú que por medio de tu Hijo resucitado de entre los muertos has abierto a los hombres las puertas de la salvación,

 — haz que a través de los trabajos de este día se acreciente nuestra esperanza.

Tú que por medio de tu Hijo resucitado has derramado sobre el mundo el Espíritu Santo,

— enciende nuestros corazones con el fuego de este mismo Espíritu.

Que Cristo, el Señor, clavado en la cruz para librarnos,

— sea hoy para nosotros salvación y redención.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Alegres porque Jesucristo nos ha hecho hijos de Dios, digámosle:

 

Padre nuestro…

ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre, aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida. Por nuestro Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.