Hch 3, 13-15. 17-19

La lectura que hoy se proclama en la liturgia forma parte del discurso que Pedro pronunció en el templo tras la curación de un paralítico en una de las puertas del santuario, conforme al orden del relato, si bien no parece que originalmente fuera este el lugar de las palabras del apóstol. Probablemente se trate de un discurso pre-lucano que el autor de Hechos habría reelaborado acomodándolo al interés y secuencia de su narración.

* En los versos precedentes se nos dice que, al acudir Pedro y Juan al templo, se encontraron con un paralítico que pedía limosna. Los apóstoles socorren al necesitado, pero dándole no lo que él esperaba (unas monedas), sino algo más importante: la curación de su enfermedad. De esta manera, la actuación salvadora de los apóstoles se presenta como continuación de las acciones de Jesús.

El caso, como no podía ser menos, llena de admiración a cuantos lo contemplan. Y de este asombro se sirve Lucas para conectar el hecho con el discurso de Pedro que inserta a continuación. Como en otras ocasiones (cf. Hch 2,14-41), este discurso se compone de tres elementos: el nexo con el hecho anterior (en este caso la curación del paralítico); un resumen del kerigma cristiano, y, finalmente, una invitación al arrepentimiento y a la conversión.

En el nexo que une el discurso con el hecho que lo precede, Pedro deja bien claro que el milagro de la curación no se debe a ninguna capacidad que tengan los apóstoles, sino que es obra de Dios por medio de Jesús. (Este detalle se omite en el texto de nuestra lectura.)

* El núcleo del discurso (kerigma) son las palabras con las que Pedro anuncia que el Dios de los padres ha glorificado a Jesús, su siervo, a quienes las autoridades decidieron matar sirviéndose de Pilato.

Pedro culpa a las autoridades judías y también a todo el pueblo: “vosotros entregasteis… rechazasteis al santo… matasteis al autor de la vida”. Y proclama el acto salvador de Dios: “pero Dios lo resucitó de entre los muertos”. Y la culpabilidad del “vosotros”, de quienes actuaron por desconocimiento, contrasta el testimonio del “nosotros”, de quienes hablan con absoluta conciencia: “nosotros somos testigos”. La resurrección de Jesús se apoya no solo en el testimonio de los testigos sino también en la autoridad de los profetas, pues así Dios cumplía lo que había dicho por medio de ellos: “que su Mesías tenía que padecer”.

* Nuestro texto culmina en una primera consecuencia práctica. Los que obraron de manera contraria a los planes divinos por desconocimiento, al condenar a Jesús, deben ahora, una vez que los testigos de su resurrección les han abierto los ojos, abandonar su pecado y abrazar el anuncio que se les proclama, arrepintiéndose y convirtiéndose, para que, de esa manera, “se borren vuestros pecados”. La unión con Jesús por medio de la fe, del crédito que se da a las palabras de los apóstoles, conlleva la salvación, el perdón de los pecados.