Vísperas – 18 de abril

VÍSPERAS

MIÉRCOLES, II SEMANA DE PASCUA

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

¡Cristo ha resucitado!

¡Resucitemos con él!

¡Aleluya, aleluya!

 

Muerte y Vida lucharon,

y la muerte fue vencida.

¡Aleluya, aleluya!

 

Es el grano que muere

para el triunfo de la espiga.

¡Aleluya, aleluya!

 

Cristo es nuestra esperanza

nuestra paz y nuestra vida.

¡Aleluya, aleluya!

 

Vivamos vida nueva,

el bautismo es nuestra Pascua.

¡Aleluya, aleluya!

 

¡Cristo ha resucitado!

¡Resucitemos con él!

¡Aleluya, aleluya!Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Que no tiemble vuestro corazón, tan sólo creed en mí. Aleluya.

 

Salmo 61

 

Solo en Dios descansa mi alma,

porque de él viene mi salvación;

solo él es mi roca y mi salvación,

mi alcázar: no vacilaré.

 

¿Hasta cuándo arremeteréis contra un hombre

todos juntos para derribarlo

como una pared que cede

o a una tapia ruinosa?

Solo piensan en derribarme de mi altura,

y se complacen en la mentira:

con la boca bendicen,

con el corazón maldicen.

 

Descansa solo en Dios, alma mía,

porque él es mi esperanza;

solo él es mi roca y mi salvación,

mi alcázar: no vacilaré.

 

De Dios viene mi salvación y mi gloria,

él es mi roca firme,

Dios es mi refugio.

 

Pueblo suyo, confiad en él,

desahogad ante él vuestro corazón,

que Dios es nuestro refugio.

 

Los hombres no son más que un soplo,

los nobles son apariencias:

todos juntos en la balanza subirían

más leves que un soplo.

 

No confiéis en la opresión,

no pongáis ilusiones en el robo;

y aunque crezcan vuestras riquezas,

no les deis el corazón.

 

Dios ha dicho una cosa,

y dos cosas que he escuchado:

 

“Que Dios tiene el poder

y el Señor tiene la gracia;

que tu pagas a cada uno según sus obras.”

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Que no tiemble vuestro corazón, tan sólo creed en mí. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que se alegren por tu salvación. Aleluya.

 

Salmo 66

 

El Señor tenga piedad y nos bendiga

ilumine su rostro sobre nosotros;

conozca la tierra tus caminos,

todos los pueblos tu salvación.

 

¡Oh Dios! Que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.

 

Que canten de alegría las naciones,

porque riges el mundo con justicia,

riges los pueblos con rectitud,

y gobiernas las naciones de la tierra.

 

¡Oh Dios! Que te alaben los pueblos

que todos los pueblos te alaben.

 

La tierra ha dado su fruto,

nos bendice el Señor, nuestro Dios.

Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que se alegren por tu salvación. Aleluya.

 

 

Ant. 3. Su resplandor eclipsa el cielo, la tierra se llena de su alabanza. Aleluya.

 

Cántico: Col 1, 12-20

 

Damos gracias a Dios Padre,

que nos ha hecho capaces de compartir

la herencia del pueblo santo en la luz.

 

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,

y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,

por cuya sangre hemos recibido la redención,

el perdón de los pecados.

 

Él es imagen de Dios invisible,

primogénito de toda criatura;

pues por medio de él fueron creadas todas las cosas:

celestes y terrestres, visibles e invisibles,

Tronos, Dominaciones,

Principados, y Potestades;

todo fue creado por él y para él.

 

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.

Él es también la cabeza y el cuerpo de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,

y así es el primero en todo.

 

Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.

Y Por él quiso reconciliar todas las cosas:

haciendo la paz por la sangre de su cruz

con todos los seres, así del cielo como de la tierra.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. Su resplandor eclipsa el cielo, la tierra se llena de su alabanza. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE           Hb 7, 24-27

 

Jesús, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor. Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. Él no necesita ofrecer sacrificios cada día –como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo-, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

 

V. Al ver al Señor.

R. Aleluya, aleluya.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. El que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. Aleluya.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. Aleluya.

 

 

PRECES

 

Imploremos a Dios Padre, que por la resurrección de su Hijo de entre los muertos nos ha abierto el camino de la vida eterna, y digámosle:

Por la victoria de Cristo, salva, Señor, a tus redimidos.

 

Dios de nuestros padres, que has glorificado a tu Hijo Jesús resucitándolo de entre los muertos,

— convierte nuestros corazones, para que andemos en una vida nueva.

 

Tú que, cuando andábamos descarriados como ovejas, nos has hecho volver al pastor y guardián de nuestras vidas,

— consérvanos en la fidelidad al Evangelio, bajo la guía de los obispos de tu Iglesia.

 

Tú que elegiste a los primeros discípulos de tu Hijo de entre el pueblo de Israel,

— haz que los hijos de este pueblo reconozcan el cumplimiento de las promesas que hiciste a sus padres.

 

Acuérdate, Señor, de los huérfanos, de las viudas, de los esposos que viven separados y de todos nuestros hermanos abandonados,

— y no permitas que vivan en la soledad, ya que fueron reconciliados por la muerte de tu Hijo.

 

Tú que llamaste a ti a Esteban, que confesó que Jesús estaba de pie a tu derecha,

— recibe a nuestros hermanos difuntos que esperaron tu venida en la fe y en el amor.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Confiemos nuestras súplicas a Dios, nuestro Padre, terminando esta oración con las palabras que el Señor nos enseñó:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Al revivir nuevamente este año el misterio pascual, en el que la humanidad recobra la dignidad perdida y adquiere la esperanza de la resurrección futura, te pedimos, Señor de clemencia, que el misterio celebrado en la fe se actualice siempre en el amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Lc 24, 35-48

Lucas, historiador y teólogo, incluye en su evangelio una sola aparición del resucitado al grupo entero de los discípulos, por lo cual podemos suponer en ella un precioso valor de síntesis. El cuadro de la aparición se articula en dos secuencias: aparición e identificación por un lado, y envío o misión por otro, armonizados ambos momentos por medio de la Escritura.

1. La secuencia de la aparición para darse a conocer el Señor sigue un esquema común con otros evangelios, pero Lucas le ha conferido unas características propias. Jesús se aparece a los discípulos con el anuncio de la paz mesiánica pero la reacción de temor de éstos proporciona al autor la ocasión para una profundización catequética que pondrá de manifiesto la identidad real entre el crucificado y el resucitado. Posiblemente, los ambientes greco-helenísticos confundían la resurrección de Jesús con la pervivencia de los espíritus separados del cuerpo; de ahí la clara distinción entre el “fantasma” (pneuma, o espíritu de Jesús) y el cuerpo real del resucitado. Los signos de la pasión corroboran esta real identidad. El signo de la comida avanza aún más: compartir el alimento en la cultura bíblica es expresión de comunión interpersonal. El simple signo convival de Jesús compartiendo un pez asado revela la plena pertenencia de Jesús al mundo de los vivos, y en concreto al mundo de su grupo.

2.- Con solemnidad se abre la segunda secuencia: el mandato apostólico. La traducción litúrgica prefiere el pretérito (“así estaba escrito”); acaso sea preferible respetar el tiempo perfecto griego (“así ha sido escrito”) indicando que el plan de Dios contenido en las Escrituras se refiere tanto a lo sucedido como a lo que está por suceder. De este modo, el anuncio universal del evangelio forma parte del designio salvífico de Dios. De hecho, Lucas usa el futuro para dibujar la vocación de la Iglesia en el mundo. De cuatro conceptos proyectados al futuro se sirve Lucas para explicar en lo que desembocará la pasión y la resurrección:

El encargo recibido por la Iglesia se cifra en: – el Kerigma o anuncio como actitud que exige no permanecer callado o encerrado en sí mismo; – el contenido de esta proclamación: metánoia o conversión como actitud total de cambio (literalmente, del griego: mutación de los planteamientos personales); -transformación por el perdón del pecado o amartía,como expresión de vida nueva, final y definitivamente salvada. Y por último, – mártires o testigos del respaldo divino con el que se ve dotada la nueva visión.

En un mismo plano se han presentado los acontecimientos de la salvación, y es que la pasión y resurrección se hallan tan en la entraña del proyecto divino como la misión misma de la Iglesia. Dios es tan autor de uno como de la otra, parece decirnos Lucas. Con ello, nos ha presentado la segunda parte de su obra -el libro de los Hechos- en clave de cumplimiento de la Pascua…; luego el tiempo de la Iglesia no es consecuencia o eco de la resurrección… ¡es su necesaria continuación!

Miércoles II Semana de Pascua

Hoy es 18 de abril, miércoles de la II semana de Pascua.

Jesús me cita un día más y me invita a quedar con él. Dentro de la rutina del día a día ahora es el momento. Despejo mi mente, respiro hondo, hago un silencio en mi corazón, siento su presencia que me inunda, envuelve y acompaña. Él está aquí, muy cerca, dentro de mí.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 3,16-21):

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Cada una de las frases de la lectura de hoy, hablan del ser de Dios Padre. Del Amor con mayúsculas. Juan trata de explicar con buenas palabras el misterio de ese gran amor de Dios a los hombres, que le lleva a entregarnos a su hijo. Esto no es fácil de entender. Puede parecer extraño y contrario al sentido común, que halla que morir para vivir. Intento entender ese contraste.

Sin embargo tú me dices: Hijo mío yo te quiero y quiero que seas feliz. No quiero que te sientas solo ni culpable con la muerte de Jesús. Quiero más bien, que tu espíritu se inunde del inmenso regalo que te hago. Que tu corazón acoja y se transforme. Cuesta pasar por la muerte, lo sé. Pero no es el final. Es el principio. Acojo esa promesa.

Se me invita así a creer en el proyecto de salvación que Dios Padre tiene para cada uno de nosotros. Se me invita a no tener miedo, a confiar, a aceptar el regalo de amor, a no quedarme en la muerte. Sólo así, a la luz del evangelio podré cambiar y hacer posible otro mundo. Le pido a Dios que me ilumine con esa luz.

Leo de nuevo este pasaje de Juan, sabiendo que todo el sufrimiento y la oscuridad de la Semana Santa, cobran sentido a luz del proyecto de amor de Dios Padre tiene sobre la humanidad.

Termino este tiempo de oración dando gracias por este día. Recojo todas aquellas sensaciones y sentimientos que me han resonado con más fuerza en este rato de encuentro contigo y te las ofrezco. Jesús te pido fortaleza para perder el miedo al cambio y confiar, en que un nuevo yo, dará más vida. Amén.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

Laudes – 18 de abril

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LITURGIA DE LAS HORAS

MIÉRCOLES, II SEMANA DE PASCUA

 

18 de abril

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

La noche y el alba, con su estrella fiel,

se gozan con Cristo, Señor de Israel,

con Cristo aliviado en el amanecer.

La vida y la muerte luchándose están.

Oh, qué maravilla de juego mortal,

Señor Jesucristo, qué buen capitán.

En él se redimen todos los pecados,

el árbol caído devuelve su flor,

oh santa mañana de resurrección.

Qué gozo de tierra, de aire y de mar,

qué muerte, qué vida,

qué fiel despertar,

qué gran romería de la cristiandad.

 

SALMODIA

Ant. 1. Te vio el mar, oh Dios, mientras guiabas a tu pueblo por las aguas caudalosas. Aleluya.

Salmo 76

Alzo mi voz a Dios gritando,

alzo mi voz a Dios para que me oiga.

En mi angustia te busco, Señor mío;

de noche extiendo las manos sin descanso,

y mi alma rehúsa el consuelo.

Cuando me acuerdo de Dios, gimo,

y meditando me siento desfallecer.

Sujetas los párpados de mis ojos,

y la agitación no me deja hablar.

Repaso los días antiguos,

recuerdo los años remotos;

de noche lo pienso en mis adentros,

y meditándolo me pregunto:

¿Es que el Señor nos rechaza para siempre

y ya no volverá a favorecernos?

¿Se ha agotado ya su misericordia,

se ha terminado para siempre su promesa?

¿Es que Dios se ha olvidado de su bondad,

o la cólera cierra sus entrañas?

Y me digo: ¡Qué pena la mía!

¡Se ha cambiado la diestra del Altísimo!

Recuerdo las proezas del Señor;

sí recuerdo tus antiguos portentos,

medito todas tus obras y considero tus hazañas.

Dios mío, tus caminos son santos:

¿qué dios es grande como nuestro Dios?.

Tú, ¡oh Dios!, haciendo maravillas,

mostraste tu poder a los pueblos;

con tu brazo rescataste a tu pueblo,

a los hijos de Jacob y de José.

Te vio el mar, ¡oh Dios!,

te vio el mar y tembló,

las olas se estremecieron.

Las nubes descargaban sus aguas,

retumbaban los nubarrones,

tus saetas zigzagueaban.

Rodaba el fragor de tu trueno,

los relámpagos deslumbraban el orbe,

la tierra retembló estremecida.

Tú te abriste camino por las aguas,

un vado por las aguas caudalosas,

y no quedaba rastro de tus huellas:

mientras guiabas a tu pueblo, como a un rebaño,

por la mano de Moisés y de Aarón.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1. Te vio el mar, oh Dios, mientras guiabas a tu pueblo por las aguas caudalosas. Aleluya.

 

 

Ant. 2. El Señor da la muerte y la vida. Aleluya.

Cántico: 1 S 2, 1-10

Mi corazón se regocija por el Señor,

mi poder se exalta por Dios;

mi boca se ríe de mis enemigos,

porque gozo con tu salvación.

No hay santo como el Señor,

no hay roca como nuestro Dios.

No multipliquéis discursos altivos,

no echéis por la boca arrogancias,

porque el Señor es un Dios que sabe;

él es quién pesa las acciones.

Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor;

los hartos se contratan por el pan,

mientras los hambrientos no tienen ya que trabajar;

la mujer estéril da a luz siete hijos,

mientras que la madre de muchos se marchita.

El Señor da la muerte y la vida,

hunde en el abismo y levanta;

da la pobreza y la riqueza,

humilla y enaltece.

Él levanta del polvo al desvalido,

alza de la basura al pobre,

para hacer que se siente entre príncipes

y que herede un trono de gloria;

pues del Señor son los pilares de la tierra, y sobre ellos afirmó el orbe.

El guarda los pasos de sus amigos,

mientras los malvados perecen en las tinieblas,

porque el hombre no triunfa por su fuerza.

El Señor desbarata a sus contrarios,

el altísimo truena desde el cielo,

el Señor juzga hasta el confín de la tierra.

Él da fuerza a su Rey,

exalta el poder de su Ungido.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2. El Señor da la muerte y la vida. Aleluya.

Ant. 3. Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Aleluya.

Salmo 96

El Señor reina, la tierra goza,

se alegran las islas innumerables.

Tinieblas y nube lo rodean,

justicia y derecho sostienen su trono.

Delante de él avanza fuego

abrazando en torno a los enemigos;

sus relámpagos deslumbran el orbe,

y, viéndolos, la tierra se estremece.

Los montes se derriten como cera

ante el dueño de toda la tierra;

los cielos pregonan su justicia,

y todos los pueblos contemplan su gloria.

Los que adoran estatuas se sonrojan,

los que ponen su orgullo en los ídolos;

ante él se postran todos los dioses.

Lo oye Sión, y se alegra,

se regocijan las ciudades de Judá

por tus sentencias, Señor;

porque tú eres, Señor,

altísimo sobre altísimo sobre toda la tierra,

encumbrado sobre todos los dioses.

El Señor ama al que aborrece el mal,

protege la vida de sus fieles

y los libra de los malvados.

Amanece la luz para el justo,

y la alegría para los rectos de corazón.

Alegraos, justos con el Señor,

celebrad su santo nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3. Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Aleluya.

LECTURA BREVE           Rm 6, 8-11

Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

RESPONSORIO BREVE

V. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya.

V. El que por nosotros colgó del madero.

R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Aleluya.

Cántico de Zacarías. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Aleluya.

PRECES

Dirijámonos a Dios, que hizo ver a Jesús resucitado a los apóstoles, y digámosle suplicantes:

Ilumínanos, Señor, con la claridad de Cristo.

Dios, Padre de los astros, te aclamamos con acción de gracias en esta mañana, porque nos has llamado a entrar en tu luz maravillosa

— y te has compadecido de nosotros.

Haz, Señor, que la fuerza del Espíritu Santo nos purifique y nos fortalezca,

— para que trabajemos por hacer más humana la vida de los hombres.

Haz que nos entreguemos de tal modo al servicio de nuestros hermanos

— que logremos hacer de la familia humana una ofrenda agradable a tus ojos.

Llénanos, desde el principio de este nuevo día, de tu misericordia,

— para que en toda nuestra jornada encontremos nuestro gozo en alabarte.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Terminemos nuestra oración diciendo juntos las palabras del Señor y pidiendo al Padre que nos libre de todo mal:

 

Padre nuestro…

ORACIÓN

Al revivir nuevamente este año el misterio pascual, en el que la humanidad recobra la dignidad perdida y adquiere la esperanza de la resurrección futura, te pedimos, Señor de clemencia, que el misterio celebrado en la fe se actualice siempre en el amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.