Vísperas – 20 de abril

VÍSPERAS

VIERNES, II SEMANA DE PASCUA

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

 

Quédate con nosotros,

la tarde está cayendo; quédate.

 

¿Cómo te encontraremos al declinar el día,

si tu camino no es nuestro camino?

Detente con nosotros; la mesa está servida,

caliente el pan, y envejecido el vino.

 

¿Cómo sabremos que eres

un hombre entre los hombres

si no compartes nuestra mesa humilde?

Repártenos tu Cuerpo,

y el gozo irá alejando

la oscuridad que pesa sobre el hombre.

 

Vimos romper el día

sobre tu hermoso rostro

y al sol abrirse paso por tu frente.

Que el viento de la noche

no apague el fuego vivo

que nos dejó tu paso en la mañana.

 

Arroja en nuestras manos,

tendidas en tu busca,

las aguas encendidas del Espíritu;

Y limpia, en lo más hondo

del corazón del hombre

tu imagen empañada por la culpa.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. El Señor ha salvado mi vida de los lazos del abismo. Aleluya.

 

Salmo 114

 

Amo al Señor, porque escucha

mi voz suplicante,

porque inclina su oído hacia mí

el día que lo invoco.

 

Me envolvían redes de muerte,

me alcanzaron los lazos del abismo,

caí en tristeza y angustia.

Invoqué el nombre del Señor:

«Señor salva mi vida.»

 

El Señor es benigno y justo,

nuestro Dios es compasivo;

el Señor guarda a los sencillos:

estando yo sin fuerzas me salvó.

 

Alma mía, recobra tu calma,

que el Señor fue bueno contigo:

arrancó mi vida de la muerte,

mis ojos de las lágrimas,

mis pies de la caída.

 

Caminaré en presencia del Señor

en el país de la vida.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 1. El Señor ha salvado mi vida de los lazos del abismo. Aleluya.

 

 

Ant. 2. El Señor guarda a su pueblo como a las niñas de sus ojos. Aleluya.

 

Salmo 120

 

Levanto mis ojos a los montes:

¿de dónde me vendrá el auxilio?

El auxilio me viene del Señor,

que hizo el cielo y la tierra.

 

No permitirá que resbale tu pie,

tu guardián no duerme;

no duerme ni reposa

el guardián de Israel.

 

El Señor te guarda a su sombra,

está a tu derecha;

de día el sol no te hará daño,

ni la luna de noche.

 

El Señor te guarda de todo mal,

él guarda tu alma;

el Señor guarda tus entradas y salidas,

ahora y por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. El Señor guarda a su pueblo como a las niñas de sus ojos. Aleluya.

 

 

Ant. 3. Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Aleluya.

 

Cántico: Ap 15, 3-4

 

Grandes y maravillosas son tus obras,

Señor, Dios omnipotente,

justos y verdaderos tus caminos,

¡oh Rey de los siglos!

 

¿Quién no temerá, Señor,

y glorificará tu nombre?

Porque tú solo eres santo,

porque vendrán todas las naciones

y se postrarán en tu acatamiento,

porque tus juicios se hicieron manifiestos.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE           Hb 5, 8-10

 

Cristo, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote, según el rito de Melquisedec.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

 

V. Al ver al Señor.

R. Aleluya, aleluya.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Subió al árbol santo de la cruz, destruyó el poder del abismo, se revistió de poder, resucitó al tercer día. Aleluya.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Subió al árbol santo de la cruz, destruyó el poder del abismo, se revistió de poder, resucitó al tercer día. Aleluya.

 

 

PRECES

 

Oremos a Cristo, fuente de toda vida y principio de todo bien, y digámosle confiadamente:

Instaura, Señor, tu reino en el mundo.

 

Jesús salvador, tú que, muerto en la carne, fuiste devuelto a la vida por el Espíritu,

— haz que nosotros, muertos al pecado, vivamos también de tu Espíritu.

 

Tú que enviaste a tus discípulos al mundo entero para que proclamaran el Evangelio a toda la creación,

— haz que cuantos anuncian el Evangelio a los hombres vivan de tu Espíritu.

 

Tú que recibiste pleno poder en el cielo y en la tierra para ser testigo de la verdad,

— guarda en tu verdad a quienes nos gobiernan.

 

Tú que todo lo haces nuevo y nos mandas esperar anhelantes la llegada de tu reino,

— haz que, cuanto más esperamos el cielo nuevo y la tierra nueva que nos prometes, con tanto mayor empeño trabajemos por la edificación del mundo presente.

 

Tú que descendiste al abismo para anunciar el gozo del Evangelio a los muertos,

— sé tú mismo la eterna alegría de nuestros difuntos.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz, concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

“Hay que responder a los impulsos del Espíritu”

Somos hijos de Dios(1Jn 3,1-2)

– El texto de hoy pertenece a la segunda parte de la carta: Dios es Padre y nosotros sus hijos (2,29-4,6). Esta relación paterno-filial mueve: a obrar su justicia (2,29-3,10), a tenerse amor mutuo (3,11-24), a creer en Jesús (4,1-6). Quien obra la justicia ha nacido de Dios, reconoce en 2,29. Lajusticia divina es amar como Dios. Quien así actúa, dice, ha nacido de Dios, es hijo. Se usa “hyiós” (hijo, para Jesús) y “téknon” o “paidion” (hijo, para el cristiano) para distinguir la relación de Jesús de la nuestra respecto de Dios. La nuestra es adopción, no jurídica o externa, sino vital: recibisteis un Espíritu que os hace hijos y que nos permite gritar: ¡Abba! ¡Padre! Ese Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios(Rm 8,15-16). Tenemos por gracia (don) el Espíritu que la persona de Jesús tiene por naturaleza. Al creer a Jesús sentimos conciencia del Espíritu: accedemos a esta situación de gracia en que estamos (Rom 5,2).

Mirad qué amor nos ha tenido [lit.:nos ha dado]el Padre, para llamarnos [lit.:hayamos sido llamados] hijos de Dios, y [lo] somos. Es importante mirar, ver cómo es nuestro amor. Dios ofrece a todos su amor, pero no todos aceptan ese amor. El Espíritu de Dios libera a todos de su egoísmo para que sirvan a la vida humana. Hijos de Dios son todos y sólo aquellos que se dejan llevar por el Espíritu de Dios (Rom 8,14), dirá Pablo. Es decir, Dios nos ama y nos ofrece su Espíritu para que amemos como él ama. Aquellos que aceptan su Espíritu y se dejan llevar por él, amando como él ama, nacen como hijos y son realmente hijos en el Espíritu. Cuando no nos dejamos llevar por el Espíritu divino, Dios nos ama igual y nos considera hijos, pero en la práctica no somos hijos nacidos de su Espíritu; nuestro dinamismo personal no es fruto del Espíritu; salimos de la casa del Amor, y nos hacemos hijos del egoísmo. ¿Cómo ser llamados hijos de Dios cuando nuestro actuar no nace de su Espíritu? Miremos, pues, cómo es nuestro amor; él nos delata.

El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. El mundo es el reino del egoísmo. Toda persona, toda institución, aunque sea religiosa, puede estar cruzada por el egoísmo hasta anteponer el dinero, el poder, el honor, a la vida humana, y peor aún: figurarse que ofrece culto a Dios dando muerte al hombre, hijo de Dios (Jn 16,2). Si uno posee bienes, y su hermano pasa necesidad, y le cierra las entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? (1Jn 3,17).

Aún no se ha manifestado qué seremos… Alusión a la consumación de la esperanza cristiana. Si ser cristiano es asemejarse a Dios, amar como él ama…; entonces nuestro futuro será participar de su misma condición, de su gloria, estar con Cristo resucitado, ver a Dios como es.

Comentario al evangelio de hoy (20 de abril)

En la primera lectura de hoy me han impresionado estas palabras: “Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”. Me pregunto cómo es posible sufrir y estar contento;  y más difícil aún, cómo es posible   sufrir injustamente, siendo inocente, y estar feliz. La explicación de todo es la culminación de la frase: “por el nombre de Jesús”. Sí, Jesús es su fuerza y llena su corazón. Además no se sienten solos, porque toda la comunidad está con ellos. Y este sufrimiento es semilla de nuevos cristianos.

El milagro de la multiplicación de los panes que nos narra el evangelio, se hace realidad también hoy día en infinidades de comunidades cristianas. Muchos defectos tiene nuestra iglesia, pero nadie le podrá echar en cara que dé de comer y socorra a tantos y tantos pobres y necesitados. Y es ahí en el servicio a los pobres donde resuena siempre la voz de Jesús que nos llama a hacer lo mismo: entregar nuestra vida al servicio de los más abandonados de la sociedad.

Os cuento el testimonio de Massimiliano

El episodio sucedió el 19 de agosto 2000 en Roma con ocasión de la XV Jornada Mundial de la Juventud ante dos millones de jóvenes reunidos en la Vigilia de oración con el Santo Padre Juan Pablo II.

Massimiliano, nacido en Roma, confesó que había nacido en una sociedad «donde todo se puede comprar» y «en la que tengo todo».  “Tengo una familia unida, en casa no me falta de nada, tengo estudios en la Universidad, tengo asegurado mi puesto de trabajo. No he conocido la guerra ni las deportaciones ni el control de la libertad como muchos de los jóvenes que aquí están… Me considero un joven privilegiado.  Pero un día leyendo el Evangelio de Jesús encontré estás palabras que me impresionaron muchísimo, las  palabras que Jesús dijo al joven rico: “Una cosa te falta, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres…” Era cierto, ME FALTABA EL AMOR A LOS POBRES”.

Massimiliano sintió en lo más profundo de su corazón esta misma invitación a dar lo que tenía a los pobres y a seguir a Cristo. Con otros amigos va cada semana al encuentro de los pobres de Roma y de este modo  este joven busca seguir a Jesús en el siglo XXI.

Radiante de felicidad dijo: “Procuro hacerme amigo de ellos: ellos ya conocen mi nombre y yo conozco el nombre de algunos de ellos.  Y todo esto no lo hago yo sólo, pues estoy con un grupo de amigos que tienen los mismos  ideales que yo”.

Carlos Latorre, cmf

Viernes II Semana de Pascua

Hoy es 20 de abril, viernes de la II semana de Pascua.

Señor, cada día, al ir a mis tareas o al volver de nuevo a casa, busco tu rostro. Lo que me importa es encontrar un momento para encontrarte, para saber más de ti y seguir explorando nuestra amistad. Para que me enseñes a estar de corazón en cada cosa. Y me muestres cómo ir desde ti a los demás. Para crecer en deseos de compartir lo que soy y lo que tengo.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 6, 1-15):

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.

Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?»

Lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.

Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.»

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?»

Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo.»

Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.

Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.»

Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido.

La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.»

Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

En el desierto de la vida, Jesús fue dando su pan y su palabra a un pueblo necesitado de alimento y de sentido. Aquel día, como tantos otros, todo fue para Jesús preocupación y entrega. Necesidades compartidas y hacer un alto en el camino para hacer un descanso de las fatigas de la jornada.

Contemplar a Jesús en esta escena me ayuda a experimentar al Señor hecho eucaristía. Multiplicando en sus manos la alegría y llenándolo todo de bendiciones.

Quiero aprender a compartir y a construir con él una mesa donde saciar el hambre de muchos donde nada se desperdicie. ¿Aprenderé de la oración y de la eucaristía a comprar de su pan? ¿Me pondré a su lado para descubrir con él tantas necesidades?

El Señor es uno de los nuestros, sabe lo que es tener hambre y sed y lo importante que es contar con alguien que acoge y cuida. Vuelvo a leer sus palabras para oírle decir, de nuevo, lo que haremos para que tantos sacien su necesidad. Me fijaré otra vez en sus gestos para multiplicar la vida.

Señor, concédeme el corazón compasivo de tu hijo frente a cualquier necesidad humana. Dame esa facilidad suya para  improvisar una mesa fraterna y luego déjame gustar un poco de su soledad para vivirlo todo desde ti, desde tu altura, en intimidad contigo. Renueva en mí, Señor, la sensibilidad para celebrar la eucaristía.

Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

Amén

Laudes – 20 de abril

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LITURGIA DE LAS HORAS

VIERNES, II SEMANA DE PASCUA

 

20 de abril

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Somos el pueblo de la Pascua,

Aleluya es nuestra canción,

Cristo nos trae la alegría;

levantemos el corazón.

El Señor ha vencido al mundo,

muerto en la cruz por nuestro amor,

resucitado de la muerte

y de la muerte vencedor.

El ha venido a hacernos libres

con libertad de hijos de Dios,

El desata nuestras cadenas;

alegraos en el Señor.

Sin conocerle, muchos siguen

rutas de desesperación,

no han escuchado la noticia

de Jesucristo Redentor.

Misioneros de la alegría,

de la esperanza y del amor,

mensajeros del Evangelio,

somos testigos del Señor.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,

gloria a Dios Hijo Salvador,

gloria al Espíritu divino:

tres Personas y un solo Dios. Amén.

 

 

SALMODIA

Ant. 1. ¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados. Aleluya.

Salmo 50

Misericordia, Dios mío por tu bondad;

por tu inmensa compasión borra mi culpa;

lava del todo mi delito,

limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,

tengo siempre presente mi pecado:

contra ti, contra ti solo pequé,

cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,

en el juicio brillará tu rectitud.

Mira, que en la culpa nací,

pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,

y en mi interior me inculcas sabiduría.

Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;

lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,

que se alegren los huesos quebrantados.

Aparta de mi pecado tu vista,

borra en mí toda culpa.

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme;

no me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso:

enseñaré a los malvados tus caminos,

los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre ¡oh Dios,

Dios, Salvador mío!,

y cantará mi lengua tu justicia.

Señor, me abrirás los labios,

y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen;

si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:

un corazón quebrantado y humillado

tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad,

favorece a Sión

reconstruye las murallas de Jerusalén:

entonces aceptarás los sacrificios rituales,

ofrendas y holocaustos,

sobre tu altar se inmolarán novillos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

Ant. 1. ¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Tú, Señor, has salido con Cristo a salvar a tu pueblo. Aleluya.

Cántico: Ha 3, 2-4. 13a. 15-19

¡Señor, he oído tu fama,

me ha impresionado tu obra!

En medio de los años, realízala;

en medio de los años, manifiéstala;

en el terremoto acuérdate de la misericordia.

El Señor viene de Temán;

el Santo, del monte Farán:

su resplandor eclipsa el cielo,

la tierra se llena de su alabanza;

su brillo es como el día,

su mano destella velando su poder.

Sales a salvar a tu pueblo,

a salvar a tu ungido;

pisas el mar con tus caballos,

revolviendo las aguas del océano.

Lo escuché y temblaron mis entrañas,

al oírlo se estremecieron mis labios;

me entró un escalofrío por los huesos,

vacilaban mis piernas al andar.

Tranquilo espero el día de la angustia

que sobreviene al pueblo que nos oprime.

Aunque la higuera no echa yemas

y las viñas no tienen fruto,

aunque el olivo olvida su aceituna

y los campos no dan cosechas,

aunque se acaban las ovejas del redil

y no quedan vacas en el establo,

yo exultaré con el Señor,

me gloriaré en Dios mi salvador.

El Señor soberano es mi fuerza,

él me da piernas de gacela

y me hace caminar por las alturas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2. Tú, Señor, has salido con Cristo a salvar a tu pueblo. Aleluya.

Ant. 3. Alaba a tu Dios, Sión, que ha puesto paz en tus fronteras. Aleluya.

Salmo 147

Glorifica al Señor, Jerusalén;

alaba a tu Dios, Sión:

que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,

y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;

ha puesto paz en tus fronteras,

te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,

y su palabra corre veloz;

manda la nieve como lana,

esparce la escarcha como ceniza;

hace car el hielo como migajas

y con el río congela las aguas;

envía una orden, y se derriten;

sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,

sus decretos y mandatos a Israel;

Con ninguna nación obró así,

Ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3. Alaba a tu Dios, Sión, que ha puesto paz en tus fronteras. Aleluya.

LECTURA BREVE           Hch 5, 30-32

El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.

RESPONSORIO BREVE

V. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

V. El que por nosotros colgó del madero.

R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesús tomó los panes, dijo al acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados. Aleluya.

Cántico de Zacarías. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús tomó los panes, dijo al acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados. Aleluya.

PRECES

Dirijamos nuestra oración a Dios Padre, que por el Espíritu resucitó a Jesús de entre los muertos y vivificará también nuestros cuerpos mortales, y digámosle:

Vivifícanos, Señor, con tu Espíritu Santo.

Padre santo, tú que al resucitar a tu Hijo de entre los muertos manifestaste que habías aceptado su sacrificio,

acepta también la ofrenda de nuestro día y condúcenos a la plenitud de la vida.

Bendice, Señor, las acciones de este día

— y ayúdanos a buscar en ellas tu gloria y el bien de nuestros hermanos.

Que el trabajo de hoy sirva para la edificación de un mundo nuevo

— y nos conduzca también a tu reino eterno.

Te pedimos, Señor, que nos hagas estar siempre solícitos del bien de los hombres,

— y que nos ayudes a amarnos mutuamente.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Ya que somos hijos de Dios, oremos a nuestro Padre como Cristo nos enseñó:

 

Padre nuestro…

ORACIÓN

Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz, concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.