Vísperas – 23 de abril

VÍSPERAS

LUNES, III SEMANA DE PASCUA

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Quédate con nosotros,

la tarde está cayendo; quédate.

 

¿Cómo te encontraremos al declinar el día,

si tu camino no es nuestro camino?

Detente con nosotros; la mesa está servida,

caliente el pan, y envejecido el vino.

 

¿Cómo sabremos que eres

un hombre entre los hombres

si no compartes nuestra mesa humilde?

Repártenos tu Cuerpo,

y el gozo irá alejando

la oscuridad que pesa sobre el hombre.

 

Vimos romper el día

sobre tu hermoso rostro

y al sol abrirse paso por tu frente.

Que el viento de la noche

no apague el fuego vivo

que nos dejó tu paso en la mañana.

 

Arroja en nuestras manos,

tendidas en tu busca,

las aguas encendidas del Espíritu;

Y limpia, en lo más hondo

del corazón del hombre

tu imagen empañada por la culpa.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Será el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor. Aleluya.

 

Salmo 122

 

A ti levanto mis ojos,

a ti que habitas en el cielo.

Como están los ojos de los esclavos

fijos en las manos de sus señores,

 

como están los ojos de la esclava

fijos en las manos de su señora,

así están nuestros ojos

en el Señor, Dios nuestro,

esperando su misericordia.

 

Misericordia, Señor, misericordia,

que estamos saciados de desprecios;

nuestra alma está saciada

del sarcasmo de los satisfechos,

del desprecio de los orgullosos.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Será el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor. Aleluya.

 

 

Ant. 2. La trampa se rompió, y escapamos. Aleluya.

 

Salmo 123

 

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte

-que lo diga Israel-,

si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,

cuando nos asaltaban los hombres,

nos habrían tragado vivos:

tanto ardía su ira contra nosotros.

 

Nos habrán arrollado las aguas,

llegándonos el torrente hasta el cuello;

nos habrían llegado hasta el cuello

las aguas espumantes.

 

Bendito el Señor, que no nos entregó

como presa a sus dientes;

hemos salvado la vida como un pájaro

de la trampa del cazador:

la trampa se rompió y escapamos.

 

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,

que hizo cielo y la tierra.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. La trampa se rompió, y escapamos. Aleluya.

 

 

Ant. 3. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Aleluya.

 

Cántico: Ef 1, 3-10

 

Bendito sea Dios,

Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que nos ha bendecido en la persona de Cristo

con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

 

Él nos eligió en la persona de Cristo,

antes de crear el mundo,

para que fuésemos consagrados

e irreprochables ante él por el amor.

 

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,

por pura iniciativa suya, 
a ser sus hijos,

para que la gloria de su gracia,

que tan generosamente nos ha concedido

en su querido Hijo, 
redunde en alabanza suya.

 

Por este Hijo, por su sangre,

hemos recibido la redención,

el perdón de los pecados.

El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia

ha sido un derroche para con nosotros,

dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

 

Este es el plan 
que había proyectado realizar por Cristo

cuando llegase el momento culminante:

recapitular en Cristo todas las cosas,

las del cielo y las de la tierra.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE         Hb 8, 1b-3a

 

Tenemos un sumo sacerdote tal, que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en el cielo y es ministro del santuario y de la tienda verdadera, construida por el Señor y no por hombre. En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

 

V. Al ver al Señor.

R. Aleluya, aleluya.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado. Aleluya.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado. Aleluya.

 

 

PRECES

 

Con espíritu gozoso, invoquemos a Cristo a cuya humanidad dio vida el Espíritu Santo, haciéndolo fuente de vida para los hombres, y digámosle:

Renueva y da vida a todas las cosas, Señor.

 

Cristo, salvador del mundo y rey de la nueva creación, haz que ya desde ahora, con el espíritu, vivamos en tu reino,

— donde estás sentado a la derecha del Padre.

 

Señor, tú que vives en tu Iglesia hasta el fin de los tiempos,

— condúcela por el Espíritu Santo al conocimiento de la verdad plena.

 

Que los enfermos, los moribundos y todos los que sufren encuentren luz en tu victoria,

— y que tu gloriosa resurrección los consuele y los conforte.

 

Al terminar este día, te ofrecemos nuestro homenaje, oh Cristo, luz imperecedera,

— y te pedimos que con la gloria de tu resurrección ilumines a los que han muerto. 

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Adoctrinados por el mismo Señor, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Señor, alabamos tu poder y te rogamos que san Jorge, fiel imitador de la pasión de tu Hijo, sea para nosotros protector generoso en nuestra debilidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Hch 4, 8-12

El texto de hoy es continuación del que leíamos el domingo anterior. Tras la curación del paralítico y el consiguiente discurso de Pedro, el sanedrín reacciona mandando llamar a los apóstoles para pedirles cuentas del hecho. Observamos en esta secuencia un paralelismo con la vida y el proceso de Jesús. Sus curaciones y sus enseñanzas fueron objeto de preocupación para las autoridades, que optaron por juzgarlo y eliminarlo. De este modo el autor del libro refuerza aún más el vínculo entre el Jesús que predicó el Reino de Dios, el que resucitó de entre los muertos y el grupo de sus discípulos, que, bajo la guía del Espíritu Santo, continúa llevando adelante la misión encomendada a Jesús por el Padre.

En esta lectura encontramos un punto fundamental de la fe cristiana, constitutivo del núcleo del anuncio apostólico: Jesús es el único que puede salvar, el único que puede reconciliar a la humanidad con Dios, el único a quien Dios ha elegido como mediador con los hombres. Esta confesión es rotunda y absoluta. De ahí que las autoridades judías reaccionen violentamente, pues dejaba en un segundo plano las mediaciones judías que eran el cimiento de su religión. Pero esta reacción del sanedrín no forma ya parte de nuestro texto. Este hecho será, en el libro de los Hechos, el comienzo de las hostilidades del judaísmo para con los seguidores de Jesús. El cerco se irá estrechando cada vez más en torno a ellos y supondrá, unos capítulos más adelante (8), la dispersión de la comunidad por toda la geografía, y el anuncio a los gentiles (cc. 10ss).

* Este es el primer discurso de Pedro ante el sanedrín y en él se observa un salto cualitativo del milagro de la curación a otro mayor: el de la salvación. En nombre de Jesús los apóstoles han curado al enfermo, sí; pero lo más grande, lo verdaderamente importante es que en nombre de ese Jesús no solo se sana los cuerpos sino que también se perdonan los pecados y se obra la salvación completa.

* De modo similar a como vimos en el discurso del apóstol a quienes siguieron de cerca la curación del paralítico, ahora se anuncia el kerigma cristiano a las autoridades judías; acusándolas de nuevo de ser las responsables de la muerte de Jesús: “a quien vosotros crucificasteis”.

Estas palabras no tendrían más valor que el descriptivo si no fuera por las que siguen y que encierran una acusación: “y a quien Dios resucitó de entre los muertos”. Es decir, los jerarcas judíos hicieron, en nombre de Dios, algo verdadera y gravemente contrario a sus designios. Acusaron a Jesús de blasfemo, y en defensa de la ley divina lo condenaron a muerte. Pero la resurrección de Jesús pone de manifiesto no solo el error en que estaban, sino también la culpa de su acto. A estas autoridades se las compara con los arquitectos; pues, como ellos, dirigen la buena edificación del pueblo de Dios. No han sido capaces, en su torpeza, de reconocer el verdadero cimiento, el auténtico arranque de una buena construcción, su “piedra angular”. No han sabido reconocer a aquél a quien Dios había puesto como camino de salvación, y han pretendido eliminarlo con su torpe y pecaminoso proceder.

Pero no podía ser así porque los planes de Dios no pueden ser torcidos por los hombres. Y Dios resucitó a Jesús manifestando, y de ello son testigos los apóstoles -toda la Iglesia-, que aquel muerto que ahora vive es el salvador de todos los hombres.

Comentario al evangelio de hoy (23 de abril)

Me decía el otro día un compañero que un teólogo famoso había dicho que lo opuesto al pecado no es la virtud sino la fe. Me pareció que tenía toda la razón del mundo. No sé por qué extraña razón en la Iglesia le hemos dado tanta importancia al pecado. Al fin y al cabo, no es sino una manera de mirarnos al ombligo y de situarnos en el centro del terreno, apuntando los flashes de las cámaras a nuestro yo. Lo que yo he hecho, lo que yo no he hecho, lo que debería haber hecho. Siempre yo y yo y yo.

Pero es que la virtud tampoco va mucho más allá. Es más de lo mismo –yo, yo y yo– pero en la dirección opuesta. La virtud es el esfuerzo de la persona por mejorar, el autoanálisis, la lucha de Sísifo por subir la piedra a la montaña. Recuerdo el título de un libro que me dejaron que versaba sobre la adicción a las drogas: “Querer NO es poder.” Y mucho menos cuando miramos a nuestras propias fuerzas, cuando queremos salir solos de los problemas, cuando, en definitiva, seguimos centraditos en nuestro yo sin más horizonte ni perspectiva.

Jesús nos invita a descentrarnos, a salir de ese laberinto pequeño y tortuoso en el que nos hemos recluido, para abrirnos a la fe, a la confianza, a poner nuestra vida en las manos de los demás y, sobre todo, del Padre de todos y creador de la Vida. Ahí se abren los horizontes, la vista y la vida recobran perspectiva. Dejamos de mirar a nuestro yo y miramos a los ojos del hermano y la hermana. Juntos caminamos. Juntos encontramos sentido a esa vida que a veces nos resulta tan complicada. Sabemos de nuestras limitaciones. Somos conscientes de ellas. Pero no nos dejamos oprimir por la impotencia porque hemos puesto nuestra confianza en Dios. Eso es la fe. Nuestras fuerzas se multiplican. La vida se refuerza en el abrazo fraternal. La cruz no se ya instrumento de tortura sino símbolo genial del abrazo horizontal (los hermanos) y vertical (Dios) que nos abre a la vida y a la esperanza.

Esa es la obra que Dios quiere: que creamos en él y en el que ha envido. Que dejemos nuestro yo a un lado y levantemos la vista hacia el que quiere y desea y ama nuestra vida y nuestra plenitud.

Fernando Torres Pérez, cmf

Lunes III Semana de Pascua

Hoy es 23 de abril, lunes de la III semana de Pascua.

Al comenzar la semana, disponte a hacerlo en presencia de Dios. Deja que la alegría de la Pascua, esa alegría que pacifica el espíritu y serena el alma, se vaya apoderando de ti. Este es un rato para disfrutar, para estar con el Señor. Deposita a sus pies todas las tareas, las preocupaciones del día de hoy. Ofréceselas  para hacerte disfrutar más de este rato de intimidad con él y prepárate para acoger su palabra.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 6, 22-29):

Después que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el lago. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del lago notó que allí no había habido más que una lancha y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos. Entretanto, unas lanchas de Tiberiades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan sobre el que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.

Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»

Jesús les contestó: «Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.»

Ellos le preguntaron: «Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?»

Respondió Jesús: «La obra que Dios quiere es ésta, que creáis en el que él ha enviado.»

Tras la multiplicación de los panes y de los peces, Jesús se aleja. Pero se encuentra con que la gente le busca y esa ya es una primera actitud, buscar a Jesús. ¿Le buscas tú también? ¿Por qué? ¿Qué esperas de él?

Muchas veces desorientados por lo inmediato, por lo fácil, acudimos a Dios para que nos resuelva una situación o un problema concreto. Buscamos a Jesús para saciarnos de lo que queremos, sin pensar en qué espera Dios de nosotros. ¿Eres consciente de que él también te busca, de que sale continuamente a tu encuentro? ¿Sientes que él también te busca? ¿Qué quiere Dios de ti?

Un buen comienzo para hacer lo que Dios quiere para nosotros es fijarnos en Cristo. Tratar de imitarle. Ahora que vas a volver a leer el evangelio, fíjate en Jesús, trata de imaginar el diálogo, su rostro, sus sentimientos, su mirada al hablarte.

Antes de finalizar la oración, dedica unos minutos a preguntarle a Dios. ¿Señor, qué quieres de mí? A lo mejor es una pregunta que ya le has hecho muchas veces. No importa. Deja que Dios te hable al corazón y ahora repítele la pregunta. ¿Señor, qué quieres de mí? ¿Qué puedo hacer por ti?

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

Laudes – 23 de abril

Descargar en word

LITURGIA DE LAS HORAS

LUNES, III SEMANA DE PASCUA

SAN JORGE, MÁRTIR

 

23 de abril

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

¡Alegría!, ¡Alegría!, ¡Alegría!

La muerte, en huida,

ya va malherida.

Los sepulcros se quedan desiertos.

Decid a los muertos:

“¡Renace la Vida,

y la muerte ya va de vencida!”

Quien le lloró muerto

lo encontró en el huerto,

hortelano de rosas y olivos.

Decid a los vivos:

“¡Viole jardinero

quien le viera colgar del madero!”

Las puertas selladas

hoy son derribadas.

En el cielo se canta victoria.

Gritadle a la gloria

que hoy son asaltadas

por el hombre sus “muchas moradas”.

 

SALMODIA

Ant. 1. Mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo. Aleluya.

Salmo 83

¡Qué deseables son tus moradas,

Señor de los ejércitos!

Mi alma se consume y anhela

los atrios del Señor,

mi corazón y mi carne

se alegran por el Dios vivo.

Hasta el gorrión ha encontrado una casa;

la golondrina, un nido

donde colocar sus polluelos:

tus altares, Señor de los ejércitos,

Rey mío y Dios mío.

Dichosos los que viven en tu casa

alabándote siempre.

Dichosos los que encuentran en ti su fuerza

al preparar su peregrinación:

cuando atraviesan áridos valles,

los convierten en oasis,

como si la lluvia temprana

los cubriera de bendiciones,

caminan de altura en altura

hasta ver a Dios en Sión.

Señor de los ejércitos, escucha mi súplica;

atiéndeme, Dios de Jacob.

Fíjate, ¡oh Dios!, en nuestro Escudo,

mira el rostro de tu Ungido.

Un sólo día en tu casa

vales más que otros mil,

y prefiero el umbral de la casa de Dios

a vivir con los malvados.

Porque el Señor es sol y escudo,

él da la gracia y la gloria,

el Señor no niega sus bienes

a los de conducta intachable.

¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre

que confía en ti!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1. Mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Pueblos numerosos caminarán hacia el monte del Señor. Aleluya.

Cántico: Is 2, 2-5

Al final de los días estará firme

el monte de la casa del Señor,

en la cima de los montes,

encumbrado sobre las montañas.

Hacia él confluirán los gentiles,

caminarán pueblos numerosos.

Dirán: “Venid, subamos al monte del Señor,

a la casa del Dios de Jacob:

Él nos instruirá en sus caminos,

y marcharemos por sus sendas;

porque de Sión saldrá la Ley,

de Jerusalén la palabra del Señor.”

Será el árbitro de las naciones,

el juez de los pueblos numerosos.

De las espadas forjarán arados,

de las lanzas, podaderas.

No alzará la espada pueblo contra pueblo,

No se adiestrarán para la guerra.

Casa de Jacob, ven:

caminemos a la luz del Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Pueblos numerosos caminarán hacia el monte del Señor. Aleluya.

Ant. 3. Decid a los pueblos: “El Señor es rey”. Aleluya.

Salmo 95

Cantad al Señor un cántico nuevo,

cantad al Señor, toda la tierra;

cantad al Señor, bendecid su nombre,

proclamad día tras días su victoria.

Contad a los pueblos su gloria,

sus maravillas a todas las naciones;

porque es grande el Señor,

y muy digno de alabanza

más temible que todo los dioses.

Pues los dioses de los gentiles son apariencia,

mientras que el Señor ha hecho el cielo;

honor y majestad lo preceden,

fuerza y esplendor están en su templo.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor,

aclamad la gloria y el poder del Señor,

aclamad la gloria del nombre del Señor,

entrad en sus atrios trayéndole ofrendas.

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,

tiemble en su presencia la tierra toda;

decid a los pueblos: “El Señor es rey,

él afianzó el orbe, y no se moverá;

él gobierna a los pueblos rectamente.”

Alégrense el cielo, goce la tierra,

retumbe el mar y cuanto lo llena;

vitoreen los campos y cuanto hay y en ellos,

aclamen los árboles del bosque,

delante del Señor, que ya llega,

ya llega a regir la tierra:

regirá el orbe con justicia

y los pueblos con fidelidad.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3. Decid a los pueblos: “El Señor es rey”. Aleluya.

LECTURA BREVE         Rm 10, 8b-10

La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón. Se refiere a la palabra de la fe que os anunciamos. Porque, si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación.

RESPONSORIO BREVE

V. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

V. El que por nosotros colgó del madero.

R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura hasta la vida eterna. Aleluya.

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura hasta la vida eterna. Aleluya.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, a quien el Padre ha enaltecido dándole en herencia todas las naciones, y digámosle suplicantes:

Por tu victoria, sálvanos, Señor.

Oh Cristo, que en tu victoria destruiste el poder del abismo, borrando el pecado y la muerte,

— haz que también nosotros venzamos hoy el pecado.

Tú que alejaste de nosotros la muerte y nos has dado nueva vida,

— concédenos andar hoy por la senda de tu vida nueva.

Tú que diste vida a los muertos, haciendo pasar a la humanidad entera de muerte a vida,

— concede a cuantos se relacionen hoy con nosotros el don de la vida eterna.

Tú que llenaste de confusión a los que custodiaban tu sepulcro y alegraste a los discípulos con tus apariciones,

— llena de gozo a cuantos te sirven.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Llenos de alegría por nuestra condición de hijos de Dios, digamos confiadamente:

 

Padre nuestro…

ORACIÓN

Señor, alabamos tu poder y te rogamos que san Jorge, fiel imitador de la pasión de tu Hijo, sea para nosotros protector generoso en nuestra debilidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.