Vísperas – 24 de abril

VÍSPERAS

MARTES, III SEMANA DE PASCUA

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Porque anochece ya,

porque es tarde, Dios mío,

porque temo perder

las huellas del camino,

no me dejes tan solo

y quédate conmigo.

 

Porque he sido rebelde

y he buscado el peligro

y escudriñé curioso

las cumbres y el abismo,

perdóname, Señor,

y quédate conmigo.

 

Porque ardo en sed de ti

y en hambre de tu trigo,

ven, siéntate a mi mesa,

bendice el pan y el vino.

¡Qué aprisa cae la tarde!

¡Quédate al fin conmigo! Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Paz a vosotros, soy yo, no temáis. Aleluya.

 

Salmo 124

 

Los que confían en el Señor son como el monte Sión:

no tiemblan, está asentado para siempre.

 

Jerusalén está rodeada de montañas,

y el Señor rodea a su pueblo

ahora y por siempre.

 

No pesará el cetro de los malvados

sobre el lote de los justos,

no sea que los justos extiendan

su mano a la maldad.

 

Señor, concede bienes a los buenos,

a los sinceros de corazón;

y a los que se desvían por sendas tortuosas,

que los rechace el Señor con los malhechores.

¡Paz a Israel!

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Paz a vosotros, soy yo, no temáis. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Espere Israel en el Señor. Aleluya.

 

Salmo 130

 

Señor, mi corazón no es ambicioso,

ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas

que superan mi capacidad;

sino que acallo y modero mis deseos,

como un niño en brazos de su madre.

 

Espere Israel en el Señor

ahora y por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Espere Israel en el Señor. Aleluya.

 

 

Ant. 3. Que te sirva toda la creación, porque tú lo mandaste, y existió. Aleluya.

 

Cántico: Ap 4, 11; 5, 9. 10. 12

 

Eres digno, Señor Dios nuestro,

de recibir la gloria, el honor y el poder,

porque tú has creado el universo;

porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

 

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,

porque fuiste degollado

y por tu sangre compraste para Dios

hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;

y has hecho de ellos para nuestro Dios

un reino de sacerdotes

y reinan sobre la tierra.

 

Digno es el Cordero degollado

de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría,

la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Que te sirva toda la creación, porque tú lo mandaste, y existió. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE           1P 2, 4-5

 

Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

 

V. Al ver al Señor.

R. Aleluya, aleluya.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. Aleluya.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. Aleluya.

 

 

PRECES

 

Aclamemos alegres a Cristo, que después de ser sepultado en el seno de la tierra resucitó gloriosamente a una vida nueva, y digámosle confiados:

Rey de la gloria, escúchanos.

 

Te rogamos, Señor, por los obispos, los presbíteros y los diáconos: que sirvan con celo a tu pueblo

— y lo conduzcan por los caminos del bien.

 

Te rogamos, Señor, por los que sirven a la Iglesia con el estudio de tu palabra:

— que escudriñen tu doctrina con pureza de corazón y deseo de adoctrinar a tu pueblo.

 

Te rogamos, Señor, por todos los fieles de la Iglesia: que combatan bien el combate de la fe,

— y, habiendo corrido hasta la meta, alcancen la corona merecida.

 

Tú que en la cruz clavaste y borraste el protocolo que nos condenaba,

— destruye también en nosotros toda clase de esclavitud y líbranos de toda tiniebla.

 

Tú que al bajar al lugar de los muertos abriste las puertas del abismo,

— recibe a nuestros hermanos difuntos en tu reino.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Adoctrinados por el mismo Señor, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Señor, tú que abres las puertas de tu reino a los que han renacido del agua y del Espíritu, acrecienta la gracia que has dado a tus hijos, para que, purificados ya de sus pecados, alcancen todas tus promesas. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

1Jn 3, 1-2

La lectura de este brevísimo pasaje de la 1Jn puede entenderse como un preludio extenso al “levantemos el corazón” del prefacio de la Misa; como en él, se invita al cristiano a contemplar -otra vez- el misterio del amor de Dios, cuya magnitud se ve expresada en el nombre nuevo y en la condición inaudita otorgada como don de ese amor al cristiano: se puede llamar hijo de Dios porque lo es realmente.

* La energía con la que se afirma esta condición se comprende desde el aserto que sigue inmediatamente: el mundo no la reconoce. El autor aborda directamente esta realidad, que ensombrece aquella condición y que podría llevar incluso a ponerla en duda. Para disipar en el cristiano toda sombra de duda, recurre a un motivo común a otros grupos religiosos de la época, tales como los judíos de Qumrán: la condición de hijos, que es una expresión del gran amor de Dios, se convierte también en elemento diferenciador y en línea divisoria frente al resto de los humanos, a los que se alude mediante la expresión “el mundo”. El término, que es, como se sabe, muy joánico, designa al conjunto de los humanos que no han acogido a Jesucristo y lleva por ello mismo una fuerte carga negativa; lo cual no significa un rechazo total del mundo en cuanto tal, pues éste sigue siendo objeto del amor de Dios y destino obligado de la misión cristiana. La carga negativa del concepto “mundo” nace de no haber (re)conocido la manifestación de Dios en Jesucristo y determina además el rechazo permanente que el mundo hace de los cristianos.

* Disipada la sombra, el pasaje vuelve a contemplar la realidad de la condición de hijos de Dios, cuya grandeza no es, sin embargo, sino un pálido reflejo de lo que llegaremos a ser en la parusía de Jesucristo: semejantes a él, el Hijo de Dios, y, en consecuencia, semejantes a Dios. Esta semejanza no implica en modo alguno la pérdida de nuestra condición de criaturas por una especie de asimilación de tipo panteísta en el ser de Dios. La “deificación” del creyente en la parusía consistirá más bien en la vivencia plena de su condición de criatura, creada a imagen y semejanza de Dios; y ello porque “le veremos tal cual es”, es decir, como consecuencia de lo que la teología llama “visión beatífica”.

Esta esperanza joánica, expresada con tanta viveza y convicción, está sin duda muy lejos del temor de los israelitas en el Sinaí, no sólo por la perspectiva de ver a Dios, sino incluso de oírle (cf. Ex 19,21-25; 20,18-21). Para el autor de este escrito, ver a Dios constituye el fundamento último de la vida en plenitud, que consistirá en ser lo que somos: imagen y semejanza de Dios. Una esperanza capaz sin duda alguna de levantar el corazón del creyente.

Comentario al evangelio de hoy (24 de abril)

En cada cultura hay alimentos que se consideran fundamentales. En muchas partes de Asia la comida es impensable sin la presencia del arroz. Hay en zonas de América donde sin maíz  nadie dirá que ha comido. En Europa necesitamos el trigo bajo la forma de pan. Es acompañante indispensable de cualquier comida. También lo era en el tiempo de Jesús.

Por eso se entiende perfectamente que Jesús hablará del pan. Del pan de vida. Lo entendemos nosotros y lo entendieron sus oyentes. El alimento nos es necesario a todos. Cuando no hay nada que poner en la mesa, no hay vida posible. La vida se termina, se agota en sí misma sino hay alimento.

Nuestra experiencia nos dice que es necesario comer todos los días. El alimento es a la vida nuestra como la gasolina al coche. Sin él nada funciona. Al final siempre hay que volver a la gasolinera a cargar el depósito.

Pero Jesús parece que tiene algo nuevo que ofrecer: es un pan que sacia definitivamente el hambre. Ya no hace falta comer más. Es un alimento que parece superar los límites tan pobres de esta vida en la que estamos. Es un pan que parece que provoca en el que lo recibe la vida verdadera, la vida definitiva, la vida con mayúsculas.

¿Se trata de un pan mágico? ¿Habremos encontrado por fin la fórmula medicinal que soluciona todos los problemas, que nos da la inmortalidad? Me parece que no va por ahí la respuesta.

El pan al que se refiere Jesús es el pan de la eucaristía. El pan que vienen a buscar los judíos es el pan multiplicado en el milagro realizado poco antes. Aquel pan había sido capaz de alimentar a una multitud hambrienta. Pero ahora Jesús los invita a dar un paso más. Hay otro pan, hecho de fe, de confianza en el Padre, creador de la vida. Hay un pan hecho de Reino, de fraternidad, de encuentro de hermanos y hermanas en torno a la misma mesa. Hay un pan que es vida compartida, carne y sangre reconocidas como mi propia carne y mi propia sangre. Porque Jesús es Dios mismo encarnado, hecho de nuestra carne y de nuestra sangre para entregarnos la esperanza y la vida, la alegría y la fe en que la muerte no es el final de esta historia que nos ha tocado vivir.

Todo eso es lo que se celebra en la Eucaristía. Y lo que deberíamos seguir celebrando en la vida, que no debería ser sino la prolongación de la Eucaristía. Por eso los que siguen a Jesús, los que creen en Jesús no pasan-pasamos hambre. Porque él es nuestro pan de vida. Porque nos hacemos pan de vida unos para otros. Porque sabemos que Dios está siempre detrás de nuestros afanes, dando realidad a nuestros sueños, a su sueño, a su Reino.

Fernando Torres Pérez, cmf

Martes III Semana de Pascua

Hoy es 24 de abril, martes de la III semana de Pascua.

Siento que mi vida transcurre por un camino que se pierde a lo lejos. Ahora necesito reposar un poco porque deseo escuchar a Jesús que anda conmigo. Recuerdo el comentario de los dos discípulos que iban hacia Emaús. ¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros  cuando nos hablaba en el camino?

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (6, 30-35):

En aquel tiempo, dijo la gente a Jesús: «¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo.”»

Jesús les replicó: «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.»

Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan.»

Jesús les contestó: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

El mejor regalo, un regalo inimaginable. Un regalo asombroso. Ese regalo tiene nombre, se llama Jesús de Nazaret. Dios Padre nos lo ofreció hace siglos, cuando vino a los suyos, a nuestra historia. El Padre nos lo sigue ofreciendo hoy, ahora, la máxima expresión del amor del Padre se llama Jesús. Con asombro y agradecimiento me dispongo a recibir a Jesús.

Jesús, que viene del ámbito de Dios, desea estar con nosotros. Desea ser uno de los nuestros para que nuestra pobre e ilimitada realidad, pueda entrar en la familia de Dios. Jesús quiere estar conmigo, tan sólo tengo que creer en él. Caminar con él por el mundo, muy cerca de la gente, muy cerca de los amados y las amadas de Dios Padre.

Haber pasado hambre y haber tenido sed, te ayuda a valorar el agua y el pan. En nosotros hay hambre y sed de eternidad. Nuestra vida en él tiene sentido. Jesús puede saciar ese hambre y apagar esa sed. Jesús puede dar a mi vida su pleno sentido.

¿Por qué será que las palabras de Jesús siempre despiertan un no se qué en mi corazón dormido. Necesito volver a escuchar esas palabras de Jesús, porque necesito que mi vida se llene de sentido.

Señor, danos siempre de este pan. Señor, sé para mí el pan que alimente mi hambre de eternidad. Señor, sé para mí el agua que sacie mi sed. Quisiera ir contigo por los caminos de mi tierra. Los caminos por donde anda mi gente, para que todos puedan conocerte y seguirte. Señor, todos están hambrientos y sedientos.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

Laudes – 24 de abril

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LITURGIA DE LAS HORAS

MARTES, III SEMANA DE PASCUA

 

24 de abril

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

 

INVITATORIO

 

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Cristo,

alegría del mundo,

resplandor de la gloria del Padre.

¡Bendita la mañana

que anuncia tu esplendor al universo!

 

En el día primero,

tu resurrección alegraba

el corazón del Padre.

En el día primero,

vio que todas las cosas eran buenas

porque participaban de tu gloria.

 

La mañana celebra

tu resurrección y se alegra

con claridad de Pascua.

Se levanta la tierra

como un joven discípulo en tu busca,

sabiendo que el sepulcro está vacío.

 

En la clara mañana,

tu sagrada luz se difunde

como una gracia nueva.

Que nosotros vivamos

como hijos de luz y no pequemos

contra la claridad de tu presencia.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Tú nos devuelves la vida, y tu pueblo, Señor, se alegra contigo. Aleluya.

 

Salmo 84

 

Señor, has sido bueno con tu tierra,

has restaurado la suerte de Jacob,

has perdonado la culpa de tu pueblo,

has reprimido tu cólera,

has frenado el incendio de tu ira.

 

Restáuranos, Dios, salvador nuestro;

cesa en tu rencor contra nosotros.

¿Vas ha estar siempre enojado,

o a prolongar tu ira de edad en edad?

 

¿No vas a devolvernos la vida,

para que tu pueblo se alegre contigo?.

Muéstranos, Señor, tu misericordia

y danos tu salvación.

 

Voy a escuchar lo que dice el Señor:

“Dios anuncia la paz

a su pueblo y a sus amigos

y a los que se convierten de corazón.”

 

La salvación está ya cerca de sus fieles,

y la gloria habitará en nuestra tierra;

la misericordia y la fidelidad se encuentran,

la justicia y la paz se besan;

 

la fidelidad brota de la tierra,

y la justicia mira desde el cielo;

el Señor dará la lluvia

y nuestra tierra dará su fruto.

 

La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Tú nos devuelves la vida, y tu pueblo, Señor, se alegra contigo. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Confiamos en el Señor; él nos ha dado la paz. Aleluya.

 

Cántico: Is 26, 1-4. 7-9. 12

 

Tenemos una ciudad fuerte,

ha puesto para salvarla murallas y baluartes:

Abrid las puertas para que entre un pueblo justo,

que observa la lealtad;

su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en ti.

 

Confiad siempre en el Señor,

porque el Señor es la Roca perpetua:

 

La senda del justo es recta.

Tú allanas el sendero del justo;

en la senda de tus juicios, Señor,

te esperamos, ansiando tu nombre y tu recuerdo.

 

Mi alma te ansía de noche,

mi espíritu en mi interior madruga por ti,

porque tus juicios son luz de la tierra,

y aprenden justicia los habitantes del orbe.

 

Señor, tú nos darás la paz,

porque todas nuestras empresas nos las realizas tú.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Confiamos en el Señor; él nos ha dado la paz. Aleluya.

 

 

Ant. 3. La tierra ha dado su fruto: que canten de alegría las naciones. Aleluya.

 

Salmo 66

 

El Señor tenga piedad y nos bendiga,

ilumine su rostro sobre nosotros;

conozca la tierra tus caminos,

todos los pueblos tu salvación.

 

¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.

 

Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia,

riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra.

 

¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

 

La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios.

Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. La tierra ha dado su fruto: que canten de alegría las naciones. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE           Hch 13, 30-33

 

Dios resucitó a Jesús de entre los muertos. Durante muchos días, se apareció a los que lo habían acompañado de Galilea a Jerusalén, y ellos son ahora sus testigos ante el pueblo. Nosotros os anunciamos que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a los hijos resucitando a Jesús. Así está escrito en el salmo segundo: “Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.”

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

 

V. El que por nosotros colgó del madero.

R. Aleluya, aleluya.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Aleluya.

 

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Aleluya.

 

 

PRECES

 

Alabemos a cristo, que con su poder reconstruyó el templo destruido de su cuerpo, y supliquémosle:

Concédenos, Señor, los frutos de tu resurrección.

 

Oh Cristo Salvador, que en tu resurrección anunciaste la alegría a las mujeres y a los apóstoles y salvaste al universo entero,

— conviértenos en testigos del Dios viviente.

 

Tú que has prometido la resurrección universal y has anunciado una vida nueva,

— haz de nosotros mensajeros del Evangelio de la vida.

 

Tú que te apareciste repetidas veces a los apóstoles y les comunicaste el Espíritu Santo,

— renuévanos por el Espíritu Defensor.

 

Tú que prometiste estar con tus discípulos hasta el fin del mundo,

— quédate hoy con nosotros y sé siempre nuestro compañero.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Adoctrinados por el mismo Señor, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Señor, tú que abres las puertas de tu reino a los que han renacido del agua y del Espíritu, acrecienta la gracia que has dado a tus hijos, para que, purificados ya de sus pecados, alcancen todas tus promesas. Por nuestro Señor Jesucristo

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.