Jueves III Semana de Pascua

Hoy es 26 de abril, jueves de la III semana de Pascua.

Este jueves quiero encontrarme contigo, Señor. Tú me conoces y sabes cuántas veces me fatigo por causas que quitan vida y restan ánimo. Cuando me encuentro contigo, todo cambia. Siento tu paz  y tu misericordia, que son bálsamo para las heridas. Hoy siento que tú me llamas a remansarme en tus brazos. A acoger tu palabra y abrir mi interior para que aprenda a amar más allá de mis límites. Señor, quiero estar contigo.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 6, 44-51):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.” Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Creer en Jesús no es tan fácil. Al menos creer hasta las últimas consecuencias. Jesús notó esas resistencias en los discípulos. Y en mucha gente que le seguía con inquietud. En el evangelio, Jesús me invita a responder desde mi interior. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre. ¿Qué me atrae de tu vida y de tu palabra, Jesús? ¿Qué me mueve a creer en ti?

Desde la sinceridad de mi existencia reconozco y vivo situaciones donde no penetra con facilidad tu evangelio. Hoy te las quiero presentar para que tú me enseñes un modo diferente de vivir.

Quizás quiera pedir por algún niño o para algún difunto esa vida eterna que promete el Señor. O pido por mí porque reconozco zonas de mi vida muertas, sin vitalidad y sin esperanza.

Leo de nuevo el evangelio, como si me encontrara en la sinagoga de Cafarnaúm. Como un discípulo más entre la gente. Jesús me dice: yo soy el pan de vida. ¿Qué resonancias tiene en mí esta palabra?

Me despido de ti Jesús. Quisiera siempre comer de tu pan, vivir tu vida. Sé que tú nunca me dejas a solas. Y eso me da una profunda confianza y agradecimiento.

Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.