Vísperas – 27 de abril

VÍSPERAS

VIERNES, III SEMANA DE PASCUA

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Quédate con nosotros,

la tarde está cayendo; quédate.

 

¿Cómo te encontraremos al declinar el día,

si tu camino no es nuestro camino?

Detente con nosotros; la mesa está servida,

caliente el pan, y envejecido el vino.

 

¿Cómo sabremos que eres

un hombre entre los hombres

si no compartes nuestra mesa humilde?

Repártenos tu Cuerpo,

y el gozo irá alejando

la oscuridad que pesa sobre el hombre.

 

Vimos romper el día

sobre tu hermoso rostro

y al sol abrirse paso por tu frente.

Que el viento de la noche

no apague el fuego vivo

que nos dejó tu paso en la mañana.

 

Arroja en nuestras manos,

tendidas en tu busca,

las aguas encendidas del Espíritu;

Y limpia, en lo más hondo

del corazón del hombre

tu imagen empañada por la culpa.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Yo, el Señor, soy tu salvador y tu redentor. Aleluya.

 

Salmo 134 (I)

 

Alabad el nombre del Señor,

alabadlo, siervos del Señor,

que estáis en la casa del Señor,

en los atrios de la casa de nuestro Dios.

 

Alabad al Señor porque es bueno,

tañed para su nombre, que es amable.

Porque él se escogió a Jacob,

a Israel en posesión suya.

 

Yo sé que el Señor es grande,

nuestro dueño más que todos los dioses.

El Señor todo lo que quiere lo hace:

en el cielo y en la tierra,

en los mares y en los océanos.

 

Hace subir las nubes desde el horizonte,

con los relámpagos desata la lluvia,

suelta a los vientos de sus silos.

 

Él hirió a los primogénitos de Egipto,

desde los hombres hasta los animales.

Envió signos y prodigios

-en medio de ti, Egipto-

contra el Faraón y sus ministros.

 

Hirió de muerte a pueblos numerosos,

mató a reyes poderosos:

a Sijón, rey de los amorreos;

a Hog, rey de Basán,

y a todos los reyes de Canaán.

Y dio su tierra en heredad,

en heredad a Israel, su pueblo.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Yo, el Señor, soy tu salvador y tu redentor. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David. Aleluya.

 

Salmo 134 (II)

 

Señor, tu nombre es eterno;

Señor, tu recuerdo de edad en edad.

Porque el Señor gobierna a su pueblo

y se compadece de sus siervos.

 

Los ídolos de los gentiles son oro y plata,

hechura de manos humanas:

tienen boca y no hablan,

tienen ojos y no ven,

 

tienen orejas y no oyen,

no hay aliento en sus bocas.

Sean lo mismo los que los hacen,

cuantos confían en ellos.

 

Casa de Israel, bendice al Señor;

casa de Aarón, bendice al Señor;

casa de Leví, bendice al Señor;

fieles del Señor, bendecid al Señor.

 

Bendito en Sión el Señor,

que habita en Jerusalén.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 2. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David. Aleluya.

 

 

Ant. 3. Cantaré al Señor, sublime es su victoria. Aleluya.

 

Cántico: Ap 15, 3-4

 

Grandes y maravillosas son tus obras,

Señor, Dios omnipotente,

justos y verdaderos tus caminos,

¡oh Rey de los siglos!

 

¿Quién no temerá, Señor

y glorificará tu nombre?

Porque tú solo eres santo,

porque vendrán todas las naciones

y se postrarán en tu acatamiento,

porque tus juicios se hicieron manifiesto.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Cantaré al Señor, sublime es su victoria. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE           Hb 5, 8-10

 

Cristo, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote, según el rito de Melquisedec.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

 

V. Al ver al Señor.

R. Aleluya, aleluya.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. El Crucificado resucitó de entre los muertos y nos redimió. Aleluya.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El Crucificado resucitó de entre los muertos y nos redimió. Aleluya.

 

 

PRECES

 

Invoquemos a Cristo, camino, verdad y vida, y digámosle:

Hijo de Dios vivo, bendice a tu pueblo.

 

Te rogamos, Señor, por los ministros de tu Iglesia: que, al partir para sus hermanos el pan de vida,

— encuentren también ellos, en el pan que distribuyen, su alimento y fortaleza.

 

Te pedimos por todo el pueblo cristiano: que ande, Señor, como pide la vocación a la que ha sido convocado,

— y se esfuerce en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.

 

Te pedimos por los que rigen los destinos de las naciones: que cumplan su misión con espíritu de justicia y con amor,

— para que haya paz y concordia entre los pueblos.

 

Señor, que podamos celebrar tu santa resurrección con tus ángeles y tus santos,

— y que nuestros hermanos difuntos, que encomendamos a tu bondad, se alegren también en tu reino.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Adoctrinados por el mismo Señor, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Te pedimos, Señor, que ya nos has dado la gracia de conocer la resurrección de tu Hijo, nos concedas también que el Espíritu Santo, con su amor, nos haga resucitar a una vida nueva. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Hay que responder a los impulsos del Espíritu

Somos hijos de Dios(1Jn 3,1-2)

– El texto de hoy pertenece a la segunda parte de la carta: Dios es Padre y nosotros sus hijos (2,29-4,6). Esta relación paterno-filial mueve: a obrar su justicia (2,29-3,10), a tenerse amor mutuo (3,11-24), a creer en Jesús (4,1-6).

Quien obra la justicia ha nacido de Dios, reconoce en 2,29. Lajusticia divina es amar como Dios. Quien así actúa, dice, ha nacido de Dios, es hijo. Se usa “hyiós” (hijo, para Jesús) y “téknon” o “paidion” (hijo, para el cristiano) para distinguir la relación de Jesús de la nuestra respecto de Dios. La nuestra es adopción, no jurídica o externa, sino vital: recibisteis un Espíritu que os hace hijos y que nos permite gritar: ¡Abba! ¡Padre! Ese Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios(Rm 8,15-16). Tenemos por gracia (don) el Espíritu que la persona de Jesús tiene por naturaleza. Al creer a Jesús sentimos conciencia del Espíritu: accedemos a esta situación de gracia en que estamos (Rom 5,2).

Mirad qué amor nos ha tenido [lit.:nos 

ha dado]el Padre, para llamarnos [lit.:hayamos sido llamados] hijos de Dios, y [lo] somos. Es importante mirar, ver cómo es nuestro amor. Dios ofrece a todos su amor, pero no todos aceptan ese amor. El Espíritu de Dios libera a todos de su egoísmo para que sirvan a la vida humana. Hijos de Dios son todos y sólo aquellos que se dejan llevar por el Espíritu de Dios(Rom 8,14), dirá Pablo. Es decir, Dios nos ama y nos ofrece su Espíritu para que amemos como él ama. Aquellos que aceptan su Espíritu y se dejan llevar por él, amando como él ama, nacen como hijos y son realmente hijos en el Espíritu. Cuando no nos dejamos llevar por el Espíritu divino, Dios nos ama igual y nos considera hijos, pero en la práctica no somos hijos nacidos de su Espíritu; nuestro dinamismo personal no es fruto del Espíritu; salimos de la casa del Amor, y nos hacemos hijos del egoísmo. ¿Cómo ser llamados hijos de Dios cuando nuestro actuar no nace de su Espíritu? Miremos, pues, cómo es nuestro amor; él nos delata.

El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. El mundo es el reino del egoísmo. Toda persona, toda institución, aunque sea religiosa,7puede estar cruzada por el egoísmo hasta anteponer el dinero, el poder, el honor, a la vida humana, y peor aún:figurarse que ofrece culto a Dios dando muerte al hombre, hijo de Dios (Jn 16,2). Si uno posee bienes, y su hermano pasa necesidad, y le cierra las entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?(1Jn 3,17).

Aún no se ha manifestado qué seremos… Alusión a la consumación de la esperanza cristiana. Si ser cristiano es asemejarse a Dios, amar como él ama…; entonces nuestro futuro será participar de su misma condición, de su gloria, estar con Cristo resucitado, ver a Dios como es.

Comentario al evangelio de hoy (27 de abril)

La primera lectura de los Hechos nos relata la historia de la conversión de san Pablo. Ya es suficientemente conocida. El perseguidor se convierte en el apóstol más ardiente. Por en medio está ese momento, que es como un gozne en la vida de Pablo, que hemos dado en llamar su “conversión.” Ya reflexionamos sobre este momento el día de su fiesta (25 de enero). Por eso quizá sea un buen momento ahora para fijarse en algún detalle.

En el relato se señala el contraste entre la luz –“un relámpago lo envolvió con su resplandor”– y un Pablo que no ve nada precisamente cuando lo envuelve el resplandor. El contraste es mayor si pensamos que antes Pablo veía perfectamente. Tanto en el sentido físico como en el mental. Pablo tenía clara su misión, lo que debía hacer, el sentido de su vida. Era el líder, el capitán de un grupo que se dedicaba a perseguir a esa nueva secta que arruinaba la pureza oficial de la religión judía.

El primer efecto del resplandor que le envuelve es perder la vista. Tanto que sus compañeros lo tuvieron que llevar de la mano a Damasco. Allí queda el ciego. Es dependiente de lo que le ofrezcan los demás: alimento, comida, guía, ayuda…

Para recobrar la vista necesita tiempo y la ayuda de un discípulo, Ananías. Con la vista recobra también el sentido de su vida. Porque le llena el Espíritu Santo. A partir de ese momento, empieza a confesar públicamente que “Jesús es el Hjio de Dios.”

Tenemos que aceptar que en nuestra vida hay también momentos de oscuridad, de pérdida del sentido. Hasta es posible que esos momentos no sean realmente de oscuridad sino de una luz tan deslumbrante que nuestra primera reacción es la de quedarnos ciegos, la de no ver nada. Necesitamos tiempo, paciencia, para que los ojos se vayan abriendo a la nueva luz, para que el Espíritu Santo nos inunde. De golpe nos caemos del caballo pero los ojos no ven bien de golpe. No pasan en un segundo de la oscuridad a la luz. Menos todavía los ojos del corazón. Necesitamos tiempo para distinguir lo mucho que hay que ver cuando nos dejamos iluminar por la luz de Dios.

Quizá por eso los judíos del Evangelio tienen tantas dificultades para entender a Jesús que está hablando de compartir la vida y llegan a pensar que Jesús es una especie de antropófago que les invita a comer físicamente su carne y su sangre. Están tan deslumbrados por la novedad de lo que Jesús plantea que no entiende nada.

A nosotros también nos hace falta tiempo para entender la riqueza de la gracia que se nos ofrece en Cristo, para llegar a atisbar el inmenso tesoro que es la Eucaristía, la fiesta del Reino, la fiesta de Jesús, la cena de los hermanos, el encuentro con el Dios de la Vida. Como Pablo debemos tener paciencia y dejar que nos guíen a la luz.

Fernando Torres Pérez, cmf

Viernes III Semana de Pascua

Hoy es 27 de abril, viernes de la III semana de Pascua.

Me acerco un día más a este rincón de mi vida. Me reservo para encontrarme con el Señor en este tiempo de búsqueda y de encuentro. Un espacio para descansar y encontrarme con él, para salir renovado en mis fuerzas e inundado por su presencia.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 6,52-59):

En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

En mi interior tengo hambre y sed de muchas cosas. Quizás sea hambre o sed de éxito de reconocimiento, dinero, comodidad. Quizás sea sed de justicia, sed de Dios, de sentido en mi vida. ¿De qué tengo hambre y sed en lo más profundo?

Tú me ofreces un nuevo momento, me ofreces toda tu persona y toda tu vida. Me invitas a acogerte, a abrirte mi vida. Me prometes una vida plena. Quizás siento en mi corazón deseos de ti, y tu palabra, hoy, me dice que puedes hacer mi vida más plena.

Comer tu carne, beber tu sangre, convertir mi vida en una vida entregada como la tuya. Esta invitación y promesa la comparto en la eucaristía con tantas mujeres y hombres que te buscan como yo. Me ayuda a participar en la eucaristía, hacer eucaristía en mi vida. Me invitas a saciar el hambre y la sed de los otros. ¿Me ayuda a vivir una vida más entregada?

De nuevo vuelvo a escuchar a Jesús invitándome a participar de la eucaristía con él. Me hago consciente de que esta invitación me la hace a mí personalmente. Me tiende el pan y el vino en su mano. Su cuerpo y su sangre. Su deseo de que mi vida sea plena.

Puedo dedicar unos minutos a hablar con Jesús. Quizás sea el tiempo de sólo callar. Mirarle a los ojos y acoger su invitación. Quizás sea el momento de agradecerle esa entrega total que es para él darnos su carne y su sangre. O a lo mejor, prefiero hablarle de mis miedos, de lo lejos que me siento de esa eucaristía hecha vida. Le hablo con confianza, su mano siempre está tendida.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

Laudes – 27 de abril

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LITURGIA DE LAS HORAS

VIERNES, III SEMANA DE PASCUA

 

27 de abril

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Somos el pueblo de la Pascua,

Aleluya es nuestra canción,

Cristo nos trae la alegría;

levantemos el corazón.

El Señor ha vencido al mundo,

muerto en la cruz por nuestro amor,

resucitado de la muerte

y de la muerte vencedor.

El ha venido a hacernos libres

con libertad de hijos de Dios,

El desata nuestras cadenas;

alegraos en el Señor.

Sin conocerle, muchos siguen

rutas de desesperación,

no han escuchado la noticia

de Jesucristo Redentor.

Misioneros de la alegría,

de la esperanza y del amor,

mensajeros del Evangelio,

somos testigos del Señor.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,

gloria a Dios Hijo Salvador,

gloria al Espíritu divino:

tres Personas y un solo Dios. Amén.

 

SALMODIA

Ant. 1. Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado. Aleluya.

Salmo 50

Misericordia, Dios mío, por tu bondad;

por tu inmensa compasión borra mi culpa;

lava del todo mi delito,

limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,

tengo siempre presente mi pecado:

contra ti, contra ti solo pequé,

cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,

en el juicio brillará tu rectitud.

Mira, que en la culpa nací,

pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,

y en mi interior me inculcas sabiduría.

Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;

lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,

que se alegren los huesos quebrantados.

Aparta de mi pecado tu vista,

borra en mí toda culpa.

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme;

no me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso:

enseñaré a los malvados tus caminos,

los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,

Dios, Salvador mío!,

y cantará mi lengua tu justicia.

Señor, me abrirás los labios,

y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen;

si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:

un corazón quebrantado y humillado

tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,

reconstruye las murallas de Jerusalén:

entonces aceptarás los sacrificios rituales,

ofrendas y holocaustos,

sobre tu altar se inmolarán novillos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1. Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Cristo, cargado con nuestros pecados, subió al leño. Aleluya.

Cántico: Jr 14, 17-21

Mis ojos se deshacen en lágrimas,

día y noche no cesan:

por la terrible desgracia de la doncella de mi pueblo,

una herida de fuertes dolores.

Salgo al campo: muertos a espada;

entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;

tanto el profeta como el sacerdote

vagan sin sentido por el país.

¿Por qué has rechazado del todo a Judá?

¿Tiene asco tu garganta de Sión?

¿Por qué nos has herido sin remedio?

Se espera la paz, y no hay bienestar,

al tiempo de la cura sucede la turbación.

Señor, reconocemos nuestra impiedad,

la culpa de nuestros padres,

porque pecamos contra ti.

No nos rechaces, por tu nombre,

no desprestigies tu trono glorioso;

recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2. Cristo, cargado con nuestros pecados, subió al leño. Aleluya.

Ant. 3. Entrad a la presencia del Señor con vítores. Aleluya.

Salmo 99

Aclama al Señor, tierra entera,

servid al Señor con alegría,

entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios:

que él nos hizo y somos suyos,

su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,

por sus atrios con himnos,

dándole gracias y bendiciendo su nombre:

“El Señor es bueno,

su misericordia es eterna,

su fidelidad por todas las edades.”

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

Ant. 3. Entrad a la presencia del Señor con vítores. Aleluya.

LECTURA BREVE           Hch 5, 30-32

El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.

RESPONSORIO BREVE

V. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

V. El que por nosotros colgó del madero.

R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Aleluya.

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Aleluya.

PRECES

Dirijamos nuestra oración a Dios Padre, que por la resurrección de Jesucristo nos ha dado vida nueva, y digámosle:

Ilumínanos, Señor, con la claridad de Jesucristo.

Señor, tú que nos has revelado tu plan de salvación proyectado desde antes de la creación del mundo y eres fiel en todas tus promesas,

— escucha con amor nuestras plegarias.

Purifícanos con tu verdad y encamina nuestros pasos por las sendas de la santidad,

— para que obremos siempre el bien según tu agrado.

Ilumina tu rostro sobre nosotros,

— para que, libres de todo mal, nos saciemos con los bienes de tu casa.

Tú que diste la paz a los apóstoles,

— concédela también a todos los hombres del mundo.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Llenos de alegría por nuestra condición de hijos de Dios, digamos confiadamente:

 

Padre nuestro…

ORACIÓN

Te pedimos, Señor, que ya nos has dado la gracia de conocer la resurrección de tu Hijo, nos concedas también que el Espíritu Santo, con su amor, nos haga resucitar a una vida nueva. Por nuestro Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.