Vísperas – 28 de abril

I VÍSPERAS

DOMINGO, IV SEMANA DE PASCUA

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

 

HIMNO

 

Nuestra Pascua inmolada, aleluya,

Es Cristo el Señor, aleluya, aleluya.

 

Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz!,

despierta, tú que duermes,

y el Señor te alumbrará.

 

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!,

el mundo renovado

canta un himno a su Señor.

 

Pascua sagrada, ¡victoria de la cruz!

La muerte, derrotada,

ha perdido su aguijón.

 

Pascua sagrada, ¡oh noche bautismal!

Del seno de las aguas

renacemos al Señor.

 

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!

Dejad al hombre viejo,

revestíos del Señor.

 

Pascua sagrada. La sala del festín

se llena de invitados

que celebran al Señor.

 

Pascua sagrada. ¡Cantemos al Señor!

Vivamos la alegría

dada a luz en el dolor.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón. Aleluya.

 

Salmo 121

 

¡Qué alegría cuando me dijeron:

«Vamos a la casa del Señor»!

Ya están pisando nuestros pies

tus umbrales, Jerusalén.

 

Jerusalén está fundada

como ciudad bien compacta.

Allá suben las tribus,

las tribus del Señor,

 

según la costumbre de Israel,

a celebrar el nombre del Señor;

en ella están los tribunales de justicia

en el palacio de David.

 

Desead la paz a Jerusalén:

«Vivan seguros los que te aman,

haya paz dentro de tus muros,

seguridad en tus palacios.»

 

Por mis hermanos y compañeros,

voy a decir:. «La paz contigo.»

Por la casa del Señor, nuestro Dios,

te deseo todo bien.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Con tu sangre nos compraste para Dios. Aleluya.

 

Salmo 129

 

Desde lo hondo a ti grito, Señor;

Señor, escucha mi voz;

estén tus oídos atentos

a la voz de mi súplica.

 

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,

¿quién podrá resistir?

Pero de ti procede el perdón,

y así infundes respeto.

 

Mi alma espera en el Señor,

espera en su palabra;

mi alma aguarda al Señor,

más que el centinela la aurora.

 

Aguarde Israel al Señor,

como el centinela la aurora;

porque del Señor viene la misericordia,

la redención copiosa;

y él redimirá a Israel

de todos sus delitos.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Con tu sangre nos compraste para Dios. Aleluya.

 

 

Ant. 3. ¿No era necesario que el Mesías padeciera estos para entrar en su gloria? Aleluya.

 

Cántico: Flp 2, 6-11

 

Cristo, a pesar de su condición divina,

no hizo alarde de su categoría de Dios,

al contrario, se anonadó a sí mismo,

y tomó la condición de esclavo,

pasando por uno de tantos.

 

Y así, actuando como un hombre cualquiera,

se rebajó hasta someterse incluso a la muerte

y una muerte de cruz.

 

Por eso Dios lo levantó sobre todo

y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;

de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble

en el cielo, en la tierra, en el abismo

y toda lengua proclame:

Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. ¿No era necesario que el Mesías padeciera estos para entrar en su gloria? Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE           1P 2, 9-10

 

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar  en su luz maravillosa. Antes erais “no pueblo”, ahora sois “pueblo de Dios”; antes erais “no compadecidos”, ahora sois “compadecidos”.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

 

V. Al ver al Señor.

R. Aleluya, aleluya.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. “Yo soy la puerta –dice el Señor-; quien entre por mí se salvará y encontrará pastos.” Aleluya.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. “Yo soy la puerta –dice el Señor-; quien entre por mí se salvará y encontrará pastos.” Aleluya.

 

 

PRECES

 

Oremos a Cristo que, resucitado de entre los muertos, destruyó la muerte y nos dio nueva vida, y digámosle:

Tú que vives eternamente, escúchanos, Señor.

 

Tú que eres la piedra desechada por los arquitectos, pero convertida en piedra angular,

— conviértenos a nosotros en piedras vivas de tu Iglesia.

 

Tú que eres el testigo fiel y veraz, el primogénito de entre los muertos,

— haz que tu Iglesia dé siempre testimonio de ti ante el mundo.

 

Tú que eres el único esposo de la Iglesia, nacida de tu costado,

— haz que todos nosotros seamos testigos de este misterio nupcial.

 

Tú que eres el primero y el último, que estabas muerto y ahora vives por los siglos de los siglos,

— concede a todos los bautizados perseverar fieles hasta la muerte, a fin de recibir la corona de la victoria.

 

Tú que eres la lámpara que ilumina la ciudad santa de Dios,

— alumbra con tu claridad a nuestros hermanos difuntos.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Dios todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo, concédenos también la alegría eterna del reino de tus elegidos, par que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor. Que vive y reina contigo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Somos hijos de Dios (1Jn 3, 1-2

ORACIÓN:

Jesús, Hijo de Dios, lleno de Espíritu Santo.
Oímos hoy la invitación del evangelista Juan a contemplar el amor que nos habita:
mirad qué clase de amor nos ha dado el Padre,
para que hayamos sido llamados hijos de Dios, y [lo] somos.
Ese “amor” viene del Espírituque nos hace hijos y que nos permite gritar: ¡Abba! ¡Padre!;
ese Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios;
gracias a la fe en ti, accedemos a esta situación de gracia en que estamos.
Nuestra fe nos dice que el Padre nos ama desde siempre:
antes de la creación nos eligió para que fuéramos santos e inmaculados por el amor;
destinándonos a ser adoptados por hijos suyos por medio de ti, Jesús Mesías…;8
El amor tan singular del Padre lo hemos conocido en tu vida, Jesús de todos:
en esto hemos conocido el amor: en que tú diste la vida por nosotros;
y en esto conocerán los demás nuestro amor: si crea vida, renueva, cura…
Hoy, Jesús del amor sin medida, somos invitados a mirar nuestro amor:
el mundo no nos conoce, porque tampoco le conoció a él, a ti, Jesús;
el mundo, enraizado en la codicia, desconoce la gratuidad del amor divino;
el mundo reconoce a los poderosos sin mirar a los súbditos que aplauden o callan;
el mundo reconoce el dinero ocultando la injusticia por donde vino;
el mundo reconoce el brillo de la cultura y el arte disimulando la opresión
Mirad qué clase de amor nos ha dado el Padre:
un amor universal, que busca el bien de todos;
un amor que hace salir el sol y bajar la lluvia sobre justos e injustos;
un amor que no divide ni separa, no margina ni excluye a nadie;
un amor opuesto a la avaricia que siembra tiranía y muerte;
un amor que abre la puerta a cualquiera que llame…
Este amor gratuito y universal en personas, tiempo y lugar, es tu amor:
un amor que, efectivamente, no merecemos;
ha sido y sigue siendo el regalo del Padre dador de vida;
ha sido la acción del Espíritu divino desde siempre;
ese amor te ha enviado a Ti, testigo y portador del mismo Espíritu;
ese amor lo has ido sembrando con palabras y obras;
ese amor lo has ido entregando hasta darnos su misma fuente:
recibid el Espíritu Santo.
Este es el regalo pascual por excelencia:
con él los discípulos se sintieron perdonados sin merecerlo:
ni un reproche, ni una explicación de su abandono…;
con él les vino tu paz, tu perdón, tu alegría, tu esperanza;
con él supieron que serían semejantes a Dios porque le verían como es.
En esta misma fe hemos sido injertados nosotros, discípulos tuyos ahora:
la fe en ti, Jesús resucitado, nos ha introducido en la misma gracia:
habita en nosotros tu mismo Espíritu;
sentimos tu misma pasión por la fraternidad y la vida de todos;
el amor gratuito y universal es nuestro camino, nuestra verdad, nuestra vida.
Este amor es la única estrategia, “sin trampas ni cartón”, nuestra:
vivir con las entrañas empapadas por este amor divino;
organizar nuestra vida desde estas entrañas conmovidas;
elegir las prioridades que estas entrañas ven más necesarias y urgentes;
denunciar la ausencia de estas entrañas,
especialmente en quienes presumen o abusan de ellas;
desechar la venganza, la imposición, la marginación, exclusión…;
remover de nuestra vida todo lo que pueda alejar a los necesitados;
identificarnos contigo, Jesús pobre, humilde, marginado hasta el final…
releyendo tu memoria,
celebrando en nuestras reuniones tu vida entregada,
poniendo nuestras entrañas en las manos del Padre que nos las dio.

Rufo González

Comentario al evangelio de hoy (28 de abril)

Termina una semana en que todos los días hemos visto a Jesús dialogando y discutiendo con los judíos. Todo a propósito de la multiplicación de los panes. A propósito del hambre. A propósito del salto de nivel que les pone Jesús por delante cuando les invita a comer del pan que es el mismo, a comer su carne y su sangre, a compartir su vida hasta el final. A hacer del pan que nos alimenta físicamente pan de fraternidad, pan que construya el reino y la justicia y el amor. Pan de Dios que da la Vida. La semana se ha ido haciendo entre declaraciones solemnes de Jesús y la dificultad de los que le escuchan para entender la novedad del mensaje.

Pasa que todos estaban –estamos– preocupados por buscar el pan para mí, para los míos. Pasa que construimos fronteras para separar a los míos de los otros. Pasa que vemos a los otros como competidores, como enemigos. Y vienen los ejércitos y los derechos sobre los otros y la violencia y la muerte. Pasa que todos estamos envueltos por el miedo como si fuera una capa que no nos podemos quitar de encima y que nos impide ver la realidad tal como es.

Jesús nos invita a salir de ese laberinto, a abrir los ojos y descubrir al otro como hermano. A compartir el pan y la vida. Y descubrir, con sorpresa y gozo, que, cuando se comparte el pan y la vida, el pan y la vida se multiplican, llegan para todos, se construye la fraternidad, el reino de Dios se hace patente. Todos formamos una sola familia.

Pero se hace inevitable dar el paso. Salir del caparazón del miedo que pensamos que nos protege y que en realidad no hace más que ahogarnos, para tender la mano al otro y hacer eucaristía de la vida y vida de la eucaristía.

Los judíos no lo entendían. Los discípulos de Jesús tampoco lo tuvieron fácil. El modo de hablar de Jesús era duro. Les asustaba. Se sentían inseguros frente a su arriesgada propuesta: basar la vida en el amor y no en el odio ni la desconfianza. Por eso, muchos, asustados, lo dejaron. Sólo algunos fueron capaces de captar que en las palabras de Jesús estaba la vida, la verdadera vida, la vida en plenitud. Y optaron por seguirle.

Fernando Torres Pérez, cmf

Laudes – 28 de abril

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LITURGIA DE LAS HORAS

SÁBADO, III SEMANA DE PASCUA

 

28 de abril

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Ofrezcan los cristianos

ofrendas de alabanza

a gloria de la Víctima

propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado

que a las ovejas salva,

a Dios y a los culpables

unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte

en singular batalla,

y, muerto el que es la Vida,

triunfante se levanta.

“¿Qué has visto de camino,

María, en la mañana?”

“A mi Señor glorioso,

la tumba abandonada,

los ángeles testigos,

sudarios y mortaja.

¡Resucitó de veras

mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,

allí el Señor aguarda;

allí veréis los suyos

la gloria de la Pascua.”

Primicia de los muertos,

sabemos por tu gracia

que estás resucitado;

la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate

de la miseria humana

y da a tus fieles parte

en tu victoria santa. Amén. Aleluya.

 

SALMODIA

Ant. 1. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Aleluya.

Salmo 118, 145-152

Te invoco de todo corazón;

respóndeme Señor, y guardaré tus leyes;

a ti grito: sálvame,

y cumpliré tus decretos;

me adelanto a la aurora pidiendo auxilio,

esperando tus palabras.

Mis ojos se adelantan a las vigilias de la noche,

meditando tu promesa;

escucha mi voz por tu misericordia,

con tus mandamientos dame vida;

ya se acercan mis inicuos perseguidores,

están lejos de tu voluntad.

Tú Señor, estás cerca,

y todos tus mandatos son estables;

hace tiempo comprendí que tus preceptos

los fundaste para siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

Ant. 1. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Edificaste, Señor, un templo y un altar en tu monte santo. Aleluya.

Cántico: Sb 9, 1-6. 9-11

Dios de los padres y Señor de la misericordia,

que con tu palabra hiciste todas las cosas,

y en tu sabiduría formaste al hombre,

para que dominase sobre tus creaturas,

y para regir el mundo con santidad y justicia

y para administrar justicia con rectitud de corazón.

Dame la sabiduría asistente de tu trono

y no me excluyas del número de tus siervos,

porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva,

hombre débil y de pocos años,

demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes.

Pues, aunque uno sea perfecto

entre los hijos de los hombres,

sin la sabiduría, que procede de ti,

será estimado en nada.

Contigo está la sabiduría conocedora de tus obras,

que te asistió cuando hacías el mundo,

y que sabe lo que es grato a tus ojos

y lo que es recto según tus preceptos.

Mándala de tus santos cielos

y de tu trono de gloria envíala

para que me asista en mis trabajos

y venga yo a saber lo que te es grato.

Porque ella conoce y entiende todas las cosas,

y me guiará prudentemente en mis obras,

y me guardará en su esplendor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2. Edificaste, Señor, un templo y un altar en tu monte santo. Aleluya.

Ant. 3. Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Aleluya.

Salmo 116

Alabad al Señor, todas las naciones,

aclamadlo, todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros,

su fidelidad dura por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

Ant. 3. Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Aleluya.

LECTURA BREVE           Rm 14, 7-9

Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

RESPONSORIO BREVE

V. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

V. El que por nosotros colgó del madero.

R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Simón Pedro dijo: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.” Aleluya.

Cántico de Zacarías. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Simón Pedro dijo: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.” Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, pan de vida, que en el último día resucitará a los que se alimentan con su palabra y con su cuerpo, y digámosle:

Señor, danos paz y alegría.

Hijo de Dios, que, resucitado de entre los muertos, eres el príncipe de la vida.

— bendice y santifica a tus fieles y a todos los hombres.

Tú que concedes paz y alegría a todos los que creen en ti,

— danos el vivir como hijos de la luz mientras nos alegramos de tu victoria.

Aumenta la fe de tu Iglesia, peregrina en la tierra,

— para que dé al mundo testimonio de tu resurrección.

Tú que, habiendo padecido mucho, has entrado ya en la gloria del Padre,

— convierte en gozo la tristeza de los afligidos.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Con la confianza que nos da nuestra fe, acudamos ahora al Padre, diciendo, como nos enseñó Cristo:

 

Padre nuestro…

ORACIÓN

Oh Dios, que has renovado por las aguas del bautismo a los que creen en ti, concede tu ayuda a los que han renacido en Cristo, para que venzan las insidias del mal y permanezcan siempre fieles a los dones que de ti han recibido. Por nuestro Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.