Domingo XIII de Tiempo Ordinario – Ciclo B

Hoy es 1 de julio, domingo de la XIII semana de Tiempo Ordinario.

Decía san Clemente de Alejandría: orar es conversar con Dios, aun cuando susurremos las palabras en voz muy baja, o ni siquiera despeguemos los labios, un grito brota de nuestro corazón y Dios oye ese clamor silencioso.

Al final de la semana, este momento de oración es una oportunidad única para tratar con Dios como un amigo, de corazón a corazón.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mt 5, 21-42):

Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla, se reunió alrededor de él una gran multitud; y él estaba junto al mar. 
Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies, 
y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá. Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban. 
Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, 
y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, 
cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. 
Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos?
 Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? 
Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. 
Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. 
Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en paz, y queda sana de tu azote.
 Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro? 
Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente. Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo. Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho.  Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme. 
Y se burlaban de él. Mas él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña.  Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate. 
Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente. 
Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer.

Dos historias paralelas. La de un hombre, Jairo, y la de una mujer anónima. Dos historias distintas que hablan de lo mismo, de heridas. Porque la vida va dejando huellas. Tú, todos, somos personas heridas. Hay heridas personales, familiares, eclesiales. Delante del Señor no tenemos porque ocultarlas. ¿Hay heridas en tu historia? ¿Cómo las vives?

Jesús se deja tocar, se conmueve, seguramente no hay nada más anticristiano que contemplar el mundo como espectador. Mirarlo todo desde la barrera, sin implicarse. Cada momento de oración es una oportunidad para hacer propias las heridas de los otros. ¿Qué te duele de tu entorno más cerca y del mundo?

Somos personas heridas, pero eso no es lo último, somos también seres bendecidos, abrazados por el Dios de sanación. La última palabra no será de dolor y muerte, sino  de salud y vida, para ti y para el mundo. Me dejo llevar por esa fe en Dios que sana y libera.

Dos historia, la de Jairo y la de la mujer con flujos de sangre y la fuerza de un Dios que genera espacios de alivio de respiro y sanación. Al leer de nuevo el texto, ábrete a la compasión y fuerza de un Dios que cura y libera.

Nada de lo que les ocurre a sus criaturas le es indiferente a Dios. Él ha querido implicarse en nuestras historias y nuestras vidas para llevar un poco de esperanza y desolación.

Que esta oración te pueda acompañar a lo largo de la semana, repitiendo en tu interior una y otra vez ese anhelo: Señor, no me dejes vivir ciego, sordo y ajeno a las vidas de los otros; Señor, no me dejes vivir ciego, sordo y ajeno a las vidas de los otros…