Mc 10, 46-52

* Dos claves de comprensión para abordar la narración del ciego Bartimeo. La primera es la narrativa, el hilo conductor del drama de Jesús en Marcos. A lo largo del mismo, como hemos descubierto en domingos anteriores, se ha ido desvelando la verdadera identidad del mesianismo oculto de Jesús en medio de la incomprensión de los discípulos hacia su maestro y la dinámica de su Reino (“¿todavía no tenéis fe?”, “¿Quién es este que hasta el viento y el lago le obedecen?”, “¿Cómo habla éste así?”). Jerusalén será el escenario de la cruz y solamente en el centro de este misterio quedará desvelado lo que hasta entonces era incomprendido.

En las inmediaciones de Jerusalén, en la bíblica Jericó, Marcos prepara al lector con una propedeútica o introducción a la fe. La sanación de Bartimeo pone de manifiesto que el problema de incomprensión de los discípulos es un problema de ceguera, de saber mirar en la fe. Y eso es gracia, como el don de la curación. El des-velamiento definitivo tendrá lugar en la cruz, cuando se sustituya el antiguo templo por un nuevo templo espiritual, destinado a todos los pueblos y se abran los ojos, incluso de los paganos, como el centurión a los pies de la cruz: “Verdaderamente, este era el Hijo de Dios” (15, 39). No pasa desapercibida la “disposición” del episodio en la trama evangélica. El episodio de la ceguera sanada forma una unidad con la curación de un ciego en 8,22. En medio, tienen lugar la profesión de fe de Pedro (8,27-30) y el primer anuncio de la pasión (8,31). La fe incapaz se debe a una peculiar ceguera.

* La otra perspectiva se sitúa en el marco de las curaciones milagrosas de Jesús. La sanación de ciegos desempeña un papel importante en las narraciones evangélicas, en número, significado y simbolismo. La curación en Jericó es el último relato de milagros que nos refiere Marcos antes de que Jesús llegue a Jerusalén. El milagro es narrado por los tres evangelistas sinópticos y permanecen en las tres narraciones los elementos esenciales, recibidos de la tradición: – en Jericó (a las puertas de Jerusalén), un ciego oye a Jesús que pasa; – le llama: “Hijo de David, ten compasión de mí”; – le suplica: “¡Que vea!”; – curación: “Vete, tu fe te ha salvado”.

En Marcos la invocación “hijo de David” es un preludio al episodio de la entrada triunfal en Jerusalén (“¡Bendito sea el reino de nuestro padre David!”) con lo que se nos sitúa en contexto mesiánico. Más arcaico y presumiblemente histórico aparece el título arameizante, Rabbuní(que en Mateo, y por tres veces, aparece el griego “Señor”, indicando tal vez una catequesis bautismal). Exclusivo de Marcos también aparece el nombre del ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo. El evangelista trata de presentar un ejemplo concreto y personal de discípulo y creyente dispuesto a seguir a Jesús hasta Jerusalén(“y lo seguía por el camino”). El tema de la fe es evidente. El relato goza de buenas razones de historicidad pero al servicio de la fe. Un ciego (y por lo tanto excluido) recobra la vista, pero en la fe camina detrás de Jesús. El seguimiento es idea común a lo largo de todo el evangelio de Marcos. La curación es siempre catequesis.