Ap 21, 10-14. 22-23

El sueño de la “ciudad nueva”, núcleo de la profecía de Apocalipsis, lo vive el texto en una formidable tensión entre el vidente y el teólogo. Sueña el vidente una Jerusalén nueva, bella, hermosa, una edad futura plena, absolutamente nueva. Pero en esa novedad soñada no puede entrar ningún tipo de corrupción moral, de la que el autor está harto. Todo ha de ser nuevo y, por tanto, los marcados por la inmoralidad han de quedar excluidos. Si ha de ser nueva la ciudad, ha de ser también pura. No concibe el autor la posibilidad de un nuevo estilo de sociedad con la inclusión de la debilidad moral. Preso de concepciones religiosas, cree que lo nuevo ha de ser necesariamente puro. De ahí a promover la exclusión del “impuro”, un paso.

Pero la tensión continúa porque la ciudad tiene doce puertas. Más adelante se dirá que sus puertas no se cerrarán de día, pues allí no habrá noche (Ap 24,25). Si es una ciudad tan “abierta”, todo el mundo se puede colar dentro, no es heredad guardada. En la nueva ciudad podrán entrar todos sin distinción. Es el riesgo hermoso de la inclusión, de la sociedad de hermanos, más allá de la debilidad moral..

El cimiento de la ciudad son los apóstoles del Cordero. Es decir, aquellos que han comprendido y vivido la misma entrega que la del Cordero “degollado”. Una ciudad que se cimienta sobre la entrega, sobre la generosidad entre humanos, sobre la fraternidad. No se asienta sobre la fuerza y la explotación de los débiles por los fuertes, sino, justo lo contrario, por la inclusión del débil, con quien es preciso ser más generoso si cabe. El teólogo hecha la mirada a la ciudad y la ve sin templo: “Templo no vi ninguno, su templo es el Señor Dios, soberano de todo y el Cordero” (Ap 21,22). Es increíble lo que eso supone de ruptura con el mecanismo religioso: ¡la ciudad nueva es una ciudad sin templo! Es el Cordero, símbolo de la total entrega, quien alumbra a la ciudad. Es la entrega al otro lo que constituye a la persona en sujeto moral. Por eso, todas las inevitables lacras morales que acompañan la vida de los individuos quedan relativizadas. La resurrección de Jesús, como el amor del Padre, envuelve la realidad débil y la reorienta. El débil tiene su sitio en la ciudad nueva.

El teólogo terminará diciendo, con conciencia clara o no tanto, lo último del planteamiento: Y no habrá maldición alguna (Ap 22,3). El término katahema remite al jerem, el “anatema” de Jos 6,21- 24. Lo “consagrado al anatema”, tras la destrucción de una ciudad, era algo intocable, como si estuviera contaminado por energía nuclear. Quien lo tocaba, incurría en un terrible pecado ya que era como pretender apropiarse de lo que correspondía al mismo Dios. La profecía bíblica tardía retoma esta idea y sueña una futura Jerusalén  que “estará habitada, no habrá más maldición; habitarán en Jerusalén tranquilos” (Zac 14,11). La resurrección desplaza a la debilidad, a la “maldición”, para hacernos ver que, con nuestras debilidades, estamos llamados a participar del mundo nuevo que Jesús ha soñado.

Fidel Aizpurúa Donázar