Jn 14, 23-29

El primer discurso de despedida en el evangelio de Juan (13,31-14,31) se desarrolla, fundamentalmente, en torno a dos ejes: la ida de Jesús a la casa del Padre (14,1-17) y su vuelta a la comunidad (14,18-27). Utilizando un estilo de argumentación circular, en que se van mezclando diferentes temáticas (fe, amor, escucha de la palabra, promesa…), va delimitando el sentido de la partida hacia el Padre (cruz-glorificación), y su vuelta a los discípulos (Pascua).

* Una pregunta de Judas («no el Iscariote») acerca de la razón de la revelación a los discípulos y no al mundo, provoca la respuesta de Jesús, con la que se inicia el fragmento que proclamamos en este domingo. Una respuesta indirecta da pie a Jesús para profundizar en lo que significa su vuelta a la comunidad. El que le ama se convertirá en “templo” de la presencia del Padre y del Hijo, porque ambos vendrán y habitarán en él. Quien se mantiene en la palabra de Jesús vivirá «el amor hasta el extremo», como ha enseñado (recuerdo del lavatorio de los pies) y, así, el amor de Dios vendrá sobre él.

Amar a Jesús lleva a identificarse con él (mantener su palabra). Al mismo tiempo, la presencia del Hijo y el Padre en el discípulo hace posible vivir el amor como Jesús ha enseñado. Por eso, a la comunidad de discípulos, que se mantiene en su palabra, le es revelado el sentido del amor de Dios, que habita en ellos, y no al mundo, que ha rechazado la «Palabra hecha carne».

* El segundo anuncio del Paráclito, denominado ahora Espíritu Santo, le presenta como maestro: «os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os dije». Jesús, al finalizar su tiempo en el mundo, no deja solos a los discípulos. Se inicia un tiempo nuevo, el de la Iglesia, que estará asistido-guiado por el Espíritu. En él Jesús mismo seguirá presente en medio de la comunidad, porque el Espíritu no hará otra cosa que continuar y profundizar la revelación realizada por el Hijo.

Se trata de una presencia personal y dinámica. Los verbos enseñar y recordar lo ponen de manifiesto. Su enseñanza, en continuidad con Jesús, prolonga y a la vez completa en cada uno de los discípulos la revelación realizada en su vida. El recuerdo no es un simple “traer a la memoria” lo ocurrido, sino que supone “hacer presente, real”, el acontecimiento de la revelación de Jesús. Es un recuerdo creativo, un proceso vivo, que actualiza y abre a una nueva comprensión la revelación manifestada en Cristo.

* La despedida finaliza con el don de la paz, que va más allá de una mera ausencia de conflicto. La paz, en el contexto bíblico, recuerda el inicio de la era mesiánica: una paz que es armonía personal y comunitaria, bienestar y salud, felicidad, reconciliación universal… Esa es la paz que deja Jesús a la comunidad ahora que se va al Padre, y que será actualizada continuamente por la presencia del Espíritu en medio de la Iglesia.

Óscar de la Fuente