La Eucaristía ilumina el futuro

La Eucaristía hace un mundo mejor

Introducción: “la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero” (Apoc 21,10-14.22-23).

Inspirado, sobre todo, en los profetas Isaías (c. 54 y 60) y Ezequiel (c. 40-48), Juan imaginativamente intuye el esplendor, la gloria y la dicha, de la nueva Jerusalén. Es la bienaventuranza que Dios regala a la humanidad. “Ven acá, pone en boca de un ángel, voy a mostrarte a la novia, a la esposa del Cordero” (Apoc 21, 9). “En espíritu”, es decir, desde lo más profundo de su ser, contempla, desde un monte grande y alto, lo que el Dios-Amor, creador de vida, quiere para sus hijos. Lo ha revelado en el Hijo, hermano mayor, Jesús Mesías. Imagina dicha novia como una ciudad nueva, regalo final de Dios al ser humano. El deseo de felicidad –también regalo del Creador- es completado con la “gloria divina”, que sacia plenamente. Es un esplendor inefable, una “piedra preciosa”.

El Amor de Dios se dirige a la humanidad entera. Eso simbolizan las murallas y puertas, abiertas a todos los puntos cardinales. En los vv. 18 y 21, no leídos hoy, dice que “el material de la muralla es de jaspe y la ciudad de oro puro, semejante al vidrio puro”; “la calle ancha de la ciudad era de oro puro, como vidrio transparente”. Transparentan el tesoro divino, el Amor, que a todos atrae y llena. Testigos del Dios Amor, manifestado en Jesús, “los Apóstoles del Cordero”, son los cimientos de la ciudad. Dar la vida por amor, como Jesús, es ser cimiento de la nueva ciudad, de la dicha plena.

“Templo no vi ninguno, porque su templo es el Señor Dios… y el Cordero”. Ya sobran los símbolos (el templo como abrazo de Dios, las lámparas como signos de su presencia) ante la inmediatez de Dios y de Cristo resucitado, que “los veremos como son, y seremos semejantes a ellos” (1Jn 3,2). La ciudad es iluminada por la vida divina –“no necesita sol, ni luna”-, “cuya lámpara es el Cordero”. Jesús ha sido el reflejo de la gloria divina por su vida en amor, rechazada por el mundo injusto, pero rehabilitada en la resurrección.

La Eucaristía, presencia de Jesús glorioso, debe expresar la “ciudad” esperada. Jesús glorioso es “el fin de la historia humana, punto hacia el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones” (GS 45). El amor de Jesús debería brillar en la celebración eucarística: en participación comunitaria, aceptación de todos, perdón, escucha, espera, eliminación de barreras, curaciones, dación de vida…

Oración: “la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero” (Apoc 21,10-14.22-23)

Jesús resucitado:
Tu herencia preciosa, tu testamento, es la eucaristía:
no es un bien muerto, o unos ideales conservados en un libro;
Señor resucitado, tú sigues vivo, y tu amor nos acompaña;
tu amor silencioso, perdonador, consolador, estimulante, crítico, impulsivo…

La eucaristía es la asamblea del Amor;
sólo sintiendo amor por todos nos acercamos dignamente;
allí nos encontramos con el Padre y contigo en el Espíritu;
“ves la Trinidad si ves el amor”, decía san Agustín
(De Trinitate, VIII, 8, 12: CCL 50, 287);
se trata del amor gratuito, reflejo del amor del Padre que ama sin medida.

En la Eucaristía, el Espíritu “enseña y recuerda lo que tú nos has dicho”,
es tu “potencia interior que armoniza nuestro corazón con el tuyo,
nos mueve a amar a los hermanos como Tú los ha amado,
cuando te ha puesto a lavar los pies de tus discípulos
y, sobre todo, cuando has entregado tu vida por todos”
(Benedicto XVI, Deus caritas est 19).

En la Eucaristía, nos introduces, Jesús resucitado:
en el amor del Padre que nos ama,
en el amor fraternal tuyo, Hijo del Padre,
en la comunión de vuestro amor, el Espíritu del Padre y tuyo.

En la Eucaristía, este amor tuyo toma cuerpo en nuestra comunidad.
A veces estamos como cegados, y no vemos más que las sombras;
“somos un desastre”, “esto no tiene arreglo”, nos decimos;
y nos quedamos únicamente en la crítica destructiva;
toda eucaristía refleja “la gloria de Dios que la ilumina”;
toda eucaristía hace presente el amor entregado “del Cordero, su lámpara”.

Hoy, Señor Jesús, queremos reconocer tu amor sin medida:
el amor gratuito, que realiza maravillas en medio de nosotros;
este amor es “la gloria de Dios que ilumina” nuestro mundo;
este amor es nuestra gloria y el resplandor de la verdad de nuestra la vida.

Este amor cordial y práctico habita en nuestras comunidades:
en los que cuidan y asean gratis la ropa, manteles, vasos, etc. del culto;
en los que atienden a los necesitados y enfermos generosamente;
en los que ayudan a hacer los deberes a quien no pueden pagarse profesor privado;
en los catequistas y monitores de diversas actividades sin cobrar nada;
en los voluntarios que llevan la administración económica y burocrática;
en los que en ratos libres arreglan puertas y ventanas sin interés alguno;
en los que animan las celebraciones litúrgicas como cantores, monitores, lectores…;
en los que aportan donativos de forma habitual;
en los sacerdotes que trabajan civilmente y prestan su servicio gratis en la parroquia;
en los que colaboran en entidades benéficas a favor de los más pobres;
en los que se comprometen en acciones de transformación social:
como sindicalistas, empresarios, políticos, asociaciones por la justicia y la paz…
(recordad otras actividades de amor en vuestra parroquia, comunidad, familia…).

Y como fondo estas grandes convicciones, que reflejan tu Amor:
tenemos todos la misma dignidad de hijos y hermanos;
la parroquia somos todos, miembros de tu cuerpo;
cada uno aporta según el don recibido, como las partes del mismo cuerpo;
todos somos llamados a construir el Reino de Dios.

A pesar de nuestras limitaciones, tu Amor sigue vivo entre nosotros.
Hoy te damos las más profundas y sinceras gracias.

Rufo González