Domingo VI de Pascua

Hoy es 5 de mayo domingo de la VI semana de Pascua.

Un día más llego a la presencia del Señor, tal como soy, enteramente yo. Me dispongo a decir con verdad, heme aquí, ante la palabra que me sale al encuentro. Suavemente y al ritmo de la respiración, pido al Espíritu Santo, que ponga en sintonía mi corazón con el de Jesucristo. Habla, Señor, yo te escucho. Aquí estoy Señor, vengo a hacer tu voluntad, aquí estoy Señor, en tu presencia, expreso mi deseo de encontrarle.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 14, 23-29):

Jesús le respondió: «Si alguien me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará. En ton ces vendremos a él para poner nuestra morada en él.
El que no me ama no guarda mis palabras; pero el mensaje que escuchan no es mío, sino del Padre que me ha enviado.
Les he dicho todo esto mientras estaba con ustedes.
En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.
Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes angustia ni miedo.
 Saben que les dije: Me voy, pero volveré a ustedes. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, pues el Padre es más grande que yo.
Les he dicho estas cosas ahora, antes de que sucedan, para que cuando sucedan ustedes crean.

Hoy la palabra me invita a tomar asiento, sencillamente, junto a los discípulos. Se respira una atmósfera de despedida. Puedo sentir su temblor y su miedo a quedarse sin Jesús. En este momento, todas las palabras del Señor tienen sabor a confidencia, a amistad, a testamento. Dejo que resuenen en mí como una herencia preciosa y como un exigente compromiso.

Me pregunto si yo puedo reconocerme como alguien que ama y cumple la palabra de Jesús. Como alguien íntimamente habitado por la presencia de Dios. Y si es así, si Dios vive en mí, qué consecuencias tiene esto para mi vida.

Hoy, el Señor resucitado me regala de nuevo su espíritu. Espíritu de Dios en mí. Le recibo conscientemente y dejo que él me haga recordar, y traiga de nuevo a mi corazón, algo de lo que Jesús me ha dicho en algún momento significativo o de mi historia.

Al leer de nuevo la palabra, puedo ir acogiendo profundamente, la paz que sólo Cristo me puede dar. Pero leo el texto en primera persona. Ahora soy yo quien está junto a Jesús. Y es a mí a quien dirige su palabra, su mensaje, su promesa.

Me dispongo a despedir este rato de amistad con el Señor. Le doy las gracias de corazón por haber pensado en mí antes de su marcha. Por el regalo de su palabra, de su paz, de su espíritu. Por darme el deseo de ser eco de su voz. Por enseñarme a vivir las relaciones de un modo nuevo, sintiendo que el Padre me habita y porque sé que el espíritu me conduce. Gracias Señor, ahora sé que nada ni nadie me podrá separar de ti.

Que esta oración te acompañe a lo largo de esta semana, repitiendo en tu interior, una y otra vez, ese anhelo. Quiero ayudarte, Dios mío, a no apagarte en mí.  Quiero ayudarte, Dios mío, a no apagarte en mí.