El discípulo, profeta de esperanza

Lo dice el libro de la Sabiduría: Dios es “el amigo de la vida” (Sab 11,26). Por ser así Dios y por ser así la vida, la vida –y la muerte- no es cuestión de broma. No tuvo que gustarle mucho a Jesús la historieta que le contaban los saduceos. Muy por encima de esas curiosidades, Dios es siempre, en la vida y en la muerte, Dios de vivos. Y para Dios, la vida –“aquí” y “allá”- es sagrada. Por eso el discípulo promueve la vida: la defiende, la cuida y la mejora, la “ensancha” abriéndola a todas sus posibilidades, procurando salud entera hasta superar la frontera de la muerte por amor a la vida. La vocación del discípulo, para sí y para los demás, es vocación de vida en plenitud. La vida permanece.

UN TEXTO:

Profetas de esperanza

«La relación entre la fe y la esperanza es tan estrecha que puede decirse que la fe fecunda la esperanza, pero también puede decirse que la esperanza es supuesto de la fe, porque solo se cree en alguien si se confía en él, si se pone en él la esperanza. En realidad la fe y la esperanza son dos caras de la misma actitud. La fe permite al hombre hallar el fundamento de la propia vida al acoger la Presencia de la que surge. La esperanza ofrece la seguridad de una meta para el anhelo que constituye su vida. Permite al hombre responder a la pregunta “¿Qué me cabe esperar?”. Quien profesa al comienzo del símbolo de la fe: “Creo en Dios Padre, creador…”, puede terminar confesando: “Espero en la vida eterna”. “La esperanza en la vida eterna –decía Karl Barth- es corolario de la fe en Dios”. “Creer, afirma M. García-Baró, en el Dios Padre, creador… y Señor de la naturaleza, de la historia y de cada vida personal es, en su centro mismo, vivir en la esperanza y de la esperanza.. La esperanza, que es la certeza difícil, profundamente dichosa, de que lo mejor tendrá y tiene ya ahora, aunque sea secretamente, la última palabra”

Juan Martín Velasco, Fijos los ojos en Jesús, Ed. PPC, Madrid 2012 

UN POEMA:

La gran sorpresa
Será saber de pronto
que no hemos dejado el mundo en que vivíamos,
que ese mundo nos sigue y acompaña
con sus paisajes y sus cánticos.
Mundo perfectamente realizado
en un tiempo distinto.
La tierra ya segura,
tal como fue, por lo que fue creada.
La escena que olvidamos
acaso por no haberla merecido.
La mirada de odio transformada en amor.
La despedida, hecha retorno inesperado
en la nueva esperanza, ya sin dudas.
El barro hecho jardín.
El golpe hecho caricia, el dulce golpe.
Tal vez en un minuto
se hayan cumplido los tres días de Pascua.
¿Adónde iremos?
No tendremos que ir: nos quedaremos
vivos de otra manera, pero vivos,
en sitios cuyo nombre aún ignoramos,
cuyos límites hoy no conocemos,
pero que serán sitios adorables
donde habíamos estado, sin saberlo.
La gran sorpresa será conocer
que no habíamos muerto.
José María Souvirón 

UN SÍMBOLO: Un montón de arena y una jarra de agua. Si se puede, se va llenando la arena con el agua (regar el desierto…, la vida siempre florece incluso en el aparente desierto)