Martes XXXII Tiempo Ordinario

Hoy es martes, 12 de noviembre.

El mundo camina a mucha velocidad. Algunos apurados, otros ansiosos, otros angustiados. Haz un esfuerzo para detener, un poco, tu ritmo vital, para entrar en oración y en la paz de Dios. Si te ayuda, cierra los ojos, respira hondo y acompasado. Repite en tu interior el nombre de Jesús. Escucha y déjate llevar por la melodía, la voz, de manera que Dios mismo te vaya aquietando con su paz. Señor, da la paz a quien confía en ti.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 17, 7-10):

En aquel tiempo, dijo el Señor: «Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: «En seguida, ven y ponte a la mesa» ¿No le diréis: «Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú» ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.»»

Cumplir nuestro deber no es algo que sea hoy muy atractivo. Sin embargo Jesús nos dice que en el cumplimiento del deber está nuestra paga, nuestro premio. Nos sugiere sentirnos felices simplemente por cumplir con nuestro deber. Quizá esto te trastoca. ¿Qué sientes tú cuando escuchas la palabra deber? Repasa cuáles son tus deberes y la vida y piensa si estás al día con ellos.

Quizá te sucede que hablar de deberes puede sonar un poco limitante. O tal vez te entusiasma poco. Pero puedes interpretar este texto desde otro prisma. Los deberes que nos plantea la fe, tienen que ver con aquello que encendió el corazón de Jesús. Se trata de la tarea acuciante de hacer justicia, de trabajar por que más personas vivan la paz y la justicia en sus vidas quebradas, de darse a otros, de amar. ¿Encienden esos deberes tu corazón?

La palabra deber alude también a otra cosa fundamental, la disciplina. Sin disciplina es muy difícil trabajar por el reino de Jesús. Si te come la modorra y vives anestesiado entre un estímulo y otro, es muy difícil que el fuego de Jesús encienda tu alma. Ser disciplinado te pone en movimiento y te abre a la gracia. ¿Crees en la disciplina? ¿Dónde notas que falta un poco de orden y disciplina?

Lee ahora estas palabras. Una manera más contemporánea de acercar el mismo mensaje. La misma llamada que se nos sigue haciendo.

Supón que entregas tu vida al evangelio. Supón que trabajas por el reino de Dios. Quizás has consagrado tu vida en una congregación religiosa o en el ministerio sacerdotal. Quizás tu opción por la vida en familia es un compromiso por un amor radical, a la forma de Dios, y así educas a tus hijos, o cuidas de tus padres y vives la complejidad de la vida en pareja. Y te esfuerzas y remas a veces contra el universo y ves que otros, aparentemente más despreocupados o indiferentes, viven ajenos a Dios. Quizás algún día, te descubrirás hablándole a Dios con un corazón orgulloso, sintiendo que te ha dado su amor, su aplauso, su reconocimiento, su cielo, pero desengáñate, no has ganado nada. El amor de Dios no es cuestión de méritos ni galones, no mires por encima del hombro a otros, pensando que tú ya tienes más camino recorrido y más cielo asegurado. En tu mano sólo está servir a Dios y su proyecto, entregarte a su manera. La fe y el seguimiento, vivir lo que debes vivir. Ahora bien, por qué, por qué ese deber. ¿Es por una obligación de un Dios exigente y caprichoso? ¿Es por miedo o por fastidio? En realidad no, es porque vivir el evangelio es tu verdad más honda, tu sed más real, tu vida más auténtica, aunque no siempre te des cuenta, por eso ama, entrégate, vive para Dios y su proyecto y tu vida será plena.

Tú me llamas, Señor, a ser humilde, a estar a tu servicio. El proyecto del reino no es mío. No soy yo el que debe dirigir tu reino. La verdad es soy tu ayudante, Señor. Sólo quiero hacer mi labor a tu mayor gloria. Termino este rato de oración poniendo ante ti lo que soy, eso que hago, eso que deseo, en tus manos.

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.