Para la homilía

Comunidad en tiempo de crisis

Hoy es uno de los días en que al escuchar el Evangelio, nos tendríamos que sentir muy cerca de aquella comunidad cristiana, la de Lucas, en la que se escribió esa página.

En ella se mezcla o se funde en un solo relato, por una parte la realidad que esa comunidad (y otras) está viviendo, una situación trágica y dolorosa, y por otra, la memoria de la situación que vivió Jesús, ya al fin de sus días, en Jerusalén, una situación penosa frente a la cerrazón de las autoridades y los responsables ideológicos de su tiempo.

Así situados, nos damos cuenta de que en el Evangelio se anuncia como “a posteriori”, lo que ya había sucedido o acababa de suceder: el fin de la nación judía, una nación a la que pertenecían muchos hombres y mujeres de la primera generación cristiana. Para aquellos cristianos, la tragedia que les tocó vivir era doble. En primer lugar, el dolor provocado por el peso del imperio romano que acabó con ellos como pueblo, y en segundo lugar, otro dolor más intenso si cabe, provocado por la incomprensión de sus hermanos judíos que no aceptaron a Jesús como Mesías y Salvador, sino todo lo contrario. Esa incomprensión se convirtió en persecución y en expulsión de la sinagoga. A causa de esa situación los cristianos quedaron marginados y fueron duramente perseguidos por sus hermanos… El Evangelio habla de posibles “engaños”, de “persecución”, de “traición” de “asesinatos”. Esa es la realidad que están viviendo muchas comunidades cristianas cuando se escribe el Evangelio.

Las palabras de Jesús a la comunidad

Las situaciones trágicas y de mucho dolor suelen conllevar profundas crisis para las personas. A finales de siglo primero esa fue la situación para muchas comunidades cristianas. Son situaciones oscuras en las que se puede perder de vista con facilidad el horizonte. Por eso el Evangelio recuerda las palabras de Jesús: «no os dejéis engañar», «no os asustéis», e incluso les anima a confiar plenamente en el Espíritu que es quien va a defenderles y a inspirar sus palabras ante los tribunales. Por eso recuerdan una vez más las palabras de Jesús: «no preparéis vuestra defensa».

A causa de mi nombre

Pero sobre todo, quisiera referirme a una palabra clave que se repite en el texto y que es la que da sentido y razón de todo lo que está ocurriendo. La palabra es “el nombre de Jesús”. El texto dice literalmente «a causa de mi nombre»”a. Efectivamente: a causa del nombre de Jesús ellos serán perseguidos e incomprendidos, a causa del nombre de Jesús serán excluidos de la sinagoga y por tanto del entorno social de su pueblo, a causa del nombre de Jesús serán llevados a los tribunales y serán asesinados y ajusticiados.

Pero precisamente será el nombre de Jesús la razón para mantener la paz, “no os asustéis” dice el Señor en clave pascual. Y será el nombre de Jesús la certeza de estar a buen recaudo: «no se perderá ni un solo cabello de vuestra cabeza»; y será el nombre de Jesús la causa y razón de su firmeza ante situaciones tan adversas: «permaneced firmes… salvaréis vuestra vida». Incluso los juicios ante los tribunales, serán una ocasión privilegiada para dar testimonio del nombre de Jesús

Jesús y el Templo 

El recuerdo de los últimos días de la vida de Jesús para los cristianos se relacionaba directamente con el Templo. Fue el “peso” del Templo y de sus autoridades, quien acabó con Jesús. Pero Jesús resucitó, y con su Espíritu, llenó de vida a los discípulos y a las comunidades cristianas que se fueron formando. Sin embargo, del Templo, no quedó más que un montón de escombros y un muro, el muro de las lamentaciones.

Para los cristianos, los de la comunidad de Lucas y para todas las comunidades cristianas ubicadas en el imperio romano, en medio de su dolor, brillaba cada vez más la luz de un gran horizonte. Una luz que les guiaba a la vida en plenitud, y esa luz era el “nombre de Jesús”. En su nombre, seguían caminando con paso firme a pesar de todo.

Josep Baquer Sistach, S.J. 

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