Vísperas – Jueves XXXIII Tiempo Ordinario

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: ÉSTA ERA UNA NIÑA.

Ésta era una niña
con aire de flor,
agua más que el río,
fuego más que el sol.
Vivía en el templo
del rey Salomón,
oyendo en los salmos
ecos de otra voz.

El Viento es contigo,
contigo el León,
contigo el Lucero,
contigo el Amor.
Tú, fuente sellada,
hija del Amor;
tú, el alba más bella,
del más bello sol.

Sé tú siempre niña,
sé tú siempre don,
sé como esta niña
con aire de flor,
agua más que el río,
fuego más que el sol. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

Salmo 29 – ACCIÓN DE GRACIAS POR LA CURACIÓN DE UN ENFERMO EN PELIGRO DE MUERTE.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

Señor, Dios mío, a ti grité,
y tú me sanaste.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto,
por la mañana, el júbilo.

Yo pensaba muy seguro:
«No vacilaré jamás.»
Tu bondad, Señor, me aseguraba
el honor y la fuerza;
pero escondiste tu rostro,
y quedé desconcertado.

A ti, Señor, llamé,
supliqué a mi Dios:
«¿Qué ganas con mi muerte,
con que yo baje a la fosa?

¿Te va a dar gracias el polvo,
o va a proclamar tu lealtad?
Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.»

Cambiaste mi luto en danzas,
me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;
te cantará mi alma sin callarse.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

Ant 2. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Salmo 31 – ACCIÓN DE GRACIAS DE UN PECADOR PERDONADO.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito.

Mientras callé se consumían mis huesos,
rugiendo todo el día,
porque día y noche tu mano
pesaba sobre mí;
mi savia se me había vuelto
un fruto seco.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.

Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir,
fijaré en ti mis ojos.

No seáis irracionales como caballos y mulos,
cuyo brío hay que domar con freno y brida;
si no, no puedes acercarte.

Los malvados sufren muchas penas;
al que confía en el Señor,
la misericordia lo rodea.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor,
aclamadlo, los de corazón sincero.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Ant 3. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

Cántico: EL JUICIO DE DIOS Ap. 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

LECTURA BREVE   Ga 4, 4-5

Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción.

RESPONSORIO BREVE

V. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.
R. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.

V. Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.
R. El Señor está contigo.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Dichosa tú, siempre Virgen María y santa Madre de Dios, templo del Señor, sagrario del Espíritu Santo: tú fuiste la única que agradaste plenamente a nuestro Señor Jesucristo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichosa tú, siempre Virgen María y santa Madre de Dios, templo del Señor, sagrario del Espíritu Santo: tú fuiste la única que agradaste plenamente a nuestro Señor Jesucristo.

PRECES

Proclamemos las grandezas de Dios Padre todopoderoso, que quiso que todas las generaciones felicitaran a María, la madre de su Hijo, y supliquémosle diciendo:

Mira a la llena de gracia y escúchanos.

Señor, Dios nuestro, admirable siempre en tus obras que has querido que la inmaculada Virgen María participara en cuerpo y alma de la gloria de Jesucristo,
haz que todos tus hijos deseen y caminen hacia esta misma gloria.

Tú que nos diste a María por Madre, concede por su mediación salud a los enfermos, consuelo a los tristes, perdón a los pecadores,
y a todos abundancia de salud y de paz.

Tú que hiciste de María la llena de gracia,
concede la abundancia de tu gracia a todos los hombres.

Haz, Señor, que tu Iglesia tenga un solo corazón y una sola alma por el amor,
y que todos los fieles perseveren unánimes en la oración con María, la madre de Jesús.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que coronaste a María como reina del cielo,
haz que los difuntos puedan alcanzar con todos los santos la felicidad de tu reino.

Confiando en el Señor que hizo obras grandes en María, pidamos al Padre que colme también de bienes al mundo hambriento:

Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, al celebrar esta festividad de la Santísima Virgen María, te pedimos, por su intercesión, nos concedas también a nosotros participar de la plenitud de tu gracia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén. 

Oración de los fieles (Domingo Cristo Rey)

La imagen de Jesús rey del universo es la imagen de Jesús arrodillado a los pies de los discípulos lavándoles los pies. Ante este Jesús-rey ponemos nuestros deseos y necesidades:

* Por la Iglesia, para que todos y cada uno vivamos y comprendamos el misterio de este crucificado que es al mismo tiempo “rey del universo” y podamos parecernos a Él como sus seguidores.

* Por la Iglesia. Para que, como institución y como jerarquía, se despoje de todos los adornos innecesarios y nos comunique la imagen del maestro que sirve a todos, poniéndose a sus pies.

* Que cada uno de nosotros conozcamos más hondamente a Jesucristo, para que más le amemos y sigamos en nuestra vida.

* Que Jesús mismo, y nosotros con Él, podamos escuchar y acoger la petición del malhechor: “acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”, por boca de tantos pobres, excluidos, perseguidos, violados y asesinados de nuestro mundo.

* Que creamos que el seguimiento de Jesús es convertir el mundo en Reino de Dios, llenándolo de justicia, de amor, de solidaridad, de paz y de trascendencia espiritual, llenando de contenido de evangelio el sentido de Cristo como “rey” del universo.

Acuérdate de todos nosotros, Señor, cuando se abra la casa grande de tu. Reino. 

Para la homilía

Mirando al Crucificado

“La gente estaba allí mirando”: Nosotros podríamos situarnos hoy con esa gente, para mirar a Jesús en el momento culminante de su vida. Por un momento podríamos ignorar esas habladurías groseras de los que creen haber ganado la partida, para centrarnos en lo que está pasando junto a la cruz. Sólo una mirada desde el silencio nos permitirá contemplar el misterio de “la” cruz y de todas las cruces que rodean a la de Jesús. Dejemos que resuene por dentro ese breve diálogo tan elocuente, esa plegaria de otro crucificado: “Jesús acuérdate de mí…” y la respuesta de Jesús: “Te aseguro que hoy estarás conmigo…”. “Acuérdate de mi…”. “Estarás conmigo…”

El canto de la comunidad

Mientras seguimos ahí, junto a la cruz de Jesús y las otras cruces, sin dejar de contemplar, sin dejar de escuchar ese diálogo sorprendente, empieza a resonar un himno que canta la comunidad cristiana. Un himno litúrgico, de música desconocida, que va narrando y explicando quién es ese Jesús de la cruz, ese Jesús que ha querido estar con nosotros hasta las últimas consecuencias.

Conviene escuchar ese himno sin dejar de mirar al Crucificado y a los crucificados de ese mundo, para que no nos llevemos a engaño. Las palabras del himno hablan de Él, del Crucificado, del que a la vista de la «gente que estaba allí mirando» había fracasado; del que sin queja alguna, podía escuchar cómo le ridiculizaban, y darse cuenta del sarcasmo de sus comentarios y las risas grotescas de la gente.

Quién es Jesús

Sin dejar de mirar y escuchar lo que está pasando en esas cruces, ante la cruz del Señor, dejemos que las palabras del himno nos iluminen. Dejemos que ese canto de la comunidad explique el misterio que se esconde en la vida entregada del Crucificado…

Jesús es el que nos ha liberado de todo lo que nos estaba atando. Jesús es quien nos ha abierto el camino de la libertad para que crezcamos y vivamos en plenitud sin ataduras.

Jesús nos ha hecho experimentar la misericordia de Dios y nos ha perdonado nuestros pecados, que nos deshumanizaban y nos destruían: Jesús, nos ha hecho pasar de muerte a vida.

Jesús es la imagen del Dios invisible. De ese Dios que todos anhelamos, pero que siempre va más allá incluso de nuestro deseo. En Jesús, en su humanidad, en su calidad humana, hemos podido palpar el amor y la misericordia del Padre. En Jesús, hemos experimentado muy cerca de todos y cada uno, la presencia y la grandeza del misterio de Dios.

Jesús, el Ungido, el Cristo, ya estaba en Dios antes de la creación. Eso escapa a la percepción de nuestros sentidos. No nos lo podemos imaginar. Y sin embargo, ha precedido a la creación y a la historia. Tal vez por eso ha querido entrar en nuestra historia…

Jesús es la cabeza de esa comunidad creyente, que es su cuerpo. Jesús es la cabeza de la Iglesia. Es la cabeza de esa comunidad que sigue cantando el himno mientras seguimos contemplando la Cruz. Sin él no seríamos nada: no seríamos comunidad.

Dios quiso crear todas las cosas por Jesús, por eso el Hijo de Dios está plenamente vinculado a esa creación de la que formamos parte, y de la que él mismo ha querido formar parte. Un misterio que escapa a nuestra imaginación. Y, sin embargo, aquí, en esa creación, en nuestra historia le hemos conocido.

El ha venido a nosotros para reconciliar un mundo roto y desequilibrado. Ha venido a traer la paz, una paz que es don de Dios y tarea para nosotros. El es nuestra paz.

Jesús es el primero en volver a la casa del Padre, a vivir plenamente en Dios. Pero en ese retorno a la casa del Padre, no va sólo, sino con nosotros. Él es el primer resucitado, él es la cabeza y nosotros, la comunidad, su cuerpo llamado a resucitar con Él.

Un letrero sobre su cabeza

«Sobre su cabeza había un letrero: “Este es el Rey de los judíos”». Seguimos contemplando a Jesús y a los crucificados, mientras resuenan todavía las cadencias del himno de la comunidad.

Cada vez tenemos más la impresión de que el Misterio se nos escapa y al mismo tiempo nos fascina. Ahora nos damos cuenta del letrero. Un título pensado para ridiculizar al castigado. Pero un título que dice mucho más de lo que pensaba el que lo escribió. Efectivamente Jesús reina sobre todos y también sobre la gente de su pueblo. Su reino es un reino de paz y de reconciliación; un reino de libertad, un reino de plenitud de vida. Un reino que es la antesala de la casa del Padre: un reino de comunión plena en Dios.

Por eso nos quedamos atentos escuchando la palabra de Jesús: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso»… el “hoy” de Jesús ya ha empezado: todos estamos llamados a vivir en plenitud con él, ya desde ahora. Todos estamos llamados a estar y a construir con Jesús ese reino de paz, de reconciliación, de libertad, de comunión.

Josep Baquer Sistach, S.J. 

Comentario al evangelio de hoy (21 de noviembre)

La primera lectura de hoy termina diciendo: Por entonces, muchos bajaron al desierto para instalarse allí, porque deseaban vivir según derecho y justicia.

También hoy los cristianos nos encontramos  con ambientes difíciles donde poder vivir nuestra fe, pero no se trata de huir o de esconderse. Sabemos que lo que convence y arrastra no son las lindas palabras, sino las obras de amor hacia los demás, la solidaridad con el más débil y abandonado.

Con frecuencia aparecen noticias de enfrentamientos entre cristianos y musulmanes  en Egipto, entre cristianos e hindúes en la India… Y ciertamente da mucha pena ese odio por motivo del credo religioso. Por eso es más llamativa la obra de la Beata Teresa de Calcuta que supo ganarse el corazón de personas nada amigas de los cristianos. A Madre Teresa de Calcuta le fue confiada la misión de proclamar la sed de amor de Dios por la humanidad, especialmente por los más pobres entre los pobres. “Dios ama todavía al mundo, decía,  y nos envía a ti y a mí para que seamos su amor y su compasión por los pobres”. Fue un alma llena de la luz de Cristo, inflamada de amor por Él y ardiendo con un único deseo: “saciar su sed de amor y de almas”. Ese mensaje todos lo entendieron y respetaron. No son las ideas las que nos hacen hermanos, sino los sentimientos y afectos, los gestos de amor.

San Lucas en el evangelio nos pone delante a Jesús que llora y se lamenta por su querida ciudad de Jerusalén que no ha reconocido ni aceptado la visita de Dios que la quiere salvar y preservar de la destrucción. Él, como buen judío, ama con un cariño especial a la Ciudad Santa, en cuyo templo reside la gloria del Dios de Israel. Jesús sabe que allí están todos los elementos necesarios para realizar el plan de Dios; pero la realidad es que la ciudad se ha convertido en símbolo de la obstinación y el rechazo a todo lo que tuviera que ver con la voluntad divina, y esto le atraerá la perdición, pues de ella «no dejarán piedra sobre piedra».

Ver llorar a una persona nos conmueve, ver llorar a Jesús, el Hijo de Dios, nos desconcierta por su profundísima humanidad: se ha hecho en todo semejante a cualquiera de nosotros y ama no sólo a personas concretas, sino también a aquella ciudad, Jerusalén, cuyos dirigentes la van a llevar a la destrucción y ruina total.

Carlos Latorre, cmf

Jueves XXXIII Tiempo Ordinario

Hoy es jueves, 21 de noviembre.

En este día, siento la invitación de Jesús a encontrarme con el Padre en el silencio de mi habitación. Allá donde estoy, busco el lugar y el gesto que me ayuda a acercarme a mi Dios. Voy haciendo silencio interior. Dejo que se vayan sosegando las voces y los ruidos y hago una sencilla señal de la cruz que cubra todo mi cuerpo. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. En mi interior te pido, Padre, que tu palabra sea consuelo y estímulo para mi vida. Hoy se me va a invitar a ver a Jesús, llorando por la ciudad que se aleja de él. El dolor de Jesús ante los que no abrazan el evangelio. El dolor de María, llena de lágrimas al pie de la cruz. El dolor de quien se da cuenta de todo lo que le falta a este mundo para alcanzar la paz.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas: (Lc 19, 41-44):

En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: «¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida.»

Jesús se acerca a Jerusalén, la ciudad de la promesa. Como se acerca también a mi ciudad, mi pueblo y a mis calles. Imagino a Jesús andando por esos caminos que yo recorro a diario. Lo contemplo andando, observando los detalles, fijándose en las personas.

Veo como detiene su mirada en los momentos de la realidad que no son buenos. Algo le duele y llora, y me pregunto: Jesús, ¿qué te duele de lo que ves? ¿Qué te hace llorar de mi ciudad y de mi gente? ¿Qué es lo que te conmueve?

La profecía suena difícil. Llegará un momento en que tus enemigos acabarán contigo. Quizás quiere ser un grito de alerta. Una llamada para que piense con seriedad, que la vida tiene algo de lucha y para que piense, con honestidad, que hay enemigos del evangelio en mi vida. ¿Qué dinámicas, qué metas, qué ambiciones ciegan mis ojos para no reconocer a Jesús y su mensaje en este mundo?

El lamento de Jesús invita a dejar todo engaño para vivir en paz. Es más, me llama a escoger lo que lleva a la paz verdadera. Quiere que yo elija sólo lo que construye un mundo en paz. Al leer de nuevo el evangelio, dejo que resuenen aquellas palabras de Jesús. Dichosos los pacíficos, dichosos los que trabajan por la paz. O aquellas otras, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica.

Al finalizar la oración, le pido a Dios que me ayude a algo que a veces cuesta. Reconocerle en medio de la rutina diaria. En mis ocupaciones, en mi familia, en mis amigos. Incluso en mi vida interior y en mi oración. Señor, ¿dónde se encuentra la paz que tú me ofreces? ¿Cómo saber que eres tú y no engañarme? Abre mis sentidos y afina mi sensibilidad para reconocer la brisa pacífica de tu presencia incluso en las situaciones más difíciles.

Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.

Laudes – Jueves XXXIII Tiempo Ordinario

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Ant. Aclamemos al Señor en esta fiesta de María Virgen. 

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: ÉSTA ERA UNA NIÑA

Ésta era una niña
con aire de flor,
agua más que el río,
fuego más que el sol.
Vivía en el templo
del rey Salomón,
oyendo en los salmos
ecos de otra voz.

Quemaban su pecho,
con celeste ardor,
palabras magníficas,
silencio de Dios:
«¡Oh Padre que habitas
en alto explendor,
envía el rocío
del Hijo de Dios!
¡Ábrase la tierra:
brote el Salvador!

¡Lloved, rojas nubes,
al Dios de Jacob!
¡Floreced, collados,
al Justo, al Señor,
lucero del alba,
flor de la creación!»

Y al solio del Padre
subía su clamor,
cual nube de incienso
plegaría sin voz. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.

Salmo 56 – ORACIÓN MATUTINA DE UN AFLIGIDO.

Misericordia, Dios mío, misericordia,
que mi alma se refugia en ti;
me refugio a la sombra de tus alas
mientras pasa la calamidad.

Invoco al Dios Altísimo,
al Dios que hace tanto por mí:
desde el cielo me enviará la salvación,
confundirá a los que ansían matarme,
enviará su gracia y su lealtad.

Estoy echado entre leones
devoradores de hombres;
sus dientes son lanzas y flechas,
su lengua es una espada afilada.

Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria.

Han tendido una red a mis pasos
para que sucumbiera;
me han cavado delante una fosa,
pero han caído en ella.

Mi corazón está firme, Dios mío,
mi corazón está firme.
Voy a cantar y a tocar:
despierta, gloria mía;
despertad, cítara y arpa;
despertaré a la aurora.

Te daré gracias ante los pueblos, Señor;
tocaré para ti ante las naciones:
por tu bondad, que es más grande que los cielos;
por tu fidelidad, que alcanza a las nubes.

Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.

Ant 2. «Mi pueblo se saciará de mis bienes», dice el Señor.

Cántico: FELICIDAD DEL PUEBLO REDIMIDO Jr 31, 10-14

Escuchad, pueblos, la palabra del Señor,
anunciadla en las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como un pastor a su rebaño;
porque el Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte.»

Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión,
afluirán hacia los bienes del Señor:
hacia el trigo y el vino y el aceite,
y los rebaños de ovejas y de vacas;
su alma será como un huerto regado,
y no volverán a desfallecer.

Entonces se alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas;
alimentaré a los sacerdotes con manjares sustanciosos,
y mi pueblo se saciará de mis bienes.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Mi pueblo se saciará de mis bienes», dice el Señor.

Ant 3. Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios.

Salmo 47 – HIMNO A LA GLORIA DE JERUSALÉN.

Grande es el Señor y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra:

el monte Sión, vértice del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar.

Mirad: los reyes se aliaron
para atacarla juntos;
pero, al verla, quedaron aterrados
y huyeron despavoridos;

allí los agarró un temblor
y dolores como de parto;
como un viento del desierto,
que destroza las naves de Tarsis.

Lo que habíamos oído lo hemos visto
en la ciudad del Señor de los ejércitos,
en la ciudad de nuestro Dios:
que Dios la ha fundado para siempre.

¡Oh Dios!, meditamos tu misericordia
en medio de tu templo:
como tu renombre, ¡oh Dios!, tu alabanza
llega al confín de la tierra;

tu diestra está llena de justicia:
el monte Sión se alegra,
las ciudades de Judá se gozan
con tus sentencias.

Dad la vuelta en torno a Sión,
contando sus torreones;
fijaos en sus baluartes,
observad sus palacios,

para poder decirle a la próxima generación:
«Este es el Señor, nuestro Dios.»
Él nos guiará por siempre jamás.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios.

LECTURA BREVE   Is 61,10

Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como a una novia que se adorna con sus joyas.

RESPONSORIO BREVE

V. El Señor la eligió y la predestinó.
R. El Señor la eligió y la predestinó.

V. La hizo morar en su templo santo.
R. Y la predestinó.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. El Señor la eligió y la predestinó.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Dichosa tú, María, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Aleluya.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichosa tú, María, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Aleluya.

PRECES

Elevemos nuestras súplicas al Salvador, que quiso nacer de María Virgen, y digámosle:

Que tu santa Madre, Señor, interceda por nosotros.

Sol de justicia, a quien María Virgen precedía cual aurora luciente,
haz que vivamos siempre iluminados por la claridad de tu presencia.

Palabra eterna del Padre, tú que elegiste a María como arca de tu morada,
líbranos de toda ocasión de pecado.

Salvador del mundo, que quisiste que tu Madre estuviera junto a tu cruz,
por su intercesión concédenos compartir con alegría tus padecimientos.

Señor Jesús, que colgado en la cruz entregaste María a Juan como madre,
haz que nosotros vivamos también como hijos suyos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Según el mandato del Señor, digamos confiadamente:

Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, al celebrar esta festividad de la Santísima Virgen María, te pedimos, por su intercesión, nos concedas también a nosotros participar de la plenitud de tu gracia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén. 

Oficio de lecturas – Jueves XXXIII Tiempo Ordinario

JUEVES DE LA SEMANA XXXIII
Del Común de la Santísima Virgen María – Salterio I

21 de noviembre

LA PRESENTACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA. (MEMORIA)

En este día, en que se recuerda la dedicación, el año 543, de la iglesia de Santa María la Nueva, construida cerca del templo de Jerusalén, celebramos, junto con los cristianos de la Iglesia oriental, la «dedicación» que María hizo de sí misma a Dios, ya desde su infancia, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena desde su concepción inmaculada.

 
OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Aclamemos al Señor en esta fiesta de María Virgen.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: SALVE, MADRE DE MISERICORDIA

Salve, madre de misericordia,
madre de esperanza y de perdón,
madre de Dios y madre de gracia,
madre llena de gozo y de amor.

Jardín floral de virtudes lleno,
todo fragante, de rico olor,
madre querida, con tus consuelos
atiende, pía, nuestro dolor.

Te creó el Padre sumo, increado;
su Unigénito tu seno honró;
el Espíritu Almo te fecunda,
a los tres damos gloria y honor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Salmo 17, 31-51 IV – EL SEÑOR REVELA SU PODER SALVADOR

Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen.

¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto;

él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Ant 2. Tu diestra, Señor, me sostuvo.

Salmo 17, 31-51 V

Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos
y no flaquearon mis tobillos;

yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo;
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.

Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían;
hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.

Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
Los reduje a polvo, que arrebata el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.

Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo.

Los extranjeros me adulaban,
me escuchaban y me obedecían.
Los extranjeros palidecían
y salían temblando de sus baluartes.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tu diestra, Señor, me sostuvo.

Ant 3. Viva el Señor, sea ensalzado mi Dios y Salvador.

Salmo 17, 31-51 VI

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
el Dios que me dió el desquite
y me sometió los pueblos;

que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.

Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Viva el Señor, sea ensalzado mi Dios y Salvador.

V. Ábreme, Señor, los ojos.
R. Y contemplaré las maravillas de tu voluntad. 

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 24, 15-27

LA VIDA DE EZEQUIEL IMAGEN VIVIENTE DE LA FUTURA SUERTE DEL PUEBLO

En aquellos días, el Señor me dirigió la palabra y me dijo:

«Hijo de hombre, voy a arrebatarte repentinamente el encanto de tus ojos; no llores ni hagas duelo ni derrames lágrimas; aflígete en silencio sin hacer luto; líate el turbante y cálzate las sandalias; no te emboces la cara ni comas el pan del duelo.»

Por la mañana yo hablaba a la gente, por la tarde se murió mi mujer, y a la mañana siguiente hice lo que se me había mandado. Entonces me dijo la gente:

«¿Quieres explicarnos qué nos anuncia lo que estás haciendo?»

Les respondí:

«Me vino esta palabra del Señor: «Dile a la casa de Israel: Esto dice el Señor: Mira, voy a profanar mi santuario, vuestro soberbio baluarte, el encanto de vuestros ojos, el tesoro de vuestras almas. Los hijos e hijas que dejasteis caerán a espada. Entonces haréis lo que yo he hecho: no os embozaréis la cara ni comeréis el pan del duelo; seguiréis con el turbante en la cabeza y las sandalias en los pies, no lloraréis ni haréis luto; os consumiréis por vuestra culpa y os lamentaréis unos con otros. Ezequiel os servirá de señal: haréis lo mismo que él ha hecho. Y cuando suceda sabréis que yo soy el Señor.

Y tú, hijo de hombre, el día que yo les arrebate su baluarte, su espléndida alegría, el encanto de sus ojos, el ansia de sus almas, ese día se te presentará un evadido para comunicarte una noticia. Ese día se te abrirá la boca para hablar con el fugitivo; podrás hablar, y no volverás a quedar mudo. Les servirás de señal y sabrán que yo soy el Señor.»»

RESPONSORIO    Ez 24, 24; Jl 2, 13

R. Ezequiel os servirá de señal: haréis lo mismo que él ha hecho, * y sabréis que yo soy el Señor.
V. Rasgad vuestros corazones y no vuestras vestiduras, y convertíos al Señor, vuestro Dios.
R. Y sabréis que yo soy el Señor.

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Agustín, obispo
(Sermón 25, 7-8: PL 46, 937-938)

>DIO FE AL MENSAJE DIVINO Y CONCIBIÓ POR SU FE

Os pido que atendáis a lo que dijo Cristo el Señor, extendiendo la mano sobre sus discípulos: Estos son mi madre y mis hermanos; y el que hace la voluntad de mi Padre, que me ha enviado, es mi hermano y mi hermana y mi madre. ¿Por ventura no cumplió la voluntad del Padre la Virgen María, ella, que dio fe al mensaje divino, que concibió por su fe, que fue elegida para que de ella naciera entre los hombres el que había de ser nuestra salvación, que fue creada por Cristo antes que Cristo fuera creado en ella? Ciertamente, cumplió santa María con toda perfección, la voluntad del Padre, y por esto es mas importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo. Por esto María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno.

Mira si no es tal como digo. Pasando el Señor, seguido de las multitudes y realizando milagros, dijo una mujer: Dichoso el seno que te llevó. Y el Señor, para enseñarnos que no hay que buscar la felicidad en las realidades de orden material, ¿qué es lo que respondió?: Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. De ahí que María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo. Cristo es la verdad, Cristo tuvo un cuerpo: en la mente de María estuvo Cristo, la verdad; en su seno estuvo Cristo hecho carne, un cuerpo. Y es más importante lo que está en la mente que lo que se lleva en el seno.

María fue santa, María fue dichosa, pero más importante es la Iglesia que la misma Virgen María. ¿En qué sentido? En cuanto que María es parte de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero un miembro de la totalidad del cuerpo. Ella es parte de la totalidad del cuerpo, y el cuerpo entero es más que uno de sus miembros. La cabeza de este cuerpo es el Señor, y el Cristo total lo constituyen la cabeza y el cuerpo. ¿Qué más diremos? Tenemos, en el cuerpo de la Iglesia, una cabeza divina, tenemos al mismo Dios por cabeza.

Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: Estos son mi madre y mis hermanos. ¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y el que hace la voluntad de mi Padre celestial es mi hermano y mi hermana y mi madre. Podemos entender lo que significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos.

RESPONSORIO    Is 61, 10; Lc 1, 46-47

R. Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios: * porque me ha vestido un traje de gala, como a una novia que se adorna con sus joyas.
V. Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.
R. Porque me ha vestido un traje de gala, como a una novia que se adorna con sus joyas.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor, Dios nuestro, al celebrar esta festividad de la Santísima Virgen María, te pedimos, por su intercesión, nos concedas también a nosotros participar de la plenitud de tu gracia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

Catequesis sobre el perdón de los pecados

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El miércoles pasado hablé de la remisión de los pecados, referida de forma particular al bautismo. Hoy continuamos con el tema de la remisión de los pecados, pero en referencia al llamado «potestad de las llaves», que es un símbolo bíblico de la misión que Jesús ha dado a los apóstoles.

Lo primero que debemos recordar es que el protagonista del perdón de los pecados es el Espíritu Santo. En su primera aparición a los apóstoles, en el cenáculo, como hemos escuchado, Jesús resucitado hizo el gesto de soplar sobre ellos diciendo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, éstos les son perdonados; a quienes retengáis los pecados, éstos les son retenidos.» (Jn 20, 22-23). Jesús, transfigurado en su cuerpo, ya es el hombre nuevo, que ofrece los dones pascuales fruto de su muerte y resurrección. ¿Y cuáles son estos dones? La paz, la alegría, la el perdón de los pecados, la misión, pero sobre todo da el Espíritu Santo que es el origen de todo esto. El Espíritu Santo vienen todos estos dones. El soplo de Jesús, acompañado de las palabras con las que comunica el Espíritu, indica el transmitir la vida, la vida nueva regenerada por el perdón.

Pero antes de hacer este gesto de soplar y donar el Espíritu, Jesús muestra sus llagas, en las manos y en el costado: estas heridas representan el precio de nuestra salvación. El Espíritu Santo nos trae el perdón de Dios «pasando a través» de las llagas de Jesús. Estas plagas que Él ha querido conservar, también en esto momento, en el cielo Él hace ver al Padre las llagas con las cuales nos ha rescatado. Y por la fuerza de estas llagas nuestros pecados son perdonados. Así Jesús ha dado su vida por nuestra paz, nuestra alegría, por la gracia en nuestra alma, por el perdón de nuestros pecados. Y esto es muy bonito, mirar a Jesús así.

Y vamos al segundo elemento: Jesús da a los apóstoles el poder de perdonar los pecados. Pero, ¿cómo es esto? Porque es un poco difícil de entender. ¿Cómo un hombre puede perdonar los pecados? Jesús da el poder, la Iglesia es depositaria del poder de las llaves. Así de abrir o cerrar, de perdonar . Dios perdona a cada hombre en su soberana misericordia, pero Él mismo ha querido que cuantos pertenecen a Cristo y a su Iglesia, reciban el perdón mediante los ministros de la Comunidad. A través del misterio apostólico la misericordia de Dios me alcanza, mis culpas son perdonadas y se me dona la alegría. En este modo Jesús nos llama a vivir la reconciliación también en la dimensión eclesial, comunitaria. Y esto es muy bonito. La Iglesia, que es santa y a la vez necesitada de penitencia, acompaña nuestro camino de conversión durante toda la vida. La Iglesia no es dueña del poder de las llaves, no es duela, sino sierva del ministerio de la misericordia y se alegra todas las veces que puede ofrecer este don divino.

Tantas personas quizá no entienden la dimensión eclesial del perdón, porque domina siempre el individualismo, el subjetivismo y también nosotros cristianos lo volvemos a sentir. Cierto, Dios perdona a cada pecador arrepentido, personalmente, pero el cristiano está unido a Cristo, y Cristo está unido a la Iglesia. Para nosotros cristianos hay un don más, y hay también un compromiso más: pasar humildemente a través del ministerio eclesial. Y esto debemos valorarlo. Es un don, también una cura, una protección, y también la seguridad de que Dios me ha perdonado. Yo voy donde el hermano sacerdote y digo ‘padre, he hecho esto’, pero ‘yo te perdono’ y es Dios que perdona. Y yo estoy seguro en ese momento que Dios me ha perdonado y esto es bonito. Esto es la seguridad de lo que nosotros decimos siempre: Dios siempre nos perdona, no se cansa de perdonar. Nosotros no debemos cansarnos de ir a pedir perdón. Pero ‘padre, a mí me da vergüenza ir a decir mis pecado». Pero mira, nuestras madres, nuestra abuelas decían que es mejor ponerse rojo una vez que mil veces amarillo. Tú te pones rojo una vez, te perdonan los pecados y adelante.

Para finalizar, un último punto: el sacerdote instrumento para el perdón de los pecados. El perdón de Dios que se da en la Iglesia, nos es transmitido por medio del ministerio de un hermano nuestro, el sacerdote; también él, un hombre que como nosotros necesita misericordia, se convierte verdaderamente en instrumento de misericordia, donándonos el amor sin límites de Dios Padre. También los sacerdotes deben confesarse, también los obispos, todos somos pecadores, también el papa se confiesa cada 15 días, porque el papa también es un pecador. El confesor escucha las cosas que yo le digo, me aconseja y me perdona. ¿Y por qué? Porque todos necesitamos este perdón.

A veces sucede escuchar a alguno que afirma confesarse directamente con Dios. Sí, como decía antes, Dios nos escucha siempre, pero en el sacramento de la Reconciliación manda a un hermano a traerte el perdón, la seguridad del perdón en nombre de la Iglesia. El servicio que el sacerdote presta como ministro, de parte de Dios, para perdonar los pecados es muy delicado, es un servicio muy delicado y exige que su corazón esté en paz, que el sacerdote tenga el corazón en paz; que no maltrate a los fieles, sino que sea apacible, benévolo y misericordioso; que sepa sembrar esperanza en los corazones y, sobre todo, sea consciente que el hermano o la hermana que se acerca al sacramento de la Reconciliación busca el perdón y lo hace como se acercaban tantas personas a Jesús para que les sanase. El sacerdote que no tenga esta disposición de espíritu es mejor, que hasta que no se corrija, no administre este sacramento. Los fieles penitentes tienen ¿el deber? ¡no! tienen el derecho, nosotros tenemos el derecho, todos los fieles de encontrar en los sacerdotes los servidores del perdón de Dios.

Queridos hermanos, como miembros de la Iglesia, pregunto ¿somos consciente de la belleza de este don que nos ofrece Dios mismo? ¿Sentimos la alegría de esta cura, de esta atención materna que la Iglesia tiene hacia nosotros? ¿Sabemos valorarla con sencillez? No olvidemos que Dios no se cansa nunca de perdonarnos; mediante el ministerio del sacerdote nos acoge en un nuevo abrazo que nos regenera y nos permite realzarnos y retomar de nuevo el camino. Porque esta es nuestra vida, continuamente, realzarnos y retomar de nuevo el camino.

¡Gracias!