El discípulo es servidor del Reino

Hoy se clausura el Año de la Fe. A lo largo de muchos meses y, en concreto, de estos domingos del “Tiempo Ordinario”, hemos ido repasado en el sentido de la Fe y, consiguientemente, el sentido del discipulado, del seguimiento de Jesús. El resumen de todo, en definitiva, es el servicio, la entrega de la vida por amor, la puesta a disposición de todos para el bien de quienes lo necesitan, la capacidad de tender siempre una mano a los más débiles, los más pobres, los más abandonados.. Que nuestra Fe nos haga seguir los pasos de Jesús hasta llegar, como el otro crucificado, a la casa del Padre, el Reino de Dios y de Cristo.

UN TEXTO
Cristo diácono del mundo

Jesús, en palabras de Juan de la Cruz, se relaciona con la humanidad, con lo más profundo del ser humano, como si él fuera su siervo y ella su Señor: “llega a tanto su ternura y verdad en el amor con que el inmenso Padre regala al alma que se sujeta a ella como si Él fuera su siervo y ella su Señor”.

Esta es la progresiva experiencia de los discípulos de Jesús. Según la narración de los evangelios, desde el primer encuentro hasta la Pascua, los discípulos han vivido con Jesús y lo han visto no como un caudillo sino como siervo.

Así aparece en la entrada de Jesús en la trama social, en el Bautismo… “hijo amado en quien me complazco”, el entregado como siervo a quien sostengo (Mt 3, 17, paralelos e Is 42,1)…, en el trance de las tentaciones renunciando al servicio desde el poder (Mc 1, 12)…, en el debate sobre la toma de posiciones a ocupar en el reino (Mc 10,45)…, en la hora de la verdad, en su gesto profético (Jn 13,4)…, y en el extremo de su entrega en su Pascua (Jn 13,1 y 19,30).

El es el siervo y el siervo no es el caudillo del poder sino el “Hijo del amor”. Si Jesús habla de “reinado”, es porque así designa la forma soberana de hacer, pero no en forma de poderío sino en forma de gracia; no es un ejercicio de poderío sino un ejercicio o reinado del amor, de la misericordia de la gracias…Y si Jesús lo llama Reino “de Dios”, es porque esta fuerza desmedida y absoluta de la gracia, viene de su Padre que es nuestro Padre.

Cf . Marcelino Legido, Misericordia entrañable, Ed. Sígueme, Salamanca 1987, pág. 328

UNA ORACIÓN

Testigos de Jesús 


Queremos ser
mensajeros de tu Palabra;
danos valentía
para llevarla por todos los rincones
de nuestra sociedad, Señor.
Queremos ser
sembradores de tu Esperanza;
danos perseverancia
para no bajar los brazos
y empezar cada día
como si fuera el primer día de labranza.
Queremos ser
anunciadores de Buenas Nuevas;
danos alegría
para contagiar a otros
la gratuidad de tu amor.
Queremos ser
una mano tendida al otro;
danos compasión
para sentir con tu espíritu
y actuar con tu compromiso.
Queremos ser
constructores de comunidad;
danos comprensión
para escuchar,
para fortalecer relaciones,
para unir a las personas.
Queremos ser
peregrinos de tus caminos;
estar siempre en movimiento,
sin instalarnos,
sedientos siempre de búsqueda
y de encuentro.
Muéstranos el horizonte,
mantén vivas las utopías,
ayúdanos a seguir adelante.
Queremos ser tus testigos,
Señor de la Historia;
queremos mostrar con nuestra vida
que Tú estás en medio de nosotros.
Danos la fe a toda prueba de tantos
que, a diario y sin primeras planas,
hacen santo tu nombre,
porque hacen presente en este mundo
al Dios-con-nosotros,
con vida, testimonio y ejemplo
de hermanos-de-todos.
Marcelo A. Murúa

UN SÍMBOLO: volvemos a traer, en procesión, el icono de Jesús, al tiempo que se lee la anterior oración. Se llega hasta el presbiterio y se coloca allí, en sitio preferente.

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