Viernes XXXIII Tiempo Ordinario

Hoy es viernes, 22 de noviembre.

Comienzo este tiempo de oración con mi cuerpo y mi interior. Busco una postura cómoda que me ayude a estar relajado. Me voy fijando en mi respiración, que poco a poco se va calmando. Y con este ritmo, tranquilo, me presento ante Dios. Hago consciente que él está conmigo. Él estaba esperando que me acercara hoy. Hoy puede guiar mi oración esta petición: Jesús acuérdate de mí cuando estés en tu reino. Miro a Jesús deseando estar con él y aprender de él.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 19, 45-48):

En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Escrito está: «Mi casa es casa de oración»; pero vosotros la habéis convertido en una «cueva de bandidos.»»

Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.

En el pasaje que he leído, hay muchas personas alrededor de Dios y del templo. Mercaderes, letrados, sacerdote, el pueblo. Pero no todos buscan lo mismo. Ni han encontrado lo mismo al acercarse a Dios. Unos hacen negocio con él, otros reclaman seguridad, otros poder y dominio, otros esperanza. Y yo, ¿por qué me acerco a Dios? ¿Qué espero encontrar en Dios para mi vida?

Para los judíos el templo era el lugar donde habitaba Dios y donde darle culto. Pero Dios está vivo. No es posible encerrarle en ritos, leyes o palabras. Hay muchas formas y lugares para encontrarse con él. Lo puedo descubrir en la liturgia, en mi oración, en mis relaciones, al servir al hermano. ¿Dónde busco yo a Dios? ¿Dónde me encuentro más facilmente con él?

Jesús dedica su vida a mostrarnos quién es Dios. Se enfrenta a todos aquellos que muestran una imagen distorsionada del Padre. En el templo son los vendedores quienes ocultan el verdadero rostro de Dios y el sentido del templo. Quizá en mi vida también hay cosas que me están impidiendo conocer cómo es Dios en verdad. ¿Qué hay en mi vida que me impide acercarme más a Dios, descubrirle plenamente?

Leo de nuevo el texto del evangelio. puedo fijarme en Jesús más allá de su forma de actuar concreta. En cómo busca acercar a Dios y al hombre. Cómo nos quiere ayudar para que nuestra relación con Dios sea auténtica.

En estos minutos finales de la oración, me pongo frente a Dios y le hablo desde el corazón. Le puedo hablar de cómo le busco y cómo deseo encontrarle. Le puedo agradecer por las veces que le puedo sentir presente en mi vida. Este tiempo final de mi oración, es el momento para las confidencias entre Dios y yo. Para confiarle lo más secreto de mi corazón.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.