Rom 13, 11-14

El escrito más maduro y sosegado de las siete cartas auténticas de Pablo contiene en el subsuelo el gozo enorme de haber percibido que otro estilo de vida es posible por la rehabilitación efectuada en la muerte salvadora de Jesús. Cuando Pablo ha comprendido esto, cuando lo ha ido percibiendo, porque es un proceso, su vida ha quedado iluminada, reorientada. Sus más profundas paradojas e interrogantes personales, que Pablo no ha dejado de consignar a fuer de realista (Rom 7,14-25), han logrado encajar en el puzzle de su existencia.

Para muchas personas y colectivos que han experimentado fuertemente el anhelo de un estilo de vida distinto, la cruda realidad les ha hecho ver que su sueño era imposible. Y añadiendo una amargura más, definitiva, a su catálogo, handesistidoyadetalempeño.Lacartaa los Romanos, “el escrito más largo, mejor estructurado y con una inigualable riqueza y profundidad teológica de Pablo” (G. Barbaglio, Pablo de Tarso, p.176) leída también hoy, les anima a no dar por perdida la batalla, a no renunciar a su más profundo deseo, a mantenerse vigilantes y al acecho de esa aurora que anuncie, como diría el mismo Pablo, “un amanecer” (Hech 26,23), una nueva posibilidad que confirme que vivir en un estilo de vida nueva, satisfactoria, colmada, es, por imposible que parezca, una realidad al alcance de la mano ya desde ahora. Renunciar a estos grandes sueños, diría Pablo, no solamente es entenebrecer la existencia humana, sino abocarla a la ceguera.

No pensemos que, para Pablo, esto es mera teoría. Como para él la gran pasión de su vida (quizá “por delante” de la evangelización y de la del mismo Jesús) ha sido la comunidad, no ha de extrañar que este proceso rehabilitador que, según él, efectúa la muerte de Jesús sobre la historia, se plasme en estilos comunitarios de vida.

Lo primero que hay que hacer es “caer en la cuenta del momento en que vivís”. Es decir, hay que tomar conciencia de la propia identidad cristiana y de su relación con la sociedad. Una fe lúcida. No se puede vivir en el atolondramiento del no saber.

Esta lucidez está alimentada por la certeza de que “la salvación está más cerca que cuando comenzamos a creer”. O sea: el proceso de la fe no se detiene, nunca vamos para atrás, vamos a mejor, aunque sea lentamente. La obra de la fe se va construyendo por encima de debilidades.

La dignidad ha de ser la pauta de comportamiento para vivir una vida luminosa: “conduzcámonos como en pleno día, con dignidad”. La espiritualidad de la dignidad es la espiritualidad de quien espera con realismo y fe la venida de Jesús. Todos los trabajos por la dignidad colaboran directamente al acercamiento del día del Reino, a la venida plena de Jesús sobre la historia.

Esto se logrará en gran parte con un modo de vida austero, sencillo, decrecido (“nada de comilonas…”). Una austeridad para que la dignidad de toda persona, sobre todo la más débil, aparezca por encima de cualquier oscurecimiento. Austeros por la dignidad, ese podría ser el lema paulino y la manera como él cree que la luz brilla en medio de la oscuridad.

Fidel Aizpurúa Donázar