Viernes XXXIV Tiempo Ordinario

Hoy es viernes, 29 de noviembre.

Hoy, acercándonos ya al tiempo de promesa y esperanza que es el Adviento, busco un momento para ponerme en presencia de Dios y escuchar su palabra. Esa palabra que cada día me anima y me conforta. Esa palabra que cada día me cuestiona y me interpela. Esa palabra que me abre a mis hermanos, que me abre a la vida.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 21, 29-33):

En aquel tiempo, expuso Jesús una parábola a sus discípulos: «Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que el verano está cerca. Pues, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. Os aseguro que antes que pase esta generación todo eso se cumplirá. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.»

Jesús hablaba a sus discípulos en un lenguaje que ellos entendían. Hoy a mí, Jesús, sigue hablándome del reino de los cielos con palabras que puedo entender. Jesús habla de la proximidad del reino de Dios. Que se manifiesta en todas aquellas cosas buenas que ocurren a mi alrededor.

Los discípulos, gente de campo, estaban atentos a los signos de los que Jesús les hablaba. Se me pide a mí que esté pendiente de todo lo bueno que sucede a mi alrededor. ¿Seré capaz de estar alerta para percibir las señales del reino?

Todos hemos visto brotar los árboles, crecer las plantas, renovarse la vida cada primavera. Jesús nos habla ahora de la Vida, con mayúsculas. Es la Vida, con mayúsculas, las que se renueva y manifiesta como promesa y cumplimiento de algo que ocurre cada día, a nuestro alrededor, delante de los ojos, si sabemos hacia dónde mirar. Vuelvo a leer el texto, prestando atención a las cosas que me rodean que anuncian el reino de Dios.

Cuando se acerca el Adviento, pido a Dios la gracia de saber mirar en la dirección correcta para poder ver los signos de la presencia del reino en la vida que me rodea cada día. Y le pido a Dios también que siga cada día hablándome en el lenguaje que pueda entender. Porque el cielo y la tierra pasarán pero sus palabras no pasarán.

Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.