Lc 1, 26-38

En el evangelio de Lucas, el anuncio del nacimiento de Jesús se hace a María, su madre, como hoy leemos; mientras que en Mateo, el anuncio se hace a José como veremos el cuarto domingo de Adviento. Lucas ha estructurado este anuncio desde un modelo típicamente veterotestamentario (como los relatos de Ismael, Isaac, Sansón y Samuel).

Los cinco elementos básicos del esquema de “anuncio” en el AT serían los siguientes: el mensajero entra en la escena (1,28); perplejidad de María (1,29); el mensaje que se anuncia: saludo por el nombre e invitación a la tranquilidad (1,30b), anuncio de que va a concebir y dar a luz un hijo (1,31a), indicación del nombre a poner al niño (1,31b) y descripción de la personalidad de dicho niño (1, 32-33); objeción de María (1, 34) y, por último, respuesta y señal: concebirá virginalmente, también su prima Isabel ha concebido.

Precisar el carácter histórico de los detalles no es lo verdaderamente importante sino el mensaje propiamente expresado: el futuro mesiánico y la personalidad davídica de Jesús.

El texto comienza con una indicación temporal y espacial del acontecimiento, que se sitúa al “sexto mes” en Nazaret, y la presentación de Gabriel como el mensajero de Dios (v.26). De esta manera queda vinculado con el pasaje inmediatamente anterior, es decir, con la reelaboración de los materiales sobre Juan Bautista. El elemento nuevo está en la presentación de María como “virgen”, tradición que se encuentra ya en Mateo como cumplimiento de Is 7, 14: “Mirad, la joven está encinta, y da a luz un hijo, a quien pone el nombre de Enmanuel”.

Después del saludo, ante los ojos seguramente sorprendidos de María, el ángel Gabriel le anuncia su próxima maternidad y el nombre que pondrá a su hijo: Jesús. Será ella, mujer, y no un varón -lo normal en la época- quien le dé nombre. Esta circunstancia preanuncia ya lo extraordinario del acontecimiento. El nacido de mujer, de María, será el sucesor y heredero de David, el hijo de Dios; será grande y se llamará Hijo del Altísimo (v.32). Jesús es plenamente humano y, al mismo tiempo, absolutamente divino, porque viene de Dios.

María pasa de la turbación a la incertidumbre y objeción, porque tiene ya un compromiso matrimonial con José; es lógica, por tanto, su pregunta: ¿cómo podrá ser eso si no conozco varón? (v.34). Se anuncia, entonces, la potencia creativa de Dios que va a actuar en ella por medio de su Espíritu. Para Dios, nada es imposible como ya se ha visto en Isabel.

María responde al anuncio reconociéndose “la esclava del Señor”, en clara referencia a la figura de Ana, madre de Samuel y afirmando que “se haga en mí según tu palabra” (v.38). Una mujer posibilita que entre la salvación de Dios en el mundo, una mujer “empoderada” por la fuerza creadora y en el amor de Dios.

Ana Unzurrunzaga Hernández, ccv