Viernes I de Adviento

Hoy es viernes, 6 de diciembre.

Un día más, Señor, te pido que abras mi corazón con la fuerza de tu Espíritu. Para que pueda vivir y obrar siempre lo que tu palabra me encomiende. Muéstrame, por intercesión de María, el camino para llevarlo a cabo y que como ella, al final de este rato, diga: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.  Tú, Señor, eres la luz del mundo y quien te sigue encuentra la luz de la vida.

La lectura de hoy es del salmo 27 (Sal 27, 1.4.13-14):

El Señor es mi luz y mi salvación,

¿a quién temeré?

El Señor es la defensa de mi vida,

¿quién me hará temblar?

 

Una cosa pido al Señor, eso buscaré:

habitar en la casa del Señor

por los días de mi vida;

gozar de la dulzura del Señor,

contemplando su templo.

 

Espero gozar de la dicha del Señor

en el país de la vida.

Espera en el Señor, sé valiente,

ten ánimo, espera en el Señor.

Señor, me siento vulnerable a tantas cosas. Cuando repaso la historia de mi vida, siento que en ella siempre habitan temores. Unos que vienen y otros que van. Tengo miedo a la soledad, a hacer el ridículo, a que me calúmnien, a la enfermedad, a la muerte. Pero en todas estas realidades, tu palabra me dice hoy, tú eres mi luz y mi salvación. Gracias, Señor.

Cuantas veces cierro la puerta y me voy. Reniego de haberte conocido. Me carcome la duda de si existes o te siento ausente mientras veo como el mundo se desangra. Y sin embargo, en lo más profundo, aún con tierra de por medio, tu sabes, Señor, que quiero vivir en tu casa, en tu presencia. Que necesito de tu voz y cercanía.

Siempre te pido lo que ni tú me puedes dar. Una salud sin enfermedad, un éxito sin fracaso, dinero y más dinero sin límites, una felicidad sin demora, un inigualable bienestar. Hoy sólo quiero que me des ánimo. Ánimo y fortaleza para poder con todo aquello que se tuerza o ya no se pueda enderezar. Dame tu ánimo y tu fortaleza, Señor.

En esta repetición del texto, siente la novedad y la fuerza de esa expresión, baluarte de mi vida. ¿Y si fuera verdad? ¿Y si el milagro de que este mundo lleno de injusticias no se haya desintegrado? Se debiera a la defensa y protección de ese baluarte de la vida, que levanta a todo el que se cae. Protege al desvalido y da nueva vida a lo muerto.

¿Cuál es tu dicha Señor? Porque quiero hacerla mía, probármela, llevarla puesta todo el día. No me escondas tu dicha. ¿Será tu dicha ese amor que Jesús entregó al ser humano? Un amor de compasión, un amor de compañía, un amor para que viva, un amor que nunca muere, un amor que no olvida y de nunca echar el freno. ¿Será tu dicha esa fe fuerte que tuvo tu madre María? Una fe alegre y esclava, que vuelve humilde y engrandece, de esas que operan en lo oculto. De esas que no tienen grietas, de esas que nunca se rinden, de esas que siempre confían. ¿Será tu dicha ese aliento que tu Espíritu dejó en este mundo? Ese aliento que traza futuros, ese aliento que abre caminos, un aliento novedoso, un aliento de osadía, de esos que desatan unos, de aquellos que quieren vivir juntos.

Padre nuestro,

que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad

en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos

a los que nos ofenden;

no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.
Amén.