Miércoles II de Adviento

Hoy es miércoles, 11 de diciembre.

Este tiempo de Adviento, de preparación, nos invita a ser auténticos. Con Jesús podemos soltar nuestras máscaras por un momento y mirarnos por dentro antes de pensar en celebrar la llegada de Dios echo hombre. Antes de las grandes mesas, encuentros y los regalos, sincérate con él y deja que te acoja tal y como vienes. Que te acune en tus cansancios, te alienten tus esfuerzos, te guíe en tus caminos.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 11,28-30):

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Jesús nos hace un gran ofrecimiento. A ti, ahora que le escuchas, te invita a acudir a él. Quizás no tienes con quien hablar, o no seas capaz de hacerlo, o pienses que a ti nadie te puede aconsejar en tu sufrimiento. Hoy Jesús se adelanta y se ofrece porque te conoce.

¿De qué estás profundamente cansado hasta el punto de que te agobie? Porque a veces todo parece obligación, exigencia, deber. Tenemos que ser fuertes para otros. Tenemos que ser responsables, tenemos que estar alegres. Tenemos que poder. Por fin, aquí y ahora,  se te propone un momento para el descanso, para que tu corazón pueda llorar por sus sufrimientos o reposar por sus fatigas. Para desahogar en la soledad todo eso que casi es innombrable.

Pídele a Dios ser tolerante y humilde cuando sufres. Colocado junto a él mira las causas de tu agobio, enuméralas, nómbralas, ponles cara. Y después busca fuerzas en su compañía.

Lee de nuevo a Jesús. Él no te hace insensible. No hace desaparecer los problemas, pero te da una fórmula. Él también tiene problemas. Te anima a compartirlos y llevarlos con humildad. Te invita a mirar fuera de ti, a acercarte al que sufre y cargar su yugo. A caminar juntos con la humanidad.

Jesús exclamó: «Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es blando y mi carga ligera».

Ven a mí, tú que a veces te agobias, te fatigas, te desesperas. Ven, que yo prepararé para ti una mesa, cada día, si quieres. Para que te alimente un festín de vida. Disfruta del amor sencillo, concreto, cotidiano. Ven, y yo te aliviaré, con palabras de esperanza, de justicia y de paz. Aparca, por un momento, las inquietudes, siéntate en la vereda de tu camino, para reposar, conmigo. Ven, y encontrarás, en mi compañía, otros muchos caminantes mecidos por mi abrazo. Ven y aprende de mí, que a todos acojo, porque todos merecen una oportunidad, una palabra de calma y una mano sobre el hombro que les recuerde que no andan solos. Ya verás cómo algunos problemas pesan menos, y te das cuenta de que el evangelio se lleva con facilidad, porque lo llevas escrito en tu entraña. Estoy aquí, en la mesa, en la calle, en el silencio, en el prójimo, en tu interior, en cada gesto de amor… Anda, ven, pues quiero compartir contigo todo lo que soy.

sobre Mt 18, 12-14, por José Mª Rodríguez Olaizola, sj

Termina este momento sintiendo el alivio que estar con Jesús deja en tu corazón. Escucha su invitación una vez más y responde con lo que brote en este momento. Agradece su llamada.