Mt 11, 2-11

El capítulo 11 de Mateo es la conclusión de la primera parte del evangelio y transición a la segunda. Todo el capítulo es un discurso de Jesús al pueblo de Israel, desglosado en dos partes: vv.2-19 y vv.20-30. La parte que se nos presenta hoy es la primera, referida a Juan Bautista: Jesús habla de la misión de Juan y afirma que es Elías, el precursor y el último testigo profético (v.10.14).

No sabemos si Juan está en la cárcel o no, pero por medio de sus discípulos pregunta a Jesús si es el Hijo del hombre que ha de venir y él había anunciado (3, 11s). Juan está desconcertado; ha escuchado las palabras y acciones de Jesús: seguramente las que Mateo relata del capítulo 5 al 9. La pregunta “¿eres tú el que tenía que venir?” evoca diversos pasajes del AT (Sal 118,26; Is 59,20; Hab 2,3; Gn 49,10) pero no hay una expectativa mesiánica en esta expresión.

Jesús no da una respuesta directa. Primero remite a la propia experiencia de los discípulos de Juan: “lo que estáis viendo y oyendo” (v.4) y, después, no habla de sí mismo sino de la salvación que se está produciendo en el presente a través de los milagros y del anuncio del evangelio a los pobres. Sólo en el macarismo del v.6, Jesús se refiere explícitamente a su persona: “Dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropiezo”. Esta expresión es algo más que un toque de atención a los discípulos de Juan; con ella Mateo subraya la importancia, no del conocimiento objetivo sobre Jesús, sino de las experiencias de salvación a las que Jesús invita.

Jesús se dirige a la gente a partir del v.7, iniciando su discurso sobre Juan con tres oportunas preguntas retóricas para, podríamos decir, ganarse la complicidad de los que le están escuchando. Seguramente sus oyentes no están de acuerdo con que Juan sea más que un profeta (v.9) y, por eso, en los dos versículos finales del texto que nos ocupa se aclara esta expresión. Juan es el precursor, es muy grande, pero está en el umbral del Reino. Cierra una etapa e inaugura la definitiva. Seamos mensajeros del que está por venir, que no duden nuestros ojos ni nuestros oídos; pasemos del desconcierto a la esperanza.

Ana Unzurrunzaga Hernández, ccv