Jueves II de Adviento

Hoy es jueves, 12 de diciembre.

Haz un momento de silencio para caer en la cuenta de que estás en la presencia de Dios. Que no hay que comprar un boleto de ingreso para su presencia. Que no es con buenas obras como se consigue ponerse de parte de él. Que simplemente es en la humildad del silencio y en el recogimiento como nos reconocemos bajo la ternura de su mirada. Hoy, en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, María se convierte para tantos fieles en ejemplo de esa ternura y esa mirada.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 11,11-15):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan, el Bautista, hasta ahora se hace violencia contra el reino de Dios, y gente violenta quiere arrebatárselo. Los profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos que escuche.»

Juan es grande porque reconoce en Jesús el cumplimiento de todo y así lo proclama. En Jesús, Dios ya está reinando. No es un reino de lujos y cortes, sino de humildad, pobreza y solidaridad. Y tú ¿has sentido el deseo de levantar la voz por la justicia, por la paz, por la radicalidad del amor?

Es un reino que por su paz, fruto de la justicia, sufre violencia. La violencia que provoca el donarse a los otros. La que genera ver amor gratuito sin condiciones. La de ser pequeño reconociéndose auténtico y débil, en plena competitividad. La del abrazo y la de la otra mejilla. Piensa si alguna vez en tu historia, el seguimiento de Jesús te ha provocado conflicto, rechazo, quizás hasta violencia.

Los profetas son a veces incomprendidos, criticados y atacados. Sus palabras inquietan, su mensaje descoloca. ¿Cómo eres tú ante el que ha optado por la verdad y por el reino, y quizás, a veces, con su exigencia te interroga?

Lee de nuevo el texto y trae a tu memoria los rostros que conoces de quienes han sufrido la violencia, de vivir con Jesús. No sólo en la historia, sino también hoy. Busca los rostros que sufren por denunciar una injusticia. Los rostros de los que aún cansados, ceden su lugar a quien va aún más cansado. Los rostros de los que exigen un comercio justo. Los que a pesar de las burlas piden con fe, en un reclinatorio, a Dios su perdón. Busca esos profetas que te muestran el verdadero rostro de Dios.

Dirígete ahora a la madre de Jesús. Pídele que te enseñe a aceptar ese reto, que te enseñe a vivirlo en tu día a día. En las pequeñas entregas de cada día. Pídele, sobre todo, que te enseñe a amar como ella lo hizo, desbordándose para con el otro, con el lastimado, con el que sufre.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.