Para la homilía

“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” es la pregunta que el Bautista, desde la cárcel, envía a sus discípulos a preguntar a Jesús. Son palabras de duda y desconcierto. Juan ha anunciado la llegada inminente del Mesías, una irrupción poderosa y definitiva de Dios que transformará las cosas de raíz, un incendio que devorará todo árbol que no de fruto y restaurará al pueblo en su pureza original. Jesús es un Mesías que “viste de calle”, que va en malas compañías, que habla de misericordia y se salta la Ley, que anuncia que “el Reino ya está entre vosotros”. Este Mesías prometía mucho, pero va pasando el tiempo y no cambia nada. Jesús alaba a Juan, el mayor de los nacidos de mujer, por su fogosa pasión por Dios y por la radicalidad de su entrega a Él. Pero por debajo de su respuesta a los discípulos del Bautista podemos escuchar un reproche velado: “Juan, NO SABES VER. LOS SIGNOS DE LA LLEGADA DEL REINO YA ESTÁN ACONTECIENDO”.

Es muy fácil entender a Juan. Todos somos como él. Nos gustaría ver signos potentes y nos cuesta reconocer las señales humildes que Dios nos ofrece ya. Preferimos al Dios de Juan que al Dios de Jesús, un Dios que no avasalla sino que actúa lentamente porque respeta los tiempos de las cosas y la libertad de las personas, un Dios que no lo cambia todo de un plumazo Él sólo porque quiere contar con nuestra implicación. Pero un Dios que ya está en medio de nosotros, impulsando la vida desde dentro, haciendo ver a los ciegos aunque no hayan acabado aún todas las cegueras, poniendo en pie a muchos inválidos aunque no hayan acabado todas las postraciones, resucitando muertos aunque todavía quede mucha muerte.

Hay multitud de señales… para quien sabe ver. Incluso en estos tiempos sociales, políticos, mundiales (también para muchos, personales) que, ciertamente, no nos dan muchas razones para la esperanza. Hay mucha gente compartiendo sus bienes con más intensidad, muchas iniciativas de organización ciudadana que salen al paso de necesidades cada vez más apremiantes con enorme creatividad, personas involucradas sin descanso en defender lo que es de todos, otras que comparten vida, amistad o incluso techo con quienes no tienen nada, o que tratan de ir transformando sus estilos de vida para que el planeta no se agote, sea posible una mayor justicia y podamos relacionarnos más humanamente. Hay mucha gente empeñada en vivir de otra manera para que todos vivamos mejor. Hay paralíticos que vuelven a levantarse porque han encontrado en quien apoyarse, ciegos que vuelven a mirar al futuro con esperanza porque alguien abrió sus horizontes, muertos que han tirado la toalla de la vida y que resucitan cuando alguien les da un trabajo, o la dignidad que otros les han negado, o un espacio donde rehacerse como personas.

No son signos apabullantes. No los encontraremos habitualmente en los telediarios. Pero son los signos del Reino. Aquí y ahora. Presencia del Dios de la Vida en medio de nosotros. En este tercer domingo de Adviento, es muy importante preguntarnos dónde podemos reconocer los signos del Reino en nuestra vida y en nuestro entorno. Encontrarlos reavivará nuestra esperanza. Pero también es muy importante preguntarse cómo podemos nosotros hacer o, incluso, ser signos del Reino para los demás, cómo podemos ayudar a que otros recuperen la esperanza, cómo podemos transformar aunque sea una ínfima parte de la vida de otras personas o de la sociedad. Eso nos compromete. Pero ¿no hemos de ser también nosotros, sus seguidores, los signos del Mesías para nuestro mundo?

Las lecturas de este domingo de Adviento nos vienen a decir que aún no hemos llegado pero estamos en camino, aún no es plena la luz del día porque todavía hay muchos que viven en sombras e incluso nosotros nos experimentamos muchas veces en ellas, pero está amaneciendo y podemos reconocer las primeras luces.

Y en este tránsito, la Carta de Santiago nos exhorta a vivir con la paciencia del labrador que, aunque haya visto muchas veces perderse la cosecha, cada año sigue labrando su terruño con esfuerzo y continúa esperando confiadamente que esta vez el agua y la tierra hagan crecer el fruto de su trabajo. La paciencia no es resignación sino resistencia (“Manteneos firmes”), capacidad de sobrellevar el sufrimiento con esperanza, de permanecer en los compromisos adquiridos y continuar invirtiendo en la vida toda nuestra capacidad de amor, dedicación y trabajo a pesar de la lentitud del crecimiento del Reino. La cosecha llegará. La tierra florecerá, como anuncia Isaías (1a lectura). Pero nuestra esperanza no está puesta en nosotros, sino en nuestro Dios, “que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará”. Nuestro Dios ha venido en persona en Jesús y sigue entre nosotros, hasta el día en que su presencia se haga plena, realizando sus señales.

Ana Isabel González Díez