Tit 2, 11-14

Las Cartas Pastorales son documentos valiosos para conocer el inicio de la organización de las comunidades primitivas. Muestran cómo tuvieron que incidir en la formación, el orden, la ascesis y la piedad para hacer frente a un ambiente que se percibía caótico. Pusieron interés en afianzar la estructura interna de los grupos para no verse anegados por el tsunami del paganismo. No se menciona en estos escritos la libertad y poco al espíritu. Sin embargo la apelación a la doctrina es muy frecuente. Ante la crisis, doctrina, ése ha sido el lema de estos textos. Por lo tanto, debido a ese horizonte estrecho y defensivo han de ser tomadas con cuidado a la hora de fundamentar una espiritualidad cristiana. A pesar de ello podemos desvelar en el texto de la liturgia de hoy unos valores espirituales que nutran la espiritualidad de la encarnación.

Este texto pertenece a la “sana doctrina” que no es sino una serie de consejos directos para que la vida de los diferentes grupos de la comunidad sea piadosa y honesta. Ese estilo de vida se ha hecho visible en “la gracia de Dios que trae la salvación a los hombres”, en la oportunidad que el Evangelio da para una reorientación de vida. Esa “gracia” es Jesús y su programa evangélico ofrecido a personas marcadas por la limitación y propensas a la debilidad.

El ideal de una vida “sobria, honrada y religiosa” puede ser entendido, en términos actuales, como un estilo de vida decrecido, no corrupto y de

espiritualidad común. Es decir, proponiendo un comportamiento ético de mínimos está proponiendo un estilo de vida espiritual. Es posible que el autor quiera incidir en el valor de una religión de comportamiento honesto. Pero, en realidad, la encarnación apunta a lo elemental de la vida, a lo más básicamente justo, a lo inmediatamente espiritual.

Esta vida se podrá mantener si se aguarda “la aparición gloriosa de nuestro salvador” que no es ningún hecho milagroso, sino la evidencia de que el plan humanizador de Dios se va cumpliendo en una humanidad crecientemente justa y asentada sobre la dignidad. O en parámetros del Evangelio: cuando el pobre coma, se vista, sea respetado, etc. (Mt 25) es cuando el reino amanecerá, cuando Dios aparecerá. La espiritualidad de la encarnación mantiene esta utopía como posible.

Así es como la comunidad nueva surgirá en medio de un marco caótico, un “pueblo bien dispuesto”. Pero, en realidad, no es en oposición al mundo como surge la comunidad sino en fraternidad con él. Es decir, la espiritualidad de la encarnación tiene como presupuesto ineludible el de la fraternidad social. Por eso ese pueblo bien dispuesto ha de ser la sociedad total. Esta es la tarea encarnacional del seguidor de Jesús, ir haciendo real a ese pueblo que es la sociedad igualitaria y fraterna que constituye el plan de Dios y el sueño de Jesús.

Fidel Aizpurúa Donázar