Heb 1, 1-6

Leer textos de Hebreos desde la óptica del sacerdocio tal como lo conocemos vulgarmente es distorsionarlos. El sacerdocio que propone la carta es, justamente, un anti- sacerdocio: no pertenece a una casta, pues Jesús era un laico; no se basa en ritos, sino en la entrega de Jesús en bien de la humanidad; no le exige separarse de lo humano, sino que lo acerca más a los hombres. Es preciso mantener esta perspectiva de lectura.

Además, la consagración sacerdotal de Cristo es la transformación de su propia humanidad que alcanza la perfección al aceptarla como es, con su dolor y su tragedia, y ofrecerla a Dios haciendo que esa humanidad sea una ofrenda que Dios acoge y plenifica. La encarnación de Jesús es eso: una vida ofrecida que termina por ser acogida en el regazo del Padre liberada de sus más duras constricciones.

Es justamente este exordio (1,1-4) donde se quiere establecer la diferencia entre los viejos sacerdocios y este sacerdocio histórico de Jesús. Si se nos habla por el Hijo, “a quien se ha nombrado heredero de todo” quiere decir que su palabra, por pobre y humilde que se quiera, es de más calidad que la de los viejos profetas, más digna de fe y de aceptación. La palabra encarnada de Jesús tiene el respaldo del que nombra a Jesús “heredero de todo”.

Esta palabra es “reflejo de su gloria e impronta de su ser”. O sea: por Jesús sabemos realmente cómo es Dios. Por su perdón, sabemos que Dios perdona; por su acogida, sabemos que Dios acoge; por su amor al débil, estamos ciertos de que Dios está de parte del débil; por su servicio sin condiciones, tenemos la seguridad de que el mismo Dios nos sirve; por su entrega generosa y total, llegamos a concluir que el Padre se nos entrega por amor.

Este camino encarnacional es el que ha reportado a Jesús el enorme beneficio de “estar sentado por encima de los ángeles”, es decir, de adquirir un rango divino. La encarnación que se entrega es el camino para superar a los ángeles, para ser como Dios, plenos en su plenitud. La encarnación que se entrega tiene abierto el horizonte al máximo. Jesús es divino por su honda humanidad.

La relación paterno-filial de Jesús es la razón última de este sacerdocio de nueva encarnación que plantea Hebreos. Dios ha sido para Jesús un Padre y él ha sido para Dios un hijo. Es preciso llenar estas expresiones de la mayor calidez, alejándolas de una dogmática que las enfría y las vacía de contenido real. La encarnación de Jesús se resuelve en el diálogo cálido de Jesús con su Padre, como se muestra por muchos vestigios del Evangelio y por la misma oración de Jesús, el Padrenuestro.

Si los ángeles adoran a Jesús, es que su pobre encarnación entregada que el Padre respalda tiene más valor que los más próximos a Dios. Es la paradoja del hecho encarnacional: su pobreza no solamente no anula su contenido salvífico, sino que lo encumbra más. Una encarnación, una Navidad, pobre y entregada, desvela mejor que ninguna otra el amor de Dios a la historia que late en su fondo.

Fidel Aizpurúa Donázar