Jn 1, 1-18

El prólogo del Evangelio de san Juan es uno de los pasajes más densos del NT. Ciertamente Juan quiere que el Evangelio se lea a la luz de estos versículos iniciales. Puede plantearse una estructura tripartita:

a) La Palabra que está en Dios se convierte en la luz del mundo (vv. 1- 5): “Al principio” evoca Gn 1,1 y los comienzos de la historia humana. Se sitúa a la Palabra fuera de los límites del espacio y del tiempo que no existían al principio. La Palabra preexiste, pero no por sí misma sino en relación con Dios. El término “Palabra” nos remite al hecho de la revelación, uno de los temas del cuarto evangelio, mientras que la expresión “y la Palabra era Dios”, dado que Dios no lleva artículo en griego, indica que no son la misma cosa, sino que lo que Dios era, también lo era la Palabra. La Palabra preexistente se manifiesta en la creación y en la vida, como luz para la humanidad. El v. 5 trae el verbo en presente: la luz brilla y sigue estando presente pese a la hostilidad. Las tinieblas no han sofocado la luz.

b) La encarnación de la Palabra (vv. 6-14): Juan ha sido enviado por Dios, el único además de Jesús. Juan es muy importante, es testigo, pero no es la luz. A continuación se afirma la encarnación, ante la que existe una respuesta, negativa o positiva, que el evangelio expresa con el verbo recibir. “Recibir la Palabra” significa creer en su nombre (v. 12), lo que da poder para ser hijos de Dios. No hay que esperar al final para ser hijos de Dios pues en el cuarto evangelio los dones se anticipan (escatología realizada). Llegar a ser hijo de Dios no es resultado de la iniciativa humana, sino divina. El v. 14 trae la proclamación clara de la encarnación: la Palabra irrumpe en la historia y habita en la situación humana. El verbo griego “acampar” puede relacionarse con la tienda de la Sabiduría (Eclo 24,8) y la del encuentro, en la que Dios se hace presente y acompaña a Israel durante el Éxodo. Contemplar la encarnación de la Palabra era ver la revelación de la divinidad. Si antes se hablaba de Palabra y Dios, ahora se habla de Hijo y Padre.

c) El revelador es el Hijo único vuelto hacia el Padre (vv. 15-18): “El que viene” sigue a Juan en secuencia temporal pero existía antes que él. El Hijo nos hace participar de su propia plenitud. Recibir “gracia tras gracia” no habría que entenderlo desde una clave acumulativa, sinoalaluzdeloquesigue–la contraposición entre Moisés y Jesús – desde una clave de culminación, en el sentido de una gracia en lugar de otra gracia, un don en lugar de otro don. El don recibido por medio de Moisés, la ley, ha sido perfeccionado: el Hijo único es aquél que nos ha dado a conocer a Dios, nos lo ha explicado totalmente. Ésa es la gracia y la verdad, el don que es verdad.

Pablo Alonso Vicente