Para la homilía

Otra vez la Nochebuena rompió la noche oscura

Hace XXI siglos, y en una nochebuena, ocurrió el milagro: la luz rompió la noche oscura. La noche empezó a parir luces, señales y dones, dentro de una cueva de Belén, en medio de la intemperie. Ocurrió el milagro de tocar a Dios con los dedos y de percibirle como uno de los nuestros. Aquella noche mágica se estrenó el villancico: “¡cantemos todos la navidad!. Dios ha nacido, ¡Aleluya!. Su luz venció la oscuridad, Dios se hace hombre, ¡Aleluya!”

Y esta nochebuena, se vuelve a reproducir el milagro: se nos pone el corazón como una esponja, se nos caen las barreras de las lógicas, se ablandan nuestras corazas y certezas, se nos desarman las defensas, y la noche se rompe con la luz, igual que hace XXI siglos.

Un año más nos sentimos identificados con los personajes-testigos de esa noche: nos reconocemos en los pastores que pasan la noche al raso, a la

orilla de tantas cosas. Nos vemos en los reyes buscadores magos-sabios, con más preguntas que respuestas, y que siguen los rastros de una estrella que ilumine y dé gusto y sentido a sus vidas. Nos llegan los ruidos y las tensiones del Templo, del Palacio, del Dinero, de los choques entre los poderes del centro de la ciudad. Nos vemos en el asombro de José y María, atrapados por el misterio de Dios que les ha puesto en camino al otro lado de las fronteras. Nos sentimos espectadores, como los ángeles, que aplauden, cantan y celebran la buena noticia.

Un año más se produce el milagro. Otra vez se renuevan las señales de Dios entre nosotros y se repiten y se encarnan en el siglo XXI. Otra vez se rompe la noche y la luz alumbra el camino a seguir. Otra vez se desvela el rostro de Dios entre los pliegues de la crisis, a las afueras, en la zona de tierra de nadie, al otro lado de la frontera de nuestras seguridades, a la vuelta de la esquina de nuestra religiosidad dormida, en los pisos donde falta el empleo digno y no se ha podido pagar la factura del calor y se escribe con dolor la vida.

Y por unos días, nos damos la tregua de saborear a Dios, que huele a recién nacido, a ternura desmedida, a gusto por la vida, a sentido para vivir, a mesas reunidas, a esfuerzos colectivos, a perfume de atrevernos a ser inventores y artesanos por senderos menos trillados.

Un año más somos afortunados. La noche ha parido la luz. La alegría nos ha desbordado de nuevo. La vida es más saludable y llevadera. El dolor se escribe con la ternura. Las lágrimas son menos saladas. La pobreza siente la mano amiga con pan para compartir. Las derrotas desvelan la sabiduría y los aprendizajes del camino. En la Navidad, los gritos son escuchados, las quejas tienen oídos, la vida es más luminosa, aceptada y enérgica. Las señales lo vuelven a mostrar: Dios con nosotros y entre nosotros

Ricardo Fernández Ibáñez