Col 3, 12-21

La carta a los Colosenses habla de una experiencia esencial de Jesús. Efectivamente, no puede hablar principalmente de experiencia histórica (no hay perspectiva suficiente), religiosa (no existen tales mecanismos en la época) o creyentes en sentido organizado (no hay dogmática vigente todavía). Cuando el autor apela a la experiencia de Jesús como manera de situarse en el mundo frente a otras formas de experiencia religiosa (la de las religiones de tipo mistérico con una mezcla de angelología popular y gnosticismo), es a esta experiencia esencial de la que hablamos a la que creemos que está haciendo recurso.

Es el problema conocido de todo mecanismo religioso: cómo tocar al Intocable asegurando así el camino hacia él. Colosenses, fiel a la experiencia esencial del Evangelio, propondrá un camino de vida ceñido a los valores del Evangelio, o si se quiere, a los de la misma historia, animando a leer esta realidad más allá de los simples límites de lo que se ve, pero sin salirse nunca del marco histórico. Pretender “la plenitud” para un hombre, pobre, es abrir el cauce a otra lectura de la vida y del mismo hecho social.

Por eso, hay que leer con una perspectiva distinta los códigos domésticos que propone Colosenses y en los que “naufraga” su experiencia esencial, liberadora, de Jesús. Acierta, sí, en que la base de todo código doméstico, de toda relación, ha de ser “el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada”. Pero tiene que ser un amor que realmente provenga de la experiencia esencial de Jesús, por lo tanto, un amor igualitario, emancipatorio, liberador, utópico, no cualquier amor.

Otro parámetro que mide la verdadera relación que dimana de la experiencia liberadora, esencial, de Jesús es “la paz, árbitro del corazón”. Porque si el modo relacional no lleva a la paz verdadera, no tanto al mantenimiento de una paz institucional, es que no proviene de Jesús, hombre de paz. Y luego están los otros parámetros: la Palabra hermosa, la enseñanza necesaria y el canto inspirado. Todos estos elementos han de estar presentes en las relaciones domésticas para que hablen de la experiencia esencial y fraterna, liberadora, de Jesús.

Por eso mismo, a partir del v.18 (“Mujeres, vivid bajo la autoridad…”) no debería ser proclamado en público porque, haciendo parte de los códigos domésticos normales en la época, no solamente no concuerdan con nuestros códigos y sensibilidad más igualitaria, sino que contradicen lo que antecede. Efectivamente, si la experiencia liberadora basada en el amor no modifica nada los comportamientos sociales desigualadores es que aún no se ha entendido qué es la experiencia esencial de Jesús. Celebrar a la “Sagrada Familia” es celebrar “otra familia”, la que va caminando hacia la más estricta igualdad. Eso dimana de la experiencia esencial de Jesús.

Fidel Aizpurúa Donázar