Para la homilía

Traemos a nuestra memoria a Jesús, José y María. Hoy la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia. Y celebra, celebramos, esta fiesta en el tiempo que nos ha tocado vivir.

  • –  Un tiempo en el que unos tienen una visión apocalíptica sobre la familia. Piensan que los tiempos modernos sólo han traído desgracias. Porque la familia, la auténtica familia era la de antes y la modernidad ha sido desastrosa para la familia… Ya el beato Juan XXIII nos alertaba sobre los “profetas de calamidades” que sólo veían “prevaricación y ruina”.
  • –  Un tiempo en el que otros aceptan acríticamente cualquier realidad. En el que algunos confunden “para siempre” con “mientras dure”. En el que, aunque en el discurso oficial se habla abundantemente de “proteger a la familia”, no siempre este interés va más allá de períodos electorales, hermosos documentos, recogida de firmas, reivindicaciones puntuales…

Es en la familia donde los seres humanos (también Jesús) aprendemos las cosas más importantes de la vida, es la institución en la que confiamos más y en la que nos sentimos más seguros. Sabemos que las familias constituyen un colchón necesario para que determinadas situaciones sociales puedan tener una respuesta satisfactoria. Bien saben esto nuestros gobiernos. Hoy por hoy, creo que poca gente pondría en duda que la familia es la ONG más importante de nuestra sociedad. El cuidado de los ancianos, de los niños, de los enfermos, de los discapacitados, el apoyo intergeneracional, el sustento de los parados… tienen lugar, básicamente, en el ámbito familiar.

En este día de la Sagrada Familia, en el momento histórico que nos ha tocado vivir, podemos preguntarnos: ¿Tratamos a la familia como se merece? ¿Admiramos el milagro permanente que sucede en cada hogar, o simplemente nos hacemos eco de discursos, casi apocalípticos, sobre la familia? ¿En qué términos hablamos sobre la familia? ¿Cómo la miramos? ¿Cómo la miran nuestras instituciones educativas, sanitarias, eclesiales, políticas, sindicales…? ¿Qué hemos hecho por la familia? ¿Qué hacemos por la familia? ¿Qué debemos hacer por la familia?

En nuestras comunidades eclesiales aumentan las familias de separados y divorciados (casados de nuevo o no), las familias monoparentales, las uniones de hecho, etc. Más allá de cualquier prejuicio, la Iglesia sostiene que todas las familias son “preciosas”. Todas las familias necesitan sentir la cercanía de Dios y el acompañamiento de las comunidades de fe a las que pertenecen. Todas piden respeto, comprensión y acogida evangélica. La Iglesia sabe, sabemos, que todo tipo de familia constituye un territorio inmenso donde desplegar su amor sin discriminaciones.

La Iglesia está llamada a hacer realidad que “ninguna familia me es ajena”. Y, sin duda, las familias en situaciones difíciles, conflictivas, complejas y dolorosas necesitan de la Iglesia, de nosotros abrazo, ayuda, comprensión, compañía…

Hoy las tres lecturas nos proponen los principales elementos que deben estar presentes en una familia cristiana (por cierto, lo que hace a una familia cristiana no es el hecho de que responda a una “estructura ideal tradicional”, sino al hecho de “que ponga su confianza en el Señor”). El libro del Eclesiástico nos habla de respeto, de fidelidad, de atención. La carta a los Colosenses nos habla de misericordia, de dulzura, de comprensión. El Evangelio nos habla de escuchar al Señor, de ponernos en camino, de proteger…

Hoy, como ayer, es necesario mirar a la familia, a toda familia, desde una perspectiva que surge de una mirada esperanzada; una mirada cariñosa y respetuosa a nuestro mundo, a nuestras sociedades, a nuestras familias; una mirada que, antes que amenazas y riesgos, lo que descubre son auténticas oportunidades y desafíos.

Hoy, como ayer, es necesario mirar a la familia, a toda familia, con la misma ternura y respeto con la que contemplamos a la familia de Nazaret.

Pablo Guerrero Rodríguez 

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