Vísperas – Jueves I de Navidad

VÍSPERAS

JUEVES, I SEMANA DEL SALTERIO

San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno,

Obispos y doctores de la Iglesia

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

 

Te diré mi amor, Rey mío,

en la quietud de la tarde,

cuando se cierran los ojos

y los corazones se abren.

 

Te diré mi amor, Rey mío,

con una mirada suave,

te lo diré contemplando

tu cuerpo que en pajas yace.

 

Te diré mi amor, Rey mío,

adorándote en la carne,

te lo diré con mis besos,

quizá con gotas de sangre.

 

Te diré mi amor, Rey mío,

con los hombres y los ángeles,

con el aliento del cielo

que espiran los animales.

 

Te diré mi amor, Rey mío,

con el amor de tu Madre,

con los labios de tu Esposa

y con la fe de tus mártires.

 

Te diré mi amor, Rey mío,

¡oh Dios del amor más grande!

¡Bendito en la Trinidad,

que has venido a nuestro valle! Amén.

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste, te daré gracias por siempre.

 

Salmo 29

 

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

Señor, Dios mío, te grité,

y tú me sanaste.

Señor sacaste mi vida del abismo,

me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

 

Tañed para el Señor fieles suyos,

dad gracias a su nombre santo;

su cólera dura un instante;

su bondad, de por vida;

al atardecer nos visita el llanto,

por la mañana, el jubilo.

 

Yo pensaba muy seguro:

«No vacilaré jamás».

Tu bondad Señor, me aseguraba

el honor y la fuerza;

pero escondiste tu rostro,

y quedé desconcertado.

 

A ti, Señor, llamé,

suplique a mí Dios:

«¿Qué ganas con mi muerte,

con que yo baje a la fosa?.

 

¿Te va ha dar gracias el polvo,

o va a proclamar tu lealtad?.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;

Señor, socórreme»

 

Cambiaste mi luto en danzas,

me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;

te cantará mi alma sin callarse.

Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste, te daré gracias por siempre.

 

 

Ant. 2. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

 

Salmo 31

 

Dichoso el que está absuelto de su culpa,

a quien le han sepultado su pecado;

dichoso el hombre a quien el Señor

no le apunta el delito.

 

Mientras callé se consumían mis huesos,

rugiendo todo el día,

porque día y noche tu mano

pesaba sobre mí;

mi savia se me había vuelto un fruto seco.

 

Había pecado, lo reconocí,

no te encubrí mi delito,

propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,

y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

 

Por eso, que todo fiel te suplique

en el momento de la desgracia:

la crecida de las aguas caudalosas

no lo alcanzará.

 

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,

me rodeas de cantos de liberación.

 

— Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir

fijaré en ti mis ojos.

 

No seáis irracionales como caballos y mulos,

cuyo brío hay que domar con freno y brida;

si no, no puedes acercarte.

 

Los malvados sufren muchas penas;

al que confía en el Señor,

la misericordia lo rodea.

 

Alegraos, justos, y gozad con el Señor,

aclamadlo, los de corazón sincero.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

 

 

Ant. 3. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

 

Cántico: Ap 11, 17-18; 12 10b-12a

 

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,

el que eres y el que eras,

porque has asumido el gran poder

y comenzaste a reinar.

 

Se encolerizaron las naciones,

llegó tu cólera,

y el tiempo de que sean juzgados los muertos,

y de dar el galardón a tus siervos los profetas,

y a los santos y a los que temen tu nombre,

y a los pequeños y a los grandes,

y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

 

Ahora se estableció la salud y el poderío,

y el reinado de nuestro Dios,

y la potestad de su Cristo;

porque fue precipitado

el acusador de nuestros hermanos,

el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

 

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero

y por la palabra del testimonio que dieron,

y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.

Por eso, estad alegres, cielos,

y los que moráis en sus tiendas.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

 

LECTURA BREVE           Col 1, 13-15

 

Dios nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura.

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.

R. La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.

 

V. Y acampó entre nosotros.

R. Aleluya, aleluya.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Quien cumpla y enseñe mi ley será grande en el reino de los cielos.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Quien cumpla y enseñe mi ley será grande en el reino de los cielos.

 

 

PRECES

 

Dios, que de muchas maneras habló antiguamente a nuestros padres por los profetas, ahora, en la etapa final, nos ha hablado por el Hijo. Imploremos, pues, su misericordia, diciendo:

Señor, ten piedad.

 

Por tu Iglesia santa:

— que todos tus hijos proclamen con fidelidad y valentía que Cristo es el Salvador.

 

Por los que proclaman el Evangelio:

— que los ministros de la palabra anuncien con coraje el nombre del Salvador a todo el mundo.

 

Por nuestros hermanos enfermos:

— que al invocar el nombre del Salvador obtengan la salud.

 

Por los cristianos que sufren persecución:

— que acepten con paciencia los insultos e injusticias por el nombre del Salvador.

 

Por nuestros hermanos que han muerto por culpa de los hombres:

— que por tu misericordia obtengan la vida.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Alegres porque Jesucristo nos ha hecho hijos de Dios, digamos:

 

Padre nuestro…

 

ORACIÓN

 

Señor Dios, que te dignaste instruir a tu Iglesia con la vida y doctrina de San Basilio Magno y san Gregorio Nacianceno, haz que busquemos humildemente tu verdad y la vivamos fielmente en el amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Oración de los fieles (Domingo II de Navidad)

Oremos ahora a Dios, nuestro Padre, por nosotros, y por toda la humanidad.

* Hoy celebramos, que el niño nacido en Belén es lenguaje de Dios. Nos unimos a toda la Iglesia y a todos los cristianos del mundo. Que sepamos contar a Dios, como una Palabra que aporta sentido a nuestra vida, como una Luz que señala buenos senderos para transitar la experiencia de la vida. Que tu Iglesia sea un testimonio fiel de la Buena Noticia de Jesús. Oremos.

* La Navidad, nos ha recordado que el niño del pesebre es la manera de contarse Dios. Otra vez nos impulsa a re-leer a Jesús y su evangelio para escribirle con nuevos lenguajes, pronunciarle con palabras que calienten el corazón de la gente, reactive sus capacidades, ayude a sostener la ternura. Oremos.

* La Navidad, es un tiempo para cantar la vida, para unirnos a la buena gente que sostiene el mundo, para refrescar un misterio que nos envuelve. Señor, ayúdanos a apostar de nuevo por palabras del amor, servicio, compromiso, honradez, libertad, autenticidad. Oremos.

* La Navidad, es una oportunidad para renovar apuestas saludables y evangélicas para vivir. Señor, que todas las personas nos respetemos mutuamente, y podamos trabajar con toda intensidad por la paz entre los pueblos y entre nosotros; que sepamos hablar de Ti en lenguaje asequible, al hombre y la mujer de nuestro tiempo. Oremos.

*Por todos los responsables de la formación en nuestras comunidades cristianas: catequistas, animadores, equipos de pastoral de infancia, juventud y adultos, para que su palabra y tarea irradie luz, infunda esperanza y dé sentido a la vida y aliente nuestras comunidades. Oremos.

En Navidad, escucha, Padre, nuestra oración. Por JNS. 

Para la homilía

Re-aprender el lenguaje de Dios.

Con la fiesta de mañana, (Epifanía), el Prólogo de San Juan, ayuda a cerrar y despedir la Navidad. Con palabras hermosas, nos recuerda, que Jesucristo es la mejor manera de contarse Dios. Que Jesús es la palabra contada de Dios, que también es su espejo, su lenguaje, su mapa, su brújula, su sendero, es su PALABRA y sus LETRAS. Es su voz y su lenguaje.

Así se cuenta Dios. Que Jesucristo, su palabra, habita entre nosotros y que es aliento, luz, fuerza, sabiduría. Que Jesucristo, su palabra, pone en pie a la Iglesia en medio de las plazas y levanta testigos en el pueblo, reanima a los caminantes cansados y espabila a los peregrinos desalentados. Que Jesucristo, su palabra, vuelve a encender la pasión por el Reino, por la gente, por los pueblos y barrios. Que su palabra es un fuego que ilumina y calienta el corazón del hombre y la mujer de hoy y pone en vela la esperanza.

Y así sigue siendo hoy PALABRA entre nosotros. Y nos sigue hablando entre la crisis, a la orilla de lo oficial, de lo sabido, de lo seguro, de lo normativo. Sigue hablando y escribiendo en la intemperie, entre los buscadores, los perdedores, los desinstalados, entre los insatisfechos, al lado en los márgenes del éxito. Y así se sigue contando Dios en la periferia y en el corazón, entre los pastores al raso, en medio de la noche.

Otra vez, la Navidad, nos ha recordado que el niño del pesebre es la manera de contarse Dios. Otra vez nos impulsa a re-leer a Jesús y su evangelio para escribirle con nuevos lenguajes, pronunciarle con palabras que calienten el corazón de la gente, reactive sus capacidades, ayude a sostener la ternura, ponga los pies y las manos en movimiento para sanear, curar y sostener. Tenemos por delante un año litúrgico para re-inventar su lenguaje, re- actualizar su voz, re-nombrar su experiencia, y re-vivir sus palabras.

Cada año, la Navidad nos provoca a ser artistas y artesanos, para re-aprender el lenguaje de Dios. Un tiempo-regalo, para cantar la vida, para unirnos a la buena gente que sostiene el mundo y la vida de los otros, para refrescar un misterio que nos envuelve, para aprender a vivir saludablemente el dolor y los dolores de la vida, para apostar de nuevo por palabras gastadas y oxidadas por el tiempo: amor, servicio, compromiso, honradez, libertad, autenticidad, incondicional, reconciliación, carcajadas, sanación, redención, ternura, donación….

La Navidad renueva nuestro oficio de escritores y actualiza nuestra tarea de poner las palabras de Dios en la vida cotidiana, de entenderlas, de pronunciarlas, de actualizarlas encarnadas entre los rumores y ruidos de la vida.

Y esas palabras las iremos celebrando por etapas, donde hacemos memoria de Jesucristo, y renovamos apuestas saludables y evangélicas para vivir. Él nos revela trozos del corazón de Dios y del ser humano. Vamos despidiendo la Navidad como una oportunidad para re-aprender a vivir con gusto, con pasión, con sentido la vida.

Ricardo Fernández Ibáñez 

Comentario al evangelio de hoy (2 de enero)

De la primera carta de Juan me llama la atención las repetidas veces que usa el verbo «permanecer». Si no he contado mal, son seis. No todas tienen el mismo sentido, pero creo que el mensaje central es claro: se nos invita a «permanecer en Él»; es decir, a morar en Él, a quedarnos con Él, a plantar nuestra tienda en Él como Él la ha plantado en medio de nosotros, a “recomenzar” desde Él.

Sé que este verbo no suena bien hoy. Estamos tan habituados a cambiar, a ir de novedad en novedad, que permanecer puede sonarnos a no avanzar al ritmo de los tiempos, a quedarnos detenidos en el pasado. Nada de esto. Permanecer significa no cambiar a Cristo por nada ni por nadie, «no anteponer nada a Cristo», como decía San Benito de Nursia. Al actuar así notaremos que nuestra vida tiene raíces profundas. Y, como todo árbol de raíces profundas, podremos ser muy flexibles sin miedo a quebrarnos. A mayor profundidad, a mayor permanencia, mayor flexibilidad, mayor capacidad de abrirnos a lo nuevo.

El evangelio de hoy es como un pórtico a lo que nos aguarda en los días siguientes: una galería de respuestas a la pregunta sobre quién es Jesús. Antes de presentarnos esas respuestas, hoy, Juan Bautista, suscita en nosotros la curiosidad. Nos abre el apetito. Sus palabras resultan tan actuales y tan directas como cuando fueron pronunciadas o escritas: «En medio de vosotros hay uno que no conocéis». ¿De qué nos sirve confesar a Jesús como Mesías o como Hijo de Dios si antes no caemos en la cuenta de que está «en medio de nosotros»? Una vieja canción que muchos de vosotros habréis cantado nos lo decía así: «Con vosotros está y no lo conocéis». Y, a continuación, con un lenguaje directo, iba desgranando las diversas presencias «ocultas» de Cristo: «Su nombre es el Señor y pasa hambre … está desnudo … está en la cárcel». ¡Este es el misterio de Navidad: caer en la cuenta de que ya está en medio de nosotros y no acabamos de conocerlo! ¿Cómo es posible que venga a los suyos y los suyos no lo conozcan? Esta pregunta, que nos afecta a todos, se me ha hecho muy patente cuando he viajado a Israel. Es como si en el país de Jesús se concentrara toda la indiferencia de la humanidad. En ese diminuto país, «su» país, son muy pocos los que lo confiesan como el Señor. ¿Qué significa eso?

A partir de mañana, el evangelio de Juan nos irá ofreciendo algunas pistas, pero, ¿no os parece que es bueno antes caer en la cuenta de que ese desconocido ya está en medio de nosotros? Os invito a abrir los ojos a la realidad que nos rodea, a dejarnos despabilar por una canción que dice: «Cristo nace cada día / en la cara del obrero cansado, / en el rostro de los niños que ríen jugando, / en cada anciano que tenemos al lado /. Cristo nace cada día / y por mucho que queramos matarlo, / nacerá día tras día, / minuto a minuto, en cada hombre que quiera aceptarlo.

Fernando González, cmf

Jueves I de Navidad

Hoy es jueves, 2 de enero, tiempo de Navidad.

Señor, vengo a orar, a compartir un rato contigo. Hago silencio y me pongo en tu presencia. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Expresión de un anuncio, bendito el que viene en nombre del Señor. Hay muchas personas que viven en tu nombre, Señor. yo me quiero sumar a ellos, también yo quiero vivir y venir a este mundo en tu nombre, en nombre del Señor.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 1,19-28):

Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»

Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.»

Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»

Él dijo: «No lo soy.»

«¿Eres tú el Profeta?»

Respondió: «No.»

Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»

Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías.»

Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»

Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

A Juan le preguntan, ¿tú quién eres? Es una pregunta directa. También a mí se me pregunta hoy, ¿quién eres? ¿qué dices de ti mismo? Trato de contestar delante de ti, Señor. ¿Quién soy yo?

Juan responde poniendo su propia vida en comparación con la de Jesús. Yo soy la voz que grita allanad el camino del Señor. Tal vez también yo puedo referir mi vida a Jesús. Tal vez yo soy quien sigue a Jesús o quien le anuncia. Soy quien le busca o quien colabora con su reino. ¿Quién soy yo en mi relación con Jesús?

Juan va a admitir, con humildad, no soy digno de desatarle la correa de las sandalias. El profeta es consciente de sus limitaciones. Pero ese reconocimiento no le va a impedir entregar su vida al proyecto de Jesús. Y es que tú Jesús no nos necesitas perfectos, sino no humanos. Claro que si mi comparo contigo, tampoco soy digno, pero tú me llamas igualmente y te fías de mí y cuentas conmigo.

Vuelvo a leer el texto. Me fijo especialmente en Juan, dándome cuenta de que pone su vida al servicio de un proyecto mayor. Juan no busca que las miradas se fijen en él, convertirse en líder, en Mesías, en salvador. Él sabe que el Mesías es otro, que viene detrás. Suma sus fuerzas a un anuncio. Pienso en todos los hombres y mujeres que a lo largo del tiempo han hecho de su vida un anuncio y han utilizado su voz para proclamar la palabra del evangelio.

Termino este rato hablando con Jesús. Le cuento quién soy yo, y cómo me siento parte de su proyecto. Le doy las gracias si siento que me llama o le pido lo que pueda necesitar. Le ofrezco mis manos, mi palabra, mis energías, para ser también yo, voz que clama en el desierto, en las calles, en las casas, hoy y siempre.

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

Laudes – Jueves I de Navidad

JUEVES, I SEMANA DEL SALTERIO

San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno,

Obispos y doctores de la Iglesia

 

2 de enero

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

INVITATORIO

 

Ant. A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

HIMNO

 

Ver a Dios en la criatura,

ver a Dios hecho mortal,

ver en humano portal

la celestial hermosura.

¡Gran merced y gran ventura

a quien verlo mereció!

¡Quién lo viera y fuera yo!

 

Ver llorar a la alegría,

ver tan pobre a la riqueza,

ver tan baja a la grandeza

y ver que Dios lo quería.

¡Gran merced fue en aquel día

la que el hombre recibió!

¡Quién lo viera y fuera yo!

 

Poner paz en tanta guerra,

calor donde hay tanto frío,

ser de todos lo que es mío,

plantar un cielo en la tierra.

¡Qué misión de escalofrío

la que Dios nos confió!

¡Quién lo hiciera y fuera yo! Amén.

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.

 

Salmo 56

 

Misericordia, Dios mío, misericordia,

que mi alma se refugia en ti;

me refugio a las sombras de tus alas

mientras pasa la calamidad.

 

Invoco al Dios Altísimo,

al Dios que hace tanto por mí:

desde el cielo me enviará la salvación,

confundirá a los que ansían matarme,

enviará su gracia y su lealtad.

 

Estoy echado entre leones

devoradores de hombres;

sus dientes son lanzas y flechas,

su lengua es una espada afilada.

 

Elévate sobre el cielo, Dios mío,

y llene la tierra tu gloria.

 

Han tendido una red a mis pasos

para que sucumbiera;

me han cavado delante una fosa,

pero han caído en ella.

 

Mi corazón está firme, Dios mío,

mi corazón está firme.

Voy a cantar y a tocar:

despierta, gloria mía;

despertad, cítara y arpa;

despertaré a la aurora.

 

Te daré gracias ante los pueblos, Señor;

tocaré para ti ante las naciones:

por tu bondad, que es más grande que los cielos;

por tu fidelidad, que alcanza a las nubes.

 

Elévate sobre el cielo, Dios mío,

y llene la tierra tu gloria.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 1. Despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.

 

 

Ant. 2. “Mi pueblo se saciará de mis bienes”, dice el Señor.

 

Cántico: Jr 31, 10-14

 

Escuchad, pueblos, la palabra del Señor,

anunciadla en las islas remotas:

«El que dispersó a Israel lo reunirá,

lo guardará como un pastor a su rebaño;

porque el Señor redimió a Jacob,

lo rescato de una mano más fuerte.»

 

Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión,

afluirán hacia los bienes del Señor:

hacia el trigo y el vino y el aceite,

a los rebaños de ovejas y de vacas;

su alma será como un huerto regado,

y no volverán a desfallecer.

 

Entonces se alegrará la doncella en la danza,

gozará los jóvenes y los viejos;

convertiré su tristeza en gozo,

los alegraré y aliviaré sus penas;

alimentaré a los sacerdotes con enjundia,

y mi pueblo se saciará de mis bienes.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 2. “Mi pueblo se saciará de mis bienes”, dice el Señor.

 

 

Ant. 3. Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios.

 

Salmo 47

 

Grande es el Señor y muy digno de alabanza

en la ciudad de nuestro Dios.

Su monte santo, altura hermosa,

alegría de toda la tierra:

 

el monte Sión, vértice del cielo,

ciudad del gran rey;

entre sus palacios,

Dios descuella como un alcázar.

 

Mirad: los reyes se aliaron

para atacarla juntos;

pero, al verla, quedaron aterrados

y huyeron despavoridos;

 

allí los agarró un temblor

y dolores como de partos;

como un viento del desierto,

que destroza las naves de Tarsis.

 

Lo que habíamos oído lo hemos visto

en la ciudad de Señor de los ejércitos,

en la ciudad de nuestro Dios:

que Dios la ha fundado para siempre.

 

¡Oh Dios!, meditamos tu misericordia

en medio de tu templo:

como tu renombre, ¡oh Dios!, tu alabanza

llega al confín de la tierra;

 

tu diestra está llena de justicia:

el monte Sión se alegra,

las ciudades de Judá se gozan

con tus sentencias.

 

Dad la vuelta en torno a Sión,

contando sus torreones;

fijaos en sus baluartes,

observad sus palacios,

 

para poder decirles a la próxima generación:

«Este es el Señor, nuestro Dios».

Él nos guiará por siempre jamás.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios.

 

LECTURA BREVE           Is 49, 8-9a

 

Te he constituido alianza del pueblo, para restaurar el país, para repartir heredades desoladas, para decir a los cautivos: “Salid”, a los que están en tinieblas: “Venid a la luz.”

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. El Señor ha revelado, Aleluya, aleluya.

R. El Señor ha revelado, Aleluya, aleluya.

 

V. Su salvación.

R. Aleluya, aleluya.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. El Señor ha revelado, Aleluya, aleluya.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Los sabios brillarán con esplendor de cielo, y los que enseñan la justicia a las multitudes serán como estrellas por toda la eternidad.

 

Cántico de Zacarías. Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Los sabios brillarán con esplendor de cielo, y los que enseñan la justicia a las multitudes serán como estrellas por toda la eternidad.

 

PRECES

 

Dirijamos nuestras súplicas a Cristo, el hombre celeste, nuevo Adán y espíritu que da vida, y digámosle con fe:

Señor, ten piedad.

 

Oh Cristo, sol de justicia, que manifestaste tu gloria al hacerte hombre como nosotros para llevar a su plena realización la alianza inaugurada con los patriarcas,

— te pedimos que nos concedas la abundancia de tu luz.

 

Oh Cristo, que fuiste glorificado por los ángeles, anunciado a los pastores y proclamado por Simeón y Ana,

 — haz que el pueblo heredero de las promesas reciba tu Evangelio.

 

Oh Cristo, en cuyo nacimiento los ángeles anunciaron la gloria en el cielo y la paz en la tierra,

— te pedimos que tu paz se extienda por todo el mundo.

 

Oh Cristo, nuevo Adán, que renovaste al hombre caduco y nos preparaste una mansión en tu reino,

—te pedimos que levantes la esperanza de los que se sienten oprimidos.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Alegres porque Jesucristo nos ha hecho hijos de Dios, digámosle:

 

Padre nuestro…

 

ORACIÓN

 

Señor Dios, que te dignaste instruir a tu Iglesia con la vida y doctrina de San Basilio Magno y san Gregorio Nacianceno, haz que busquemos humildemente tu verdad y la vivamos fielmente en el amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Oficio de lecturas – Jueves I de Navidad

TIEMPO DE NAVIDAD
JUEVES DE LA SEMANA I
Del común de doctores de la Iglesia. Salterio I

2 de enero

SANTOS BASILIO MAGNO Y GREGORIO NACIANZO, obispos y doctores de la Iglesia. (MEMORIA)

San Basilio nació en Cesarea de Capadocia el año 330, de una familia cristiana; brilló por su cultura y por sus virtudes; comenzó a llevar una vida eremítica, pero el año 370 fue nombrado obispo de su ciudad. Combatió el arrianismo; escribió muchas e importantes obras y, principalmente, reglas monásticas, por las que se rigen aún muchos monjes orientales; ayudó en gran manera a los pobres. Murió el día 1 de enero del año 379.

San Gregorio nació cerca de Nacianzo el mismo año 330 y viajó mucho por razón de sus estudios. Primero imitó a su amigo Basilio en la vida solitaria, pero luego fue ordenado presbítero y obispo. El año 381 fue elegido obispo de Constantinopla; sin embargo, a causa de los diversos bandos que dividían a su Iglesia se retiró a Nacianzo, donde murió el día 25 de enero del año 389 o 390. Por su eximia doctrina y elocuencia, mereció el apelativo de «el teólogo».

OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Venid, adoremos al Señor, fuente de la sabiduría.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: HONDO SABER DE DIOS FUE VUESTRA CIENCIA

Hondo saber de Dios fue vuestra ciencia.
su espíritu de verdad os dio a beberla
en la Revelación, que es su presencia
en velos de palabra siempre nueva.

Abristeis el camino para hallarla
a todo el que de Dios hambre tenía,
palabra del Señor que, al contemplarla,
enciende nuestras luces que iluminan.

Saber de Dios en vida convertido
es la virtud del justo, que, a su tiempo,
si Dios le dio la luz, fue lo debido
que fuera su verdad, su pensamiento.

Demos gracias a Dios humildemente,
y al Hijo, su verdad que a todos guía,
dejemos que su Luz, faro esplendente,
nos guíe por el mar de nuestra vida. Amén.

SALMODIA

Ant 1. La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Salmo 17, 31-51 IV – EL SEÑOR REVELA SU PODER SALVADOR

Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen.

¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto;

él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Ant 2. Tu diestra, Señor, me sostuvo.

Salmo 17, 31-51 V

Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos
y no flaquearon mis tobillos;

yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo;
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.

Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían;
hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.

Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
Los reduje a polvo, que arrebata el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.

Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo.

Los extranjeros me adulaban,
me escuchaban y me obedecían.
Los extranjeros palidecían
y salían temblando de sus baluartes.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tu diestra, Señor, me sostuvo.

Ant 3. Viva el Señor, sea ensalzado mi Dios y Salvador.

Salmo 17, 31-51 VI

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
el Dios que me dió el desquite
y me sometió los pueblos;

que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.

Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Viva el Señor, sea ensalzado mi Dios y Salvador.

V. Cantad al Señor, bendecid su nombre.
R. Proclamad día tras día su victoria. 

PRIMERA LECTURA

Del libro del Cantar de los cantares 4, 1–5, 1

CRISTO DESEA EL AMOR DE LA IGLESIA, SU ESPOSA

¡Qué hermosa eres, mi amada, qué hermosa eres! Tus ojos de paloma, por entre el velo; tus cabellos son un rebaño de cabras, descolgándose por las laderas de Galaad. Son tus dientes un rebaño esquilado, recién salido de bañarse, cada oveja tiene mellizos, ninguna hay sin corderos. Tus labios son cinta escarlata, y tu hablar, melodioso; tus sienes, entre el velo, son dos mitades de granada. Es tu cuello la torre de David, construida con sillares, de la que penden miles de escudos, miles de adargas de capitanes. Son tus pechos dos crías mellizas de gacela, paciendo entre azucenas.

Mientras sopla la brisa y se alargan las sombras, me voy al monte de la mirra, iré por la colina del incienso.

¡Toda hermosa eres, amada mía, y no hay en ti defecto! Ven desde el Líbano, novia mía, ven, baja del Líbano, desciende de la cumbre del Amaná, de la cumbre del Senil y del Hermón, de las cuevas de leones, de los montes de las panteras. Me has enamorado, hermana y novia mía, me has enamorado, con una sola de tus miradas, con una vuelta de tu collar.

¡Qué bellos tus amores, hermana y novia mía, tus amores son mejores que el vino! Un panal que destila son tus labios, y tienes, novia mía, miel y leche debajo de tu lengua; y la fragancia de tus vestidos es fragancia del Líbano.

Eres jardín cerrado, hermana y novia mía, eres jardín cerrado, fuente sellada. Tus brotes son jardines de granados con frutos exquisitos, nardo y enebro y azafrán, canela y cinamomo, con árboles de incienso, mirra y aloé, con los mejores bálsamos y aromas. La fuente del jardín es pozo de agua viva que baja desde el Líbano.

Despierta, cierzo; llégate, austro, orea mi jardín: que exhale sus perfumes. Entra, amor mío, en tu jardín a comer de sus frutos exquisitos.

Ya vengo a mi jardín, hermana y novia mía, a recoger el bálsamo y la mirra, a comer de mi miel y mi panal, a beber de mi leche y de mi vino. Compañeros, comed y bebed y embriagaos, mis amigos.

RESPONSORIO    Sal 44, 11-12a; cf. Is 62, 4. 5

R. Escucha, hija, mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna: * prendado está el rey de tu belleza.
V. El Señor te prefiere a ti, y tu Dios se alegrará contigo.
R. Prendado está el rey de tu belleza.

SEGUNDA LECTURA

De las Disertaciones de san Gregorio de Nacianzo, obispo
(Disertación 43, en alabanza de Basilio Magno, 15. 16-17. 19.21: PG 36, 514-523)

COMO SI LOS DOS CUERPOS TUVIERAN UN ALMA EN COMÚN

Nos habíamos encontrado en Atenas, como el curso de un río que, naciendo en una misma patria, se divide luego hacia diversas regiones (a donde habíamos ido por el afán de aprender) y de nuevo, de común acuerdo, por disposición divina, vuelve a reunirse.

Por entonces, no sólo admiraba yo a mi grande y querido Basilio, por la seriedad de sus costumbres y por la madurez y prudencia de sus palabras, sino que inducía también yo mismo a los demás que no lo conocían a que le tuviesen esta misma admiración. Los que conocían su fama y lo habían oído ya lo admiraban.

¿Qué consecuencias tuvo esto? Que él era casi el único que destacaba entre todos los que habían venido a Atenas para estudiar, y que alcanzó honores superiores a los que correspondían a su condición de mero discípulo. Éste fue el principio de nuestra amistad, el pequeño fuego que empezó a unirnos; de este modo, se estableció un mutuo afecto entre nosotros.

Con el correr del tiempo, nos hicimos mutuas confidencias acerca de nuestro común deseo de estudiar la filosofía; ya por entonces se había acentuado nuestra mutua estimación, vivíamos juntos como camaradas, estábamos en todo de acuerdo, teníamos idénticas aspiraciones y nos comunicábamos cada día nuestra común afición por el estudio, con lo que ésta se hacía cada vez más ferviente y decidida.

Teníamos ambos una idéntica aspiración a la cultura, cosa que es la que más se presta a envidias; sin embargo, no existía entre nosotros tal envidia, aunque sí el incentivo de la emulación. Nuestra competición consistía no en obtener cada uno para sí el primer puesto, sino en obtenerlo para el otro, pues cada uno consideraba la gloria de éste como propia.

Era como si los dos cuerpos tuvieran un alma en común. Pues si bien no hay que dar crédito a los que afirman que todas las cosas están en todas partes, en nuestro caso sí podía afirmarse que estábamos el uno en el otro.

Idéntica era nuestra actividad y nuestra afición: aspirar a la virtud, vivir con la esperanza de las cosas futuras y tratar de comportarnos de tal manera que, aun antes de que llegase el momento de salir de esta vida, pudiese decirse que ya habíamos salido de ella. Con estos pensamientos dirigíamos nuestra vida y todas nuestras acciones, esforzándonos en seguir el camino de los mandamientos divinos y estimulándonos el uno al otro a la práctica de la virtud; y, si no pareciese una arrogancia el decirlo, diría que éramos el uno para el otro la norma y regla para discernir el bien del mal.

Y, así como hay algunos que tienen un sobrenombre, ya sea heredado de sus padres, ya sea adquirido por méritos personales, para nosotros el mayor título de gloria era el ser cristianos y ser con tal nombre reconocidos.

RESPONSORIO    Dn 2, 21-22; 1Co 12, 11

R. El Señor da sabiduría a los sabios y ciencia a los que saben discernir: * él revela honduras y secretos, y la luz mora junto a él.
V. Y todos estos dones son obra de un mismo y único Espíritu, que distribuye a cada uno según le place.
R. Él revela honduras y secretos, y la luz mora junto a él.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor Dios, que has iluminado a la Iglesia con los ejemplos y las enseñanzas de san Basilio Magno y san Gregorio de Nacianzo, haz que busquemos humildemente tu verdad y que, viviendo según esta verdad, crezcamos en el amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.