Homilia en la Iglesia «de Jesús»

Queridos hermanos:

San Pablo nos dice, lo han escuchado, ‘Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús, Él mismo estando en la condición de Dios, no consideró un privilegio ser como Dios pero se anonadó a si mismo asumiendo una condición de siervo’. Nosotros, los jesuitas, queremos llevar el nombre de Jesús, militar debajo del estandarte de su cruz, y esto significa tener los mismos sentimientos de Cristo, significa pensar como Él; querer bien como Él; ver como Él; caminar como Él.

Significa hacer lo mismo que Él hizo y con sus mismos sentimientos, con los sentimientos de su corazón. El corazón de Cristo, de un Dios que por amor se ha vaciado. Cada uno de nosotros los jesuitas, que siguen a Jesús, deberían estar dispuestos a vaciarse a sí mismo. Estamos llamados a este vaciamiento, ser vaciados, ser hombres que no deben vivir centrados en si mismos, porque el centro de la Compañía es Cristo y su Iglesia.

Y Dios es siempre el ‘Deus semper maior’, el Dios de las sorpresas, y si el Dios de las sorpresas no está siempre en el centro, la Compañía se desorienta. Por eso ser jesuita significa ser una persona de pensamiento incompleto, de pensamiento abierto, porque piensa siempre mirando al horizonte que es la gloria de Dios, siempre mayor, que nos sorprende sin descanso. Es esta la inquietud de nuestra aspiración, la santa y bella inquietud.

Porque pecadores, podemos preguntarnos si nuestro corazón ha mantenido la inquietud de la búsqueda o si por el contrario se ha atrofiado, si nuestro corazón está siempre en tensión, un corazón que no se relaja, no se cierra en si mismo, pero que marca el ritmo de un camino que es necesario cumplir junto a todo el pueblo de Dios. Es necesario buscar a Dios para encontrarlo, y encontrarlo para buscarlo y siempre. Solamente esta inquietud le da paz al corazón de un jesuita.

Una inquietud también apostólica no nos debe hacer renunciar al anuncio del kerigma, a evangelizar con coraje. Es la inquietud que nos prepara para recibir el don de la fecundidad apostólica, sin inquietud somos estériles. En esta inquietud que tenía Pedro Fabro, hombre de grandes deseos, había otro Daniel.

Fabro era un hombre modesto, sensible, de profunda vida interior, dotado del don de tener amistad con personas de todo tipo. Era un espíritu inquieto, indeciso, nunca satisfecho. Bajo la guía de san Ignacio logró unir su sensibilidad inquieta, pero también dulce y exquisita, con la capacidad de tomar decisiones. Era un hombre de grandes deseos, se ha hecho cargo de sus deseos y los ha reconocido. Más aún, Pedro Fabro, cuando se proponen cosas difíciles es que se manifiesta el verdadero espíritu de un hombre de acción. Una fe profunda implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo.

Esta es la pregunta que debemos ponernos: tenemos también nosotros grandes visiones y arrojos? ¿Somos nosotros también audaces? Nuestro sueño vuela alto, el celo nos devora? O somos mediocres y nos conformamos de nuestras programaciones apostólicas de trabajadores. Recordémoslo siempre: la fuerza de la Iglesia no vive en sí misma y en su capacidad organizativa, pero se esconde en las aguas profundas de Dios. En estas aguas se agitan nuestros deseos y los deseos ensanchan el corazón, como decía san Agustín: rezar para desear y desear para ensanchar el corazón.

Justamente en sus deseos Fabro podía discernir la voz de Dios. Sin deseos no se va a ninguna parte. Es por ello que hay que ofrecer los propios deseos al Señor. En las constituciones se dice que se ayuda al prójimo con los deseos presentados a Dios Nuestro Señor. Fabro tenía el verdadero deseo de ser dilatado en Dios, estaba totalmente centrado en Dios, por eso podía ir en espíritu de obediencia, también muchas veces a pié por todas partes de Europa a dialogar con todos con dulzura, era la lanza del evangelio.

Me hace pensar a la tentación que quizás podemos tener nosotros, de relacionar el anuncio del evangelio con palazos inquisitorios y condenatorios. No, el evangelio se anuncia con dulzura, con fraternidad, con amor. Su familiaridad con Dios le llevaba a entender que la experiencia interior y la vida apostólica van siempre juntos. Escribe en sus memorias que el primer movimiento del corazón tiene que ser desear lo que es esencial y originario, o sea que el primer puesto sea dado a la solicitud perfecta de encontrar a Dios nuestro Señor. Fabro encuentra el deseo de dejar que Cristo opere en el centro del corazón. Solamente si se está centrado en Dios se puede ir a las periferias del mundo. Y Fabro viajó sin tregua también por las fronteras geográficas a tal punto, que se decía de él ‘parece que haya nacido para no estar quieto en ninguna parte’.

Fabro era devorado por el intenso deseo de comunicar al Señor. Si nosotros no tenemos su mismo deseo entonces tenemos necesidad de detenernos en oración y con fervor silencioso pedirle al Señor por intercesión de nuestro hermano Pedro, que vuelva a fascinarnos con el brillo del Señor que llevaba a Pedro a todas estas locuras apostólicas y a ese deseo sin control.

Nosotros somos hombres en tensión, somos también hombres contradictorios e incoherentes, pecadores todos, pero hombres que quieren caminar bajo la mirada de Jesús. Somos pequeños, pecadores, pero queremos militar bajo el estandarte de la cruz, en la Compañía que lleva el nombre de Jesús. Nosotros que somos egoístas queremos entretanto vivir una vida agitada por grandes deseos. Renovemos entonces nuestra oración al Eterno Señor del Universo, para que con la ayuda de su Madre Gloriosa, podamos querer, desear, vivir el sentimiento de Cristo que se vació a si mismo. Como decía Pedro Fabro, no busquemos en esta vida un nombre que no se aferre a aquel de Jesús. Recemos a la Virgen para ser puestos con su Hijo.

Vísperas – Viernes I de Navidad

TIEMPO DE NAVIDAD

VIERNES, I SEMANA DEL SALTERIO

 

3 de enero

 

VÍSPERAS

(Oración de la tarde)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

 

De un Dios que se encarnó muestra el misterio

la luz de Navidad.

Comienza hoy, Jesús, tu nuevo imperio

de amor y de verdad.

 

El Padre terno te engendró en su mente

desde la eternidad,

y antes que el mundo, ya eternamente,

fue tu natividad.

 

La plenitud del tiempo está cumplida;

rocío bienhechor

baja del cielo, trae nueva vida

al mundo pecador.

¡Oh santa noche! Hoy Cristo nacía

en mísero portal;

Hijo de Dios, recibe de María

la carne del mortal.

 

Hoy, Señor Jesús, el hombre en este suelo

cantar quiere tu amor,

y, junto con los ángeles del cielo,

te ofrece su loor.

 

Este Jesús en brazos de María

es nuestra redención;

cielos y tierra con su abrazo unía

de paz y de perdón.

 

Tú eres el Rey de paz, de ti recibe

su luz el porvenir;

Ángel del gran Consejo, por ti vive

Cuanto llega a existir.

 

A ti, Señor, y al Padre la alabanza,

y de ambos al Amor.

Contigo al mundo llega la esperanza;

a ti gloria y honor. Amén.

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

 

Salmo 40

 

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;

en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

 

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,

para que sea dichoso en la tierra,

y no la entrega a la saña sus enemigos.

 

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,

calmará los dolores de su enfermedad.

 

Yo dije: «Señor, ten misericordia,

sáname porque he pecado contra ti.»

 

Mis enemigos me desean lo peor:

«A ver si se muere y se acaba el apellido.»

 

El que viene a verme habla con fingimiento,

disimula su mala intención,

y cuando sale afuera, la dice.

 

Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí,

hacen cálculos siniestros:

«Padece un mal sin remedio,

se acostó para no levantarse».

 

Incluso mi amigo, del que yo me fiaba,

que compartía mi pan,

es el primero en traicionarme.

Pero tú, Señor, apiádate de mí,

has que pueda levantarme,

para que yo les dé su merecido.

 

En esto conozco que me amas:

en que mi enemigo no triunfa de mí.

 

A mí, en cambio, me conservas la salud,

me mantienes siempre en tu presencia.

 

Bendito el Señor, Dios de Israel,

ahora y por siempre. Amén, Amén.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

 

 

Ant. 2. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

 

Salmo 45

 

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,

poderoso defensor en el peligro.

 

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra

y los montes se desplomen en el mar.

 

Que hiervan y bramen sus olas,

que sacudan a los montes con su furia:

 

El Señor de los ejércitos está con nosotros,

nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

 

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,

el Altísimo consagra su morada.

 

Teniendo a Dios en medio, no vacila;

Dios la socorre al despuntar la aurora.

 

Los pueblos se amotinan, os reyes se rebelan;

pero la lanza de su trueno y se tambalea la tierra.

 

El Señor de los ejércitos está con nosotros,

nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

 

Venid a ver las obras del Señor,

las maravillas que hace en la tierra:

 

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,

rompe los arcos, quiebra las lanzas,

prende fuego a los escudos.

 

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:

más alto que los pueblos mas alto que la tierra.

 

«

El Señor de los ejércitos está con nosotros,

nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

 

 

Ant. 3. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

 

Cántico: Ap 15, 3-4

 

Grandes y maravillosas son tus obras,

Señor, Dios omnipotente,

justos y verdaderos tus caminos,

¡oh Rey de los siglos!

 

¿Quién no temerá, Señor

y glorificará tu nombre?

Porque tú solo eres santo,

porque vendrán todas las naciones

y se postrarán en tu acatamiento,

porque tus juicios se hicieron manifiesto.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

 

LECTURA BREVE           1Jn 1, 5b. 7

 

Dios es luz sin tiniebla alguna. Si vivimos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos unidos unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia los pecados.

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.

R. La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.

 

V. Y acampó entre nosotros.

R. Aleluya, aleluya.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Regocijémonos en el Señor y alegrémonos con júbilo espiritual, porque apareció en el mundo la salvación eterna. Aleluya.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Regocijémonos en el Señor y alegrémonos con júbilo espiritual, porque apareció en el mundo la salvación eterna. Aleluya.

 

PRECES

 

Con la llegada de Cristo, floreció y echó brotes el pueblo santo de Dios. Jubilosamente, digamos a nuestro Salvador:

Que tu nacimiento llene de gozo al mundo entero.

Cristo, vida nuestra, que viniste para ser cabeza de la Iglesia,

sigue promoviendo el crecimiento de tu cuerpo, para que se edifique en el amor.

 

Tú que quieres ser adorado en una doble naturaleza,

— haznos partícipes de tu divinidad.

 

Tú que por la encarnación te hiciste nuestro mediador,

— haz que los ministros de la Iglesia se unan más eficazmente a tu ministerio, por la santidad de sus vidas.

 

Tú que al venir a este mundo instauraste un nuevo orden entre los hombres,

— conduce a todos los pueblos a tu salvación.

 

Tú que al nacer rompiste las cadenas de la muerte,

— libra a los difuntos de todas sus ataduras.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Alegres porque Jesucristo nos ha hecho hijos de Dios, digámosle:

 

Padre nuestro…

 

ORACIÓN

 

Dios todopoderoso, tú has dispuesto que por el nacimiento virginal de tu Hijo, su humanidad no quedara sometida a la herencia del pecado: por este admirable misterio, humildemente te rogamos que cuantos hemos renacido, en Cristo, a una vida nueva, no volvamos otra vez a la vida caduca de la que nos sacaste. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

 

Ef 3, 2-3. 5-6

En la segunda lectura de ayer leíamos, como hoy, un texto de Efesios y decíamos que el designio de Dios sobre la historia es hacer una gran obra de unificación de lo diverso, de lo cósmico incluso, para hacer ver que somos familia única del Dios de amor. De ahí brotará una humanidad nueva basada en el amor como cimiento imprescindible. Y desde ahí habrían de ser modificadas las relaciones domésticas, aunque en este último punto Efesios “naufrague”, al igual que Colosenses y toda otra clase de relaciones.

Pues bien, en el presente texto el autor vuelve a explicar por segunda vez el designio de Dios, el afán por construir una realidad unificada integrando lo diverso (este ha sido un leitmotiv en todos los escritos paulinos y deuteropaulinos). Si la gracia se ha dado también “a favor vuestro”, de los paganos de Éfeso, es que el designio de unidad afecta no solamente a los judíos, sino a toda persona e incluso a toda la creación. Esta igualdad creacional ante Dios deja claro que quien es igual está llamado a la misma unidad.

Este “misterio” de la unidad de lo creado nunca había sido revelado como “ahora por el Espíritu y los santos apóstoles y profetas”, es decir, por los misioneros del Evangelio que anuncian la novedad de Jesús, el reconciliador, el ejecutor del designio de la unidad. De manera que, según Pablo, hoy estamos en condiciones inmejorables para comprender el designio de unidad y para darnos a esa tarea con ahínco. Es el gran sueño de la fraternidad universal, núcleo y meollo del reino, el gran anhelo de Jesús.

La evidencia que para Efesios descubre esto es que los paganos son coherederos con los judíos en pie de igualdad. El mundo se divide, para Efesios, en paganos y judíos. Ambos conforman la totalidad de lo humano. Esa totalidad está llamada al mismo designio y lo prueba la revelación de que los paganos han sido llamados a la misma fe y conforman las comunidades cristianas.

Los títulos que avalan a los paganos, según Efesios, son de peso: “son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa”. Esto es lo que ha dejado claro el hecho de que los paganos acepten el Evangelio, lo que demuestra que el cosmos está llamado a la unidad. La obra encarnacional de Jesús tiene como fin hacernos ver este designio con claridad, no dudar de él, colaborar a la fraternidad cósmica.

Fidel Aizpurúa Donázar 

Is 60, 1-6

El texto en su contexto

El texto que leemos pertenece a la tercera parte (o tercer libro) de la obra Isaiana. El contexto es de restauración de Jerusalén y de Judá; estamos en la época persa (s. V a.C.). Luz, alegría y tesoros: éstos son los tres términos conductores del texto isaiano. Isaías recurre a la luz que llega para que el pueblo vuelva a retomar la esperanza perdida. Es más, Jerusalén se levantará como faro en medio de tanta tiniebla y hacia ella se vuelven los pueblos desorientados. Jerusalén es también la ciudad de la alegría porque Dios se ha fijado en ella. Pero da un paso más adelante, y habla de innumerables riquezas. Los que han estado en Jerusalén saben que la ciudad está rodeada de colinas pobres y de un árido desierto que conduce al mar muerto. Jerusalén no goza de la fertilidad de las tierras de Babilonia, ni de la feracidad de los campos de la Baja Galilea. Sin embargo el profeta ve que las riquezas de todo el orbe conocido llegan en animales de carga para llenar la ciudad.

El texto en la historia de la salvación

Este oráculo profético de ilusión, esperanza y vida hace que el profeta Isaías continúe con la profecía mesiánica que encontramos en toda su obra. La Jerusalén terrena, siempre evocada como lugar de paz, es a la vez tierra de sufrimientos y de graves conflictos; la verdadera vocación de la ciudad es la de ser punto de encuentro de todas las civilizaciones y culturas. El anuncio de Isaías, en clave mesiánica, anticipa la peregrinación que harán a la tierra santa todos los pueblos para contemplar al Mesías de Dios.

Palabra de Dios para nosotros: sentido y celebración litúrgica

La luz forma parte en las culturas y en las religiones del imaginario de los positivo y deseable: la iluminación, los hijos de la luz, encontrar la luz. Por lo contrario, lo negativo e indeseable se identifica con lo tenebroso, con lo oscuro, con lo detestable, con aquello de lo que debemos huir. La luz abundante va unida a la alegría como telón de fondo; por el contrario, las tinieblas se asocian con la melancolía, el miedo y la tristeza. Ambas palabras se unen, por fin, con las riquezas de todo tipo. La llegada del Mesías es luz, alegría y riqueza para todos los pueblos; su salvación es universal.

Pedro Fraile Yécora 

Para la celebración

MONICIÓN DE ENTRADA

En medio de las fiestas de Navidad, que casi apenas nos dejan reposo, este domingo es una pequeña pausa que nos invita a profundizar en el misterio de la Encarnación de Dios en la historia, más allá de las meras, aunque tiernas, anécdotas de todos estos días. La Navidad no es sólo la memoria de un niño nacido entre pajas, una mula y un buey, sino la memoria del proyecto de Dios sobre la historia humana, llena de tinieblas, realizado en la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. La Eucaristía nos invita a revivir hoy este misterio que se concreta, para nosotros, como anuncio y como interpelación, en el hecho de compartir el pan y el vino en nombre de Jesús Resucitado y presente en medio de nosotros.

ACTO PENITENCIAL

A pesar de las tinieblas que oscurecen la luz de Cristo en nuestras vidas, acudimos de nuevo a ti, Padre, confiados en tu misericordia.

* Porque hemos preferido las tinieblas a la luz: Señor, ten piedad.

* Porque viniste a los tuyos, y no te hemos recibido: Cristo, ten piedad.

* Porque no hemos dado testimonio de la luz: Señor, ten piedad.

Dios, Padre nuestro: ten misericordia con nosotros, no mires nuestro pecado, llévanos a tu Reino.

PRESENTACIÓN DE OFRENDAS

Podemos llevar una serie de periódicos y colocarlos a modo de cuna para Jesús, Si hay “belén” podemos traer al Niño Jesús y colocarlo sobre los periódicos. Lo rodeamos con las cuatro velas que utilizamos en la corona de Adviento: la vela VERDE del “SABER MIRAR”, la vela BLANCA del “ PRACTICAR LA ACOGIDA”, la vela ROJA del “CURAR LAS HERIDAS”, y la vela AMARILLA del “RECONOCER A JESÜS como DIOS-CON-NOSOTROS”. Lo acompañamos también por un globo terráqueo.

Monición:

Aprender a contar Dios es saberlo mirar como uno de nosotros, nacido para nosotros en medio de los dolores y las alegrías de todo nuestro mundo y de nuestras realidades cotidianas. Aprender a contar a Dios como luz de la vida, para saber mirar, para practicar la acogida, para curar las heridas, para reconocerle a Él, Jesús de Nazaret, como presencia de Dios y luz alegre para seguir caminando.

Comentario al evangelio de hoy (3 de enero)

Hoy, 3 de enero de 2014, sin haber conseguido todos nuestros sueños, con un buen fardo de imperfecciones a las espaldas, en un mundo muy injusto, ya ahora somos hijos de Dios, estamos sostenidos por un amor que dignifica toda vida, que convierte en extraordinario hasta la más elemental experiencia. Y esto es sólo un pálido anticipo de lo que estamos llamados a ser. Podríamos abandonarnos a otro tipo de pensamientos, podríamos dar más crédito a los escépticos, a los desesperanzados… Podríamos, pero en ese caso no estaríamos dejándonos guiar por la Palabra de Dios sino por nuestras torpes y orgullosas palabras. O, por lo menos, por nuestra visión superficial de lo que sucede.

El evangelio de hoy nos regala las dos primeras respuestas a la pregunta de ayer acerca de quién es Jesús. Las pone en labios de Juan el Bautista. Para él, Jesús es el Cordero de Dios («Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo») y el Hijo de Dios («Yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios»). No sé cómo podríamos acercarnos al sentido fuerte que ambas expresiones tenían para los primeros destinatarios del evangelio. Hoy no resulta nada fácil entender a Jesús como «cordero» y ni siquiera como «hijo». Nuestra cultura occidental no practica ya ritos sacrificiales con animales. No entiende muy bien qué significa eso de ofrecer sacrificios a Dios. Por otra parte, en tiempos de espiritualidad difusa, en los que se concibe a Dios como una fuerza misteriosa, como una energía que produce vibraciones, hablar de un Dios que «tiene un hijo» resulta una afirmación anacrónica, absurda. Y, sin embargo, el misterio de Jesús está vinculado a su condición de Hijo entregado. Jesús es fruto del amor de Dios y expresión de la humanidad entera convertida en ofrenda.

En la eucaristía decimos: «Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros». La Iglesia ve en Jesús al que, con su entrega, nos libra del peso de nuestras culpas y nos abre el camino de toda liberación genuina: la entrega hasta el final. No hay sistema político o económico que entienda estas cosas. Por eso no hay ningún sistema político o económico que sea verdaderamente liberador.

Fernando González, cmf

Viernes I de Navidad

Hoy es viernes, 3 de enero, tiempo de Navidad.

Un día más me pongo en tu presencia, Señor. Respiro hondo, varias veces. Me hago consciente de que estás conmigo. Trato de acallar las urgencias, de inmediato. Las preocupaciones más acuciantes. Y me doy cuenta de que ahora estoy contigo. Es un privilegio poder pasar un momento así, en medio de la jornada. Quiero aprender a reconocerte en tantas personas y situaciones. Como Juan el Bautista, cuando, viéndote de lejos, comprendió quién eras y exclamó: he ahí el cordero de Dios. Me invita a evocar esas situaciones en que aprendo a reconocerte en las cosas que pasan, entonces también yo puedo exclamar: he ahí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 1, 29-34):

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: «Trás de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.» Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel.»

Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.» Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Juan ve a Jesús venir hacia él. Podría haberle pasado desapercibido, como uno de tantos. Pero se dio cuenta de quién era. A lo mejor, de otra manera, también el Señor me sale al paso a mí. En otros rostros, en otras situaciones, en otras historias. Le pido que me enseñe a reconocerle.

Juan da testimonio, cuenta lo que ha visto. También hoy a mí se me invita a contar lo bueno de Dios. A dar testimonio de por qué merece la pena su evangelio. A comunicar las veces en que me he dado cuenta de cómo Dios obra el bien en la gente. Pienso en esas buenas noticias que he ido descubriendo.

Escucho ahora esa frase de Juan. He ahí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Es una gran noticia. Dios en Jesús, viene para restaurar lo que está roto. Para sanar lo que está herido, para acabar con el pecado que a tanta gente hiere. Jesús viene a traer libertad, liberación, paz y reconciliación. Me dejo inundar por esa buena noticia.

Al contemplar de nuevo el evangelio, fíjate ahora en los hombres que escuchan a Juan. ¿Qué entenderían? Juan debía  ser convincente, pues algunos de ellos se echaron después al camino para seguir a Jesús. Piensa en esas personas que andan sedientos de un guía, de una respuesta, de una esperanza, y piensa como la tranquila convicción de Juan, se les va contagiando y quizás también a ti.

Llego al final de este momento de encuentro. Le pido a Dios que siga enviando su espíritu sobre este mundo. Sobre las personas, quizás también sobre mí. Le cuento lo que esta escena ha despertado en mí. Y termino mi oración, pidiéndole con confianza.

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros. Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros. Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, danos la paz.

Laudes – Viernes I de Navidad

TIEMPO DE NAVIDAD

VIERNES, I SEMANA DEL SALTERIO

 

3 de enero

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle.

Salmo 94

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Ver a Dios en la criatura,

ver a Dios hecho mortal,

ver en humano portal

la celestial hermosura.

¡Gran merced y gran ventura

a quien verlo mereció!

¡Quién lo viera y fuera yo!

Ver llorar a la alegría,

ver tan pobre a la riqueza,

ver tan baja a la grandeza

y ver que Dios lo quería.

¡Gran merced fue en aquel día

la que el hombre recibió!

¡Quién lo viera y fuera yo!

Poner paz en tanta guerra,

calor donde hay tanto frío,

ser de todos lo que es mío,

plantar un cielo en la tierra.

¡Qué misión de escalofrío

la que Dios nos confió!

¡Quién lo hiciera y fuera yo! Amén.

SALMODIA

Ant. 1. Aceptarás los sacrificios, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar, Señor.

Salmo 50

Misericordia, Dios mío por tu bondad;

por tu inmensa compasión borra mi culpa;

lava del todo mi delito,

limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado:

contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,

en el juicio brillará tu rectitud.

Mira, que en la culpa nací,

pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,

y en mi interior me inculcas sabiduría.

Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;

lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,

que se alegren los huesos quebrantados.

Aparta de mi pecado tu vista,

borra en mí toda culpa.

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme;

no me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso:

enseñaré a los malvados tus caminos,

los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre ¡oh Dios,

Dios, Salvador mío!,

y cantará mi lengua tu justicia.

Señor, me abrirás los labios,

y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen;

si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:

un corazón quebrantado y humillado

tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad,

favorece a Sión

reconstruye las murallas de Jerusalén:

entonces aceptarás los sacrificios rituales,

ofrendas y holocaustos,

sobre tu altar se inmolarán novillos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

Ant. 1. Aceptarás los sacrificios, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar, Señor.

 

 

Ant. 2. Con el Señor triunfará y se gloriará la estirpe de Israel.

Cántico: Is 45, 15-26

Es verdad: tú eres un Dios escondido,

el Dios de Israel, el Salvador.

Se avergüenzan y se sonrojan todos por igual,

se van avergonzados los fabricantes de ídolos;

mientras el señor salva a Israel

con una salvación perpetua,

para que no se avergüencen ni se sonrojen nunca jamás.

Así dice el Señor, creador del cielo

– él es Dios -,

él modeló la tierra,

la fabricó y la afianzó;

no la creó vacía,

sino que la formó habitable:

«Yo soy el Señor y no hay otro».

No te hablé a escondidas,

en un país tenebroso,

no dije a la estirpe de Jacob:

«Buscadme en el vacío».

Yo soy el Señor que pronuncia sentencia

y declara lo que es justo.

Reuníos, venid, acercaos juntos, supervivientes de las naciones.

No discurren los que llevan su ídolo de madera,

y rezan a un dios que no puede salvar.

Declarad, aducid pruebas,

que deliberen juntos:

¿Quién anunció esto desde antiguo,

quién lo predijo desde entonces?

¿No fui yo, el Señor?

– No hay otro Dios fuera de mí –

Yo soy un Dios justo y salvador,

y no hay ninguno más.

Volveos hacia mí para salvaros,

confines de la tierra,

pues yo soy Dios y no hay otro.

Yo juro por mi nombre,

de mi boca sale una sentencia,

una palabra irrevocable:

«Ante mí se doblara toda rodilla,

por mí jurará toda lengua»,

dirán: «Solo el Señor

tiene la justicia y el poder.’’

A él vendrán avergonzados

los que se enardecían contra él,

con el Señor triunfará y se gloriara

la estirpe de Israel.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

Ant. 2. Con el Señor triunfará y se gloriará la estirpe de Israel.

Ant. 3. Entrad en la presencia del Señor con aclamaciones.

Salmo 99

Aclama al Señor, tierra entera,

servid al Señor con alegría,

entrad en su presencia con aclamaciones.

Sabed que el Señor es Dios:

que él nos hizo y somos suyos,

su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,

por sus atrios con himnos,

dándole gracias y bendiciendo su nombre:

«El Señor es bueno.

Su misericordia es eterna,

su fidelidad por todas las edades.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

Ant. 3. Entrad en la presencia del Señor con aclamaciones.

LECTURA BREVE           Is 62, 11-12

Decid a la hija de Sión: “Mira a tu Salvador que llega, el premio de su victoria lo acompaña, la recompensa lo precede; los llamarán “Pueblo santo”, “Redimidos del Señor”.

RESPONSORIO BREVE

V. El Señor ha revelado, Aleluya, aleluya.

R. El Señor ha revelado, Aleluya, aleluya.

V. Su salvación.

R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. El Señor ha revelado, Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, llena de gracia y de verdad; y de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Aleluya.

Cántico de Zacarías. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, llena de gracia y de verdad; y de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Aleluya.

PRECES

Acudamos alegres a nuestro Redentor, el Hijo de Dios hecho hombre para renovar al hombre, y digámosle confiados:

Quédate con nosotros, oh Emmanuel.

Oh Jesús, Hijo del Dios vivo, esplendor del Padre, luz increada, rey de la gloria, sol de justicia e hijo de la Virgen María,

— ilumina con la luz de tu encarnación el día que ahora empezamos.

Oh Jesús, maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre perpetuo, Príncipe de la paz,

— haz que los ejemplos de tu humanidad santa sean norma para nuestra vida.

Oh Jesús, todopoderoso y paciente, humilde de corazón y obediente,

— manifiesta a todos los hombres el poder de la humildad.

Oh Jesús, padre de los pobres, gloria de los fieles, pastor bueno, luz indeficiente, sabiduría y bondad inmensa, camino y vida para todos,

— concede a tu Iglesia el espíritu de pobreza.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Alegres porque Jesucristo nos ha hecho hijos de Dios, digámosle:

 

Padre nuestro…

ORACIÓN

Dios todopoderoso, tú has dispuesto que por el nacimiento virginal de tu Hijo, su humanidad no quedara sometida a la herencia del pecado: por este admirable misterio, humildemente te rogamos que cuantos hemos renacido, en Cristo, a una vida nueva, no volvamos otra vez a la vida caduca de la que nos sacaste. Por nuestro Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Viernes I de Navidad

OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: NACISTE DEL PADRE, SIN PRINCIPIO

Naciste del Padre, sin principio,
antes que la luz resplandeciera;
del seno sin mancha de María
surges como luz en las tinieblas.

Los pobres acuden a adorarte,
solos, ellos velan en la noche,
sintiendo admirados en tu llanto
la voz del pastor de los pastores.

El mundo se alegra en este día,
gozan los patriarcas, los profetas;
la flor ha nacido de la rama,
flor que ha perfumado nuestra Iglesia.

Los ángeles cantan hoy tu gloria,
Padre, que enviaste a Jesucristo;
unimos con ellos nuestras voces,
oye, bondadoso, nuestros himnos. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Levántate, Señor, y ven en mi auxilio.

Salmo 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28 – I – SÚPLICA CONTRA LOS PERSEGUIDORES INJUSTOS

Pelea, Señor, contra los que me atacan,
guerrea contra los que me hacen guerra;
empuña el escudo y la adarga,
levántate y ven en mi auxilio;
di a mi alma:
«Yo soy tu victoria.»

Y yo me alegraré con el Señor,
gozando de su victoria;
todo mi ser proclamará:
«Señor, ¿quién como tú,
que defiendes al débil del poderoso,
al pobre y humilde del explotador?»

Se presentaban testigos violentos:
me acusaban de cosas que ni sabía,
me pagaban mal por bien,
dejándome desamparado.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Levántate, Señor, y ven en mi auxilio.

Ant 2. Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso.

Salmo 34, II

Yo, en cambio, cuando estaban enfermos,
me vestía de saco,
me mortificaba con ayunos
y desde dentro repetía mi oración.

Como por un amigo o por un hermano,
andaba triste,
cabizbajo y sombrío,
como quien llora a su madre.

Pero, cuando yo tropecé, se alegraron,
se juntaron contra mí
y me golpearon por sorpresa;

me laceraban sin cesar,
cruelmente se burlaban de mí,
rechinando los dientes de odio.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso.

Ant 3. Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabaré, Señor.

Salmo 34, III

Señor, ¿cuándo vas a mirarlo?
Defiende mi vida de los que rugen,
mi único bien, de los leones,

y te daré gracias en la gran asamblea,
te alabaré entre la multitud del pueblo.

Que no canten victoria mis enemigos traidores,
que no se hagan guiños a mi costa
los que me odian sin razón.

Señor, tú lo has visto, no te calles;
Señor, no te quedes a distancia;
despierta, levántate, Dios mío;
Señor mío, defiende mi causa.
Júzgame tú según tu justicia.

Que canten y se alegren
los que desean mi victoria;
que repitan siempre: «Grande es el Señor»,
los que desean la paz a tu siervo.

Mi lengua anunciará tu justicia,
todos los días te alabaré.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabaré, Señor.

V. El Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia.
R. Para que conozcamos al verdadero Dios. 

PRIMERA LECTURA

Del libro del Cantar de los cantares 5, 2–6, 2

LA ESPOSA BUSCA Y ALABA AL ESPOSO

Estaba durmiendo, mi corazón en vela, cuando oigo a mi amado que me llama:

«Ábreme, hermana mía, amada mía, mi paloma sin mancha: que tengo la cabeza cuajada de rocío, mis rizos, del relente de la noche.»

Ya me quité la túnica, ¿cómo voy a ponérmela de nuevo? Ya me lavé los pies, ¿cómo voy a mancharlos otra vez? Mi amor introduce la mano por la abertura: me estremezco al sentirlo, al escucharlo se me escapa el alma.

Ya me he levantado a abrir a mi amado: mis manos gotean perfume de mirra; mis dedos, mirra que fluye por la manilla de la cerradura. Yo misma abro a mi amado, abro, y mi amado se ha marchado ya. Lo busco, y no lo encuentro; lo llamo, y no responde. Me encontraron los guardias que rondan la ciudad. Me golpearon e hirieron, me quitaron el manto los centinelas de las murallas.

Muchachas de Jerusalén, os conjuro que, si encontráis a mi amado, le digáis… ¿qué le diréis?… que estoy enferma de amor.

¿Qué distingue a tu amado de los otros, tú, la más bella? ¿Qué distingue a tu amado de los otros, que así nos conjuras?

Mi amado es blanco y sonrosado, descuella entre diez mil. Su cabeza es de oro, del más puro, sus rizos son racimos de palmera, negros como los cuervos; sus ojos dos palomas a la vera del agua, que se bañan en leche y se posan al borde de la alberca; sus mejillas, macizos de bálsamo que exhalan aromas; sus labios son lirios con mirra que fluye; sus brazos, torneados en oro, engastados con piedras de Tarsis; su cuerpo es de marfil labrado, todo incrustado de zafiros; sus piernas, columnas de mármol, apoyadas en plintos de oro.

Gallardo como el Líbano, juvenil como un cedro; es muy dulce su boca, todo él, pura delicia. Así es mi amado, mi amigo, muchachas de Jerusalén.

¿Adónde fue tu amado, la más bella de todas las mujeres? ¿Adónde fue tu amado? Queremos buscarlo contigo.

Ha bajado mi amado a su jardín, a los macizos de las balsameras, el pastor de jardines a cortar azucenas. Yo soy para mi amado, y él es para mí; él pastorea entre azucenas.

RESPONSORIO    Ct 5, 2; Ap 3, 20

R. Mi amado me llama: * «Ábreme, hermana mía, amada mía.»
V. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno me abre, cenaré con él y él conmigo.
R. Ábreme, hermana mía, amada mía.

SEGUNDA LECTURA

De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan
(Tratado 17, 7-9: CCL 36, 174-175)

EL DOBLE PRECEPTO DE LA CARIDAD

Lleno de amor ha venido a nosotros el mismo Señor, el maestro de la caridad, y al venir ha resumido, como ya lo había predicho el profeta, el mensaje divino, sintetizando la ley y los profetas en el doble precepto de la caridad.

Recordad conmigo, hermanos, cuales sean estos dos preceptos. Deberíais conocerlos tan perfectamente que no sólo vinieran a vuestra mente cuando yo os los recuerdo, sino que deberían estar siempre como impresos en vuestro corazón. Continuamente debemos pensar en amar a Dios y al prójimo: A Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente; y al prójimo como a nosotros mismos.

Éste debe ser el objeto continuo de nuestros pensamientos, éste el tema de nuestras meditaciones, esto lo que hemos de recordar, esto lo que debemos hacer, esto lo que debemos conseguir. El primero de los mandamientos es el amor a Dios, pero en el orden de la acción debemos comenzar por llevar a la práctica el amor al prójimo. El que te ha dado el precepto del doble amor en manera alguna podía ordenarte amar primero al prójimo y después a Dios, sino que necesariamente debía inculcarte primero el amor a Dios, después el amor al prójimo.

Pero piensa que tú, que aún no ves a Dios, merecerás contemplarlo si amas al prójimo, pues amando al prójimo purificas tu mirada para que tus ojos puedan contemplar a Dios; así lo atestigua expresamente san Juan: Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.

Escucha bien lo que se te dice: ama a Dios. Si me dijeras: «Muéstrame al que debo amar», ¿qué podré responderte sino lo que dice el mismo san Juan: Nadie ha visto jamás a Dios? Pero no pienses que está completamente fuera de tu alcance contemplar a Dios, pues el mismo apóstol dice en otro lugar: Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios. Por lo tanto, ama al prójimo y encontrarás dentro de ti el motivo de este amor; allí podrás contemplar a Dios, en la medida que esta contemplación es posible.

Empieza, por tanto, amando al prójimo: Parte tu pan con el que tiene hambre, da hospedaje a los pobres que no tienen techo, cuando veas a alguien desnudo cúbrelo, y no desprecies a tu semejante.

¿Qué recompensa obtendrás al realizar estas acciones? Escucha lo que sigue: Entonces brillará tu luz como la aurora. Tu luz es tu Dios, él es tu aurora, porque a ti vendrá después de la noche de este mundo. Él, ciertamente, no conoce el nacimiento ni el ocaso, porque permanece para siempre.

Amando al prójimo y preocupándote por él, progresas sin duda en tu camino. Y ¿hacia dónde avanzas por este camino sino hacia el Señor, tu Dios, hacia aquel a quien debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente? Aún no hemos llegado hasta el Señor, pero al prójimo lo tenemos ya con nosotros. Preocúpate, pues, de aquel que tienes a tu lado mientras caminas por este mundo y llegarás a aquel con quien deseas permanecer eternamente.

RESPONSORIO    1Jn 4, 10-11. 16

R. Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. * Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
V. Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.
R. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.

ORACIÓN.

OREMOS,
Dios nuestro, que quisiste que en el parto de la santísima Virgen María la carne de tu Hijo no quedara sometida a la antigua sentencia dada al género humano, concédenos, ya que por el nacimiento de Cristo hemos entrado a participar de esta renovación de la creatura, que nos veamos libres del contagio de la antigua condición. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.