Francisco en Sta. Marta: En el corazón escuchar a Jesús y no a los falsos profetas

El cristiano sabe vigilar su corazón para distinguir lo que viene de Dios y lo que viene de los falsos profetas. Es lo que ha recordado el Santo Padre esta mañana en la primera misa de Santa Marta tras las fiestas navideñas. El Papa ha insistido en que la vida de Jesús es la del servicio y de la humildad. «Una camino que todos los cristianos están llamados a seguir», ha afirmado.

El papa Francisco ha desarrollado la homilía sobre el «permaneced en el Señor», la exhortación del apóstol Juan de la primera lectura de hoy. Un «consejo de vida» que Juan repite de forma «casi obsesiva». El apóstol indica «una de las actitudes del cristiano que quiere permanecer en el Señor: conocer qué sucede en el propio corazón». Por esto advierte que es necesario no dar fe a cualquier espíritu, sino de poner «a prueba a los espíritus».

El Papa ha invitado a saber «discernir los espíritus», discernir si una cosa nos hace «permanecer en el Señor o nos aleja de Él». Así, Francisco ha continuado matizando que «nuestro corazón siempre tiene deseos, tiene anhelos, tiene pensamientos». Pero se ha preguntado, «¿estos son del Señor o algunos de estos nos alejan del Señor?». Por eso el apóstol Juan nos exhorta a «poner a prueba» lo que pensamos y deseamos: «Si esto va en la línea del Señor, así irá bien, pero si no va… Poner a prueba los espíritus para ver si son verdaderamente de Dios, porque muchos falsos profetas proceden del mundo. Profetas y profecías o propuestas: ‘¡Yo quiero hacer esto!’ Pero no te lleva al Señor, te aleja de Él.

Por esto es necesaria la vigilancia. El cristiano es un hombre o una mujer que sabe vigilar su corazón. Y muchas veces nuestro corazón, con tantas cosas que van y vienen, parece un mercado local: de todo, encuentras de todo allí… ¡Y no! Debemos saber -esto es del Señor o esto no lo es- para permanecer en el Señor».

Por tanto, «¿cuál es el criterio para entender si algo viene de Cristo o del anticristo?». El Papa ha afirmado que san Juan tiene una idea clara y sencilla: «todo espíritu que reconoce a Jesucristo, venido en la Carne, es de Dios. Todo espíritu que no reconoce a Jesús no es de Dios: es el espíritu del anticristo». Pero, «¿qué quiere decir reconocer que el Verbo ha venido en Carne?». El Pontífice ha explicado que «reconocer el camino de Jesucristo», reconocer que Él, «siendo Dios, se ha abajado, se ha humillado» hasta la «muerte de cruz».

Así lo ha indicado Francisco: «Ese es el camino de Jesucristo, el abajamiento, la humildad, también la humillación. Si un pensamiento, si un deseo te lleva sobre ese camino de humildad, de abajamiento, de servicio a los demás, es de Jesús. Pero si te lleva sobre el camino de la suficiencia, de la vanidad, del orgullo, sobre el camino de un pensamiento abstracto, no es de Jesús. Pensemos en las tentaciones de Jesús en el desierto: las tres propuestas que hace el demonio a Jesús son propuestas que querían alejarlo de este camino, el camino del servicio, de la humildad, la humillación, la caridad. Pero la caridad hecha con su vida ¿no? A las tres tentaciones Jesús dice no: ‘No, este no es mi camino'».

Por ello, el Santo Padre ha invitado a todos a pensar precisamente en lo que sucede en nuestro corazón. En lo que pensamos y sentimos, en qué queremos, a examinar los espíritus. «¿Yo pongo a prueba lo que pienso, lo que quiero, lo que deseo o lo tomo todo?», ha preguntado.

Y así, para concluir, el papa Francisco ha afirmado que «muchas veces, nuestro corazón es un camino, pasan todos por allí… Poner a prueba. ¿Y elijo siempre las cosas que vienen de Dios? ¿Sé cuales son las que vienen de Dios? ¿Conozco el verdadero criterio para discernir mis pensamientos, mis deseos? Pensemos esto y no olvidemos que el criterio es la Encarnación del Verbo. El Verbo ha venido a la carne: ¡esto es Jesucristo! Jesucristo que se ha hecho hombre, Dios hecho hombre, se ha abajado, se ha humillado por amor, para servirnos a todos nosotros. Y el apóstol Juan nos conceda la gracia de conocer qué sucede en nuestro corazón y tener la sabiduría de discernir lo que viene de Dios y lo que no viene de Dios».

Vísperas – Martes después de Epifanía

VÍSPERAS

TIEMPO DE NAVIDAD

MARTES, II SEMANA DEL SALTERIO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

 

Confiada mira la luz dorada

que a ti hoy llega, Jerusalén:

de tu Mesías ve la alborada

sobre Jerusalén.

 

El mundo todo ve hoy gozoso

la luz divina sobre Israel;

la estrella muestra al prodigioso

rey Emmanuel.

 

Ya los tres magos, desde el Oriente,

la estrella viendo, van de ella en pos;

dan sus primicias de amor ferviente

al niño Dios.

 

Ofrenda de oro que es Rey declara,

incienso ofrece a Dios su olor,

predice mirra muerte preclara,

pasión, dolor.

La voz del Padre, Cristo, te llama

su predilecto, sobre el Jordán.

Dios en los hombres hoy te proclama

valiente Juan.

 

Virtud divina resplandecía

del que del agua vino sacó,

cuando el anuncio de eucaristía

Caná bebió.

A darte gloria, Señor, invita

la luz que al hombre viniste a dar,

luz que nos trae gloria infinita

de amor sin par. Amén.

 

SALMODIA

 

Ant. 1. No podéis servir a Dios y al dinero

 

Salmo 48 (I)

 

Oíd esto, todas las naciones,

escuchadlo, habitantes del orbe:

plebeyos y nobles, ricos y pobres;

 

mi boca hablará sabiamente,

y serán muy sensatas mis reflexiones;

prestaré oído al proverbio

y propondré mi problema al son de la cítara.

 

¿Por qué habré de temer los días aciagos,

cuando me cerquen y me acechen los malvados,

que confían en su opulencia

y se jactan de sus inmensas riquezas,

si nadie puede salvarse

ni dar a Dios un rescate?

 

Es tan caro el rescate de la vida,

que nunca les bastará

para vivir perpetuamente

sin bajar a la fosa.

 

Mira: los sabios mueren,

lo mismo que perecen los ignorantes y necios,

y legan sus riquezas a extraños.

 

El sepulcro es su morada perpetua

y su casa de edad en edad,

aunque hayan dado nombre a países.

 

El hombre no perdura en la opulencia,

sino que perece como los animales.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. No podéis servir a Dios y al dinero

 

 

Ant. 2. “Atesorad tesoros en el cielo”, dice el Señor.

 

Salmo 48 (II)

 

Éste es el camino de los confiados,

el destino de los hombres satisfechos:

 

son un rebaño para el abismo,

la muerte es su pastor,

y bajan derechos a la tumba;

se desvanece su figura

y el abismo es su casa.

 

Pero a mí, Dios me salva,

me saca de las garras del abismo

y me lleva consigo.

 

No te preocupes si se enriquece un hombre

y aumenta el fasto de su casa:

cuando muera, no se llevará nada,

su fasto no bajará con él.

 

Aunque en vida se felicitaba:

«Ponderan lo bien que los pasas»,

irá a reunirse con sus antepasados,

que no verán nunca la luz.

 

El hombre rico e inconsciente

es como un animal que perece.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. “Atesorad tesoros en el cielo”, dice el Señor.

 

 

Ant. 3. Digno es el Cordero degollado de recibir el honor y la gloria.

 

Cántico: Ap 4, 11; 5, 9-10.12

 

Eres digno, Señor Dios nuestro,

de recibir la gloria,

el honor y el poder,

porque tú has creado el universo;

porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

 

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,

porque fuiste degollado

y por tu sangre compraste para Dios

hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;

y has hecho de ellos para nuestro Dios

un reino de sacerdotes

y reinan sobre la tierra.

 

Digno es el Cordero degollado

de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría,

la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. Digno es el Cordero degollado de recibir el honor y la gloria.

 

 

LECTURA BREVE           2P 1, 3-4

 

Cristo, por su divino poder, nos ha concedido todo lo que conduce a la vida y a la piedad, dándonos a conocer al que nos ha llamado por su propia gloria y potencia. Con eso nos ha dado los inapreciables y extraordinarios bienes prometidos, con los cuales podéis escapar de la corrupción que reina en el mundo por la ambición, y participar del mismo ser de Dios.

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Será la bendición de todos los pueblos.

R. Será la bendición de todos los pueblos.

 

V. Lo proclamarán dichoso todas las razas de la tierra.

R. Todos los pueblos.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Será la bendición de todos los pueblos.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Al ver la estrella, los magos se llenaron de inmensa alegría; y, entrando en la casa, ofrecieron al Señor oro, incienso y mirra.

 

Cántico de María Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Al ver la estrella, los magos se llenaron de inmensa alegría; y, entrando en la casa, ofrecieron al Señor oro, incienso y mirra.

 

PRECES

 

Bendito sea el Señor Jesucristo, que ha visitado a los que vivían en tinieblas y en sombra de muerte a fin de iluminarlos; supliquémosle, diciendo:

Oh Cristo, sol que naces de lo alto, ilumínanos con tu luz.

 

Señor Jesucristo, que al venir al mundo diste nacimiento a la Iglesia, tu cuerpo,

— haz que esta Iglesia crezca y se construya en la caridad.

 

Tú que con tu poder gobiernas el cielo y la tierra,

— haz que los pueblos y sus gobernantes reconozcan y confiesen tu soberanía divina.

 

Tú que, al hacerte hombre, has sido constituido sacerdote eterno,

— haz que todos los sacerdotes sean ministros idóneos de tu redención.

 

Tú que, en el seno de María Virgen, desposaste místicamente la humanidad con la divinidad,

— bendice a las vírgenes que se han consagrado a ti para ser tus esposas.

 

Tú que, al unirte a nuestra naturaleza mortal, destruiste la muerte introducida por el pecado,

— transforma en vida eterna la muerte de nuestros difuntos.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Alegres porque Jesucristo nos ha hecho hijos de Dios, digamos:

 

Padre nuestro…

 

ORACIÓN

 

Te pedimos, Señor, que tu divina luz ilumine nuestros corazones; con ella avanzaremos a través de las tinieblas del mundo, hasta llegar a la patria donde todo es eterna claridad. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Hech 10, 34-38

Desde una cierta perspectiva, el libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito más de treinta años después de la desaparición del apóstol Pablo, es una formidable crítica a ciertos cristianos que están aquejados del “mal de Pablo”. ¿Cuál es ese mal? La evidencia, por un lado, de que el judaísmo radical no puede acoger la propuesta de Jesús y, por otra parte, el no llegar a despegarse de los ámbitos judíos. Efectivamente, Pablo, en Hechos y ante el rechazo de los judíos, está siempre diciendo “nos vamos a los paganos” (Hech 13,46). Pero, a renglón seguido, “entró en la sinagoga” (Hech 14,1). Viendo que los paganos son el campo con futuro, no termina de ir a ellos. Hasta la última línea del libro estará diciendo lo mismo (Hech 28,28). Se censura, a la base, la desconfianza hacia el mundo pagano, hacia la secularidad diríamos hoy, que tiene toda religión y que ha acompañado al cristianismo desde sus albores. Es bueno contrarrestar esta tendencia en este hoy en que se pro- clama un texto de Hechos.

En su discurso, Pedro plantea tres principios de gran calado: 1) “Dios no hace distinciones”. Es una andanada en la línea de flotación del judaísmo que basa toda su espiritualidad en el peligroso concepto de “elección” (Dt 7,6; 14,2).

De alguna forma este concepto pasará a los evangelios, pero muy mitigado (Mt 15,24). Hechos lo relativiza casi del todo. 2) Dios está con quien “practica la justicia, sea de la nación que sea”. La clave está en la justicia, no en la pertenencia religiosa (Lc 23,29). 3) Envió su palabra “anunciando la paz”. Es decir, el anuncio de la paz es lo que tipifica al verdadero seguidor de Jesús, no su pertenencia social o religiosa. Todo un vuelco en la concepción teísta del hecho religioso.

Pedro fundamenta estos arriesgados planteamientos, como era de esperar, en la persona misma de Jesús cuya vida y actividad queda resumida en dos principios aplicables a toda persona: “pasó por la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos”. Hacer el bien y curar es el resumen de la actividad de Jesús y lo que dibuja de manera sucinta el ser del seguidor de Jesús. Hacer el bien es el núcleo de la actividad del ciudadano del reino: “Haz tú lo mismo” (Lc 10,37). Curar es el resumen de la actividad anunciadora del reino de Dios, sobre todo cuando esa acción se orienta a los más desvalidos: “Curad leprosos” (Mt 10,8).

Desde aquí se deduce que “Dios estaba con él”, que el amor del Padre sustentaba esta clase de caminos. La relación de bondad, la obra de curación que se apoya en la certeza de que Dios está con quien practica la justicia sin hacer ningún tipo de distinción (ésas las hacemos nosotros) es lo que habría de presidir las relaciones del seguidor de Jesús con la sociedad. Todo otro baremo queda cuestionado si estos elementos humanizado- res están ausentes de él.

Fidel Aizpurúa Donázar 

Comentario al evangelio de hoy (7 de enero)

Hasta ayer mismo la Liturgia nos ha estado mostrando la escena de Belén: el nacimiento del Hijo de Dios, la Encarnación de la Palabra en la historia, su manifestación a todos los pueblos, razas y naciones. Y de repente, la Palabra de Dios nos hace dar un salto en el tiempo para pasar a contemplar a Jesús en el inicio de su misión. La luz que ha comenzado a brillar en las tinieblas comienza también a recorrer los caminos de Galilea y del mundo entero para poder llegar a todos.

La transición la hace la cita que Mateo recoge del profeta Isaías: “… El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”. Y la luz, que había estallado en medio de la historia por el nacimiento de Jesús, comienza ahora su misión en un tiempo y un lugar muy concretos: tras el arresto de Juan y en Galilea.

La Encarnación del Hijo de Dios no es una idea teológica, ni sólo un acontecimiento misterioso que se da en la profundidad de Dios. Es histórica; mejor aún, es la “historificación” de Dios. En el aquí y el ahora. Y Jesús comenzó a predicar por los caminos y aldeas de Galilea llamando a la conversión y proclamando la Buena Noticia, el Evangelio, de la cercanía del Reino. Y así, histórica y concreta, la luz de Dios comenzó a inundar nuestra historia.

Ese Jesús, histórico, concreto, personal, humano, sigue hoy presente: en la comunidad cristiana y en el corazón de cada uno de los que le seguimos. Somos, hoy día, en nuestro aquí y ahora, encarnación histórica y concreta de la Luz encarnada de Dios, de Jesús. A través de nosotros él continúa recorriendo los caminos del mundo, proclamando a todos la alegría de la Buena Nueva del Reino, realizando signos concretos venciendo el poder del mal que se manifiesta de tantas maneras, e invitando a la conversión del corazón. Y sólo a través de nosotros podrá seguir haciéndolo, porque él es Dios encarnado.

Javier Goñi, cmf

Martes después de Epifanía

Hoy es martes, 7 de enero.

Hoy, en este rato de oración, que ahora comienzo, se me va a ofrecer un bonito regalo de reyes, una carta de amor. En el comienzo del nuevo año, escuchar esta declaración amorosa, es algo más que un breve texto. Es tan denso su contenido, que bien merece una escucha atenta y pausada. Preparo mi corazón en silencio, para recibir su mensaje. Dejo a un lado otras cartas, otros mensajes, otras preocupaciones y tareas. Y centro mi atención en este mensaje que puede sorprenderme.

La lectura de hoy es de la primera carta de Juan (1 Jn 3, 22–4,6):

Cuanto pedimos lo recibimos de Dios, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio. Queridos: no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. Podréis conocer en esto el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo. Vosotros, hijos míos, sois de Dios y lo habéis vencido. Pues el que está en vosotros es más que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo y el mundo los escucha. Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.

Dios toma la iniciativa al regalarnos su amor. El amor no es algo para negociar. Y Dios no exige nada a cambio. Es un regalo, gratuito, primero. Me hago consciente de ese amor de Dios en mi vida. Y me pregunto qué significa para mí, en lo cotidiano, que Dios sea amor.

Juan también nos propone que nos amemos unos a otros. Pienso en las personas a las que amo, y en quienes me quieren. Trato de descubrir lo mejor de esos sentimientos, cómo sanan, cómo llenan de confianza, de alegría, de serenidad. Ese mismo amor, aprendido en Dios, está en nosotros.

Esta carta de amor es un recuerdo personal y la llevo conmigo. Quiero conservarla en el fondo de mi ser, pero no reservármela. Es para ser compartida, dando ese amor regalado a todos los que se cruzan en mi camino en un mundo donde hay desamor.

Si, la carta de Juan es un texto breve pero denso. Hago de nuevo su lectura. Sin duda alguna palabra o vivencia, ha quedado resonando en mi corazón. Me la repito despacio, una y otra vez. Saboreando su contenido, sin miedo de sus exigencias para mi vida. Sé que el Señor me ha amado primero. Él me invita a caminar por los senderos del amor. Esa es mi alegría y compromiso.

Me voy despidiendo del Señor, después de estos momentos con él. Agradezco este don maravilloso de su palabra, de su amor, de su vida que me ofrece tanta plenitud en la mía. Gracias, muchas gracias, Dios amor.

Alma de Cristo, santifícame,
Cuerpo de Cristo, sálvame,
Sangre de Cristo, embriágame,
Agua del costado de Cristo, lávame,
Pasión de Cristo, confórtame.
Oh buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme,
no permitas que me aparte de ti,
del maligno enemigo, defiéndeme.
y en la hora de mi muerte, llámame,
y mándame ir a ti, para que con tus santos te alabe
por los siglos de los siglos.
Amén.

Laudes – Martes después de Epifanía

TIEMPO DE NAVIDAD

MARTES, II SEMANA DEL SALTERIO

 

7 de enero

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

INVITATORIO

 

Ant. A Cristo, que se nos ha manifestado, venid, adorémosle.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

HIMNO

 

Reyes que venís por ellas,

no busquéis estrellas ya,

porque donde el sol está

no tienen luz las estrellas.

 

Mirando sus luces bellas,

no sigáis la vuestra ya,

porque donde el sol está

no tienen luz las estrellas.

 

Aquí parad, que aquí está

quien luz a los cielos da:

Dios es el puerto más cierto,

y si habéis hallado puerto

no busquéis estrellas ya.

 

No busquéis la estrella ahora:

que su luz ha oscurecido

este Sol recién nacido

en esta Virgen Aurora.

 

Ya no hallaréis luz en ellas,

el Niño os alumbra ya,

porque donde el sol está

no tienen luz las estrellas.

 

Aunque eclipsarse pretende,

no reparéis en su llanto,

porque nunca llueve tanto

como cuando el sol se enciende.

 

Aquellas lágrimas bellas

la estrella oscurecen ya,

porque donde el sol está

no tienen luz las estrellas. Amén.

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Envíame, Señor, tu luz y tu verdad.

 

Salmo 42

 

Hazme justicia, ¡oh Dios!,

defiende mi causa

contra gente sin piedad,

sálvame del hombre traidor y malvado.

 

Tú eres mi Dios y protector,

¿Por qué me rechazas?

¿por que voy andando sombrío,

hostigado por mi enemigo?

 

Envía tu luz y tu verdad:

que ellas me guíen

y me conduzcan

hasta tu monte santo,

hasta tu morada.

 

Que yo me acerque al altar de Dios,

al Dios de mi alegría;

que té de gracias al son de la cítara, Señor, Dios mío.

 

¿Por que te acongojas, alma mía,

por que te me turbas?

Espera en Dios, que volverás a alabarlo,

«salud de mi rostro, Dios mío».

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Envíame, Señor, tu luz y tu verdad.

 

Ant. 2. Protégenos, Señor, todos los días de nuestra vida.

 

Cántico: Is 38, 10-14. 17-20

 

Yo pensé: «En medio de mis días

tengo que marchar hacia las puertas del abismo;

me privan del resto de mis años.»

 

Yo pensé: «Ya no veré más al Señor

en la tierra de los vivos,

ya no miraré a los hombres

entre los habitantes del mundo.

 

Levantan y enrollan mi vida,

como una tienda de pastores

devanaba yo mi vida

y me cortan la trama.»

 

Día y noche me estas acabando,

sollozo hasta el amanecer.

Me quiebras los huesos como un león,

día y noche me estas acabando.

 

Estoy piando como una golondrina,

gimo como una paloma.

Mis ojos mirando al cielo se consumen:

Señor, que me oprimen, sal fiador por mí.

 

Me has curado, me has hecho revivir,

la amargura se me volvió paz

cuando detuviste mi alma ante la tumba vacía

y volviste la espalda a todos mis pecados.

 

El abismo no te da gracias,

ni la muerte te alaba,

ni esperan en tu fidelidad

los que bajan a la fosa.

 

Los vivos, los vivos son quienes te alaban: como yo ahora.

El Padre enseña a sus hijos tu fidelidad.

 

Sálvame, Señor, y tocaremos nuestras arpas

todos nuestros días en la casa del Señor.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Protégenos, Señor, todos los días de nuestra vida.

 

Ant. 3. Oh Dios, tú mereces un himno en Sión.

 

Salmo 64

 

¡Oh Dios!, tu mereces un himno en Sión,

y a ti se te cumplen los votos,

porque tú escuchas las suplicas.

 

A ti acude todo mortal

a causa de sus culpas;

nuestros delitos nos abruman,

pero tú los perdonas.

 

Dichoso el que tu eliges y aceptas

para que viva en tus atrios:

que nos saciemos de los bienes de tu casa,

de los dones sagrados de tu templo.

 

Con portentos de justicia nos respondes,

Dios, salvador nuestro;

tú, esperanza del confín de la tierra

y del océano remoto;

 

tú, que afianzas los montes con tu fuerza, ceñido de poder;

tú, que reprimes el estruendo del mar,

el estruendo de las olas

y el tumulto de los pueblos.

 

Los habitantes del extremo del orbe se sobrecogen ante tus signos,

y a las puertas de la aurora y del ocaso

los llenas de jubilo.

 

Tú cuidas de la tierra, la riegas

y la enriqueces sin medida;

la acequia de Dios va llena de agua

preparas los trigales;

 

riega los surcos, iguala los terrones.

Tu llovizna los deja mullidos,

bendices sus brotes;

coronas el año con tus bienes,

las rodadas de tu carro rezuman abundancia;

 

rezuman los pastos del páramo,

y las colinas se orlan de alegría;

y las praderas se cubren de rebaños,

que claman y cantan.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. Oh Dios, tú mereces un himno en Sión.

 

 

LECTURA BREVE           Is 9, 5

 

Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz.

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Se postrarán ante él. Todos los reyes.

R. Se postrarán ante él. Todos los reyes.

 

V. Todos los pueblos le servirán.

R. Todos los reyes.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Se postrarán ante él. Todos los reyes.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Desde oriente vinieron unos magos a Belén para adorar al Señor; y, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, como a rey soberano; incienso, como a Dios verdadero; y mirra, para su sepultura. Aleluya.

 

Cántico de Zacarías. Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Desde oriente vinieron unos magos a Belén para adorar al Señor; y, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, como a rey soberano; incienso, como a Dios verdadero; y mirra, para su sepultura. Aleluya.

 

 

PRECES

 

Aclamemos a Cristo, Salvador enviado por Dios, a quien han contemplado los confines de la tierra, y digámosle:

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Redentor de todos los pueblos, que al venir al mundo destruiste el muro que separaba a Israel de las naciones paganas,

— haz que desaparezcan del mundo todas las discriminaciones que atentan contra la dignidad humana.

 

Tú que por tu encarnación y tu nacimiento quisiste habitar entre nosotros,

— enséñanos a descubrir tu presencia en la Iglesia y en todos los hombres.

 

Tú que nos has dado el pleno conocimiento de Dios, nuestro Padre,

— ayúdanos a vivir plenamente de tu palabra por nuestra fe y por nuestras obras.

 

Tú que eres el “Dios-con-nosotros” que has renovado maravillosamente la creación entera,

— haz que en nosotros todo se renueve también: el corazón, las palabras y las obras.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Alegres porque Jesucristo nos ha hecho hijos de Dios, digámosle:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Te pedimos, Señor, que tu divina luz ilumine nuestros corazones; con ella avanzaremos a través de las tinieblas del mundo, hasta llegar a la patria donde todo es eterna claridad. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

 

Oficio de lecturas – Martes después de Epifanía

OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:
 
Ant. A Cristo, que se nos ha manifestado, venid, adorémosle.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:
 
V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: AYER, EN LEVE CENTELLA

Ayer, en leve centella,
te vio Moisés sobre el monte;
hoy no basta el horizonte
para contener tu estrella.

Los magos preguntan; y ella
de un Dios infante responde
que en duras pajas se acuesta
y más se nos manifiesta
cuanto más hondo se esconde. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.

Salmo 36 I – LA VERDADERA Y LA FALSA FELICIDAD

No te exasperes por los malvados,
no envidies a los que obran el mal:
se secarán pronto, como la hierba,
como el césped verde se agostarán.

Confía en el Señor y haz el bien,
habita tu tierra y practica la lealtad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón.

Encomienda tu camino al Señor,
confía en él, y él actuará:
hará brillar tu justicia como el amanecer;
tu derecho, como el mediodía.

Descansa en el Señor y espera en él,
no te exasperes por el hombre que triunfa
empleando la intriga:

cohíbe la ira, reprime el coraje,
no te exasperes, no sea que obres mal;
porque los que obran mal son excluidos,
pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.

Aguarda un momento: desapareció el malvado,
fíjate en su sitio: ya no está;
en cambio, los sufridos poseen la tierra
y disfrutan de paz abundante.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.

Ant 2. Apártate del mal y haz el bien; al honrado lo sostiene el Señor.

Salmo 36 II

El malvado intriga contra el justo,
rechina sus dientes contra él;
pero el Señor se ríe de él,
porque ve que le llega su hora.

Los malvados desenvainan la espada,
asestan el arco,
para abatir a pobres y humildes,
para asesinar a los honrados;
pero su espada les atravesará el corazón,
sus arcos se romperán.

Mejor es ser honrado con poco
que ser malvado en la opulencia;
pues al malvado se le romperán los brazos,
pero al honrado lo sostiene el Señor.

El Señor vela por los días de los buenos,
y su herencia durará siempre;
no se agostarán en tiempo de sequía,
en tiempo de hambre se saciarán;

pero los malvados perecerán,
los enemigos del Señor
se marchitarán como la belleza de un prado,
en humo se disiparán.

El malvado pide prestado y no devuelve,
el justo se compadece y perdona.
Los que el Señor bendice poseen la tierra,
los que él maldice son excluidos.

El Señor asegura los pasos del hombre,
se complace en sus caminos;
si tropieza, no caerá,
porque el Señor lo tiene de la mano.

Fui joven, ya soy viejo:
nunca he visto a un justo abandonado,
ni a su linaje mendigando el pan.
A diario se compadece y da prestado;
bendita será su descendencia.

Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles.

Los inicuos son exterminados,
la estirpe de los malvados se extinguirá;
pero los justos poseen la tierra,
la habitarán por siempre jamás.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Apártate del mal y haz el bien; al honrado lo sostiene el Señor.

Ant 3. Confía en el Señor y sigue su camino.

Salmo 36 III

La boca del justo expone la sabiduría,
su lengua explica el derecho;
porque lleva en el corazón la ley de su Dios,
y sus pasos no vacilan.

El malvado espía al justo
e intenta darle muerte;
pero el Señor no lo entrega en sus manos,
no deja que lo condenen en el juicio.

Confía en el Señor, sigue su camino;
él te levantará a poseer la tierra,
y verás la expulsión de los malvados.

Vi a un malvado que se jactaba,
que prosperaba como un cedro frondoso;
volví a pasar, y ya no estaba;
lo busqué, y no lo encontré.

Observa al honrado, fíjate en el bueno:
su porvenir es la paz;
los impíos serán totalmente aniquilados,
el porvenir de los malvados quedará truncado.

El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados y los salva,
porque se acogen a él.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Confía en el Señor y sigue su camino.

V. Los cielos pregonan su justicia. 
R. y todos los pueblos contemplan su gloria. 

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías 54, 1-17

ALEGRÍA Y HERMOSURA DE LA NUEVA CIUDAD

Alégrate, la estéril, que no dabas a luz; rompe a cantar de júbilo, la que no tenías dolores: porque la abandonada tendrá más hijos que la casada -dice el Señor-. Ensancha el espacio de tu tienda, despliega sin miedo tus lonas, alarga tus cuerdas, hinca bien tus estacas: porque te extenderás a derecha e izquierda. Tu estirpe heredará las naciones y poblará ciudades desiertas.

No temas, no tendrás que avergonzarte; no te sonrojes, que no te afrentarán. Olvidarás la vergüenza de tu soltería, ya no recordarás la afrenta de tu viudez. El que te hizo te tomará por esposa: su nombre es el Señor de los ejércitos. Tu redentor es el Santo de Israel, se llama Dios de toda la tierra. Como a mujer abandonada y abatida te vuelve a llamar el Señor; como a esposa de juventud, repudiada -dice tu Dios-. Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te reuniré. En un arrebato de ira te escondí un instante mi rostro, pero con misericordia eterna te quiero -dice el Señor, tu Redentor-.

Me sucede como en tiempo de Noé: Juré que las aguas del diluvio no volverían a cubrir la tierra; así juro no airarme contra ti ni amenazarte. Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no se retirará de ti mi misericordia ni mi alianza de paz vacilará -dice el Señor, que te quiere-. ¡Oh afligida, zarandeada, desconsolada! Mira, yo mismo coloco tus piedras sobre azabaches, tus cimientos sobre zafiros; te pondré almenas de rubí, y puertas de esmeralda, y muralla de piedras preciosas. Tus hijos serán discípulos del Señor, tendrán gran paz tus hijos. Tendrás firme asiento en la justicia. Estarás lejos de la opresión, y no tendrás que temer; y lejos del terror, que no se acercará.

Si alguien te ataca, no será de parte mía; cualquiera que te ataque, contra ti se estrellará. Yo he creado al herrero, que sopla en las brasas y saca una herramienta; y yo he creado al devastador funesto: ninguna arma foro jada contra ti tendrá éxito, ninguna lengua que te acuse en juicio logrará condenarte. Esta es la herencia de los siervos del Señor, esta es la victoria que yo les doy -oráculo del Señor-.

RESPONSORIO    Cf. Is 54, 8. 10; 43, 11

R. Con misericordia eterna te quiero -dice el Señor, tu Redentor-; * no se retirará de ti mi misericordia ni mi alianza de paz vacilará.
V. Yo soy el Señor; fuera de mí no hay salvador.
R. No se retirará de ti mi misericordia ni mi alianza de paz vacilará.

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de san Pedro Crisólogo, obispo
(Sermón 160: PL 52, 620-622) 

AQUEL QUE QUISO NACER PARA NOSOTROS NO QUISO SER IGNORADO POR NOSOTROS

Aunque en el misterio mismo de la encarnación del Señor no faltaron claros indicios de su divinidad, la solemnidad que hoy celebramos nos descubre y revela de diversas maneras que Dios tomó naturaleza humana, para que nuestra condición mortal, siempre envuelta por las tinieblas de la ignorancia, no pierda por ignorancia lo que ha alcanzado tener y poseer sólo por gracia.

Pues aquel que quiso nacer para nosotros no quiso ser ignorado por nosotros, y por eso se nos revela, para que este gran misterio de amor no se convierta en ocasión de gran error.

Hoy los magos encuentran llorando en la cuna al que buscaban resplandeciente en las estrellas. Hoy los magos contemplan claramente entre pañales al que larga y re· signadamente buscaban en los astros, en la oscuridad de las señales.

Hoy los magos revuelven en su mente con profundo estupor lo que allí han visto: el cielo en la tierra, la tierra en el cielo, el hombre en Dios, Dios en el hombre, y a aquel a quien no puede contener el universo encerrado en un pequeño cuerpecillo. Y, al verlo, lo aceptan sin discusión, como lo demuestran sus dones simbólicos: el incienso, con el que profesan su divinidad; el oro, expresión de la fe en su realeza; la mirra, como signo de su condición mortal.

Así los gentiles, que eran los últimos, llegan a ser los primeros, ya que la fe de los magos inaugura la creencia de toda la gentilidad.

Hoy entra Cristo en las aguas del Jordán, para lavar los pecados del mundo: así lo atestigua Juan con aquellas palabras: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Hoy el siervo prevalece sobre el Señor, el hombre sobre Dios, Juan sobre Cristo; pero prevalece en vista a obtener el perdón, no a darlo.

Hoy, como dice el salmista, la voz del Señor sobre las aguas. ¿Qué voz? Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias.

Hoy el Espíritu Santo se cierne sobre las aguas en forma de paloma, para que así como aquella otra paloma anunció a Noé que el diluvio había cesado en el mundo, así ahora ésta fuera el indicio por el que los hombres conocieran que había terminado el naufragio del mundo; y no lleva, como aquélla, una pequeña rama del viejo olivo, sino que derrama sobre la cabeza del nuevo progenitor la plenitud del crisma, para que se cumpla lo profetizado en el salmo: Por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

Hoy Cristo comienza la serie de sus signos celestiales al convertir el agua en vino. Más tarde, el agua se convertirá en el sacramento de su sangre, con lo que Cristo dará, a los que beban del vaso de su cuerpo, la auténtica bebida, dando así cumplimiento a las palabras del salmista: Y mi copa rebosa.

RESPONSORIO     

R. Tres fueron los dones preciosos que los magos ofrecieron al Señor en aquel día, y que encerraban en sí tres divinos misterios: * el oro, que lo reconocía como rey poderoso; el incienso, que lo proclamaba como sumo sacerdote; y la mirra, que profetizaba su muerte y sepultura.
V. Los magos adoraron en la cuna al autor de nuestra salvación y de sus tesoros, le ofrecieron presentes, llenos de un místico simbolismo.
R. El oro, que lo reconocía como rey poderoso; el incienso, que lo proclamaba como sumo sacerdote; y la mirra, que profetizaba su muerte y sepultura.

ORACIÓN.

OREMOS,
Te pedimos, Señor, que ilumines nuestros corazones con el esplendor de tu divinidad, para que podamos pasar a través de las tinieblas de este mundo y llegar a la patria de la eterna claridad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.