Catequesis sobre el Bautismo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy comenzamos una serie de catequesis sobre los Sacramentos, y la primera es respecto al Bautismo. Por una feliz coincidencia, el próximo domingo precisamente la fiesta del Bautismo del Señor.

1. El Bautismo es el sacramento sobre el que se sustenta nuestra propia fe y que nos injerta como miembros vivos en Cristo y en su Iglesia. Junto a la Eucaristía y la Confirmación forma la llamada «Iniciación Cristiana», la cual constituye como un único gran evento sacramental que nos configura al Señor y nos convierte en un signo vivo de su presencia y de su amor.

Pero puede nacer en nosotros una pregunta: ¿es realmente necesario el Bautismo para vivir como cristianos y seguir a Jesús? ¿No se trata en el fondo de un simple rito, un acto formal de la Iglesia para dar el nombre al niño o a la niña? Es una pregunta que puede surgir, ¿no? En este sentido, es esclarecedor lo que escribe el apóstol Pablo: «¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? A través del bautismo, pues, fuimos sepultados con él en la muerte, para que al igual que Cristo resucitó de los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros podamos caminar en una vida nueva» (Rm 6,3-4). ¡Así que no es una formalidad! Es un acto que afecta profundamente nuestra existencia. No es lo mismo, un niño bautizado o un niño no bautizado. ¡No es lo mismo! No es lo mismo una persona bautizada o una persona no bautizada. Nosotros con el bautismo somos sumergidos en la fuente inagotable de la vida que es la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de toda la historia; y gracias a este amor podemos vivir una nueva vida, ya no a merced del mal, el pecado y la muerte, sino en comunión con Dios y con los hermanos.

2. Muchos de nosotros no tienen el más mínimo recuerdo de la celebración de este Sacramento, y es obvio, si hemos sido bautizados poco después del nacimiento. Pero yo he hecho esta pregunta dos o tres veces, aquí en la plaza: quién de ustedes conoce la fecha de su Bautismo, levante la mano. ¿Quién la sabe? ¿Eh, pocos, eh? Pocos. Pero es importante, es importante conocer cuál ha sido el día en el que yo he sido sumergido, puesto justamente en aquella corriente de salvación de Jesús. Y me permito darles un consejo. Pero, más que un consejo, una tarea para hoy. Hoy, en casa, busquen, pregunten la fecha del Bautismo y así sabrán cuál ha sido el día tan bello del Bautismo. ¿Lo harán? No noto entusiamo, ¿eh? ¿Lo harán? ¡Eh, sí! Porque es conocer una fecha feliz, aquella de nuestro Bautismo. El riesgo de no saberlo es perder la conciencia de lo que el Señor ha hecho en nosotros, del don que hemos recibido. Entonces llegamos a considerarlo sólo como un evento que ha ocurrido en el pasado – y ni siquiera por nuestra propia voluntad, sino por la de nuestros padres – por lo que ya no tiene ninguna incidencia sobre el presente. Debemos despertar la memoria de nuestro Bautismo: despertar la memoria del Bautismo. Estamos llamados a vivir nuestro Bautismo todos los días, como una realidad actual en nuestra existencia. Si conseguimos seguir a Jesús y a permanecer en la Iglesia, a pesar de nuestras limitaciones, nuestras fragilidades y nuestros pecados es precisamente por el Sacramento en el que nos hemos convertido en nuevas criaturas y hemos sido revestidos de Cristo. Es en virtud del Bautismo, en efecto, que, liberados del pecado original, estamos injertados en la relación de Jesús con Dios Padre; que somos portadores de una esperanza nueva, porque el Bautismo nos da esta esperanza nueva. La esperanza de ir por el camino de la salvación, toda la vida. Y a esta esperanza nada y nadie la puede apagar, porque la esperanza no defrauda. Acuérdense. Esto es verdad. La esperanza del Señor no defrauda nunca. Gracias al Bautismo somos capaces de perdonar y de amar también a quien nos ofende y nos hace mal; logramos reconocer en los últimos y en los pobres el rostro del Señor que nos visita y se hace cercano. Y esto, el Bautismo, nos ayuda a reconocer en el rostro de las personas necesitadas, en los que sufren, también de nuestro prójimo, el rostro de Jesús. Es gracias a esta fuerza del Bautismo.

3. Un último elemento importante: Les hago una pregunta. ¿Una persona puede bautizarse a sí misma? ¡No oigo! ¿Están seguros? No se puede bautizar. ¡Nadie puede bautizarse a sí mismo! ¡Ninguno! Podemos pedirlo, desearlo, pero siempre necesitamos a alguien que nos confiera este Sacramento en el nombre del Señor. El Bautismo es un don que se otorga en un contexto de interés e intercambio fraterno. Siempre, en la historia, una bautiza al otro y el otro al otro.. Es una cadena. Una cadena de gracia. Pero yo no me puedo bautizar a mí mismo. Se lo tengo que pedir a otro. Es un acto de fraternidad. Un acto de filiación a la Iglesia. En su celebración podemos reconocer los rasgos más genuinos de la Iglesia, que como una madre sigue generando nuevos hijos en Cristo, en la fecundidad del Espíritu Santo.

Entonces pidamos de corazón al Señor para que podamos experimentar cada vez más, en la vida cotidiana, la gracia que hemos recibido en el Bautismo. Que encontrándonos, nuestros hermanos puedan encontrar a verdaderos hijos de Dios, a verdaderos hermanos y hermanas de Jesucristo, a verdaderos miembros de la Iglesia.

¡Y no se olviden de la tarea de hoy! ¿Cuál era? Buscar, preguntar la fecha de mi Bautismo. Como sé la fecha de mi nacimiento, también tengo que conocer la fecha de mi Bautismo, porque es un día de fiesta. Gracias.

Vísperas – Miércoles después de Epifanía

VÍSPERAS

TIEMPO DE NAVIDAD

MIÉRCOLES, II SEMANA DEL SALTERIO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

 

Confiada mira la luz dorada

que a ti hoy llega, Jerusalén:

de tu Mesías ve la alborada

sobre Jerusalén.

 

El mundo todo ve hoy gozoso

la luz divina sobre Israel;

la estrella muestra al prodigioso

rey Emmanuel.

 

Ya los tres magos, desde el Oriente,

la estrella viendo, van de ella en pos;

dan sus primicias de amor ferviente

al niño Dios.

 

Ofrenda de oro que es Rey declara,

incienso ofrece a Dios su olor,

predice mirra muerte preclara,

pasión, dolor.

La voz del Padre, Cristo, te llama

su predilecto, sobre el Jordán.

Dios en los hombres hoy te proclama

valiente Juan.

 

Virtud divina resplandecía

del que del agua vino sacó,

cuando el anuncio de eucaristía

Caná bebió.

A darte gloria, Señor, invita

la luz que al hombre viniste a dar,

luz que nos trae gloria infinita

de amor sin par. Amén.

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Aguardamos la alegre esperanza, la aparición gloriosa de nuestro salvador.

 

Salmo 61

 

Solo en Dios descansa mi alma,

porque de él viene mi salvación;

solo él es mi roca y mi salvación,

mi alcázar: no vacilaré.

 

¿Hasta cuándo arremeteréis contra un hombre

todos juntos para derribarlo

como una pared que cede

o a una tapia ruinosa?

Solo piensan en derribarme de mi altura,

y se complacen en la mentira:

con la boca bendicen,

con el corazón maldicen.

 

Descansa solo en Dios, alma mía,

porque él es mi esperanza;

solo él es mi roca y mi salvación,

mi alcázar: no vacilaré.

 

De Dios viene mi salvación y mi gloria,

él es mi roca firme,

Dios es mi refugio.

 

Pueblo suyo, confiad en él,

desahogad ante él vuestro corazón,

que Dios es nuestro refugio.

 

Los hombres no son más que un soplo,

los nobles son apariencias:

todos juntos en la balanza subirían

más leves que un soplo.

 

No confiéis en la opresión,

no pongáis ilusiones en el robo;

y aunque crezcan vuestras riquezas,

no les deis el corazón.

 

Dios ha dicho una cosa,

y dos cosas que he escuchado:

 

«Que Dios tiene el poder

y el Señor tiene la gracia;

que tu pagas a cada uno según sus obras.»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Aguardamos la alegre esperanza, la aparición gloriosa de nuestro salvador.

 

 

Ant. 2. Que Dios ilumine su rostro sobre nosotros y nos bendiga.

 

Salmo 66

 

El Señor tenga piedad y nos bendiga

ilumine su rostro sobre nosotros;

conozca la tierra tus caminos,

todos los pueblos tu salvación.

 

¡Oh Dios! Que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.

 

Que canten de alegría las naciones,

porque riges el mundo con justicia,

riges los pueblos con rectitud,

y gobiernas las naciones de la tierra.

 

¡Oh Dios! Que te alaben los pueblos

que todos los pueblos te alaben.

 

La tierra ha dado su fruto,

nos bendice el Señor, nuestro Dios.

Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Que Dios ilumine su rostro sobre nosotros y nos bendiga.

 

 

Ant. 3. Por medio de él fueron creadas todas las cosas, y todo se mantiene en él.

 

Cántico: Col 1, 12-20

 

Damos gracias a Dios Padre,

que nos ha hecho capaces de compartir

la herencia del pueblo santo en la luz.

 

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,

y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,

por cuya sangre hemos recibido la redención,

el perdón de los pecados.

 

Él es imagen de Dios invisible,

primogénito de toda criatura;

pues por medio de él fueron creadas todas las cosas:

celestes y terrestres, visibles e invisibles,

Tronos, Dominaciones,

Principados, y Potestades;

todo fue creado por él y para él.

 

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.

Él es también la cabeza y el cuerpo de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,

y así es el primero en todo.

 

Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.

Y Por él quiso reconciliar todas las cosas:

haciendo la paz por la sangre de su cruz

con todos los seres, así del cielo como de la tierra.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. Por medio de él fueron creadas todas las cosas, y todo se mantiene en él.

 

 

LECTURA BREVE           Ef 2, 3b-5

 

Naturalmente, estábamos destinados a la reprobación como los demás. Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo. Por pura gracia estáis salvados.

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Será la bendición de todos los pueblos.

R. Será la bendición de todos los pueblos.

 

V. Lo proclamarán dichoso todas las razas de la tierra.

R. Todos los pueblos.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Será la bendición de todos los pueblos.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Como luz de luz te mostraste, Cristo, y los magos te ofrecieron regalos. Aleluya.

 

Cántico de María Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Como luz de luz te mostraste, Cristo, y los magos te ofrecieron regalos. Aleluya.

 

PRECES

 

Unidos a todos los cristianos en la oración y la alabanza, roguemos al Señor:

Escucha a tus hijos, Padre santo.

 

Socorre, Señor, a los que te desconocen y te buscan a tientas;

— oriéntalos con la luz vivificante de Cristo.

 

Mira con amor a los que te adoran como único Dios y te esperan como juez en el último día;

— se propicio con ellos, Señor, y con nosotros.

 

Acuérdate de aquellos a quienes das la vida, la luz y todos los bienes;

— que nunca se encuentren lejos de ti.

 

Guarda bajo la protección de tus ángeles a cuantos van de camino,

— y líbralos de la muerte imprevista y repentina.

 

Tú que manifestaste tu verdad a los fieles difuntos mientras vivieron en la tierra,

— condúcelos a contemplar la hermosura de tu rostro.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Alegres porque Jesucristo nos ha hecho hijos de Dios, digamos:

 

Padre nuestro…

 

ORACIÓN

 

Señor, Dios nuestro, cuyo Hijo se manifestó en la realidad de nuestra carne, concédenos poder transformarnos interiormente a imagen de aquel que hemos conocido semejante a nosotros en su humanidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Mt 3, 13-17

Los primeros capítulos del evangelio de Mateo (1,1-4,17) se presentan como una gran obertura en la que se anuncian las “melodías” más importantes que desarrollará posteriormente. Típico del estilo ordenado, catequético, con gran capacidad de organización del material que utiliza, Mateo centra el objetivo de su mirada sobre el rostro de Jesús, Mesías, Hijo de Dios. Su evangelio tratará de responder a esta pregunta: ¿quién es Jesús? En estos primeros capítulos ya queda anunciado: el Mesías de Israel, según las Escrituras.

Al inicio de la actividad pública, los evangelistas sitúan el acontecimiento del bautismo de Jesús en el Jordán. Presentan algunas coincidencias (inicio del ministerio público; Juan es quien bautiza; trasfondo trinitario; ausencia de “detalles anecdóticos” en el relato), pero cada autor le da una orientación particular al “servicio de su teología”. Mateo tratará de dar respuesta a su doble interrogante: quién es Jesús, y de qué modo es eso que dice ser.

En el diálogo entre Juan y Jesús, que no aparece en los otros sinópticos, se escuchan sus primeras palabras en el evangelio de Mateo: «Déjalo por ahora; conviene que así llevemos a plenitud toda justicia».

En estas palabras aparecen dos conceptos que serán fundamentales en todo el evangelio. “Llevar a plenitud, cumplir” es algo más que hacer, realizar algo. Apunta siempre a la perfección en la realización del plan salvífico de Dios. En nuestro caso hace referencia a la perfección en el cumplimiento de la voluntad del Padre: la absoluta obediencia de Jesús, el Mesías.

El otro término, “justicia”, no se relaciona con el sentido de “justicia distributiva, social”, ni tampoco con la “justicia divina que salva” (concepto paulino). En Mateo la peculiaridad de este concepto es su relacionalidad: justicia es el modo correcto de situarse ante Dios y ante el prójimo. Jesús es el prototipo de esta nueva relación. A través de su obediencia absoluta dará plenitud a la voluntad divina, manifestada en las Escrituras.

La segunda parte del relato manifiesta la “confirmación, el beneplácito de Dios” ante el deseo expresado por Jesús de obedecer su voluntad hasta las últimas consecuencias. En el bautismo de Jesús no importa solo el hecho (está narrado con absoluta sobriedad); la mirada ha de dirigirse, sobre todo, hacia la revelación manifestada por Dios: la filiación divina. No se trata de un acto de “investidura” («Tú eres mi Hijo», en Marcos y Lucas), sino de la identificación del Hijo Mesías: «Este es mi Hijo», afirmación fundamental en Mateo.

El Hijo lo es sometiéndose al plan de Dios; es Mesías en obediencia absoluta al proyecto trazado desde antiguo. Por eso, Dios se complace en la obediencia del Me- sías: cumplimiento de su voluntad.

El camino del creyente es el mismo que el de Jesús: el sometimiento absoluto al Padre en el cumplimiento de su voluntad. La adhesión al proyecto del Reino pasa por la obediencia concreta, cotidiana a la “justicia de Dios”. Mateo une la promesa del Reino de Dios, con la experiencia de la obediencia práctica a lo largo de la vida del discípulo.

Óscar de la Fuente 

Comentario al evangelio de hoy (8 de enero)

En uno de aquellos recorridos de Jesús de aldea en aldea, parece ser que se encontró con una multitud de gente. No aclara Marcos qué les había congregado, sólo que Jesús se encontró con ellos y sintió lástima, “porque andaban como ovejas sin pastor”. Este Jesús, que es histórico, personal, concreto, humano, siente lástima al ver a aquella gente perdida, sin rumbo, sin alguien que les ayude a encontrar el verdadero camino de la Vida, y decide detenerse, sin prisa, “para enseñarles con calma”.

Sufrir con los que sufren, compartir su dolor, la compasión, o sentir lástima por quienes andan perdidos, son sentimientos profundamente humanos. Cuando van unidos a decisiones de olvido de sí y de entrega y compromiso gratuitos, entonces podemos hablar de amor. Así era en Jesús, y así nos llama a vivir a sus discípulos y seguidores.

Y en el amor lo humano y lo divino se unen, también como en Jesús. Dios es amor, nos recuerda la primera lectura de hoy: “todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”. Por el amor el Misterio de la Encarnación de Dios puede reproducirse en nosotros: quedamos “divinizados”, hechos hijos en el Hijo.

Y si esto es así entonces, efectivamente, nosotros también nos detendremos como Jesús ante quienes necesiten el pan de la Palabra o el pan de la justicia. “Dadles vosotros de comer”, encomienda Jesús a los suyos. Las multitudes hambrientas que hoy día siguen andando como ovejas sin pastor, que padecen hambre de sentido, o de orientación, de o justicia o de pan, nos necesitan. ¿Obedeceremos al que decimos que es nuestro Señor? ¿Nos detendremos a escucharles y a hablarles? ¿Les ofreceremos la alegría del Evangelio y la justicia del Reino?  Dadles vosotros de comer, le escuchamos decir a Jesús. Si hemos creído en Jesús y le hemos seguido, si nos hemos encontrado con él y nos hemos dejado transformar por él, entonces podremos amar como él ama, compartiendo y multiplicando lo que tenemos para que a todos llegue la alegría, la esperanza, la fe, la justicia y el pan.

Francisco Javier Goñi, cmf

Miércoles después de Epifanía

Hoy es miércoles, 8 de enero.

Me dispongo a pasar un rato con el Señor. Él que se manifiesta en mi vida y en la de todos los que me rodean, se me presenta de nuevo y me invita a estar a su lado. Me hago consciente de su presencia y poco a poco entro en su intimidad, invitándolo a que entre en la mía. El Dios de la vida, que se ha hecho carne, habita entre nosotros y yo me hago consciente de su presencia. Un ruego que hoy te elevo, Señor: ven, Espíritu Santo, y enciende en nosotros el fuego de tu amor.

La lectura de hoy es de la primera carta de Juan (1Jn 4, 7-10):

Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación para nuestros pecados.

Acojo dentro de mí el Espíritu de Dios que se nos da en cada vida, en cada rostro. Acojo los nombres de los que me rodean en el día a día, con los que me encuentro a lo largo de mi jornada. Hago presente en ellos al Espíritu de Dios.

El amor de Dios, que se entrega a la humanidad, tiene muchos rostros. El amor de una madre, que me deja arrullar a su hijo, que lo pone en mis brazos. El amor de un padre, que deja a su hijo enfermo, para que lo cuide. El amor de unos abuelos, que cuidan a sus nietos mientras los padres trabajan. El amor de un compañero, que me sustituye para que pueda atender un problema. ¿Quién me ama hoy y me representa a Dios en este amor?

Yo también he sido ese rostro de madre, de padre, de hermano, abuelo e hijo. He sido esa compañera y ese amigo. Me hago consciente de que en ocasiones, he sido como Dios quiere. ¿A quién amo hoy y le demuestro que Dios le ama a través de mí? ¿Quién necesita de mi entorno y encontrarse con ese papá, mamá, Dios de nuestra historia?

Con la alegría de haber recibido el mejor de los regalos, vuelvo a leer la carta de Juan. Hago mía la palabra de Dios y dejo que anide en mi corazón, dejándome habitar por él, llenándome de su presencia. Dios es amor y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él.

Entra, Señor
 
Entra, Señor, y derrumba mis murallas,
que en mi ciudadela sitiada
entren mis hermanos, mis amigos, mis enemigos.
Que entren todos, Señor de la vida,
que coman de mis silos,
que beban de mis aljibes,
que pasten en mis campos.
Que se hagan cargo, mi Dios,
de mi gobierno.
Que pueda darles todo,
que icen tu bandera en mis almenas,
hagan leña mis lanzas
y las conviertan en podaderas.
Que entren, Señor, en mi viña,
que es tu viña. Que corten racimos,
y mojen tu pan en mi aceite.
Y saciados de todo tu amor, por mi amor,
vuelvan a ti para servirte.
Entra, Señor, y rompe mis murallas.

Antonio Ordóñez, sj

Me hago consciente, Señor, al terminar este rato de oración, de todo el amor que hay en mi vida, de todos esos rostros que han salido en mi oración. Te pido por ellos, te pido que seas ese amor incondicional de Padre y que me ayudes a mí a serlo en nombre tuyo. Ábreme el corazón para sentir que tu amor está derramado en el mundo.

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

Miércoles después de Epifanía

TIEMPO DE NAVIDAD

MIÉRCOLES, II SEMANA DEL SALTERIO

 

8 de enero

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. A Cristo, que se nos ha manifestado, venid, adorémosle.

Salmo 94

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Ayer, en leve centella,

te vio Moisés sobre el monte;

hoy no basta el horizonte

para contener tu estrella.

Los magos preguntan; y ella

de un Dios infante responde

que a duras pajas se acuesta

y más se nos manifiesta

cuanto más hondo se esconde. Amén.

 

SALMODIA

Ant. 1. Dios mío, tus caminos son santos: ¿qué dios es grande como nuestro Dios?

Salmo 76

Alzo mi voz a Dios gritando,

alzo mi voz a Dios para que me oiga.

En mi angustia te busco, Señor mío;

de noche extiendo las manos sin descanso,

y mi alma rehúsa el consuelo.

Cuando me acuerdo de Dios, gimo,

y meditando me siento desfallecer.

Sujetas los párpados de mis ojos,

y la agitación no me deja hablar.

Repaso los días antiguos,

recuerdo los años remotos;

de noche lo pienso en mis adentros,

y meditándolo me pregunto:

¿Es que el Señor nos rechaza para siempre

y ya no volverá a favorecernos?

¿Se ha agotado ya su misericordia,

se ha terminado para siempre su promesa?

¿Es que Dios se ha olvidado de su bondad,

o la cólera cierra sus entrañas?

Y me digo: ¡Qué pena la mía!

¡Se ha cambiado la diestra del Altísimo!

Recuerdo las proezas del Señor;

sí recuerdo tus antiguos portentos,

medito todas tus obras y considero tus hazañas.

Dios mío, tus caminos son santos:

¿qué dios es grande como nuestro Dios?.

Tú, ¡oh Dios!, haciendo maravillas,

mostraste tu poder a los pueblos;

con tu brazo rescataste a tu pueblo,

a los hijos de Jacob y de José.

Te vio el mar, ¡oh Dios!,

te vio el mar y tembló,

las olas se estremecieron.

Las nubes descargaban sus aguas,

retumbaban los nubarrones,

tus saetas zigzagueaban.

Rodaba el fragor de tu trueno,

los relámpagos deslumbraban el orbe,

la tierra retembló estremecida.

Tú te abriste camino por las aguas,

un vado por las aguas caudalosas,

y no quedaba rastro de tus huellas:

mientras guiabas a tu pueblo, como a un rebaño,

por la mano de Moisés y de Aarón.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1. Dios mío, tus caminos son santos: ¿qué dios es grande como nuestro Dios?

 

 

Ant. 2. Mi corazón se regocija por el Señor, que humilla y enaltece.

Cántico: 1Sam 2, 1-10

Mi corazón se regocija por el Señor,

mi poder se exalta por Dios;

mi boca se ríe de mis enemigos,

porque gozo con tu salvación.

No hay santo como el Señor,

no hay roca como nuestro Dios.

No multipliquéis discursos altivos,

no echéis por la boca arrogancias,

porque el Señor es un Dios que sabe;

él es quién pesa las acciones.

Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor;

los hartos se contratan por el pan,

mientras los hambrientos no tienen ya que trabajar;

la mujer estéril da a luz siete hijos,

mientras que la madre de muchos se marchita.

El Señor da la muerte y la vida,

hunde en el abismo y levanta;

da la pobreza y la riqueza,

humilla y enaltece.

Él levanta del polvo al desvalido,

alza de la basura al pobre,

para hacer que se siente entre príncipes

y que herede un trono de gloria;

pues del Señor son los pilares de la tierra, y sobre ellos afirmó el orbe.

El guarda los pasos de sus amigos,

mientras los malvados perecen en las tinieblas,

porque el hombre no triunfa por su fuerza.

El Señor desbarata a sus contrarios,

el altísimo truena desde el cielo,

el Señor juzga hasta el confín de la tierra.

Él da fuerza a su Rey,

exalta el poder de su Ungido.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2. Mi corazón se regocija por el Señor, que humilla y enaltece.

Ant. 3. El Señor reina, la tierra goza.

Salmo 96

El Señor reina, la tierra goza,

se alegran las islas innumerables.

Tinieblas y nube lo rodean,

justicia y derecho sostienen su trono.

Delante de él avanza fuego

abrazando en torno a los enemigos;

sus relámpagos deslumbran el orbe,

y, viéndolos, la tierra se estremece.

Los montes se derriten como cera

ante el dueño de toda la tierra;

los cielos pregonan su justicia,

y todos los pueblos contemplan su gloria.

Los que adoran estatuas se sonrojan,

los que ponen su orgullo en los ídolos;

ante él se postran todos los dioses.

Lo oye Sión, y se alegra,

se regocijan las ciudades de Judá

por tus sentencias, Señor;

porque tú eres, Señor,

altísimo sobre altísimo sobre toda la tierra,

encumbrado sobre todos los dioses.

El Señor ama al que aborrece el mal,

protege la vida de sus fieles

y los libra de los malvados.

Amanece la luz para el justo,

y la alegría para los rectos de corazón.

Alegraos, justos con el Señor,

celebrad su santo nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3. El Señor reina, la tierra goza.

LECTURA BREVE           Is 4, 2-3

Aquel día, el vástago del Señor será joya y gloria, fruto del país, honor y ornamento para los supervivientes de Israel. A los que queden en Sión, a los restantes en Jerusalén, los llamarán santos: los inscritos en Jerusalén entre los vivos.

RESPONSORIO BREVE

V. Se postrarán ante él. Todos los reyes.

R. Se postrarán ante él. Todos los reyes.

V. Todos los pueblos le servirán.

R. Todos los reyes.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Se postrarán ante él. Todos los reyes.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Tres son los regalos que ofrecieron los magos al Señor, al Hijo de Dios, al gran Rey: oro, incienso y mirra. Aleluya.

Cántico de Zacarías. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tres son los regalos que ofrecieron los magos al Señor, al Hijo de Dios, al gran Rey: oro, incienso y mirra. Aleluya.

PRECES

Celebremos la misericordia de Cristo, que ha venido al mundo para que la creación se viera liberada de la esclavitud de la corrupción y pudiera entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Seguros, pues, de este amor que Dios nos tiene, digamos:

Por tu nacimiento, líbranos, Señor de todo mal.

Tú, Señor, que existiendo desde siempre has querido asumir una vida nueva al hacerte hombre,

— renuévanos a nosotros por el misterio de tu nacimiento.

Tú que, sin dejar de ser Dios como el Padre, quisiste hacerte hombre como nosotros,

— haz que nuestra vida alcance su plenitud por la participación en tu vida divina.

Tú que al venir al mundo has querido ser luz de los paganos y maestro de todos los hombres,

— haz que tu palabra sea lámpara para nuestros pasos.

Palabra de Dios, que te hiciste carne en el seno de María Virgen y viniste al mundo,

— dígnate habitar siempre pro la fe en nuestros corazones.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Alegres porque Jesucristo nos ha hecho hijos de Dios, digámosle:

 

Padre nuestro…

ORACIÓN

Señor, Dios nuestro, cuyo Hijo se manifestó en la realidad de nuestra carne, concédenos poder transformarnos interiormente a imagen de aquel que hemos conocido semejante a nosotros en su humanidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Oficio de lecturas – Miércoles después de Epifanía

OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. A Cristo, que se nos ha manifestado, venid, adorémosle.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: AYER, EN LEVE CENTELLA

Ayer, en leve centella,
te vio Moisés sobre el monte;
hoy no basta el horizonte
para contener tu estrella.

Los magos preguntan; y ella
de un Dios infante responde
que en duras pajas se acuesta
y más se nos manifiesta
cuanto más hondo se esconde. Amén.

SALMODIA

Ant 1. También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Salmo 38 I – SÚPLICA DE UN ENFERMO

Yo me dije: vigilaré mi proceder,
para que no se me vaya la lengua;
pondré una mordaza a mi boca
mientras el impío esté presente.

Guardé silencio resignado,
no hablé con ligereza;
pero mi herida empeoró,
y el corazón me ardía por dentro;
pensándolo me requemaba,
hasta que solté la lengua.

Señor, dame a conocer mi fin
y cuál es la medida de mis años,
para que comprenda lo caduco que soy.

Me concediste un palmo de vida,
mis días son nada ante ti;
el hombre no dura más que un soplo,
el hombre pasa como pura sombra,
por un soplo se afana,
atesora sin saber para quién.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Ant 2. Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Salmo 38 II

Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?
Tú eres mi confianza.
Líbrame de mis iniquidades,
no me hagas la burla de los necios.

Enmudezco, no abro la boca,
porque eres tú quien lo ha hecho.
Aparta de mí tus golpes,
que el ímpetu de tu mano me acaba.

Escarmientas al hombre
castigando su culpa;
como una polilla roes sus tesoros;
el hombre no es más que un soplo.

Escucha, Señor, mi oración,
haz caso de mis gritos,
no seas sordo a mi llanto;

porque yo soy huésped tuyo,
forastero como todos mis padres.
Aplaca tu ira, dame respiro,
antes de que pase y no exista.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Ant 3. Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

Salmo 51 – CONTRA LA VIOLENCIA DE LOS CALUMNIADORES

¿Por qué te glorías de la maldad
y te envalentonas contra el piadoso?
Estás todo el día maquinando injusticias,
tu lengua es navaja afilada,
autor de fraudes;

prefieres el mal al bien,
la mentira a la honradez;
prefieres las palabras corrosivas,
lengua embustera.

Pues Dios te destruirá para siempre,
te abatirá y te barrerá de tu tienda;
arrancará tus raíces
del suelo vital.

Lo verán los justos, y temerán,
y se reirán de él:
«Mirad al valiente
que no puso en Dios su apoyo,
confió en sus muchas riquezas,
se insolentó en sus crímenes.»

Pero yo, como verde olivo,
en la casa de Dios,
confío en su misericordia
por siempre jamás.

Te daré siempre gracias
porque has actuado;
proclamaré delante de tus fieles:
«Tu nombre es bueno.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

V. Glorifica al Señor, Jerusalén.
R. Él envía su mensaje a la tierra. 

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías 55, 1-13

LA ALIANZA PERPETUA SE OFRECE A TODOS EN LA PALABRA DEL SEÑOR

Esto dice el Señor:

«Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar: vino y leche de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos, y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme y viviréis.

Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David: a él lo hice mi testigo para los pueblos, caudillo y soberano de naciones; tú llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti: por el Señor, tu Dios, por el Santo de Israel que te honra.»

Buscad al Señor mientras se le puede encontrar, invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes; que regrese al Señor y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón.

«Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros; mis planes, que vuestros planes. Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía; sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»

Saldréis con alegría, os llevarán seguros: montes y colinas romperán a cantar ante vosotros, y aplaudirán los árboles del campo. En vez de espinos, crecerá el ciprés; en vez de ortigas, el arrayán: serán el renombre del Señor, y monumento perpetuo imperecedero.

RESPONSORIO    Is 55, 4-5; Tb 13, 13

R. A él lo hice mi testigo para los pueblos, caudillo y soberano de naciones; * tú llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti.
V. Pueblos numeroso vendrán de lejos al nombre del Señor, nuestro Dios, trayendo ofrendas en sus manos, ofrendas para el rey del cielo.
R. Tú llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti.

SEGUNDA LECTURA

Del Sermón en la santa Teofanía, atribuido a san Hipólito, presbítero
(Núms. 2. 6-8. 10: PG 10, 854. 858-859. 862)

EL AGUA Y EL ESPÍRITU

Jesús acude a Juan y es bautizado por él. ¡Cosa admirable! El río infinito que alegra la ciudad de Dios es lavado con un poco de agua. La fuente inconmensurable e inextinguible, origen de vida para todos los hombres, es sumergida en unas aguas exiguas y pasajeras.

Aquel que está presente siempre y en todo lugar, incomprensible para los ángeles e inaccesible a toda mirada humana, llega al bautismo por voluntad propia. Se le abrieron los cielos y se oyó una voz que venía del cielo que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias.»

El amado engendra amor, y la luz inmaterial una luz inaccesible. Éste es el que es tenido por hijo de José, y es mi Unigénito según la esencia divina.

Éste es mi Hijo amado: el que pasa hambre y alimenta a muchedumbres innumerables, el que se fatiga y rehace las fuerzas de los fatigados, el que no tiene dónde reclinar su cabeza y lo gobierna todo con su mano, el que sufre y remedia todos los sufrimientos, el que es abofeteado y da la libertad al mundo, el que es traspasado en su costado y arregla el costado de Adán.

Mas prestadme mucha atención, porque quiero recurrir a la fuente de la vida y contemplar la fuente de la que brota el remedio.

El Padre de la inmortalidad envió al mundo a su Verbo e Hijo inmortal, el cual vino a los hombres para purificarlos por el agua y el Espíritu: y, queriendo hacerlos renacer a la incorrupción del alma y del cuerpo, inspiró en nosotros un hálito de vida y nos revistió de una armadura incorruptible.

Por tanto, si el hombre ha sido hecho inmortal será también divinizado, y, si es divinizado por el baño de regeneración del agua y del Espíritu Santo, tenemos por seguro que, después de la resurrección de entre los muertos, será coheredero de Cristo.

Por esto proclamo a la manera de un heraldo: Acudid, pueblos todos, al bautismo que nos da la inmortalidad. En él se halla el agua unida al Espíritu, el agua que riega el paraíso, que da fertilidad a la tierra, crecimiento a las plantas, fecundidad a los seres vivientes; en resumen, el agua por la cual el hombre es regenerado y alcanza nueva vida, el agua con la cual Cristo fue bautizado, sobre la cual descendió el Espíritu Santo en forma de paloma.

El que se sumerge con fe en este baño de regeneración renuncia al diablo y se adhiere a Cristo, niega al enemigo del género humano y profesa su fe en la divinidad de Cristo, se despoja de su condición de siervo y se reviste de la de hijo adoptivo, sale del bautismo resplandeciente como el sol, emitiendo rayos de justicia, y, lo que es más importante, vuelve de allí convertido en hijo de Dios y coheredero de Cristo.

A él sea la gloria y el poder, junto con su Espíritu santísimo, bueno y dador de vida, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO    Jn 1, 32. 34. 33

R. Vi al Espíritu Santo bajar del cielo como una paloma y posarse sobre él; * y, después que lo he visto, testifico que es el Hijo de Dios.
V. El que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo.»
R. Y, después que lo he visto, testifico que es el Hijo de Dios.

ORACIÓN.

OREMOS,
Dios nuestro, que quisiste que tu Hijo tomara nuestra misma carne mortal para manifestarse a los hombres, haz que al contemplarle exteriormente igual a nosotros, nos vayamos transformando interiormente a imagen de él. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.