Francisco en Sta. Marta: los cristianos no sean hipócritas o legalistas

Cuatro modelos de creyentes, para reflexionar sobre el verdadero testimonio del cristiano. En la misa de la mañana en la Casa Santa Marta, el papa Francisco se ha inspirado en las figuras presentes en las lecturas del día para subrayar que la novedad traída por Jesús es el amor de Dios por cada uno de nosotros. Entonces, ha advertido sobre las actitudes hipócritas o legalistas que alejan a la gente de la fe.

El Santo Padre se ha detenido, en su homilía, sobre cuatro modelos de creyentes, inspirándose en las lecturas del día: Jesús, los escribas, el sacerdote Elí y sus dos hijos, también sacerdotes. El Evangelio, ha observado, nos dice cual era «la actitud de Jesús en su catequesis», «enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas». Estos últimos, ha afirmado, «enseñaban, predicaban, pero ataban a la gente con muchas cosas pesadas sobre los hombros, y la pobre gente no podía continuar»:
“Y Jesús mismo les dice que ellos no movían estas cosas ni con un dedo, ¿no? Y después, dirá a la gente: ‘¡Haced lo que dicen pero no lo que hacen!’. Gente incoherente… Pero siempre estos escribas, estos fariseos, es como si dieran bastonadas a la gente, ¿no? ‘Debéis hacer esto, esto y esto’, a la pobre gente… Y Jesús dice: ‘Pero así cerráis – ¡se lo dice a ellos! – la puerta del Reino de los Cielos. ¡No dejáis entrar, y vosotros tampoco entráis!’. Es una manera, un modo de predicar, de enseñar, de dar testimonio de la propia fe… Y así, cuantos hay que creen que la fe es así…”.

En la Primera Lectura, tomada del Libro de Samuel, ha afirmado entonces, encontramos la figura de Elí, “un pobre sacerdote, débil, tibio” que “dejaba hacer muchas cosas malas a sus hijos”. Elí estaba sentado ante la puerta del Templo del Señor y mira a Ana, una señora “que rezaba a su manera, pidiendo un hijo”. Esta mujer, ha señalado el Papa, “rezaba como reza la gente humilde: sencillamente, pero desde su corazón, con angustia”. Ana “movía los labios”, como hacen “tantas buenas mujeres” “en nuestras iglesias, en nuestros santuarios”. Rezaba así “y pedía un milagro”. Y el anciano Elí la miraba y decía: “¡Pero, esta está bebida!” y “la despreció”. Él, ha advertido el Pontífice, “era el representante de la fe, el dirigente de la fe, pero su corazón no sentía bien y despreció a esta señora”:

“Cuantas veces el pueblo de Dios se siente no querido por aquellos que deben dar testimonio: por los cristianos, por los laicos cristianos, por los sacerdotes, por los obispos… ‘Pero, pobre gente, no entiende nada… Debe hacer un curso de teología para entender bien’. Pero, ¿por qué tengo cierta simpatía por este hombre? Porque en el corazón aún tenía la unción, porque cuando la mujer le explica su situación, Elí le dice: ‘Vete en paz, y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido. Sale la unción sacerdotal: pobre hombre, la había escondido dentro y su pereza… es un tibio. Y después acaba mal, pobrecito”.

Sus hijos, ha proseguido, no se ven en el pasaje de la Primera Lectura, pero eran los que gestionaban el Templo, “eran ladrones”. “Eran sacerdotes, pero ladrones”. “Iban detrás del poder, detrás del dinero – ha dicho el Santo Padre – explotaban a la gente, se aprovechaban de las limosnas, de los regalos” y “el Señor les castiga fuerte”. Esta, ha observado a continuación, “es la figura del cristiano corrupto”, “del laico corrupto, del sacerdote corrupto, del obispo corrupto, que se aprovecha de su situación, de su privilegio de la fe, de ser cristiano” y “su corazón acaba corrupto”, como sucede a Judas. De un corazón corrupto, ha proseguido, sale “la traición”. Judas “traiciona a Jesús”. Los hijos de Elí son por tanto el tercer modelo de creyente. Y después está el cuarto, Jesús. Y de Él la gente dice: “Este enseña como uno que tiene autoridad: esta es una enseñanza nueva” ¿Pero donde está la novedad?, se pregunta el papa Francisco. Es “el poder de la santidad”, “la novedad de Jesús es que trae consigo la Palabra de Dios, el mensaje de Dios, es decir el amor de Dios por cada uno de nosotros”. Jesús, ha explicado, “acerca a Dios a la gente y para hacerlo se acerca Él: está cerca de los pecadores”. Jesús, ha recordado el Papa, perdona a la adúltera, “habla de teología con la Samaritana, que no era un angelito”. Jesús, ha explicado también, “busca el corazón de las personas, Jesús se acerca al corazón herido de las personas. A Jesús sólo le interesa la persona, y Dios”. Jesús, ha subrayado, “quiere que la gente se acerque, que le busque y se siente conmovido cuando la ve como oveja sin pastor”. Y toda esta actitud, ha revelado, “es por lo que la gente dice: ‘¡Pero, esta es una enseñanza nueva!’”. No, ha observado Francisco, “no es una enseñanza nueva: es la manera de hacerlo, nueva. Es la transparencia evangélica”:

“Pidamos al Señor que estas dos lecturas nos ayuden en nuestra vida de cristianos: todos. Cada uno en su lugar. A no ser legalistas puros, hipócritas como los escribas y los fariseos. A no ser corruptos como los hijos de Elí. A no ser tibios como Elí, sino a ser como Jesús, con ese celo de buscar a la gente, de curar a la gente, de amar a la gente y con esto decirle: ‘¡Pero si yo hago esto así, piensa cómo te ama Dios, cómo es tu Padre!’. Esta es la enseñanza nueva que Dios nos pide. Pidamos esta gracia”.

Vísperas – Martes I Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

MARTES, I SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

 

Libra mis ojos de la muerte;

dales la luz, que es su destino.

Yo, como el ciego del camino,

pido un milagro para verte.

 

Haz de esta piedra de mis manos

una herramienta constructiva,

cura su fiebre posesiva

y ábrela al bien de mis hermanos.

 

Haz que mi pie vaya ligero.

Da de tu pan y de tu vaso

al que te sigue, paso a paso,

por lo más duro del sendero.

 

Que yo comprenda, Señor mío,

al que se queja y retrocede;

que el corazón no se me quede

desentendidamente frío.

 

Guarda mi fe del enemigo.

¡Tantos me dicen que estás muerto!

Y entre la sombra y el desierto

dame tu mano y ven conmigo. Amén

 

SALMODIA

 

Ant. 1. El Señor da la victoria a su Ungido.

 

Salmo 19

 

Que te escuche el Señor el día del peligro,

que te sostenga el nombre del Dios de Jacob;

que te envíe auxilio desde el santuario,

que te apoye desde el monte Sión;

 

que se acuerde de todas tus ofrendas,

que le agraden tus sacrificios;

que cumpla el deseo de tu corazón,

que dé éxito a todos tus planes.

 

Que podamos celebrar tu victoria

y en el nombre de nuestro Dios alzar estandartes;

que el Señor te conceda todo lo que pides.

 

Ahora reconozco que el Señor

da la victoria a su Ungido,

que lo ha escuchado desde su santo cielo,

con los prodigios de su mano victoriosa.

 

Unos confían en sus carros,

otros en su caballería;

nosotros invocamos el nombre

del Señor, Dios nuestro.

 

Ellos cayeron derribados,

nosotros nos mantenemos en pie.

 

Señor, da la victoria al rey

y escúchanos cuando te invocamos.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. El Señor da la victoria a su Ungido.

 

 

Ant. 2. Al son de instrumentos cantaremos tu poder.

 

 

Salmo 20, 2-8.14

 

Señor, el rey se alegra por tu fuerza,

¡y cuánto goza con tu victoria!

Le has concedido el deseo de su corazón,

no le has negado lo que pedían sus labios.

 

Te adelantaste a bendecirlo con el éxito,

y has puesto en su cabeza una corona de oro fino.

Te pidió vida, y se la has concedido,

años que se prolongan sin término.

 

Tu victoria ha engrandecido su fama,

lo has vestido de honor y majestad.

Le concedes bendiciones incesantes,

lo colmas de gozo en tu presencia;

porque el rey confía en el Señor,

y con la gracia del Altísimo no fracasará.

 

Levántate, Señor, con tu fuerza,

y al son de instrumentos cantaremos tu poder.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Al son de instrumentos cantaremos tu poder.

 

 

Ant. 3. Has hecho de nosotros, Señor, un reino de sacerdotes para nuestro Dios.

 

Cántico: Ap 4, 11; 5, 9-10. 12

 

Eres digno, Señor Dios nuestro,

de recibir la gloria, el honor y el poder,

porque tú has creado el universo;

porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

 

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,

porque fuiste degollado

y por tu sangre compraste para Dios

hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;

y has hecho de ellos para nuestro Dios

un reino de sacerdotes

y reinan sobre la tierra.

 

Digno es el Cordero degollado

de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría,

la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Has hecho de nosotros, Señor, un reino de sacerdotes para nuestro Dios.

 

 

LECTURA BREVE           1Jn 3, 1a. 2

 

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo.

R. Tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo.

 

V. Tu fidelidad de generación en generación.

R. Más estable que el cielo.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

 

 

PRECES

 

Alabemos a Cristo, que mora en medio de nosotros, su pueblo adquirido, y supliquémosle diciendo:

Por el honor de tu nombre, escúchanos, Señor.

 

Dueño y Señor de los pueblos, acude en ayuda de todas las naciones y de los que las gobiernan:

— que todos los hombres sean fieles a tu voluntad y trabajen por el bien y la paz.

 

Tú que al subir al cielo llevaste contigo una gran multitud de cautivos,

— devuelve la libertad de los hijos de Dios a nuestros hermanos que sufren esclavitud en el cuerpo o en el espíritu.

 

Concede, Señor, a los jóvenes la realización de sus esperanzas

— y que sepan responder a tus llamadas en el transcurso de su vida.

 

Que los niños imiten tu ejemplo

— y crezcan siempre en sabiduría y en gracia.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Acoge a los difuntos en tu reino,

— donde también nosotros esperamos reinar un día contigo.

 

Con el gozo de sabernos hijos de Dios, acudamos a nuestro Padre:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Te damos gracias, Señor, Dios todopoderoso, porque has permitido que llegáramos a esta noche; te pedimos quieras aceptar con agrado el alzar de nuestras manos como ofrenda de la tarde. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

1Cor 1, 1-3

Una de las maravillas del primitivo hecho cristiano es que, como lo muestra la abundante correspondencia de Pablo con las comunidades cristianas de Corinto, la fe en Jesús arraigara en una ciudad marcada por la inmoralidad (“vivir a la corintia”), por la desigualdad social (más de tres cuartas partes de la ciudad eran esclavos), por el lucro y el comercio despiadado (ciudad de dos puertos marítimos). En ese ambiente brotó la propuesta de Jesús.

Esas limitaciones estaban en las comunidades. Pablo sufrió mucho a causa de ellas. Pero se mezclaban con un indudable amor al Maestro. Como dicen los poetas, Pablo llegó a amar la “limitada perfección” de aquellas comunidades. Efectivamente, el amor al otro se sustenta en la capacidad de ver que su material, débil, poca cosa, está animada por un soplo, una fuerza de vida, que suscita en esa realidad un dinamismo que le mueve a uno mismo, que crea orden en el desorden de la propia existencia. De tal manera que se puede amar “su limitada perfección”, aunque parezca una paradoja. Ese amor enraizado en la debilidad, contando con ella, pero superándola, percibiendo el horizonte al que apunta es el amor fiel, aquel que entiende que hay vida en quien se ama y que esa vida se trasvasa al otro.

Esta espiritualidad se halla ya nada más abrir la carta, en su protocolo. Cuando Pablo se denomina “apóstol de Jesucristo” quiere poner el peso de la argumentación, del mensaje que les quiere escribir, en Jesucristo. El ánimo que se va a dar es el de Jesucristo; los caminos que se quieren sugerir son los de Jesucristo; las censuras que se va a ver obligado a hacer son las de Jesucristo. Ahí hay que buscar la razón última, no en el peso moral o ideológico de Pablo.

La comunidad de Corinto, más allá de su limitación es una comunidad de “consagrados…pueblo santo”. Es decir, la posibilidad de vivir el mensaje con intensidad ha de ser compatible con la indudable debilidad. Ésta no hace desaparecer lo que hay en el fondo de la convocación cristiana: la santidad de vivir en la línea del mensaje de Jesús. Un gran presupuesto espiritual se apunta aquí: seguimiento de Jesús y debilidad tienen que ser necesariamente compatibles, por más que ese seguimiento lleve a hacer que vaya menguando la debilidad moral.

Y si este planteamiento es para las comunidades de Corinto y “para todos los demás que en cualquier lugar
invoquen el nombre de Jesucristo”, quiere decirse que el principio es válido para el seguidor de cualquier comunidad y de cualquier época: si el seguimiento es propuesto a personas débiles, éste ha de ser susceptible de poderse mezclar con la debilidad en procesos de crecimiento que incluyan la pobreza del camino humano. Esto habría de ser un ánimo para el seguidor.

La “gracia y la paz” (jaris y shalom), los componentes básicos de toda la sociedad, el mundo judío y el mundo pagano, pueden unirse en este empeño. La propuesta de un seguimiento que incluya la debilidad y la vaya superando es una propuesta común y universal, tan amplia como sean los deseos de identificarse con los valores básicos del Evangelio.

Fidel Aizpurúa Donázar

Comentario al evangelio de hoy (14 de enero)

La página del primer libro de Samuel que hoy nos ofrece la liturgia permite una lectura vocacional. En ella podemos se nos muestra cómo nace una vocación profética.

El “misterio” de la vocación: La madre de Samuel era estéril. Anhelaba un hijo que no llegaba. Esto era para ella causa de una insufrible humillación y de una depresión aguda. Su amargura y sus lágrimas desesperadas declaran lo profundo de su dolor. Se sentía maldita. Sin embargo, la estéril será madre. Su esterilidad le hará descubrir la acción insustituible de Dios en la vida que va a nacer de su seno. El ser humano no puede nada por sí mismo. Todo es don gratuito. La vocación que nace, como la vida misma, es fruto de la intervención misteriosa de Dios.

La oración pro-vocacional. Ana sube al templo a pedir. La suya es una oración netamente vocacional. Esta mujer expresa la «gramática elemental» del sentido de la vida. Todo es un don recibido de Dios que, por su misma naturaleza, debe ser entregado. Ana pide a Dios un hijo, inmerecido absolutamente, y entiende que, por su parte, no puede sino devolvérselo a Él. Nuestra oración vocacional está bien hecha, como la de Ana, si tiene energía para trasladarnos de la “gratitud” a la “entrega”. Ese salto es la quintaesencia de toda vocación.

La mediación vocacional. Mientras Ana oraba, fue observada por el sacerdote Elí. Era un buen observador –reconoció en Ana algo anormal-, pero mal intérprete- se equivocó en su diagnóstico: Creyó que Ana estaba borracha. Las mediaciones –todas ellas- no son Dios.

Se equivocan. Pero son imprescindibles. Ana no  cortó el diálogo sino que fue más allá de su contrariedad y le expuso lo que le hacía sufrir tan cruelmente. Fue entonces cuando Elí la consoló con la paz (“vete en paz”) y con la esperanza (“Dios te conceda lo que le has pedido”). Había entendido y la supo guiar.

La transformación. Tras acoger las palabras de Elí, la madre de Samuel se marchó por su camino. Ana ya había comprendido que los planes de Dios pasan por el misterio. Por eso “ya no parecía la misma”. Estaba preparada para concebir y ser agente de transmisión de vida y de vocación. Vivió su maternidad reconociendo que todo lo que se es y se tiene es don. Se le había desvelado el Rostro siempre misterioso de quien gobierna la vida y la historia sin permitir que nada se pierda.

La moraleja es clara. La resumo en cuatro puntos dirigidos a quien lea estas notas:

1) Interpreta bien la esterilidad vocacional. No toda penuria de vocaciones es una maldición.

2) Pide a Dios poder dar vida. Pide hijos y prométele devolvérselos a Él. Son suyos; no vienen para satisfacer tus miras.

3) No necesitas ser mediador perfecto. Basta con que observes y sepas escuchar.

4) Sigue tu camino. Anda y aliméntate. Eso te hará fecundo.

Juan Carlos Martos, cmf

Martes I de Tiempo Ordinario

Hoy es martes, 14 de enero.

Hola, Señor, un día más me tienes aquí, deseoso de entrar en tu presencia, de estar un rato contigo. No vengo solo, traigo todos los ruidos que acompañan mi vida, los de mis ocupaciones y los que dejan las personas con las que convivo o me cruzo. Unos y otros forman parte de mi vida y en tu presencia y en tu palabra cobrarán nueva luz. Qué gusto estar aquí contigo, Señor, para alabar y bendecirte. Desde la sed de encuentro te busco hoy, Señor.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 1, 21-28):

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.

Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»

Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.»

El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»

Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

¡Qué olvidada tiene nuestro mundo tu autoridad, Señor! Esa que no se asienta en el poder, ni se mira en el espejo de uno mismo. Esa que predica desde el ejemplo y no desde el despacho o el púlpito. Una autoridad que se implica y que se mancha con los problemas de los otros. Una autoridad que no se impone desde el mandato, sino que invita, que sugiere. Una autoridad que no aplasta, sino que levanta. Quiero tomar el testigo de esta autoridad tuya. Ayúdame.

Yo también sé quién eres, Señor. De mi boca, como de la de los demonios, salen también muchas veces jaculatorias como esa, Tú eres el santo de Dios, el Omnipotente, el Inabarcable, el refugio, el Señor de mi vida. Pero cuántas veces estas palabras se quedan en el viento, sin aterrizar en mi vida ni traducirse en amor y entrega a otros. Hoy no quiero que mi vida se pierda en las palabras. Ni siquiera en las más santas, sino en ser como tú.

Qué poco te duraron el asombro y la fama, Señor. Tanto y tan grande es su atractivo. Tantos y tantos sacrificios estaría dispuesto a hacer por tocarlos con la punta de mis dedos. ¿Quedará mi vida sin realizar si no alcanzo ese asombro y esa fama? ¿Qué haré cuando pasen y soplen otros vientos en ella?

Al volver a leer el texto, fijo toda mi atención en esa expresión de Jesús. Cállate y sal de él. Qué envidia siento de la firmeza con la que sale de tus labios, Jesús Cómo me gustaría decirle eso mismo, cállate y sal de mí a muchos de los recuerdos que me esclavizan, pensamientos que me acorralan, sentimientos que me hacen enmudecer. Personas que me aplastan y sacan lo peor de mí. Voy a fijarme sólo en uno de esta lista interminable y a decirle, en tu nombre, cállate y sal de mí.

Mi última palabra quiero que sea gracias, Señor. Gracias por la compañía de tu palabra, de tu presencia. Gracias porque en uno y otro encuentro el alimento y la compañía que le falta muchas veces a mi vida. Gracias porque en ellas encuentro esa luz que alumbra mi horizonte y el bastón que sostiene mi camino. No me sueltes de tu mano, Señor. Aunque las ocupaciones y las personas tiren más fuertes de mí, y dame la gracia de encontrarte en todo y en todos.

Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Laudes – Martes I Tiempo Ordinario

MARTES, I SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

 

INVITATORIO

 

Ant. Venid, adoremos al Señor, Dios soberano.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

En esta luz del nuevo día

que me concedes, oh Señor,

dame mi parte de alegría

y haz que consiga ser mejor.

 

Dichoso yo, si al fin del día

un odio menos llevo en mí,

si una luz más mis pasos guía

y si un error más yo extinguí.

 

Que cada tumbo en el sendero

me vaya haciendo conocer

cada pedrusco traicionero

que mi ojo ruin no supo ver.

 

Que ame a los seres este día,

que a todo trance ame la luz,

que ame mi gozo y mi agonía,

que ame el amor y ame la cruz. Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. El hombre de manos inocentes y puro corazón subirá al monte del Señor.

 

Salmo 23

 

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,

el orbe y todos sus habitantes:

El la fundó sobre los mares,

El la afianzó sobre los ríos.

 

¿Quién puede subir al monte del Señor?

¿Quién puede estar en el recinto sacro?

 

El hombre de manos inocentes

y puro corazón,

que no confía en los ídolos

ni jura contra el prójimo en falso.

Ese recibirá la bendición del Señor,

le hará justicia el Dios de salvación.

 

Este es el grupo que busca al Señor,

que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

 

¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las antiguas compuertas:

va a entrar el Rey de la gloria.

 

¿Quién es ese Rey de la gloria?

El Señor, héroe valeroso;

el Señor, héroe de la guerra.

 

¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las antiguas compuertas:

va a entrar el Rey de la gloria.

 

¿Quién es ese Rey de la gloria?

El Señor, Dios de los ejércitos.

Él es el Rey de la gloria.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 1. El hombre de manos inocentes y puro corazón subirá al monte del Señor.

 

 

Ant. 2. Ensalzad con vuestras obras al rey de los siglos.

 

Cántico: Tb 13, 1-10a

 

Bendito sea Dios, que vive eternamente,

y cuyo reino dura por los siglos:

él azota y se compadece,

hunde hasta el abismo y saca de él,

y no hay quien escape de su mano.

 

Dadle gracias, israelitas, ante los gentiles,

porque él nos dispersó entre ellos.

Proclamad allí su grandeza,

ensalzadlo ante todos los vivientes:

que él es nuestro Dios y Señor,

nuestro Padre por todos los siglos.

 

Él nos azota por nuestros delitos,

pero se compadecerá de nuevo,

y os congregará de entre todas las naciones

por donde estáis dispersados.

 

Si volvéis a él de todo corazón

y con toda el alma,

siendo sinceros con él,

él volverá a vosotros

y no os ocultará su rostro.

 

Veréis lo que hará con vosotros,

le daréis gracias a boca llena,

bendeciréis al Señor de la justicia

y ensalzaréis al rey de los siglos.

 

Yo le doy gracias en mi cautiverio,

anuncio su grandeza y su poder

a un pueblo pecador.

 

Convertíos, pecadores,

obrad rectamente en su presencia:

quizá os mostrará benevolencia

y tendrá compasión.

 

Ensalzaré a mi Dios, al rey del cielo,

y me alegraré de su grandeza.

Que todos alaben al Señor

y le den gracias en Jerusalén.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 2. Ensalzad con vuestras obras al rey de los siglos.

 

 

Ant. 3. El Señor merece la alabanza de los buenos.

 

Salmo 32

 

Aclamad, justos, al Señor,

que merece la alabanza de los buenos.

 

Dad gracias al Señor con la cítara,

tocad en su honor el arpa de diez cuerdas;

cantadle un cántico nuevo,

acompañando los vítores con bordones:

 

que la palabra del Señor es sincera,

y todas sus acciones son leales,

él ama la justicia y el derecho,

y su misericordia llena la tierra.

 

La palabra del Señor hizo el cielo;

el aliento de su boca, sus ejércitos;

encierra en un odre las aguas marinas,

mete en un depósito el océano.

 

Tema al Señor la tierra entera,

tiemblen ante él los habitantes del orbe:

porque él lo dijo, y existió;

él lo mandó, y surgió.

 

El Señor deshace los planes de las naciones,

frustra los proyectos de los pueblos;

pero el plan del Señor subsiste por siempre,

los proyectos de su corazón, de edad en edad.

 

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,

el pueblo que él se escogió como heredad.

 

El Señor mira desde el cielo,

se fija en todos los hombres;

desde su morada observa

a todos los habitantes de la tierra:

él modeló cada corazón,

y comprende todas sus acciones.

 

No vence el rey por su gran ejército,

no escapa el soldado por su mucha fuerza,

nada valen sus caballos para la victoria,

ni por su gran ejército se salva.

 

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,

en los que esperan en su misericordia,

para librar sus vidas de la muerte

y reanimarlos en tiempo de hambre.

 

Nosotros esperamos en el Señor:

él es nuestro auxilio y escudo,

con él se alegra nuestro corazón,

en su santo nombre confiamos.

 

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. El Señor merece la alabanza de los buenos.

 

 

LECTURA BREVE           Rm 13, 11b. 12-13a

 

Ya es hora que despertéis del sueño. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Dios mío, peña mía, refugio mío, Dios mío.

R. Dios mío, peña mía, refugio mío, Dios mío.

 

V. Mi alcázar, mi libertador.

R. Refugio mío, Dios mío.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Dios mío, peña mía, refugio mío, Dios mío.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. El Señor nos suscitó una fuerza de salvación, según lo había predicho por boca de sus profetas.

 

Cántico de Zacarías. Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El Señor nos suscitó una fuerza de salvación, según lo había predicho por boca de sus profetas.

 

 

PRECES

 

Ya que hemos sido llamados a participar de una vocación celestial, bendigamos por ello a Jesús, el pontífice de nuestra fe, y supliquémosle diciendo:

Señor, nuestro Dios y nuestro Salvador.

 

Señor Jesús, que por el bautismo has hecho de nosotros un sacerdocio real,

— haz que nuestra vida sea un continuo sacrificio de alabanza.

 

Ayúdanos, Señor, a guardar tus mandatos

— para que por la fuerza del Espíritu Santo nosotros permanezcamos en ti y tú en nosotros.

 

Danos tu sabiduría eterna

— para que permanezca con nosotros y con nosotros trabaje.

 

Concédenos ser la alegría de cuantos nos rodean

— y fuente de esperanza para los decaídos.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Como hijos que somos de Dios, dirijámonos a nuestro Padre con la oración que Cristo nos enseñó:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Escucha, Señor, nuestras súplicas matinales y, con la luz de tu misericordia, alumbra la oscuridad de nuestro corazón: que los que hemos sido iluminados por tu claridad no andemos nunca tras las obras de las tinieblas. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Oficio de lecturas – Martes I Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Al Señor, al gran Rey, venid, adorémosle.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: ALABEMOS A DIOS QUE, EN SU PALABRA

Alabemos a Dios que, en su Palabra,
nos revela el designio salvador,
y digamos en súplica confiada:
«Renuévame por dentro, mi Señor.»

No cerremos el alma a su llamada
ni dejemos que arraigue el desamor;
aunque dura es la lucha, su palabra
será bálsamo suave en el dolor.

Caminemos los días de esta vida
como tiempo de Dios y de oración;
él es fiel a la alianza prometida:
«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»

Tú dijiste, Jesús, que eras camino
para llegar al Padre sin temor;
concédenos la gracia de tu Espíritu
que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. El Señor hará justicia a los pobres.

SALMO 9B I – CANTO DE ACCIÓN DE GRACIAS

¿Por qué te quedas lejos, Señor,
y te escondes en el momento del aprieto?
La soberbia del impío oprime al infeliz
y lo enreda en las intrigas que ha tramado.

El malvado se gloría de su ambición,
el codicioso blasfema y desprecia al Señor.
El malvado dice con insolencia:
«No hay Dios que me pida cuentas.»

La intriga vicia siempre su conducta,
aleja de su mente tus juicios y desafía a sus rivales.
Piensa: «No vacilaré,
nunca jamás seré desgraciado.»

Su boca está llena de maldiciones,
de engaños y de fraudes;
su lengua encubre maldad y opresión;
en el zaguán se sienta al acecho
para matar a escondidas al inocente.

Sus ojos espían al pobre;
acecha en su escondrijo como león en su guarida,
acecha al desgraciado para robarle,
arrastrándolo a sus redes;

se agacha y se encoge
y con violencia cae sobre el indefenso.
Piensa: «Dios lo olvida,
se tapa la cara para no enterarse.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor hará justicia a los pobres.

Ant 2. Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.

Salmo 9B – II

Levántate, Señor, extiende tu mano,
no te olvides de los humildes;
¿por qué ha de despreciar a Dios el malvado,
pensando que no le pedirá cuentas?

Pero tú ves las penas y los trabajos,
tú miras y los tomas en tus manos.
A ti se encomienda el pobre,
tú socorres al huérfano.

Rómpele el brazo al malvado,
pídele cuentas de su maldad, y que desaparezca.
El Señor reinará eternamente
y los gentiles desaparecerán de su tierra.

Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,
les prestas oído y los animas;
tú defiendes al huérfano y al desvalido:
que el hombre hecho de tierra
no vuelva a sembrar su terror.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.

Ant 3. Las palabras del Señor son palabras sinceras, como plata refinada siete veces.

Salmo 11 – INVOCACIÓN A LA FIDELIDAD DE DIOS CONTRA LOS ENEMIGOS MENTIROSOS.

Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos,
que desaparece la lealtad entre los hombres:
no hacen más que mentir a su prójimo,
hablan con labios embusteros
y con doblez de corazón.

Extirpe el Señor los labios embusteros
y la lengua orgullosa
de los que dicen: «la lengua es nuestra fuerza,
nuestros labios nos defienden,
¿quién será nuestro amo?»

El Señor responde: «por la opresión del humilde,
por el gemido del pobre, yo me levantaré,
y pondré a salvo al que lo ansía».

Las palabras del Señor son palabras sinceras,
como plata limpia de escoria,
refinada siete veces.

Tú nos guardarás, Señor,
nos librarás para siempre de esa gente:
de los malvados que merodean
para chupar como sanguijuelas sangre humana.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Las palabras del Señor son palabras sinceras, como plata refinada siete veces.

V. El Señor hace caminar a los humildes con rectitud.
R. Enseña su camino a los humildes. 

PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 2, 4b-25

LA CREACIÓN DEL HOMBRE EN EL PARAÍSO

Cuando el Señor Dios hizo tierra y cielo, no había aún matorrales en la tierra, ni brotaba hierba en el campo, porque el Señor Dios no había enviado lluvia sobre la tierra, ni había hombre que cultivase el campo. Sólo un manantial salía del suelo y regaba la superficie del campo. Entonces, el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo.

El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además el árbol de la vida, en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y del mal.

En Edén nacía un río que regaba el jardín, y después se dividía en cuatro brazos. El primero se llama Pisón, y rodea todo el país de Javila, donde se da el oro; el oro del país es de calidad; y también se dan allí ámbar y lapislázuli. El segundo río se llama Guijón, y rodea todo el país de Cus. El tercero se llama Tigris, y corre al este de Asiria. El cuarto es el Éufrates.

El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara; el Señor Dios dio este mandato al hombre:

«Puedes comer de todos los árboles del jardín; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comas; porque, el día en que comas de él, tendrás que morir.»

El Señor Dios se dijo:

«No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que lo ayude.»
Entonces, el Señor modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontraba ninguno como él que lo ayudase.

Entonces, el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo; y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. El hombre dijo:
«¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será «mujer», porque ha salido del hombre.»

Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos un solo ser. Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían vergüenza uno de otro.

RESPONSORIO    1Co 15, 45. 47. 49

R. El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo; el último Adán, en espíritu que da vida. * El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo es del cielo.
V. Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial.
R. El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo es del cielo.

SEGUNDA LECTURA

De la Regla monástica mayor de san Basilio Magno, obispo
(Respuesta 2, 1: PG 31, 908-910)

TENEMOS DEPOSITADA EN NOSOTROS UNA FUERZA QUE NOS CAPACITA PARA AMAR

El amor de Dios no es algo que pueda aprenderse con unas normas y preceptos. Así como nadie nos ha enseñado a gozar de la luz, a amar la vida, a querer a nuestros padres y educadores, así también, y con mayor razón, el amor de Dios no es algo que pueda enseñarse, sino que desde que empieza a existir este ser vivo que llamamos hombre es depositada en él una fuerza espiritual, a manera de semilla, que encierra en sí misma la facultad y la tendencia al amor. Esta fuerza seminal es cultivada diligentemente y nutrida sabiamente en la escuela de los divinos preceptos y así, con la ayuda de Dios, llega a su perfección.

Por eso nosotros, dándonos cuenta de vuestro deseo por llegar a esta perfección, con la ayuda de Dios y de vuestras oraciones, nos esforzaremos, en la medida en que nos lo permita la luz del Espíritu Santo, por avivar la chispa del amor divino escondida en vuestro interior.

Digamos en primer lugar que Dios nos ha dado previamente la fuerza necesaria para cumplir todos los mandamientos que él nos ha impuesto, de manera que no hemos de apenarnos como si se nos exigiese algo extraordinario, ni hemos de enorgullecernos como si devolviésemos a cambio más de lo que se nos ha dado. Si usamos recta y adecuadamente de estas energías que se nos han otorgado, entonces llevaremos con amor una vida llena de virtudes; en cambio, si no las usamos debidamente, habremos viciado su finalidad.

En esto consiste precisamente el pecado, en el uso desviado y contrario a la voluntad de Dios de las facultades que él nos ha dado para practicar el bien; por el contrario, la virtud, que es lo que Dios pide de nosotros, consiste en usar de esas facultades con recta conciencia, de acuerdo con los designios del Señor.

Siendo esto así, lo mismo podemos afirmar de la caridad. Habiendo recibido el mandato de amar a Dios, tenemos depositada en nosotros, desde nuestro origen, una fuerza que nos capacita para amar; y ello no necesita demostrarse con argumentos exteriores, ya que cada cual puede comprobarlo por sí mismo y en sí mismo. En efecto, un impulso natural nos inclina a lo bueno y a lo bello, aunque no todos coinciden siempre en lo que es bello y bueno; y, aunque nadie nos lo ha enseñado, amamos a todos los que de algún modo están vinculados muy de cerca a nosotros, y rodeamos de benevolencia, por inclinación espontánea, a aquellos que nos complacen y nos hacen el bien.

Y ahora yo pregunto, ¿qué hay más admirable que la belleza de Dios? ¿Puede pensarse en algo más dulce y agradable que la magnificencia divina? ¿Puede existir un deseo más fuerte e impetuoso que el que Dios infunde en el alma limpia de todo pecado y que dice con sincero afecto: Desfallezco de amor? El resplandor de la belleza divina es algo absolutamente inefable e inenarrable.

RESPONSORIO    Sal 17, 2-3

R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; * Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
V. Dios mío, mi escudo y peña en que me amparo.
R. Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor, atiende benignamente las súplicas de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.