El Bautismo nos hace miembros de Cristo y de la comunidad

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El miércoles pasado hemos iniciado un breve ciclo corta de catequesis sobre los Sacramentos, empezando por el Bautismo. Y sobre el Bautismo me quisiera detener también hoy, para subrayar un fruto muy importante de este Sacramento: este nos hace convertirnos en miembros del Cuerpo de Cristo y del Pueblo de Dios. Santo Tomás de Aquino afirma que el que recibe el Bautismo viene incorporado a Cristo casi como su mismo miembro y viene agregado a la comunidad de los fieles, es decir, al Pueblo de Dios (cf. Summa Theologiae, III, q . 69, art. 5; q . 70, art. 1). En la escuela del Concilio Vaticano II, nosotros decimos hoy que el Bautismo nos introduce en el Pueblo de Dios, nos hace miembros de un Pueblo en un camino, un pueblo peregrinante en la historia.

En efecto, como de generación en generación se transmite la vida, así también de generación en generación, a través del renacimiento de la fuente bautismal, se transmite la gracia, y con esta gracia el Pueblo cristiano camina en el tiempo, como un río que irriga la tierra y difunde en el mundo la bendición de Dios. Desde el momento que Jesús dijo lo que hemos escuchado en el Evangelio, los discípulos salieron a bautizar. Y desde aquel tiempo hasta hoy, hay una cadena en la transmisión de la fe por el Bautismo. Y cada uno de nosotros somos el anillo de esa cadena. Siempre un paso adelante. Como un río que irriga. Y así es la gracia de Dios. Y así es nuestra fe, que tenemos que transmitir a nuestros hijos. Transmitirla a los niños, para que ellos cuando sean adultos puedan transmitirla a sus hijos. Así es el Bautismo. ¿Por qué? Porque el Bautismo nos hace entrar en este Pueblo de Dios que transmite la fe. Esto es muy importante. Un Pueblo de Dios que camina y transmite la fe.



En virtud del Bautismo nosotros nos transformamos en discípulos misioneros, llamados a llevar el Evangelio en el mundo (Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, 120). “Cada bautizado, cualquiera sea su función en la Iglesia y el grado de instrucción de su fe, es un sujeto activo de evangelización. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de todos, de todo el Pueblo de Dios. Un nuevo protagonismo de los bautizados, de cada uno de los bautizados” (ibid.). El Pueblo de Dios es un Pueblo discípulo, porque recibe la fe, y misionero, porque transmite la fe. Y esto lo hace el Bautismo en nosotros. Nos hace recibir la gracia y la fe, y transmitir la fe. Todos en la Iglesia somos discípulos y lo somos siempre, por toda la vida; y todos somos misioneros, cada uno en el puesto que el Señor le ha asignado.
 Todos. El más pequeño también es misionero. Y el que parece más grande, es discípulo. Pero alguno de vosotros dirá: ‘Padre, los obispos no son discípulos. Los obispos saben todo. El papa sabe todo. No es discípulo’. También los obispos y el Papa tienen que ser discípulos, porque si no son discípulos no hacen el bien. No pueden ser misioneros, no pueden transmitir la fe. ¿Entendido? ¿Lo habéis entendido esto? Es importante. Todos nosotros, discípulos y misioneros.

Existe un vínculo indisoluble entre la dimensión mística y aquella misionera de la vocación cristiana, ambas enraizadas en el Bautismo. “Recibiendo la fe y el bautismo, nosotros cristianos acogemos la acción del Espíritu Santo que conduce a confesar a Jesucristo como Hijo de Dios y a llamar Dios “Abbá” (Padre). Todos los bautizados y las bautizadas estamos llamados a vivir y a transmitir la comunión con la Trinidad, porque la evangelización es un llamado a la participación de la comunión trinitaria” (Documento final de Aparecida, n. 157).



Nadie se salva solo. Esto es importante. Nadie se salva solo. Somos comunidad de creyentes, somos Pueblo de Dios, y en esta comunidad experimentamos la belleza de compartir la experiencia de un amor que nos precede a todos, pero que al mismo tiempo nos pide que seamos “canales” de la gracia los unos para los otros, no obstante nuestros límites y nuestros pecados.
La dimensión comunitaria no es sólo un “marco”, un “contorno”, sino que es parte integrante de la vida cristiana, del testimonio y de la evangelización. La fe cristiana nace y vive en la Iglesia, y en el Bautismo las familias y las parroquias celebran la incorporación de un nuevo miembro a Cristo y a su cuerpo, que es la Iglesia, al Pueblo de Dios (cf. ibid., n. 175 b).



A propósito de la importancia del Bautismo para el Pueblo de Dios, es ejemplar la historia de la comunidad cristiana en Japón. Pero escuchad bien esto. Ella sufrió una dura persecución a los inicios del siglo XVII. Hubieron numerosos mártires, los miembros del clero fueron expulsados y millares de fieles fueron asesinados. No ha quedado en Japón ningún cura. Todos han sido expulsados. Entonces la comunidad se retiró en la clandestinidad, conservando la fe y la oración en el ocultamiento. Y cuando nacía un niño, el papá o la mamá lo bautizaba. Porque todos nosotros podemos bautizar. Cuando después de casi dos siglos y medio, doscientos cincuenta años después, los misioneros volvieron a Japón, millares de cristianos salieron a la luz y la Iglesia pudo reflorecer. ¡Habían sobrevivido con la gracia de su Bautismo! ¡Pero esto es grande! El Pueblo de Dios transmite la fe, bautiza a sus hijos y va adelante. Y habían mantenido, aunque en secreto, un fuerte espíritu comunitario, porque el Bautismo los había hecho transformar en un sólo cuerpo en Cristo: estaban aislados y escondidos, pero eran siempre miembros del Pueblo de Dios, miembros de la Iglesia. ¡Podemos aprender tanto de esta historia! Gracias.

Vísperas – Miércoles I Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

MIÉRCOLES I SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

 

HIMNO

 

Amo, Señor, tus sendas, y me es suave la carga

(la llevaron tus hombros) que en mis hombros pusiste;

pero a veces encuentro que la jornada es larga,

que el cielo ante mis ojos de tinieblas se viste,

 

que el agua del camino es amarga…, es amarga,

que se enfría este ardiente corazón que me diste;

y una sombría y honda desolación me embarga,

y siento el alma triste hasta la muerte triste…

 

El espíritu débil y la carne cobarde,

lo mismo que el cansado labriego, por la tarde,

de la dura fatiga quisiera reposar…

 

Mas entonces me miras…, y se llena de estrellas,

Señor, la oscura noche; y detrás de tus huellas,

con al cruz que llevaste, me es dulce caminar.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

 

Salmo 26 (I)

 

El Señor es mi luz y mi salvación,

¿a quién temeré?

El Señor es la defensa de mi vida,

¿quién me hará temblar?

 

Cuando me asaltan los malvados

para devorar mi carne,

ellos, enemigos y adversarios,

tropiezan y caen.

 

Si un ejército acampa contra mí,

mi corazón no tiembla;

si me declaran la guerra,

me siento tranquilo.

 

Una cosa pido al Señor,

eso buscaré:

habitar en la casa de Señor

por los días de mi vida;

gozar de la dulzura del Señor

contemplando su templo.

 

Él me protegerá en su tienda

en el día del peligro;

me esconderá en lo escondido de su morada,

me alzará sobre la roca;

 

Y así levantaré la cabeza

sobre el enemigo que me cerca;

en su tienda sacrificaré

sacrificios de aclamación:

cantaré y tocaré para el Señor

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

 

 

Ant. 2. Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro.

 

Salmo 26 (II)

 

Escúchame, Señor, que te llamo;

ten piedad, respóndeme.

 

Oigo en mi corazón:

«Buscad mi rostro».

Tu rostro buscaré, Señor,

no me escondas tu rostro.

 

No me rechaces con ira a tu siervo,

que tú eres mi auxilio;

no me deseches, no me abandones,

Dios de mi salvación.

 

Si mi padre y mi madre me abandonan,

el Señor me recogerá.

 

Señor, enséñame tu camino,

guíame por la senda llana,

porque tengo enemigos.

 

No me entregues a la saña de mi adversario,

porque se levantan contra mí testigos falsos,

que respiran violencia.

 

Espero gozar de la dicha del Señor

en el país de la vida.

 

Espera en el Señor, sé valiente,

ten ánimo, espera en el Señor.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro.

 

 

Ant. 3. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo

 

Cántico: Col 1, 12-20

 

Damos gracias a Dios Padre,

que nos ha hecho capaces de compartir

la herencia del pueblo santo en la luz.

 

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas

y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,

por cuya sangre hemos recibido la redención,

el perdón de los pecados.

 

Él es imagen de Dios invisible,

primogénito de toda criatura;

pues por medio de él fueron creadas todas las cosas:

celestes y terrestres, visibles e invisibles

Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;

todo fue creado por él y para él.

 

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.

Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,

y así es el primero en todo.

 

Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.

Y por él quiso Dios reconciliar consigo todas las cosas:

haciendo la paz por la sangre de su cruz con todos los seres,

así el cielo como de la tierra.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo

 

 

LECTURA BREVE           St 1, 22. 25

 

Llevad la práctica de la ley y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos. El que se concentra en la ley perfecta, la de la libertad, y es constante, no para oír y olvidarse, sino para ponerla por obra, éste será dichoso al practicarla.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Sálvame, Señor, y ten misericordia de mí.

R. Sálvame, Señor, y ten misericordia de mí.

 

V. No arrebates mi alma con los pecadores.

R. Ten misericordia de mí.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Sálvame, Señor, y ten misericordia de mí.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. El poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

 

 

PRECES

 

Que en todo sea glorificado el nombre del Señor, que atiende a su pueblo elegido con infinito amor. A él suba nuestra oración:

Muestra, Señor, tu caridad.

 

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia:

— guárdala de todo mal y haz que crezca en tu amor.


 

Que todos los pueblos, Señor, te reconozcan como al único Dios verdadero,

y a Jesucristo como al Salvador que tú has enviado.

 

A nuestros parientes y bienhechores concédeles tus bienes,

y que tu bondad les dé la vida eterna.

 

Te pedimos, Señor, por los trabajadores que sufren:

alivia sus dificultades,  
y haz que todos los hombres reconozcan su dignidad.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

En tu misericordia acoge a los que hoy han muerto

— y dales posesión de tu reino.

 

Unidos fraternalmente, como hermanos de una misma familia, invoquemos a nuestro Padre:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Escucha, Señor, nuestras súplicas y protégenos durante el día y durante la noche; tú que eres  inmutable, danos siempre firmeza a los que vivimos sujetos a la sucesión de los tiempos y las horas. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Jn 1, 29-34

La escena que contemplamos al otro lado del Jordán recuerda el bautismo de Jesús, aunque el evangelio de Juan no lo relata. Probablemente en la comunidad en que se escribe, la tensión entre cristianos y bautistas era bastante fuerte. Si Juan bautizó a Jesús, podría dar la impresión de que aquél era superior. De ahí la insistencia, ya desde el inicio, por destacar que «detrás de mí viene uno que es superior». Juan ha venido para dar testimonio de esto. 

Tras el prólogo, se abre una breve sección introductoria (1,19-51) que recoge un triple testimonio, respondiendo a una misma pregunta: “¿quién es Jesús?”. En primer lugar el Bautista, dirigiéndose a un público variado testifica: ante los jefes del pueblo, que «viene uno detrás que es más importante»; a un público indefinido, que es «el Cordero de Dios» y «el Hijo de Dios»; y dirigiéndose a dos discípulos, vuelve a llamar a Jesús «el Cordero de Dios».

El segundo testimonio lo aportan los discípulos de Juan: «hemos encontrado al Mesías», «aquel de quien escribió Moisés y del que hablaron los profetas». Por último, es el propio Jesús quien da testimonio sobre sí mismo: «veréis cómo se abren los cielos y los ángeles de Dios suben y bajan sobre el Hijo del hombre».

El texto que escuchamos este domingo recoge el testimonio que el Bautista da a un grupo indeterminado. Podemos pensar que se trata del pueblo en general, todos aquellos que anónimamente acudían a escucharle y ser bautizados. Desde el punto de vista de la comunicación que establece el evangelista, con esta gente indeterminada está dirigiendo el testimonio directo sobre Jesús a los lectores del evangelio de todos los tiempos.

La perícopa se distribuye en forma simétrica. En los extremos (A – A’), los títulos con que se da testimonio: «Cordero de Dios» e «Hijo de Dios»; en el centro (C), la visión del Espíritu que desciende y permanece sobre Él. Otras dos afirmaciones sobre el bautismo (B – B’) con agua, el de Juan, y con Espíritu, el de Jesús. La orientación es clara: Jesús es investido Hijo de Dios por medio del Espíritu que recibe, y el bautismo con este Espíritu le identifica como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».

Este título tiene un claro trasfondo veterotestamentario. No podemos perder de vista el imaginario pascual: recuerda el cordero de la nueva Alianza, la nueva pascua por la que Dios liberará definitivamente del pecado. En conexión con todo el evangelio de Juan, vemos cómo la idea de la entrega de Jesús en la cruz, como máxima expresión del amor del Padre al mundo, se transparenta en este título. El Cordero de Dios que vence el pecado es el que se entrega por amor en la cruz, y es precisamente en este acto supremo donde triunfa sobre el pecado.

El testimonio de Juan se condensa solemnemente en las palabras finales: «es el Hijo de Dios», el que ha sido investido por el Espíritu con plenitud. El proyecto de Dios se ha plasmado en el Hijo enviado al mundo. Dios le ha concedido la plenitud de vida para que se la comunique al mundo sumido en el pecado, por medio del bautismo en Espíritu. El proyecto de liberación del Padre se cumple definitivamente en el Hijo, Cordero de la nueva Alianza.

Óscar de la Fuente 

Comentario al evangelio de hoy (15 de enero)

La primera lectura de la liturgia de hoy refiere la vocación de Samuel. Este delicioso relato, lleno de belleza y no exento de dramatismo, sirve para entender cómo llama Dios y cómo sigue llamando hoy. Él no ha cambiado de manera de llamar. Merece la pena desarrollar nuestro comentario mediante varios puntos de meditación.

“La Palabra de Dios era rara y no abundaban las visiones”. Aquella, como la nuestra, era época de “silencio de Dios”. Algo sustancial le falta al hombre cuando Dios calla. Hoy, muchos no se relacionan con Dios; no adivinan qué puede aportar la voz de Dios a la vida humana. Incluso conjeturan: “Se vive bien al margen de Dios. Y no pasa nada”. Aquella vocación surgió en tiempos similares a los nuestros.

Todo ocurre de noche y en el templo. La noche evoca oscuridad, confusión y misterio. El templo no es un escenario frecuente de llamada en la Biblia. Tampoco para muchos es hoy un lugar frecuentado. La noche y el templo se transforman en espacio y tiempo de salvación porque “aún no se había apagado la lámpara de Dios”. Dios, que nunca duerme ni descansa, sigue llamando enmedio de la noche.

La intervención necesaria de Elí, el mediador. La vocación siempre es con-vocación. Los otros siempre han de intervenir en ella o al principio, o durante o al final de su proceso. Nunca es un asunto privado. Dios se vale siempre de intermediarios para aclarar y guiar. Elí reconoce que es Dios quien llama a ese niño, Samuel, y le orienta hacia Él. Percibe la procedencia de la llamada más claramente que el interesado. Y facilita el camino aconsejándole cómo debe responder a Dios.

Dios llama por el nombre por tres veces. Sus llamadas no son genéricas ni opcionales sino personales e interpelantes. Él se hace notar, zarandeando con repetidas sacudidas. Reitera cansinamente su llamada. Samuel, aunque obedece prontamente, lo hace de forma equivocada. Acude por dos veces a quien no le había llamado. Su disposición pronta y resuelta para acudir, donde sea y cuando sea, le llevará al final ante el Señor. No fue en valde su entrenamiento.

“Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Estas palabras recogen la respuesta vocacional modélica. Sin peros, sin condiciones previas, del todo rendido… Samuel le brinda a Dios su acogida y su escucha. El secreto inicial de toda vocación es escuchar a Dios. La dificultad es la sordera. Si ahora alguien está dispuesto a escucharle, después será transformado en profeta destinado a una complicada misión: “La palabra de Samuel se escuchaba en todo Israel” (1 Sam 4,1).

Juan Carlos Martos, cmf

Miércoles I Tiempo Ordinario

Hoy es miércoles, 15 de enero.

Aquí comienzo un nuevo momento a tu lado, Señor. Guardo silencio y me dejo llenar de tu palabra para poder encontrarme contigo. Voy encontrándome contigo para poder disfrutar de este encuentro y de este rato que disfruto de ti.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 1, 29-39):

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.

Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca.»

Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»

Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

Jesús acompaña a sus amigos a casa. También hoy llega a mi casa para compartir alimento, conversación. Jesús busca el calor del hogar. Es en la intimidad donde nos encontramos con él y nos sentimos a gusto, donde descalzamos nuestra alma para estar cómodos con él. Ven a mi casa, Señor y comparte conmigo mesa y alimento.

La suegra de Pedro está enferma. Tiene fiebre y no puede preparar la comida y servir la mesa. La enfermedad me impide encontrarme con Jesús. Me cierra a su encuentro y enseñanza. Mis enfermedades pueden ser la envidia, el egoísmo, el deseo de poder, de tener… Cúrame Señor, para que pueda servir a mis hermanos y dar testimonio de tu evangelio.

Jesús tomó de la mano a la suegra y curó. La cercanía de Jesús, su simple presencia hace que las personas se sientan mejor. Jesús hace que recupere la salud y pueda volver a ponerse a servir. La vida y la alegría de vivir vuelven a la suegra y ésta se abre al mensaje de Jesús. El Señor es la medicina que cura e invita a ponerse al servicio. ¿Hoy también me cura a mí el Señor? ¿Cómo lo hace?

Todos buscan a Jesús para que les cure. Yo también me acerco a ti buscando esa cura de todos mis males. Pero no busco una curación física sino una curación que me abra a los otros, que me ponga al servicio de los otros. El Señor los cura a todos de sus males. Reconocen su divinidad y que Dios está con él y quedan sanos.

A la mañana siguiente Jesús se retira a orar. La oración recarga para volver al día a día. Para seguir dando testimonio del Reino de Dios. Ahora me dispongo yo también para comenzar mi tarea diaria. Y todo el mundo le busca porque quieren ser sanadas por él, porque quieren seguir sanos, porque quieren encontrarse con Jesús en la intimidad de su hogar.

Sin embargo, el mensaje de Jesús no es para unos pocos, sino para todo el mundo. Jesús sale a predicar el evangelio por toda Galilea, curando, enseñando, anunciando el Reino de Dios. Yo también voy a volver a mis quehaceres y en ellos tengo que dar testimonio de este rato que vivo con él.

Vuelvo a leer el texto y me sitúo en el centro de la escena, presentándome entre los enfermos que se acercan a Jesús para ser curados. No busco a Jesús por puro egoísmo, para que me de la salud, sino para aumentar mi fe.

Voy terminando mi oración, preparándome para mi encuentro con el día a día, con mi realidad. Yo también me levanto de este rato de oración y salgo al encuentro de la gente para predicar allí y expulsar demonios como lo hacía Jesús.

Señor, es maravilloso leer que “todo el mundo te busca”. Quiero pensar que no es una actitud egoísta, buscando en ti la salud del cuerpo. En todo caso, si yo, y tantos otros, buscamos en ti la salud corporal es ya una confesión de nuestra fe en tu divinidad. Sólo Dios puede hacer milagros. Pero tú sabes, Dios mío, que lo que más me interesa es la salud de mi alma. Con un cuerpo enfermo, es posible seguirte llevando la cruz. Con un alma enferma o debilitada, ¿quién puede salir del egoísmoy seguirte adonde quiere que vayas? Cura, Señor, mi alma: dale la vida y la libertad que necesita para seguirte hoy y siempre.

Laudes – Miércoles I Tiempo Ordinario

MIÉRCOLES I SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

 

INVITATORIO

 

Ant. Adoremos a Dios, creador nuestro.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Buenos días, Señor, a ti el primero

encuentra la mirada

del corazón, apenas nace el día:

tú eres la luz y el sol de mi jornada.

 

Buenos días, Señor, contigo quiero

andar por la vereda:

tú, mi camino, mi verdad, mi vida;

tú, la esperanza firme que me queda.

 

Buenos días, Señor, a ti te busco,

levanto a tu las manos

y el corazón, al despertar la aurora:

quiero encontrarte siempre en mis hermanos.

 

Buenos días, Señor resucitado,

que traes la alegría

al corazón que va por tus caminos,

¡vencedor de tu muerte y de la mía!

 

Gloria al Padre de todos, gloria al Hijo,

y al Espíritu Santo;

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos te alabe nuestro canto. Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Tu luz, Señor, nos hace ver la luz.

 

Salmo 35

 

El malvado escucha en su interior

un oráculo del pecado:

«No tengo miedo a Dios,

ni en su presencia.»

Porque se hace la ilusión de que su culpa

no será descubierta ni aborrecida.

 

Las palabras de su boca son maldad y traición,

renuncia a ser sensato y a obrar bien;

acostado medita el crimen,

se obstina en el mal camino,

no rechaza la maldad.

 

Señor, tu misericordia llega hasta el cielo,

tu fidelidad hasta las nubes;

tu justicia hasta las altas cordilleras;

tus sentencias son como el océano inmenso.

 

Tu socorres a los hombres y animales;

¡que inapreciable es tu misericordia, oh Dios!;

los humanos se acogen a las sombras de tus alas;

 

Se nutren de lo sabroso de tu casa,

les das de beber del torrente de tus delicias,

porque en ti está la fuente viva,

y tu luz nos hace ver la luz.

 

Prolongas tu misericordia con los que te reconocen,

tu justicia con los rectos de corazón;

que no me pisotee el pie del soberbio,

que no me eche afuera la mano del malvado.

 

Han fracasado los malhechores;

derribados, no se pueden levantar.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 1. Tu luz, Señor, nos hace ver la luz.

 

 

Ant. 2. Señor, tú eres grande tu fuerza es invencible.

 

Cántico: Jdt 16, 2-3. 15-19

 

¡Alabad al Señor con tambores,

elevad cantos al Señor con cítaras,

ofrecedle los acordes de un salmo de alabanza,

¡ensalzad e invocad su nombre!

Porque el Señor es un Dios quebrantador de guerras,

su nombre es el Señor.

 

Cantaré a mi Dios un cántico nuevo:

Señor tú eres grande y glorioso,

admirable en tu fuerza, invencible.

 

Que te sirva toda la creación,

porque tú lo mandaste y existió;

enviaste tu aliento y la construiste,

nada puede resistir a tu voz.

 

Sacudirán las olas los cimientos de los montes,

las peñas en tus presencias se derretirán como cera,

pero tú serás propicio a tus fieles.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 2. Señor, tú eres grande tu fuerza es invencible.

 

 

Ant. 3. Aclamad a Dios con gritos de júbilo.

 

Salmo 46

 

Pueblos todos, batid palmas,

aclamad a Dios con gritos de júbilos;

porque el Señor es sublime y terrible,

emperador de toda la tierra.

 

Él nos somete los pueblos

y nos sojuzga las naciones;

él nos escogió como heredad suya:

gloria a Jacob, su amado.

 

Dios asciende entre aclamaciones;

el Señor, al son de trompetas;

tocad para Dios, tocad,

tocad para nuestro rey, tocad.

 

Porque Dios es el rey del mundo

tocad con maestría.

Dios reina sobre las naciones,

Dios se sienta en su trono sagrado.

 

Los príncipes de los gentiles se reúnen

con el pueblo del Dios de Abraham;

porque de Dios son los grandes de la tierra,

y él es excelso.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Aclamad a Dios con gritos de júbilo.

 

 

LECTURA BREVE           Tb 4, 16-17. 19-20

 

No hagas a otro lo que a ti no te agrada. Da tu pan al hambriento y tu ropa al desnudo. Pide consejo al sensato y no desprecies un consejo útil. Bendice al Señor Dios en todo momento, y pídele que allane tus caminos y que te dé éxito en tus empresas y proyectos.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Inclina, Señor, mi corazón a tus preceptos.

R. Inclina, Señor, mi corazón a tus preceptos.

 

V. Inclina, Señor, mi corazón a tus proyectos.

R. Mi corazón a tus preceptos.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Inclina, Señor, mi corazón a tus preceptos.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Ten misericordia con nosotros, Señor, y recuerda tu santa alianza.

 

Cántico de Zacarías. Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Ten misericordia con nosotros, Señor, y recuerda tu santa alianza.

 

 

PRECES

 

Demos gracias a Cristo y alabémoslo porque ha querido santificarnos y llamarnos hermanos suyos; digámosle, pues, confiados:

Santifica, a tus hermanos, Señor.

 

Concédenos, Señor que con el corazón puro consagremos el principio de este día en honor de tu resurrección,

y que santifiquemos el día entero con trabajos que sean de tu agrado.

 

Tú que, para que aumente nuestra alegría y se afiance nuestra salvación, nos das este nuevo día, signo de tu amor.

renuévanos hoy y  siempre para gloria de tu nombre.

 

Haz que sepamos descubrirte a ti en todos nuestros hermanos,

sobre todo en los que sufren y en los pobres.

 

Haz que durante este día estemos en paz con todo el mundo,

y a nadie devolvamos mal por mal.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Tal como nos enseñó el Señor, terminemos nuestra oración diciendo:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Señor, Dios, salvador nuestro, danos tu ayuda, para que siempre deseemos las obras de la luz y realicemos la verdad: así, los que de ti hemos nacido como hijos de la luz seremos tus testigos ante los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu hijo. Amén.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Oficio de lecturas – Miércoles I Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Adoremos a Dios, porque él nos ha creado.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: CON ENTREGA, SEÑOR, A TI VENIMOS

Con entrega, Señor, a ti venimos,
escuchar tu palabra deseamos;
que el Espíritu ponga en nuestros labios
la alabanza al Padre de los cielos.

Se convierta en nosotros la palabra
en la luz que a los hombres ilumina,
en la fuente que salta hasta la vida,
en el pan que repara nuestras fuerzas;

en el himno de amor y de alabanza
que se canta en el cielo eternamente,
y en la carne de Cristo se hizo canto
de la tierra y del cielo juntamente.

Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,
el Señor Jesucristo, nuestro hermano,
y al Espíritu Santo, que, en nosotros,
glorifica tu nombre por los siglos. Amén

SALMODIA

Ant 1. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Salmo 17, 2-30 I- ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA VICTORIA

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

Dios mío, mi escudo y peña en que me amparo,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.

Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte.

En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz
y mi grito llegó a sus oídos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Ant 2. El Señor me libró porque me amaba.

Salmo 17 II

Entonces tembló y retembló la tierra,
vacilaron los cimientos de los montes,
sacudidos por su cólera;
de su rostro se alzaba una humareda,
de su boca un fuego voraz,
y lanzaba carbones ardiendo.

Inclinó el cielo y bajó
con nubarrones debajo de sus pies;
volaba sobre un querubín
cerniéndose sobre las alas del viento,
envuelto en un manto de oscuridad:

como un toldo, lo rodeaban
oscuro aguacero y nubes espesas;
al fulgor de su presencia, las nubes
se deshicieron en granizo y centellas;

y el Señor tronaba desde el cielo,
el Altísimo hacía oír su voz:
disparando sus saetas, los dispersaba,
y sus contínuos relámpagos los enloquecían.

El fondo del mar apareció,
y se vieron los cimientos del orbe,
cuando tú, Señor, lanzaste el fragor de tu voz,
al soplo de tu ira.

Desde el cielo alargó la mano y me sostuvo,
me sacó de las aguas caudalosas,
me libró de un enemigo poderoso,
de adversarios más fuertes que yo.

Me acosaban el día funesto,
pero el Señor fue mi apoyo:
me sacó a un lugar espacioso,
me libró porque me amaba.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor me libró porque me amaba.

Ant 3. Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas.

Salmo 17 III

El Señor retribuyó mi justicia,
retribuyó la pureza de mis manos,
porque seguí los caminos del Señor
y no me rebelé contra mi Dios;
porque tuve presentes sus mandamientos
y no me aparté de sus preceptos;

Le fui enteramente fiel,
guardándome de toda culpa;
el Señor retribuyó mi justicia,
la pureza de mis manos en su presencia.

Con el fiel, tú eres fiel;
con el íntegro, tú eres íntegro;
con el sincero, tú eres sincero;
con el astuto, tú eres sagaz.
Tú salvas al pueblo afligido
y humillas los ojos soberbios.

Señor, tú eres mi lámpara;
Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.
Fiado en ti, me meto en la refriega;
fiado en mi Dios, asalto la muralla.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas.

V. Todos quedaban maravillados.
R. De las palabras que salían de la boca de Dios. 

PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 3, 1-24

EL PRIMER PECADO

La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer:

«¿Con que Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?»

La mujer contestó a la serpiente:

«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; sólo del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: «No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte.»»

La serpiente replicó a la mujer:

«No es verdad que tengáis que morir. Bien sabe Dios que, cuando comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal.»

La mujer se dio cuenta de que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia; y cogió un fruto, comió, se lo alargó a su marido, y él también comió. Entonces, se les abrieron los ojos a los dos, y descubrieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Oyeron luego al Señor, que se paseaba por el jardín, a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se escondieron de la vista del Señor Dios, entre los árboles del jardín. Pero el Señor Dios llamó al hombre y le dijo:

«¿Dónde estás?»

Éste contestó:

«Te oí andar por el jardín, y tuve miedo, porque estoy desnudo. Por eso me escondí.»
El Señor Dios le replicó:

«Y ¿quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?»

Respondió el hombre:

«La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y comí.»

Dijo, pues, el Señor Dios a la mujer:

«¿Por qué lo has hecho?»

Y contestó la mujer:

«La serpiente me sedujo, y comí.»

Entonces el Señor Dios dijo a la serpiente:

«Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo: él herirá tu cabeza cuando tú hieras su talón.»

A la mujer le dijo:

«Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con trabajo darás a luz a tus hijos. Pero tu deseo te impulsará hacia tu marido, y él te dominará.»

Al hombre le dijo:

«Por haber accedido a la voz de tu mujer, comiendo del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito el suelo por tu culpa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Brotará para ti cardos y espinas, y comerás las hierbas del campo. Con sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado, porque eres polvo y al polvo volverás.»

El hombre llamó «Eva» a su mujer, por ser ella la madre de todos los vivientes.

El Señor Dios hizo pellizas para el hombre y su mujer, y se las vistió. Y el Señor Dios dijo:

«Mirad, el hombre es ya como uno de nosotros en el conocimiento del bien y del mal. No vaya a echarle mano al árbol de la vida, coja de él, coma y viva para siempre.»

Y el Señor Dios lo expulsó del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde lo había sacado. Echó al hombre, y a oriente del jardín de Edén colocó a los querubines y la espada llameante que se agitaba, para cerrar el camino del árbol de la vida.

RESPONSORIO    Rm 5, 12. 20. 21

R. Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y, por el pecado, la muerte. * Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.
V. Así como reinó el pecado produciendo la muerte, así también reine la gracia dándonos vida eterna.
R. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.

SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías
(Libro 4, 6, 3. 5. 6. 7: SC 100, 442. 446. 448-454)

EL PADRE ES CONOCIDO POR LA MANIFESTACIÓN DEL HIJO

Nadie puede conocer al Padre sin el Verbo de Dios, esto es, si no se lo revela el Hijo, ni conocer al Hijo sin el beneplácito del Padre. El Hijo es quien cumple este beneplácito del Padre; el Padre, en efecto, envía, mientras que el Hijo es enviado y viene. Y el Padre, aunque invisible e inconmensurable por lo que a nosotros respecta, es conocido por su Verbo, y, aunque inexplicable, el mismo Verbo nos lo ha expresado. Recíprocamente, sólo el Padre conoce a su Verbo; así nos lo ha enseñado el Señor. Y por esto el Hijo nos revela el conocimiento del Padre por la manifestación de sí mismo, ya que el Padre es conocido por la manifestación del Hijo: todo es manifestado por obra del Verbo.

Para esto el Padre reveló al Hijo, para darse a conocer a todos a través de él, y para que todos los que creyesen en él mereciesen ser recibidos en la incorrupción y en el lugar del eterno consuelo (porque creer en él es hacer su voluntad).

Ya por el mismo hecho de la creación el Verbo revela a Dios creador, por el hecho de la existencia del mundo al Señor que lo ha fabricado, por la materia modelada al artífice que la ha modelado y a través del Hijo al Padre que lo ha engendrado; sobre esto hablan todos de manera semejante, pero no todos creen de manera semejante. También el Verbo se anunciaba a sí mismo y al Padre a través de la ley y de los profetas; y todo el pueblo lo oyó de manera semejante, pero no todos creyeron de manera semejante. Y el Padre se mostró a sí mismo, hecho visible y palpable en la persona del Verbo, aunque no todos creyeron por igual en él; sin embargo, todos vieron al Padre en la persona del Hijo, pues la realidad invisible que veían en el Hijo era el Padre, y la realidad visible en la que veían al Padre era el Hijo.

El Hijo, pues, cumpliendo la voluntad del Padre, lleva a perfección todas las cosas desde el principio hasta el fin, y sin él nadie puede conocer a Dios. El conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo está en poder del Padre y nos lo comunica por el Hijo. En este sentido decía el Señor: Nadie conoce al Hijo sino el Padre, como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar. Las palabras se lo quiere revelar no tienen sólo un sentido futuro, como si el Verbo hubiese empezado a manifestar al Padre al nacer de María, sino que tienen un sentido general que se aplica a todo tiempo. En efecto, el Padre es revelado por el Hijo, presente ya desde el comienzo en la creación, a quienes quiere el Padre, cuando quiere y como quiere el Padre. Y por esto, en todas las cosas y a través de todas las cosas, hay un solo Dios Padre, un solo Verbo, el Hijo, y un solo Espíritu, como hay también una sola salvación para todos los que creen en él.

RESPONSORIO    Jn 1, 18; Mt 11, 27

R. Nadie ha visto jamás a Dios; * el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer.
V. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.
R. El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor, atiende benignamente las súplicas de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.