Mensaje para la Jornada de oración por las vocaciones

Queridos hermanos y hermanas:

1. El Evangelio relata que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies»» (Mt 9,35-38). Estas palabras nos sorprenden, porque todos sabemos que primero es necesario arar, sembrar y cultivar para poder luego, a su debido tiempo, cosechar una mies abundante. Jesús, en cambio, afirma que «la mies es abundante». ¿Pero quién ha trabajado para que el resultado fuese así? La respuesta es una sola: Dios. Evidentemente el campo del cual habla Jesús es la humanidad, somos nosotros. Y la acción eficaz que es causa del «mucho fruto» es la gracia de Dios, la comunión con él (cf. Jn 15,5). Por tanto, la oración que Jesús pide a la Iglesia se refiere a la petición de incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino. San Pablo, que fue uno de estos «colaboradores de Dios», se prodigó incansablemente por la causa del Evangelio y de la Iglesia. Con la conciencia de quien ha experimentado personalmente hasta qué punto es inescrutable la voluntad salvífica de Dios, y que la iniciativa de la gracia es el origen de toda vocación, el Apóstol recuerda a los cristianos de Corinto: «Vosotros sois campo de Dios» (1 Co 3,9). Así, primero nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último, la adoración por la obra que él ha hecho y que requiere nuestro libre compromiso de actuar con él y por él.

2. Muchas veces hemos rezado con las palabras del salmista: «Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (Sal 100,3); o también: «El Señor se escogió a Jacob, a Israel en posesión suya» (Sal 135,4). Pues bien, nosotros somos «propiedad» de Dios no en el sentido de la posesión que hace esclavos, sino de un vínculo fuerte que nos une a Dios y entre nosotros, según un pacto de alianza que permanece eternamente «porque su amor es para siempre» (cf. Sal 136). En el relato de la vocación del profeta Jeremías, por ejemplo, Dios recuerda que él vela continuamente sobre cada uno para que se cumpla su Palabra en nosotros. La imagen elegida es la rama de almendro, el primero en florecer, anunciando el renacer de la vida en primavera (cf. Jr 1,11-12). Todo procede de él y es don suyo: el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, pero -asegura el Apóstol­ «vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios» (1 Co 3,23). He aquí explicado el modo de pertenecer a Dios: a través de la relación única y personal con Jesús, que nos confirió el Bautismo desde el inicio de nuestro nacimiento a la vida nueva. Es Cristo, por lo tanto, quien continuamente nos interpela con su Palabra para que confiemos en él, amándole «con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser» (Mc 12,33). Por eso, toda vocación, no obstante la pluralidad de los caminos, requiere siempre un éxodo de sí mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio. Tanto en la vida conyugal, como en las formas de consagración religiosa y en la vida sacerdotal, es necesario superar los modos de pensar y de actuar no concordes con la voluntad de Dios. Es un «éxodo que nos conduce a un camino de adoración al Señor y de servicio a él en los hermanos y hermanas» (Discurso a la Unión internacional de superioras generales, 8 de mayo de 2013). Por eso, todos estamos llamados a adorar a Cristo en nuestro corazón (cf. 1 P 3,15) para dejarnos alcanzar por el impulso de la gracia que anida en la semilla de la Palabra, que debe crecer en nosotros y transformarse en servicio concreto al prójimo. No debemos tener miedo: Dios sigue con pasión y maestría la obra fruto de sus manos en cada etapa de la vida. Jamás nos abandona. Le interesa que se cumpla su proyecto en nosotros, pero quiere conseguirlo con nuestro asentimiento y nuestra colaboración.

3. También hoy Jesús vive y camina en nuestras realidades de la vida ordinaria para acercarse a todos, comenzando por los últimos, y curarnos de nuestros males y enfermedades. Me dirijo ahora a aquellos que están bien dispuestos a ponerse a la escucha de la voz de Cristo que resuena en la Iglesia, para comprender cuál es la propia vocación. Os invito a escuchar y seguir a Jesús, a dejaros transformar interiormente por sus palabras que «son espíritu y vida» (Jn 6,63). María, Madre de Jesús y nuestra, nos repite también a nosotros: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Os hará bien participar con confianza en un camino comunitario que sepa despertar en vosotros y en torno a vosotros las mejores energías. La vocación es un fruto que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en la tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno. ¿Acaso no dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35)?

4. Queridos hermanos y hermanas, vivir este «»alto grado» de la vida cristiana ordinaria» (cf. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 31), significa algunas veces ir a contracorriente, y comporta también encontrarse con obstáculos, fuera y dentro de nosotros. Jesús mismo nos advierte: La buena semilla de la Palabra de Dios a menudo es robada por el Maligno, bloqueada por las tribulaciones, ahogada por preocupaciones y seducciones mundanas (cf. Mt 13,19-22). Todas estas dificultades podrían desalentarnos, replegándonos por sendas aparentemente más cómodas. Pero la verdadera alegría de los llamados consiste en creer y experimentar que él, el Señor, es fiel, y con él podemos caminar, ser discípulos y testigos del amor de Dios, abrir el corazón a grandes ideales, a cosas grandes. «Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Id siempre más allá, hacia las cosas grandes. Poned en juego vuestra vida por los grandes ideales» (Homilía en la misa para los confirmandos, 28 de abril de 2013). A vosotros obispos, sacerdotes, religiosos, comunidades y familias cristianas os pido que orientéis la pastoral vocacional en esta dirección, acompañando a los jóvenes por itinerarios de santidad que, al ser personales, «exigen una auténtica pedagogía de la santidad, capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe integrar las riquezas de la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 31).

Dispongamos por tanto nuestro corazón a ser «terreno bueno» para escuchar, acoger y vivir la Palabra y dar así fruto. Cuanto más nos unamos a Jesús con la oración, la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los Sacramentos celebrados y vividos en la Iglesia, con la fraternidad vivida, tanto más crecerá en nosotros la alegría de colaborar con Dios al servicio del Reino de misericordia y de verdad, de justicia y de paz. Y la cosecha será abundante y en la medida de la gracia que sabremos acoger con docilidad en nosotros. Con este deseo, y pidiéndoos que recéis por mí, imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.

Francisco en Sta. Marta: quienes dan escándalo no tienen una relación con Dios

Los escándalos en la Iglesia suceden cuando no hay una relación viva con Dios y con su Palabra. Así, los sacerdotes corruptos, en vez de dar el pan de la vida, dan un alimento envenenado al santo pueblo de Dios. Es cuanto ha afirmado esta mañana el Santo Padre en la misa presidida en la capilla de Santa Marta.

Francisco, comentado la lectura del día y el salmo responsorial, que cuentan una dura derrota de los israelitas por los filisteos, ha observado que el pueblo de Dios en aquella época había abandonado al Señor. Se decía que la Palabra de Dios era «rara» en aquella época. El viejo sacerdote Elí era un «tibio» y sus hijos «corruptos, asustaban al pueblo y los golpeaban». Los israelitas, ha recordado el Papa, para combatir contra los filisteos utilizaron el Arca de la Alianza, pero como algo «mágico», «algo externo». Y fueron derrotados: los enemigos se apropiaron del Arca. No hay fe verdadera en Dios, en su presencia real en la vida.

De este modo ha explicado el Santo Padre: «Este pasaje de la Escritura nos hace pensar como es nuestra relación con Dios, con la Palabra de Dios: ¿es una relación formal? ¿Es una relación lejana? La Palabra de Dios ¿entra en nuestro corazón, tiene este poder o no, es una relación formal, todo bien? ¡Pero el corazón está cerrado a esta Palabra! ¡Y nos lleva a pensar en tantas derrotas de la Iglesia, a tantas derrotas del pueblo de Dios sencillamente porque no escucha al Señor, no busca al Señor, no se deja buscar por el Señor! Y después de la tragedia, esta oración: ‘Pero, Señor, ¿qué ha pasado?, has hecho de nosotros el desprecio de nuestros vecinos. El desprecio y la burla de quienes nos rodean. Nos has hecho un nombre entre las naciones. Sobre nosotros los pueblos mueven la cabeza'».

El Papa ha dedicado unas palabras a los escándalos de la Iglesia: «Pero, ¿nos avergonzamos? Tantos escándalos que yo no quiero mencionar singularmente, pero que todos sabemos… ¡Sabemos donde están! Escándalos, algunos los han tenido que pagar caro: ¡está bien! Se debe hacer así… ¡La vergüenza de la Iglesia! ¿Pero nos hemos avergonzado de estos escándalos, de estas derrotas de sacerdotes, obispos, laicos? La Palabra de Dios en esos escándalos era rara; ¡en esos hombres y en esas mujeres la Palabra de Dios era rara! ¡No tenían una relación con Dios! Tenían un posición en la Iglesia, una posición de poder, también de comodidad. Pero la Palabra de Dios, ¡no! ‘Pero, yo llevo una medalla’; ‘Yo llevo la Cruz’… Sí, ¡como éstos llevaban el Arca!» ¡Sin una relación viva con Dios y con la Palabra de Dios! Me viene a la mente esa Palabra de Jesús para aquellos para los cuales vienen los escándalos… Y aquí el escándalo ha llegado: toda una decadencia del pueblo de Dios, hasta la debilidad, a la corrupción de los sacerdotes».

De este modo, el papa Francisco ha concluido su homilía dirigiendo su pensamiento al pueblo de Dios: «¡Pobre gente! ¡Pobre gente! ¡No damos de comer el pan de vida; no damos de comer – en esos casos – la verdad! Y hasta damos de comer alimento envenenado, ¡muchas veces! ‘¡Despiértate, porque duermes Señor!’ ¡Que esta sea nuestra oración! ‘¡Despertad! ¡No nos rechaces por siempre! ¿Por qué escondes tu rostro? ¿Por qué olvidas nuestra miseria y opresión?’

Para finalizar, el Santo Padre exhortado para que «pidamos al Señor no olvidar nunca la Palabra de Dios, que está viva, que entre en nuestro corazón y no olvidar nunca el santo pueblo fiel de Dios, ¡que nos pide alimento fuerte!»

Vísperas – Jueves I Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

JUEVES, I SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

 

HIMNO

 

Éste es el tiempo en que llegas,

Esposo, tan de repente,

que invitas a los que velan

y olvidas a los que duermen.

 

Salen cantando a tu encuentro

doncellas con ramos verdes

y lámparas que guardaron

copioso y claro el aceite.

 

¡Cómo golpean las necias

las puertas de tu banquete!

¡Y cómo lloran a oscuras

los ojos que no han de verte!

 

Mira que estamos alerta,

Esposo, por si vinieres,

y está el corazón velando,

mientras los ojos se duermen.

 

Danos un puesto a tu mesa,

amor que a la noche vienes,

antes que la noche acabe

y que la puerta se cierre. Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste, te daré gracias por siempre.

 

Salmo 29

 

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

Señor, Dios mío, te grité,

y tú me sanaste.

Señor sacaste mi vida del abismo,

me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

 

Tañed para el Señor fieles suyos,

dad gracias a su nombre santo;

su cólera dura un instante;

su bondad, de por vida;

al atardecer nos visita el llanto,

por la mañana, el jubilo.

 

Yo pensaba muy seguro:

«No vacilaré jamás».

Tu bondad Señor, me aseguraba

el honor y la fuerza;

pero escondiste tu rostro,

y quedé desconcertado.

 

A ti, Señor, llamé,

suplique a mí Dios:

«¿Qué ganas con mi muerte,

con que yo baje a la fosa?.

 

¿Te va ha dar gracias el polvo,

o va a proclamar tu lealtad?.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;

Señor, socórreme»

 

Cambiaste mi luto en danzas,

me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;

te cantará mi alma sin callarse.

Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste, te daré gracias por siempre.

 

 

Ant. 2. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

 

Salmo 31

 

Dichoso el que está absuelto de su culpa,

a quien le han sepultado su pecado;

dichoso el hombre a quien el Señor

no le apunta el delito.

 

Mientras callé se consumían mis huesos,

rugiendo todo el día,

porque día y noche tu mano

pesaba sobre mí;

mi savia se me había vuelto un fruto seco.

 

Había pecado, lo reconocí,

no te encubrí mi delito,

propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,

y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

 

Por eso, que todo fiel te suplique

en el momento de la desgracia:

la crecida de las aguas caudalosas

no lo alcanzará.

 

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,

me rodeas de cantos de liberación.

 

— Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir

fijaré en ti mis ojos.

 

No seáis irracionales como caballos y mulos,

cuyo brío hay que domar con freno y brida;

si no, no puedes acercarte.

 

Los malvados sufren muchas penas;

al que confía en el Señor,

la misericordia lo rodea.

 

Alegraos, justos, y gozad con el Señor,

aclamadlo, los de corazón sincero.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

 

 

Ant. 3. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

 

Cántico: Ap 11, 17-18; 12 10b-12a

 

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,

el que eres y el que eras,

porque has asumido el gran poder

y comenzaste a reinar.

 

Se encolerizaron las naciones,

llegó tu cólera,

y el tiempo de que sean juzgados los muertos,

y de dar el galardón a tus siervos los profetas,

y a los santos y a los que temen tu nombre,

y a los pequeños y a los grandes,

y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

 

Ahora se estableció la salud y el poderío,

y el reinado de nuestro Dios,

y la potestad de su Cristo;

porque fue precipitado

el acusador de nuestros hermanos,

el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

 

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero

y por la palabra del testimonio que dieron,

y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.

Por eso, estad alegres, cielos,

y los que moráis en sus tiendas.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

 

 

LECTURA BREVE           1 P 1, 6-9

 

Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe —de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego— llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. El Señor nos alimentó con flor de harina.

R. El Señor nos alimentó con flor de harina.

 

V. Nos sació con miel silvestre.

R. Con flor de harina.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. El Señor nos alimentó con flor de harina.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

 

 

PRECES

 

Invoquemos a Dios, nuestro refugio y nuestra fortaleza, y digámosle:

Mira a tus hijos, Señor.

 

Dios de amor, que has hecho alianza con tu pueblo,

— haz que recordemos siempre tus maravillas.


 

Que los sacerdotes, Señor, crezcan en la caridad

— y que los fieles vivan en la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.


 

Haz que siempre edifiquemos la ciudad terrena unidos a ti,

no sea que en vano se cansen los que la construyen.

 

Manda, Señor, trabajadores a tu mies,

para que tu nombre sea conocido en el mundo.

 

A nuestros familiares y bienhechores difuntos dales un lugar entre los santos

y haz que nosotros un día nos encontremos con ellos en tu reino.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Ya que por Jesucristo hemos llegado a ser hijos de Dios, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Tú, Señor, que iluminas la noche y haces que después de las tinieblas amanezca nuevamente la luz, haz que, durante la noche que ahora empieza, nos veamos exentos de toda culpa y que, al clarear el nuevo día, podamos reunirnos otra vez en tu presencia, para darte gracias nuevamente. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén

Oración de los fieles (Domingo II Tiempo Ordinario)

Por medio de Juan Bautista, que nos anunció a Jesús como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, te presentamos, Padre, nuestras peticiones:

• Que la Iglesia sea testigo y profeta de esperanza, alegría y salvación para todos los que se encuentran sometidos al mal que anida en los corazones de los hombres y en las estructuras injustas de nuestra sociedad.

• Por medio de Juan Bautista Tú nos dijiste, Padre, que Jesús es quien va a arranca de nosotros, por el Espíritu, todo mal y opresión. Que eso llegue a ser una realidad en nuestra sociedad y en toda la humanidad para que desaparezca todo aquello que hace sufrir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

• Junto a otros muchos, reconocemos en nosotros un deseo de plenitud de vida, pero no siempre tenemos claridad para buscar y hallar la fuente de esa plenitud. Muéstra- nosla, Señor. Encamínanos hacia ella y ayúdanos a descubrir que tú mismo eres esa fuente de vida.

• La valentía de Juan para denunciar la opresión que mata la vida es, para nosotros, un aliciente que nos compromete en nuestra sociedad. No permitas que miremos a otro lado, danos la fuerza de tu Espíritu para apoyar y alentar todo aquello que arroje luz sobre el pecado del mundo.

• Que, convertidos a ti, Padre, vivamos nuestro bautismo, no como un bautismo de agua sino como nueva vida que nace del Espíritu Santo y nos hace capaces de vivir al estilo de Jesús en la vida de cada día.

Escucha, Padre, nuestras oraciones para que se haga realidad en nosotros la vida de tu Espíritu que nos has regalado.

Para la homilía

Las autoridades judías están profundamente desconcertadas e inquietas. Al otro lado del Jordán se está reuniendo una multitud atraída por las palabras de alguien conocido como el Bautista. El poder siempre teme la movilización de la multitud que no puede controlar. Si a esto le añadimos la miseria reinante, el dominio extranjero y la expectación de un liberador, nos encontramos ante la combinación perfecta para una potencial revuelta que haría saltar todo por los aires. Por ello, “las autoridades judías enviaron desde Jerusalén sacerdotes y clérigos” (1,19). La misión que tienen encomendada es aclarar quién es este Bautista: “¿Eres el Mesías?” (1,20) “¿Eres Elías”? (1,21) “¿Eres el Profeta?” (1,21). La respuesta por parte del Bautista es rotunda: “no lo soy”

Desconcertados por su negativa a identificarse con ninguno de los personajes esperados, la comisión enviada desde Jerusalén recibe como respuesta un mensaje de denuncia y una noticia inquietante: ya está, ya ha llegado aquel que va a iniciar la promesa realizada desde antaño, “te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra” (Is.49, 6). Para unos, esta noticia es motivo de gozo y esperanza. Para otros, una amenaza que hay que controlar y eliminar.

El Evangelio que proclamamos este domingo lo debemos situar en esa perspec- tiva para percibir el alcance de las palabras de Juan el Bautista. Esta perícopa forma parte del capítulo introductorio del relato joánico que se compone de dos partes diferenciadas: vv. 1-18 y 19-51. A esta segunda parte se la suele llamar “testimonios” ya que van apareciendo diversas confesiones de fe. Este domingo se recoge el primer testimonio del Bautista acerca de Jesús.

A diferencia de los relatos sinópticos del bautismo de Jesús, la principal función asignada a Juan no es la de bautizar (de hecho, ni siquiera se dice que bautice a Jesús) ni la de predicar el cambio de orientación a la vida, sino la de dar testimonio de Jesús. Y da testimonio de Jesús presentándolo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (1,29) y como el Hijo de Dios (1,34). De esta manera, el evangelista presenta la misión y la identidad de Jesús.

Dios se propone sacar a la humanidad de la situación de esclavitud en que se encuentra (quitar el pecado del mundo). Para ello, se acude a la imagen del Cordero de Dios que Juan asigna a Jesús, describiendo así su misión. Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y lo quita, lo arranca de raíz para aniquilar su poder, su dominio. Para esta misión Jesús ha sido ungido con la fuerza que viene de lo alto (“Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”).

El testimonio de Juan es una invitación a los hombres de todas las épocas: nos hace saber que en Jesús se encuentra la plenitud de la vida (el Espíritu) y que por él podemos ser liberados de toda opresión (el pecado del mundo). 

Ignacio Dinnbler Carrasco

Comentario al evangelio de hoy (16 de enero)

En esta semana venimos haciendo nuestra “lectio divina” desde una clave intencionadamente vocacional. Conviene dejar claro que estos comentarios van dirigidos a todos y no solamente a quienes han sido agraciados con una vocación de especial consagración. Hay una vocación común a la santidad en la que todos coincidimos, que es previa y fundante de cada vocación particular. Desde este supuesto nos acercamos al relato evangélico de hoy, que admite también ese enfoque.

El leproso representa simbólicamente, entre otras realidades, al “ser humano sin vocación”. La lepra era la peor enfermedad conocida de la época, por tres razones: Era horriblemente destructiva; convertía a quien la padecía en agente transmisor de contagio; y por ello inevitablemente era condenado al aislamiento social y a la cuarentena permanente. Era un cruel castigo; una muerte disfrazada de vida. Paralelamente nuestro “hombre-sin-vocación” padece una enfermedad sin dolor ni fealdad aparentes, pero muy contagiosa y aislante. Vivir de espaldas a la transcendencia (Dios) y a la alteridad (los otros) conduce al incurvamiento en el propio ego, centrado solo en la satisfacción de las propias necesidades y deseos. Este repliegue egocéntrico seduce hoy a muchos, pero a la postre les conduce al infierno de la soledad y del hastío.

Pero el leproso del evangelio supo reconocer su lastimoso estado y acudir a Jesús. Se acercó y de rodillas le rogó que le limpiara con una súplica magistral llena de reconocimiento, esperanza y humidad. Esa actitud alcanzó a Jesús en el alma hasta el punto de conmoverlo y reaccionar actuando inmediatamente en su favor. A Él le parte el corazón ver una vida humana destrozada y condenada al aislamiento y al infortunio. Y reacciona devolviendo la salud y reinsertando en el tejido religioso y social. Hemos sido creados para vivir en plenitud de hijos de Dios y para convivir con otros desde el amor y el servicio. Una buena pastoral vocacional, según esto, es aquella que se preocupa de llevar a otros ante Jesús para que, de rodillas y reconociendo que sin Él no se puede vivir, le supliquen: “Si quieres, puedes limpiarme”. Encontrar la propia vocación es haber descubierto que es Jesús quien restaura y otorga la más auténtica forma de ser persona y que acogerla es abrirse a la relación de amor y de servicio a Dios y a los demás.

La historia de aquel leproso curado no terminó bien, porque fue incapaz de obedecer a Jesús hasta el final. Con ello, privó o dificultó a muchos de la cercanía sanadora de Jesús. Este tuvo que moderar su presencia y actuación públicas. No obedecer a la llamada y a las recomendaciones de Jesús acaba siempre complicando la vida de terceros.

Juan Carlos Martos, cmf

Jueves I Tiempo Ordinario

Hoy es jueves, 16 de enero.

Un día más hago silencio en mi interior y me dispongo a comenzar este rato junto al Señor. Le pido que me envíe su Espíritu para que me ayude a entender lo que hoy quiere para mí a través de su palabra.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 1, 40-45):

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.

Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»

Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Sólo necesitan cura aquellos que están enfermos, como el leproso que se aproxima a jesús, suplicando que le cure. ¿De qué necesito yo limpiarme?

Jesús siente lástima y lo cura. También yo estoy rodeado en mi vida de gente necesitada de un consuelo, de un abrazo, de una palabra de ánimo, y que se acercan a mí para recibirlo. ¿Cómo los acojo yo? ¿Cómo los limpio de su “lepra”?

Los leprosos eran rechazados por la socidad en tiempos de Jesús. Sin embargo él los acoge y los incorpora de nuevo. Los dignifica y hace hombres nuevamente. Jesús se compadece de ellos y me invita a compadecerme hoy yo de aquellas personas que han perdido su dignidad humana.

El leproso es enviado a cumplir la ley de Moisés. Preséntate en el templo y cumple con la purificación. Sólo que él, en vez de acudir al sacerdote, se dedica a proclamar a todo el mundo que Jesús le ha curado. La fama de Jesús se extiende sin límites y ya no pasa desapercibido.

Y es que cuando uno se siente limpio y curado, siente tanta alegría en su interior, que se ve obligado a anunciar esa buena noticia. Es un testigo privilegiado que necesita proclamar su curación.

Vuelvo a leer el texto, haciendo mía la alegría del leproso de sentirse sano y con la necesidad de anunciar que Jesús es el esperado. Quiero ser su testigo.

Termino la oración suplicando al Señor su curación, su limpieza. Señor, limpia mi corazón de todo lo que sobra, de aquello que me hace perder mi condición humana. Lávame de mi cerrazón y hazme ser vocer de tu mensaje.

Señor, te lo suplco de rodillas: Si quieres puedes limpiarme. No tengo la lepra corporal, pero mi corazón necesita una buena limpieza: límpiame del egoísmo que me cierra en mi mundo y no atiende a los demás; lávame de las apetencias de la carne, que pueden llevarme a la muerte; ábreme al servicio de mis hermanos, que no vuelva la vista cuando tenga delante a quién echar una mano. Si quieres, puedes limpiarme de todo eso y de mucho más, que entorpece mi marcha hacia el Padre y puede romper mi amistad contigo.

Laudes – Jueves I Tiempo Ordinario

JUEVES, I SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

 

INVITATORIO

 

Ant. Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Comienzan los relojes

a maquinar sus prisas;

y miramos el mundo.

Comienza un nuevo día.

 

Comienzan las preguntas,

la intensidad, la vida;

se cruzan los horarios.

Qué red, qué algarabía.

 

Mas tú, Señor, ahora

eres calma infinita.

Todo el tiempo está en ti

como en una gavilla.

 

Rezamos, te alabamos,

porque existes, avisas;

porque anoche en el aire

tus astros se movían.

 

Y ahora toda la luz

se posó en nuestra orilla. Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.

 

Salmo 56

 

Misericordia, Dios mío, misericordia,

que mi alma se refugia en ti;

me refugio a las sombras de tus alas

mientras pasa la calamidad.

 

Invoco al Dios Altísimo,

al Dios que hace tanto por mí:

desde el cielo me enviará la salvación,

confundirá a los que ansían matarme,

enviará su gracia y su lealtad.

 

Estoy echado entre leones

devoradores de hombres;

sus dientes son lanzas y flechas,

su lengua es una espada afilada.

 

Elévate sobre el cielo, Dios mío,

y llene la tierra tu gloria.

 

Han tendido una red a mis pasos

para que sucumbiera;

me han cavado delante una fosa,

pero han caído en ella.

 

Mi corazón está firme, Dios mío,

mi corazón está firme.

Voy a cantar y a tocar:

despierta, gloria mía;

despertad, cítara y arpa;

despertaré a la aurora.

 

Te daré gracias ante los pueblos, Señor;

tocaré para ti ante las naciones:

por tu bondad, que es más grande que los cielos;

por tu fidelidad, que alcanza a las nubes.

 

Elévate sobre el cielo, Dios mío,

y llene la tierra tu gloria.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 1. Despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.

 

 

Ant. 2. “Mi pueblo se saciará de mis bienes”, dice el Señor.

 

Cántico: Jr 31, 10-14

 

Escuchad, pueblos, la palabra del Señor,

anunciadla en las islas remotas:

«El que dispersó a Israel lo reunirá,

lo guardará como un pastor a su rebaño;

porque el Señor redimió a Jacob,

lo rescato de una mano más fuerte.»

 

Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión,

afluirán hacia los bienes del Señor:

hacia el trigo y el vino y el aceite,

a los rebaños de ovejas y de vacas;

su alma será como un huerto regado,

y no volverán a desfallecer.

 

Entonces se alegrará la doncella en la danza,

gozará los jóvenes y los viejos;

convertiré su tristeza en gozo,

los alegraré y aliviaré sus penas;

alimentaré a los sacerdotes con enjundia,

y mi pueblo se saciará de mis bienes.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 2. “Mi pueblo se saciará de mis bienes”, dice el Señor.

 

 

Ant. 3. Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios.

 

Salmo 47

 

Grande es el Señor y muy digno de alabanza

en la ciudad de nuestro Dios.

Su monte santo, altura hermosa,

alegría de toda la tierra:

 

el monte Sión, vértice del cielo,

ciudad del gran rey;

entre sus palacios,

Dios descuella como un alcázar.

 

Mirad: los reyes se aliaron

para atacarla juntos;

pero, al verla, quedaron aterrados

y huyeron despavoridos;

 

allí los agarró un temblor

y dolores como de partos;

como un viento del desierto,

que destroza las naves de Tarsis.

 

Lo que habíamos oído lo hemos visto

en la ciudad de Señor de los ejércitos,

en la ciudad de nuestro Dios:

que Dios la ha fundado para siempre.

 

¡Oh Dios!, meditamos tu misericordia

en medio de tu templo:

como tu renombre, ¡oh Dios!, tu alabanza

llega al confín de la tierra;

 

tu diestra está llena de justicia:

el monte Sión se alegra,

las ciudades de Judá se gozan

con tus sentencias.

 

Dad la vuelta en torno a Sión,

contando sus torreones;

fijaos en sus baluartes,

observad sus palacios,

 

para poder decirles a la próxima generación:

«Este es el Señor, nuestro Dios».

Él nos guiará por siempre jamás.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios.

 

 

LECTURA BREVE           Is 66, 1-2

 

Así dice el Señor: «El cielo es mi trono y la tierra, el estrado de mis pies: ¿Qué templo podréis construirme o qué lugar para mi descanso? Todo esto lo hicieron mis manos, todo es mío –oráculo del Señor-. En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras».

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Te invoco de todo corazón, respóndeme, Señor.

R. Te invoco de todo corazón, respóndeme, Señor.

 

V. Guardaré tus leyes.

R. Respóndeme, Señor.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Te invoco de todo corazón, respóndeme, Señor.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Sirvamos al Señor con santidad y nos librará de nuestros enemigos.

 

Cántico de Zacarías. Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Sirvamos al Señor con santidad y nos librará de la mano de nuestros enemigos.

 

 

PRECES

 

Demos gracias a Cristo que nos ha dado la luz del día y supliquémosle diciendo:

Bendícenos y santifícanos, Señor.

 

Tú que te entregaste como víctimas de nuestros pecados,

— acepta los deseos y las acciones de este día.


 

Tú que nos alegras con la claridad del nuevo día,

— sé tu mismo el lucero brillante de nuestros corazones. 


 

Haz que seamos bondadosos y comprensivos con los que nos rodean,

— para que logremos así ser imágenes de tu bondad.

 

En la mañana haznos escuchar tu gracia,

— y que tu gozo sea hoy nuestra fortaleza.


 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Fieles a la recomendación del Salvador, digamos con filial confianza:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Dios todopoderoso y eterno, humildemente acudimos a ti al empezar el día, a media jornada y al atardecer, para pedirte que, alejando de nosotros las tinieblas del pecado, nos hagas alcanzar la luz verdadera que es Cristo. Que vive y reina contigo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Oficio de lecturas – Jueves I Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: CON GOZO EL CORAZÓN CANTE LA VIDA

Con gozo el corazón cante la vida,
presencia y maravilla del Señor,
de luz y de color bella armonía,
sinfónica cadencia de su amor.

Palabra esplendorosa de su Verbo,
cascada luminosa de verdad,
que fluye en todo ser que en él fue hecho
imagen de su ser y de su amor.

La fe cante al Señor, y su alabanza,
palabra mensajera del amor,
responda con ternura a su llamada
en himno agradecido a su gran don.

Dejemos que su amor nos llene el alma
en íntimo diálogo con Dios,
en puras claridades cara a cara,
bañadas por los rayos de su sol.

Al Padre subirá nuestra alabanza
por Cristo, nuestro vivo intercesor,
en alas de su Espíritu que inflama
en todo corazón su gran amor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Salmo 17, 31-51 IV – EL SEÑOR REVELA SU PODER SALVADOR

Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen.

¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto;

él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Ant 2. Tu diestra, Señor, me sostuvo.

Salmo 17, 31-51 V

Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos
y no flaquearon mis tobillos;

yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo;
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.

Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían;
hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.

Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
Los reduje a polvo, que arrebata el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.

Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo.

Los extranjeros me adulaban,
me escuchaban y me obedecían.
Los extranjeros palidecían
y salían temblando de sus baluartes.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tu diestra, Señor, me sostuvo.

Ant 3. Viva el Señor, sea ensalzado mi Dios y Salvador.

Salmo 17, 31-51 VI

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
el Dios que me dió el desquite
y me sometió los pueblos;

que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.

Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Viva el Señor, sea ensalzado mi Dios y Salvador.

V. Ábreme, Señor, los ojos.
R. Y contemplaré las maravillas de tu voluntad. 

PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 4, 1-24

CONSECUENCIAS DEL PECADO

El hombre se llegó a Eva, su mujer; ella concibió, dio a luz a Caín, y dijo: «He adquirido un hombre con la ayuda del Señor.»

Después, dio a luz a Abel, el hermano. Abel era pastor de ovejas, mientras Caín trabajaba el campo. Pasado un tiempo, Caín ofreció al Señor dones de los frutos del campo, y Abel ofreció las primicias y la grasa de sus ovejas. El Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, y no se fijó en Caín ni en su ofrenda; por lo cual, Caín se enfureció y andaba abatido. El Señor dijo a Caín:

«¿Por qué te enfureces y andas abatido? Cierto, si obraras bien, estarías animado; pero, si no obras bien, el pecado acecha a la puerta; y, aunque viene por ti, tú puedes dominarlo.»
Caín dijo a su hermano Abel:

«Vamos al campo.» Y, cuando estaban en el campo, Caín atacó a su hermano Abel y lo mató. El Señor dijo a Caín: «¿Dónde está Abel, tu hermano?»

Respondió Caín:

«No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?» El Señor le replicó:

«¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra. Por eso te maldice esa tierra que ha abierto sus fauces para recibir de tus manos la sangre de tu hermano. Aunque trabajes la tierra, no volverá a darte su fecundidad. Andarás errante y perdido por el mundo.»

Caín contestó al Señor:

«Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Hoy me destierras de aquí; tendré que ocultarme de ti, andando errante y perdido por el mundo; el que tropiece conmigo me matará.»

El Señor le dijo:

«El que mate a Caín lo pagará siete veces.»

Y el Señor puso una señal a Caín, para que, si alguien tropezase con él, no lo matara. Caín salió de la presencia del Señor y habitó en Nod, al este de Edén.

Caín se llegó a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Henoc. Caín edificó una ciudad y le puso el nombre de su hijo, Henoc. Henoc engendró a Irad, Irad engendró a Mehuyael, éste engendró a Metusael, y éste a Lamec.

Lamec tomó dos mujeres: una llamada Ada y otra llamada Sila. Ada dio a luz a Yabel, padre de los que viven en tiendas y cuidan del ganado; su hermano se llamó Yubal, padre de los que tocan la cítara y la flauta. Sila, a su vez, dio a luz a Tubal-Caín, forjador de herramientas de bronce y hierro; y tuvo una hermana que se llamaba Naama. Lamec dijo a Ada y Sila, sus mujeres:

«Oíd mi voz, mujeres de Lamec, prestad oído a mis palabras: Por un cardenal mataré a un hombre, a un joven por una cicatriz; si Caín se vengó por siete, Lamec se vengará por setenta y siete.»

RESPONSORIO    1 Jn 3, 12; Sb 10, 3

R. Caín, siendo del maligno, mató a su hermano; * porque sus obras eran malas, y las de su hermano eran buenas.
V. Se apartó de la sabiduría el criminal iracundo, y su saña fratricida le acarreó la ruina.
R. Porque sus obras eran malas, y las de su hermano eran buenas.

SEGUNDA LECTURA

De la Disertación de san Atanasio, obispo, Contra los gentiles
(Núms. 40-42: PG 25, 79-83)

EL VERBO DEL PADRE EMBELLECE, ORDENA Y CONTIENE TODAS LAS COSAS

El Padre de Cristo, santísimo e inmensamente superior a todo lo creado, como óptimo gobernante, con su propia sabiduría y su propio Verbo, Cristo, nuestro Señor y salvador, lo gobierna, dispone y ejecuta siempre todo de modo conveniente, según a él le parece adecuado. Nadie ciertamente negará el orden que observamos en la creación y en su desarrollo, ya que es Dios quien así lo ha querido. Pues, si el mundo y todo lo creado se movieran al azar y sin orden, no habría motivo alguno para creer en lo que hemos dicho. Mas si, por el contrario, el mundo ha sido creado y embellecido con orden, sabiduría y conocimiento, hay que admitir necesariamente que su creador y embellecedor no es otro que el Verbo de Dios.

Me refiero al Verbo que por naturaleza es Dios, que procede del Dios bueno, del Dios de todas las cosas, vivo y eficiente; al Verbo que es distinto de todas las cosas creadas, y que es el Verbo propio y único del Padre bueno; al Verbo cuya providencia ilumina todo el mundo presente, por él creado. El, que es el Verbo bueno del Padre bueno, dispuso con orden todas las cosas, uniendo armónicamente lo que era entre sí contrario. Él, el Dios único y unigénito, cuya bondad esencial y personal procede de la bondad fontal del Padre, embellece, ordena y contiene todas las cosas.

Aquel, por tanto, que por su Verbo eterno lo hizo todo y dio el ser a las cosas creadas no quiso que se movieran y actuaran por sí mismas, no fuera a ser que volvieran a la nada, sino que, por su bondad, gobierna y sustenta toda la naturaleza por su Verbo, el cual es también Dios, para que, iluminada con el gobierno, providencia y dirección del Verbo, permanezca firme y estable, en cuanto que participa de la verdadera existencia del Verbo del Padre y es secundada por él en su existencia, ya que cesaría en la misma si no fuera conservada por el Verbo, el cual es imagen de Dios invisible, primogénito de toda creatura; por él y en él se mantiene todo, lo visible y lo invisible, y él es la cabeza de la Iglesia, como nos lo enseñan los ministros de la verdad en las sagradas Escrituras.

Este Verbo del Padre, omnipotente y santísimo, lo penetra todo y despliega en todas partes su virtualidad, iluminando así lo visible y lo invisible; mantiene él unidas en sí mismo todas las cosas y a todas las incluye en sí, de tal manera que nada queda privado de la influencia de su acción, sino que a todas las cosas y a través de ellas, a cada una en particular y a todas en general, es él quien les otorga y conserva la vida.

RESPONSORIO    Cf. Pr 8, 22-30

R. El Señor me estableció al principio, cuando no había hecho aún la tierra, antes de que asentara los abismos e hiciera brotar los manantiales de las aguas. * Todavía no estaban cimentados los montes ni formadas las colinas cuando el Señor me engendró.
V. Cuando colocaba los cielos, yo estaba junto a él como arquitecto.
R. Todavía no estaban cimentados los montes ni formadas las colinas cuando el Señor me engendró.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor, atiende benignamente las súplicas de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.